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Capítulo 54La huida por el río

Grandes esperanzas · Charles Dickens · 28 min de lectura

Era uno de esos días de marzo en que el sol calienta y el viento sopla frío: cuando es verano a la luz y es invierno en la sombra. Llevábamos con nosotros los chaquetones y yo cogí un bolso. De todas mis posesiones terrenales no me llevé más que las pocas cosas necesarias que llenaban el bolso. Adónde podría ir, qué podría hacer o cuándo podría regresar eran cuestiones que me resultaban por completo desconocidas; ni me atormentaba la mente con ellas, porque la tenía enteramente puesta en la seguridad de Provis. Solo me pregunté por un instante fugaz, al detenerme en la puerta y mirar hacia atrás, bajo qué circunstancias alteradas volvería a ver aquellas habitaciones, si es que alguna vez lo hacía.

Bajamos sin prisa hasta las escaleras del Temple y nos quedamos allí holgazaneando, como si no estuviéramos del todo decididos a salir al agua. Desde luego, yo había tenido cuidado de que el bote estuviera listo y todo en orden. Después de una pequeña muestra de indecisión, que nadie pudo ver salvo las dos o tres criaturas anfibias que pertenecían a nuestras escaleras del Temple, subimos a bordo y soltamos amarras; Herbert en la proa, yo al timón. Entonces era más o menos pleamar: las ocho y media.

Nuestro plan era el siguiente. La marea, que empezaba a bajar a las nueve, y que nos favorecería hasta las tres, pensábamos seguir avanzando después de que cambiara, y remar contra ella hasta que oscureciera. Entonces estaríamos bien adentrados en esos largos tramos por debajo de Gravesend, entre Kent y Essex, donde el río es ancho y solitario, donde los habitantes de la ribera son muy escasos y donde hay dispersas aquí y allá tabernas aisladas, de las cuales podríamos elegir una como lugar de descanso. Allí teníamos intención de pasar toda la noche. El vapor de Hamburgo y el vapor de Róterdam saldrían de Londres hacia las nueve de la mañana del jueves. Sabríamos a qué hora esperarlos, según dónde estuviéramos, y haríamos señales al primero; de modo que, si por cualquier accidente no nos llevaban al extranjero, tendríamos otra oportunidad. Conocíamos las marcas distintivas de cada navío.

El alivio de estar por fin embarcados en la ejecución del propósito era tan grande para mí que me resultaba difícil darme cuenta de la situación en que había estado pocas horas antes. El aire fresco, la luz del sol, el movimiento sobre el río y el propio río en movimiento —el camino que corría con nosotros, que parecía compadecerse de nosotros, animarnos y alentarnos— me refrescaban con nueva esperanza. Me sentía mortificado por ser de tan poca utilidad en el bote; pero había pocos remeros mejores que mis dos amigos, y remaban con un ritmo firme que había de durar todo el día.

En aquella época el tráfico de vapor en el Támesis estaba muy por debajo de su extensión actual, y las embarcaciones de barqueros eran mucho más numerosas. De barcazas, carboneros de vela y mercantes de cabotaje había quizá tantos como ahora; pero de barcos de vapor, grandes y pequeños, ni una décima parte ni una vigésima parte. Aunque era temprano, había abundancia de botes de remos yendo de aquí para allá aquella mañana, y abundancia de barcazas bajando con la marea; la navegación del río entre los puentes, en un bote abierto, era un asunto mucho más fácil y corriente en aquellos días que en estos; y avanzamos animadamente entre muchos esquifes y chalupas.

Pronto pasamos el viejo puente de Londres, y el viejo mercado de Billingsgate con sus barcas ostreras y sus holandeses, y la Torre Blanca y la Puerta de los Traidores, y nos encontramos entre las hileras de embarcaciones. Aquí estaban los vapores de Leith, Aberdeen y Glasgow, cargando y descargando mercancías, y que parecían inmensamente altos sobre el agua cuando pasamos junto a ellos; aquí había carboneros a montones, con los descargadores de carbón lanzándose desde plataformas sobre cubierta, como contrapesos a las medidas de carbón que subían oscilando, que luego eran volcadas con estrépito por el costado en las barcazas; aquí, en su amarre, estaba el vapor de mañana para Róterdam, del que tomamos buena nota; y aquí el de mañana para Hamburgo, bajo cuyo bauprés cruzamos. Y ahora yo, sentado en la popa, podía ver, con el corazón latiendo más rápido, Mill Pond Bank y las escaleras de Mill Pond.

—¿Está ahí? —dijo Herbert.

—Todavía no.

—¡Bien! No debía bajar hasta que nos viera. ¿Puedes ver su señal?

—No bien desde aquí; pero creo que la veo. —¡Ahora lo veo! Remad los dos. Suave, Herbert. ¡Remos!

Tocamos las escaleras ligeramente por un solo instante, y él estaba a bordo, y partimos de nuevo. Llevaba consigo una capa de barco y un bolso de lona negro; y tenía todo el aspecto de un práctico de río, tal como mi corazón podría haber deseado.

—¡Querido muchacho! —dijo, poniéndome el brazo sobre el hombro al tomar asiento—. Querido y fiel muchacho, bien hecho. ¡Gracias, gracias!

De nuevo entre las hileras de embarcaciones, entrando y saliendo, esquivando cables de cadena oxidados, amarras de cáñamo deshilachadas y boyas que cabeceaban, hundiendo por un momento cestos rotos flotantes, dispersando astillas de madera flotantes y virutas, hendiendo la espuma flotante de carbón, entrando y saliendo, bajo el mascarón de proa del _John of Sunderland_ pronunciando un discurso a los vientos (como hacen muchos Johns), y el _Betsy of Yarmouth_ con una firme formalidad de pecho y sus ojos saltones sobresaliendo dos pulgadas de su cabeza; entrando y saliendo, martillos sonando en astilleros, sierras cortando madera, motores chocando haciendo cosas desconocidas, bombas funcionando en barcos con filtraciones, cabestrantes girando, barcos saliendo al mar, e ininteligibles criaturas marinas rugiendo maldiciones por encima de las amuradas a lancheros que respondían, entrando y saliendo —por fin fuera, en el río más despejado, donde los grumetes podían recoger sus defensas, sin pescar ya en aguas turbias con ellas sobre el costado, y donde las velas festoneadas podían desplegarse al viento.

En las escaleras donde lo habíamos recogido, y desde entonces, había estado mirando con cautela en busca de alguna señal de que se sospechara de nosotros. No había visto ninguna. Ciertamente no habíamos sido, y en aquel momento tan ciertamente no éramos ni seguidos ni acompañados por ningún bote. Si hubiéramos sido esperados por algún bote, habría enfilado hacia la orilla y la habría obligado a seguir adelante o a hacer evidente su propósito. Pero mantuvimos nuestro rumbo sin ninguna apariencia de molestia.

Llevaba puesta su capa de barco y parecía, como he dicho, una parte natural del paisaje. Era notable (pero quizá la miserable vida que había llevado lo explicaba) que él fuera el menos ansioso de todos nosotros. No era indiferente, porque me dijo que esperaba vivir para ver a su caballero convertirse en uno de los mejores caballeros en un país extranjero; no estaba dispuesto a ser pasivo o resignado, según lo entendí; pero no tenía noción de salir al encuentro del peligro a medio camino. Cuando este caía sobre él, lo afrontaba, pero debía llegar antes de que él se preocupara.

—Si supieras, querido muchacho —me dijo—, lo que es estar aquí sentado junto a mi querido muchacho y fumar, después de haber estado día tras día entre cuatro paredes, me envidiarías. Pero no sabes lo que es.

—Creo que conozco las delicias de la libertad —respondí.

—Ah —dijo, sacudiendo la cabeza gravemente—. Pero no las conoces igual que yo. Tienes que haber estado bajo llave, querido muchacho, para conocerlas igual que yo —pero no voy a ponerme triste.

Se me ocurrió como algo inconsistente que, por cualquier idea dominante, hubiera puesto en peligro su libertad, e incluso su vida. Pero reflexioné que quizá la libertad sin peligro estaba demasiado apartada de todo el hábito de su existencia para ser para él lo que sería para otro hombre. No andaba desencaminado, pues dijo, después de fumar un poco:

—Verás, querido muchacho, cuando estaba allá, al otro lado del mundo, siempre estaba mirando hacia este lado; y llegaba a ser aburrido estar allí, a pesar de que me estaba haciendo rico. Todo el mundo conocía a Magwitch, y Magwitch podía ir, y Magwitch podía venir, y nadie se iba a preocupar por él. Aquí no lo tienen tan fácil conmigo, querido muchacho —no lo tendrían, al menos, si supieran dónde estoy.

—Si todo va bien —dije—, volverás a estar perfectamente libre y a salvo en pocas horas.

—Bueno —respondió, suspirando largamente—, eso espero.

—¿Y lo crees?

Metió la mano en el agua por la borda del bote y dijo, sonriendo con aquella expresión suavizada que no me era nueva:

—Sí, supongo que lo creo, querido muchacho. Sería difícil estar más tranquilos y relajados de lo que estamos ahora. Pero —es que fluye tan suave y agradable a través del agua, quizá, que me hace pensar— estaba pensando entre mi humo hace un momento, que no podemos ver el fondo de las próximas horas más de lo que puedo ver el fondo de este río del que me agarro. Ni tampoco podemos retener su marea más de lo que puedo retener esto. ¡Y se me escurre entre los dedos y se va, ya ves! —alzando su mano chorreante.

—Si no fuera por tu cara, pensaría que estás un poco abatido —dije.

—Ni un poco, querido muchacho. Es por fluir tan tranquilo, y por ese susurro en la proa del bote que hace como una melodía de domingo. Quizá me esté haciendo un poquito viejo además.

Se volvió a poner la pipa en la boca con una expresión de rostro imperturbable, y se sentó tan sereno y satisfecho como si ya estuviéramos fuera de Inglaterra. Sin embargo, era tan dócil a una palabra de consejo como si hubiera estado en terror constante; porque cuando atracamos en la orilla para meter unas botellas de cerveza en el bote, y él estaba bajando, insinué que pensaba que estaría más seguro donde estaba, y dijo: «¿Tú crees, querido muchacho?» y volvió a sentarse tranquilamente.

El aire se sentía frío sobre el río, pero era un día luminoso y la luz del sol resultaba muy reconfortante. La marea corría fuerte, me cuidé de no perder nada de ella, y nuestros remos firmes nos llevaron adelante magníficamente. Por grados imperceptibles, conforme la marea bajaba, perdimos más y más de vista los bosques y colinas cercanos, y descendimos cada vez más entre las riberas fangosas, pero la marea aún estaba con nosotros cuando pasamos frente a Gravesend. Como nuestro protegido iba envuelto en su capa, pasé adrede a una distancia de uno o dos botes de la Aduana flotante, y así salimos a tomar la corriente, junto a dos barcos de emigrantes, y bajo la proa de un gran transporte con tropas en el castillo de proa mirándonos. Y pronto la marea empezó a aflojar, y las embarcaciones ancladas a girar, y en seguida todas habían girado por completo, y los barcos que aprovechaban la nueva marea para subir hasta el Pool empezaron a agolparse sobre nosotros en una flota, y nos mantuvimos pegados a la orilla, lo más fuera de la fuerza de la marea que pudimos ahora, apartándonos con cuidado de los bajos y bancos de barro.

Nuestros remeros estaban tan frescos, gracias a haber dejado de vez en cuando que la barca se deslizara con la marea durante uno o dos minutos, que un cuarto de hora de descanso resultó ser tanto como querían. Desembarcamos entre unas piedras resbaladizas mientras comíamos y bebíamos lo que llevábamos con nosotros, y miramos alrededor. Era como mi propia región de marjales, llana y monótona, y con un horizonte difuso; mientras el río serpenteante giraba y giraba, y las grandes boyas flotantes sobre él giraban y giraban, y todo lo demás parecía varado e inmóvil. Pues ahora la última de la flota de barcos había rodeado el último promontorio bajo que habíamos sobrepasado; y la última barcaza verde, cargada de paja, con una vela parda, había seguido; y unas gabarras de lastre, con forma de burda imitación infantil de un barco, yacían hundidas en el barro; y un pequeño faro achaparrado sobre pilotes abiertos se alzaba lisiado en el barro sobre zancos y muletas; y estacas viscosas sobresalían del barro, y piedras viscosas sobresalían del barro, y señales rojas y marcas de marea sobresalían del barro, y un viejo embarcadero y un viejo edificio sin techo se hundían en el barro, y todo alrededor nuestro era estancamiento y barro.

Nos alejamos de nuevo remando, y avanzamos como pudimos. Ahora era un trabajo mucho más duro, pero Herbert y Startop perseveraron, y remaron y remaron y remaron hasta que el sol se puso. Para entonces el río nos había elevado un poco, de modo que podíamos ver por encima de la orilla. Estaba el sol rojo, en el nivel bajo de la costa, en una bruma púrpura que se oscurecía rápidamente hacia el negro; y estaba el solitario marjal llano; y a lo lejos estaban las tierras altas, entre las cuales y nosotros parecía no haber vida, salvo aquí y allá en primer plano alguna gaviota melancólica.

Como la noche caía rápidamente, y como la luna, pasada ya de llena, no saldría temprano, celebramos una pequeña consulta; breve, pues claramente nuestro rumbo era atracar en la primera taberna solitaria que pudiéramos encontrar. Así que volvieron a empuñar los remos, y yo busqué con la vista algo parecido a una casa. Así seguimos adelante, hablando poco, durante cuatro o cinco millas aburridas. Hacía mucho frío, y un carbonero que pasó junto a nosotros, con el fuego de su cocina humeando y llameando, parecía un hogar confortable. La noche estaba ya tan oscura como lo estaría hasta la mañana; y la poca luz que teníamos parecía venir más del río que del cielo, pues los remos al sumergirse golpeaban unas pocas estrellas reflejadas.

En este momento lúgubre nos poseía evidentemente a todos la idea de que nos seguían. Conforme la marea subía, golpeaba pesadamente a intervalos irregulares contra la orilla; y cada vez que llegaba un sonido así, uno u otro de nosotros se sobresaltaba con seguridad, y miraba en esa dirección. Aquí y allá, la corriente había desgastado la ribera formando un pequeño entrante, y todos desconfiábamos de tales lugares, y los mirábamos nerviosamente. A veces, «¿Qué fue esa ondulación?» decía uno de nosotros en voz baja. O algún otro, «¿Es aquello un bote allá?» Y después caíamos en un silencio absoluto, y yo me quedaba sentado pensando con impaciencia en la cantidad inusual de ruido con que los remos trabajaban en los toletes.

Por fin divisamos una luz y un tejado, y poco después atracamos junto a una pequeña calzada hecha de piedras que habían sido recogidas allí cerca. Dejando a los demás en el bote, desembarqué, y encontré que la luz estaba en una ventana de una taberna. Era un lugar bastante sucio, y me atrevo a decir que no desconocido para aventureros del contrabando; pero había buen fuego en la cocina, y había huevos y tocino para comer, y varios licores para beber. También había dos habitaciones con camas dobles, «tales como eran», dijo el posadero. No había más compañía en la casa que el posadero, su mujer, y una criatura masculina canosa, el «mozo» de la pequeña calzada, que estaba tan viscoso y grasiento como si hubiera sido él también marca de marea baja.

Con este ayudante, bajé de nuevo al bote, y todos desembarcamos, y sacamos los remos, y el timón y el bichero, y todo lo demás, y la arrastramos para pasar la noche. Hicimos una muy buena comida junto al fuego de la cocina, y después repartimos los dormitorios: Herbert y Startop ocuparían uno; yo y nuestro protegido el otro. Encontramos el aire tan cuidadosamente excluido de ambos, como si el aire fuera fatal para la vida; y había más ropa sucia y sombreras debajo de las camas de las que hubiera creído que poseía la familia. Pero nos consideramos afortunados, no obstante, pues no podríamos haber encontrado un lugar más solitario.

Mientras nos reconfortábamos junto al fuego después de comer, el mozo —que estaba sentado en un rincón, y que llevaba puesto un par de zapatos hinchados, que había exhibido mientras comíamos nuestros huevos y tocino, como reliquias interesantes que había sacado hacía unos días de los pies de un marinero ahogado arrastrado a la orilla— me preguntó si habíamos visto una galera de cuatro remos subiendo con la marea. Cuando le dije que no, dijo que entonces debía haber bajado, y sin embargo ella «también subió», cuando salió de allí.

«Deben de haberlo pensado mejor por alguna razón u otra», dijo el mozo, «y bajado».

«¿Una galera de cuatro remos, dijiste?» dije yo.

«De cuatro», dijo el mozo, «y dos pasajeros sentados».

«¿Desembarcaron aquí?»

«Atracaron con una jarra de piedra de dos galones por algo de cerveza. Yo mismo habría envenenado gustoso la cerveza», dijo el mozo, «o le habría echado alguna purga que arma jaleo».

«¿Por qué?»

«Yo sé por qué», dijo el mozo. Hablaba con voz pastosa, como si mucho barro se le hubiera metido en la garganta.

«Él piensa», dijo el posadero, un hombre débilmente meditabundo con un ojo pálido, que parecía depender mucho de su mozo, «él piensa que eran lo que no eran».

«Yo sé lo que pienso», observó el mozo.

«¿Tú piensas que eran de la Aduana, mozo?» dijo el posadero.

«Sí», dijo el mozo.

«Entonces te equivocas, mozo».

«¡¿Ah, sí?!»

En el significado infinito de su respuesta y su confianza ilimitada en sus opiniones, el mozo se quitó uno de sus zapatos hinchados, miró dentro, sacudió unas pocas piedras sobre el suelo de la cocina, y se lo volvió a poner. Hizo esto con el aire de un mozo que tenía tanta razón que podía permitirse hacer lo que fuera.

«Pero entonces, ¿qué dices tú que hicieron con sus botones, mozo?» preguntó el posadero, vacilando débilmente.

«¿Hicieron con sus botones?» respondió el mozo. «Los tiraron por la borda. Se los tragaron. Los sembraron, para que salieran como ensalada pequeña. ¡Hicieron con sus botones!»

«No seas insolente, mozo», lo reprendió el posadero, de manera melancólica y patética.

«Un oficial de la Aduana sabe qué hacer con sus Botones», dijo el mozo, repitiendo la palabra detestable con el mayor desprecio, «cuando se interponen entre él y su propia luz. Cuatro remos y dos pasajeros sentados no andan colgando y rondando, arriba con una marea y abajo con otra, y con ambas y contra otra, sin que haya Aduana en el fondo de todo». Dicho lo cual salió con desdén; y el posadero, no teniendo a nadie a quien responder, encontró impracticable proseguir el tema.

Este diálogo nos puso a todos incómodos, y a mí muy incómodo. El viento lúgubre murmuraba alrededor de la casa, la marea golpeaba en la orilla, y yo tenía la sensación de que estábamos enjaulados y amenazados. Una galera de cuatro remos rondando de una manera tan inusual como para atraer esta atención era una circunstancia desagradable de la que no podía librarme. Cuando había inducido a Provis a subir a acostarse, salí con mis dos compañeros (Startop para entonces ya conocía la situación), y celebramos otra consulta. Si debíamos permanecer en la casa hasta cerca de la hora del vapor, que sería alrededor de la una de la tarde, o si debíamos partir temprano por la mañana, fue la cuestión que discutimos. En conjunto juzgamos que el mejor curso era quedarnos donde estábamos, hasta una hora más o menos antes de la hora del vapor, y entonces salir en su rumbo, y dejarnos llevar fácilmente por la marea. Habiendo decidido hacer esto, regresamos a la casa y nos fuimos a la cama.

Me acosté con la mayor parte de mi ropa puesta, y dormí bien durante unas pocas horas. Cuando desperté, el viento había arreciado, y el letrero de la casa (el Barco) crujía y golpeaba, con ruidos que me sobresaltaron. Levantándome silenciosamente, pues mi protegido yacía profundamente dormido, miré por la ventana. Dominaba la calzada donde habíamos arrastrado nuestro bote, y, conforme mis ojos se adaptaban a la luz de la luna nublada, vi a dos hombres mirando dentro de él. Pasaron bajo la ventana, sin mirar nada más, y no bajaron al embarcadero que yo podía distinguir que estaba vacío, sino que atravesaron el marjal en dirección al Nore.

Mi primer impulso fue llamar a Herbert y mostrarle a los dos hombres que se marchaban. Pero reflexioné, antes de entrar en su habitación, que estaba en la parte trasera de la casa junto a la mía, que él y Startop habían tenido un día más duro que yo y estaban fatigados, así que me abstuve. Al volver a mi ventana pude ver a los dos hombres moviéndose por los marjales. Sin embargo, con aquella luz pronto los perdí de vista, y sintiéndome muy helado, me acosté a pensar en el asunto y volví a quedarme dormido.

Nos levantamos temprano. Mientras paseábamos de un lado a otro, los cuatro juntos, antes del desayuno, consideré oportuno relatar lo que había visto. Una vez más, nuestro protegido fue el menos preocupado del grupo. Era muy probable que aquellos hombres pertenecieran a la Aduana, dijo tranquilamente, y que no hubieran pensado en nosotros. Intenté convencerme de que así era, como, en efecto, bien podía ser. Sin embargo, propuse que él y yo camináramos juntos hasta un punto distante que podíamos divisar, y que el bote fuera a recogernos allí, o tan cerca de allí como resultara factible, hacia el mediodía. Como esta medida se consideró una buena precaución, poco después del desayuno él y yo partimos, sin decir nada en la taberna.

Fumó su pipa mientras caminábamos, y a veces se detenía para darme una palmada en el hombro. Cualquiera habría supuesto que era yo quien estaba en peligro, no él, y que me estaba tranquilizando. Hablamos muy poco. Al acercarnos al punto, le rogué que permaneciera en un lugar protegido mientras yo avanzaba a reconocer el terreno; pues era hacia allí donde los hombres habían pasado durante la noche. Accedió, y seguí solo. No había ningún bote en el punto, ni ningún bote varado cerca, ni había señales de que los hombres hubieran embarcado allí. Pero, eso sí, la marea estaba alta y podía haber habido huellas bajo el agua.

Cuando él miró desde su refugio a la distancia y vio que yo agitaba mi sombrero para que se acercara, se reunió conmigo, y allí esperamos; a veces tumbados en la orilla, envueltos en nuestros abrigos, y a veces moviéndonos para entrar en calor, hasta que vimos nuestro bote acercándose. Subimos a bordo fácilmente y remamos hacia la ruta del vapor. Para entonces faltaban solo diez minutos para la una, y empezamos a buscar su humo.

Pero era la una y media cuando vimos su humo, y poco después vimos detrás de él el humo de otro vapor. Como venían a toda velocidad, preparamos las dos bolsas y aprovechamos la oportunidad para despedirnos de Herbert y Startop. Todos nos habíamos estrechado la mano cordialmente, y ni los ojos de Herbert ni los míos estaban del todo secos, cuando vi una galera de cuatro remos salir disparada de debajo de la orilla un poco por delante de nosotros y remar hacia la misma ruta.

Un tramo de costa se había interpuesto aún entre nosotros y el humo del vapor, debido a la curva y el meandro del río; pero ahora se veía, viniendo de frente. Llamé a Herbert y Startop para que se mantuvieran ante la marea, para que ella pudiera vernos esperándola, y exhorté a Provis a que permaneciera completamente quieto, envuelto en su capa. Respondió alegremente: «Confía en mí, querido muchacho», y se quedó inmóvil como una estatua. Mientras tanto la galera, que estaba siendo manejada muy hábilmente, nos había cruzado, nos dejó alcanzarla y se colocó junto a nosotros. Dejando justo el espacio suficiente para el juego de los remos, se mantuvo a nuestro lado, a la deriva cuando nosotros íbamos a la deriva, y dando una o dos remadas cuando nosotros remábamos. De los dos hombres sentados, uno sostenía las cuerdas del timón y nos miraba atentamente, como hacían todos los remeros; el otro estaba envuelto en ropas, igual que Provis, y parecía encogerse y susurrar alguna instrucción al timonel mientras nos miraba. No se pronunció una sola palabra en ninguno de los botes.

Startop pudo distinguir, después de unos minutos, cuál era el primer vapor, y me dijo la palabra «Hamburgo» en voz baja, mientras estábamos sentados cara a cara. Se nos acercaba muy rápido, y el golpeteo de sus paletas se hacía cada vez más fuerte. Sentí como si su sombra estuviera ya sobre nosotros, cuando la galera nos llamó. Respondí.

«Llevan a un Deportado que ha regresado», dijo el hombre que sostenía las cuerdas. «Es ese hombre, envuelto en la capa. Su nombre es Abel Magwitch, también conocido como Provis. Detengo a ese hombre, y le conmino a rendirse, y a vosotros a prestar asistencia».

En el mismo momento, sin dar ninguna orden audible a su tripulación, lanzó la galera contra nosotros. Habían dado una súbita remada adelante, habían recogido sus remos, nos habían atravesado y se aferraban a nuestra borda, antes de que supiéramos lo que estaban haciendo. Esto causó gran confusión a bordo del vapor, y les oí llamándonos, y oí la orden de detener las paletas, y las oí detenerse, pero sentí que seguía avanzando hacia nosotros irresistiblemente. En el mismo momento vi al timonel de la galera poner su mano sobre el hombro de su prisionero, y vi que ambos botes giraban con la fuerza de la marea, y vi que toda la tripulación a bordo del vapor corría hacia adelante frenéticamente. Aún, en el mismo momento, vi al prisionero levantarse de un salto, inclinarse sobre su captor y arrancar la capa del cuello del hombre encogido en la galera. Aún en el mismo momento vi que el rostro que se reveló era el rostro del otro presidiario de hacía tanto tiempo. Aún, en el mismo momento, vi el rostro inclinarse hacia atrás con un terror blanco que nunca olvidaré, y oí un gran grito a bordo del vapor, y un fuerte chapuzón en el agua, y sentí que el bote se hundía bajo mis pies.

Fue solo por un instante que me pareció luchar con mil presas de molino y mil destellos de luz; pasado ese instante, fui recogido a bordo de la galera. Herbert estaba allí, y Startop estaba allí; pero nuestro bote había desaparecido, y los dos presidiarios habían desaparecido.

Con los gritos a bordo del vapor, y el furioso escape de su vapor, y su avance, y nuestro avance, no pude al principio distinguir el cielo del agua ni la orilla de la orilla; pero la tripulación de la galera la enderezó con gran velocidad, y dando ciertas remadas rápidas y fuertes hacia adelante, se quedaron sobre sus remos, todos mirando en silencio y ansiosamente el agua a popa. Al poco rato se vio un objeto oscuro en ella, que venía hacia nosotros con la marea. Ningún hombre habló, pero el timonel levantó la mano, y todos remaron suavemente hacia atrás, y mantuvieron el bote recto y firme ante él. Al acercarse, vi que era Magwitch, nadando, pero no nadando libremente. Fue recogido a bordo e inmediatamente esposado en las muñecas y los tobillos.

La galera se mantuvo estable, y se reanudó la vigilancia silenciosa y ansiosa del agua. Pero entonces llegó el vapor de Rotterdam y, aparentemente sin comprender lo que había sucedido, avanzó a toda velocidad. Para cuando fue llamado y detenido, ambos vapores se alejaban de nosotros a la deriva, y nosotros subíamos y bajábamos en una estela agitada de agua. La vigilancia se mantuvo, mucho después de que todo volviera a estar en calma y los dos vapores se hubieran ido; pero todos sabían que ahora era inútil.

Finalmente lo dimos por perdido y remamos bajo la orilla hacia la taberna que habíamos dejado hacía poco, donde fuimos recibidos con no poca sorpresa. Aquí pude conseguir algunas comodidades para Magwitch —ya no más Provis—, que había recibido una lesión muy grave en el pecho y un profundo corte en la cabeza.

Me dijo que creía haber pasado bajo la quilla del vapor y haber sido golpeado en la cabeza al salir a la superficie. La lesión en su pecho (que hacía su respiración extremadamente dolorosa) pensaba que la había recibido contra el costado de la galera. Añadió que no pretendía decir qué podría o no haber hecho a Compeyson, pero que, en el momento en que puso su mano sobre su capa para identificarlo, ese villano se había tambaleado hacia arriba y hacia atrás, y ambos habían caído por la borda juntos, cuando el tirón repentino de él (Magwitch) fuera de nuestro bote, y el intento de su captor de mantenerlo en él, nos había volcado. Me contó en un susurro que habían bajado ferozmente trabados en los brazos del otro, y que había habido una lucha bajo el agua, y que él se había soltado, había nadado vigorosamente y se había alejado.

Nunca tuve razón alguna para dudar de la exacta verdad de lo que así me contó. El oficial que dirigía la galera dio la misma versión de su caída por la borda.

Cuando pedí a este oficial permiso para cambiar la ropa mojada del prisionero comprando cualquier prenda de repuesto que pudiera conseguir en la taberna, lo concedió fácilmente: observando solamente que debía hacerse cargo de todo lo que su prisionero llevara consigo. Así, el libro de bolsillo que había estado una vez en mis manos pasó a manos del oficial. Además me dio permiso para acompañar al prisionero a Londres; pero se negó a conceder esa gracia a mis dos amigos.

Se le indicó al mozo de la taberna dónde había caído el hombre ahogado, y se comprometió a buscar el cuerpo en los lugares donde era más probable que llegara a la orilla. Su interés en su recuperación me pareció aumentar mucho cuando oyó que llevaba medias puestas. Probablemente, necesitaba unos doce ahogados para equiparse por completo; y esa puede haber sido la razón por la que las diferentes prendas de su vestimenta estaban en diversos grados de descomposición.

Permanecimos en la taberna hasta que cambió la marea, y entonces Magwitch fue llevado a la galera y puesto a bordo. Herbert y Startop debían llegar a Londres por tierra, tan pronto como pudieran. Tuvimos una despedida triste, y cuando ocupé mi lugar junto a Magwitch, sentí que ese era mi lugar de ahora en adelante mientras él viviera.

Porque ahora toda mi repugnancia hacia él se había desvanecido; y en la criatura perseguida, herida, encadenada que sostenía mi mano en la suya, solo vi a un hombre que había querido ser mi benefactor, y que había sentido afecto, gratitud y generosidad hacia mí con gran constancia a través de una serie de años. Solo vi en él un hombre mucho mejor de lo que yo había sido con Joe.

Su respiración se volvió más difícil y dolorosa a medida que avanzaba la noche, y a menudo no podía reprimir un gemido. Intenté hacerle reposar sobre el brazo que podía usar, en cualquier posición cómoda; pero era terrible pensar que no podía lamentar de corazón que estuviera gravemente herido, puesto que era indudablemente mejor que muriera. Que todavía vivía gente suficiente que era capaz y estaba dispuesta a identificarlo, no podía dudarlo. Que sería tratado con indulgencia, no podía esperarlo. Él, que había sido presentado bajo la peor luz en su juicio, que desde entonces se había fugado de la prisión y había sido juzgado de nuevo, que había regresado de la deportación bajo sentencia perpetua, y que había ocasionado la muerte del hombre que fue la causa de su detención.

Mientras regresábamos hacia el sol poniente que habíamos dejado atrás ayer, y mientras la corriente de nuestras esperanzas parecía fluir toda hacia atrás, le dije cuánto lamentaba pensar que había venido a casa por mi causa.

«Querido muchacho», respondió, «estoy muy conforme con aceptar mi suerte. He visto a mi muchacho, y él puede ser un caballero sin mí».

No. Había pensado en eso mientras habíamos estado allí lado a lado. No. Aparte de cualquier inclinación mía, ahora comprendía la insinuación de Wemmick. Preveía que, siendo condenado, sus posesiones serían confiscadas a favor de la Corona.

«Mira, querido muchacho», dijo, «es mejor que no se sepa que un caballero me pertenece ahora. Solo ven a verme como si vinieras por casualidad junto con Wemmick. Siéntate donde pueda verte cuando me tomen juramento, por última de muchas veces, y no pido nada más».

«Nunca me apartaré de tu lado», dije, «cuando se me permita estar cerca de ti. Quiera Dios que sea tan fiel a ti como tú lo has sido conmigo».

Sentí su mano temblar mientras sostenía la mía, y apartó el rostro mientras yacía en el fondo del bote, y oí aquel viejo sonido en su garganta, suavizado ahora, como todo lo demás en él. Fue bueno que hubiera tocado este punto, pues puso en mi mente lo que de otro modo podría no haber pensado hasta que fuera demasiado tarde: que nunca necesitaba saber cómo habían perecido sus esperanzas de enriquecerme.

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