Capítulo 27La visita de Joe a Londres
«MI QUERIDO SEÑOR PIP:
Le escribo a petición del señor Gargery para informarle que va a Londres en compañía del señor Wopsle y que le gustaría, si le parece bien, que le permitiera verle. Pasará por el Barnard's Hotel el martes por la mañana a las nueve, y si no le parece bien por favor deje recado. Su pobre hermana sigue más o menos igual que cuando usted se fue. Hablamos de usted en la cocina todas las noches y nos preguntamos qué estará diciendo y haciendo. Si esto se considera ahora una libertad, perdónelo por amor a los viejos tiempos. Nada más, querido señor Pip, de
Su siempre obligada y afectuosa servidora, BIDDY.
P.D. Me pide especialmente que escriba qué bien lo pasábamos. Dice que lo entenderá. Espero y no dudo que le agradará verle, aunque sea usted un caballero, porque siempre ha tenido buen corazón y él es un hombre digno, muy digno. Se lo he leído todo, excepto esta última frase, y me pide muy especialmente que vuelva a escribir qué bien lo pasábamos».
Recibí esta carta por correo el lunes por la mañana, así que la cita era para el día siguiente. Permitidme confesar exactamente con qué sentimientos esperaba la visita de Joe.
No con placer, aunque estaba unido a él por tantos lazos; no; con considerable inquietud, cierta mortificación y una aguda sensación de incongruencia. Si hubiera podido mantenerlo alejado pagando dinero, sin duda habría pagado dinero. Mi mayor tranquilidad era que venía al Barnard's Inn, no a Hammersmith, y por tanto no se cruzaría con Bentley Drummle. Tenía pocas objeciones a que le vieran Herbert o su padre, por quienes sentía respeto; pero tenía una aguda susceptibilidad ante la idea de que le viera Drummle, a quien despreciaba. Así, a lo largo de la vida, nuestras peores debilidades y mezquindades suelen cometerse por causa de las personas a quienes más despreciamos.
Había empezado a estar siempre decorando las habitaciones de alguna manera completamente innecesaria e inapropiada, y aquellas luchas con Barnard resultaban ser muy caras. A estas alturas, las habitaciones eran enormemente diferentes de como las había encontrado, y yo gozaba del honor de ocupar varias páginas destacadas en los libros de un tapicero vecino. Había progresado tanto últimamente que incluso había contratado a un muchacho de botas —botas altas— en cuya esclavitud y servidumbre podría decirse que pasaba mis días. Porque, después de haber creado al monstruo (de entre los desechos de la familia de mi lavandera), y de haberlo vestido con un abrigo azul, chaleco canario, corbata blanca, pantalones color crema y las botas ya mencionadas, tenía que buscarle poco que hacer y mucho que comer; y con ambos horribles requisitos acosaba mi existencia.
Se ordenó a este fantasma vengador que estuviera de servicio a las ocho del martes por la mañana en el vestíbulo (que medía dos pies cuadrados, según lo facturado por el hule), y Herbert sugirió ciertas cosas para el desayuno que pensó que a Joe le gustarían. Aunque me sentía sinceramente agradecido de que fuera tan atento y considerado, tenía una extraña sensación medio provocada de sospecha de que si Joe hubiera venido a verle a él, no habría estado tan animado al respecto.
Como fuera, llegué a la ciudad el lunes por la noche para estar preparado para Joe, y me levanté temprano por la mañana e hice que la sala de estar y la mesa del desayuno adquirieran su aspecto más espléndido. Desafortunadamente la mañana era lluviosa, y ni un ángel habría podido ocultar el hecho de que Barnard estaba derramando lágrimas de hollín fuera de la ventana, como algún débil gigante de deshollinador.
A medida que se acercaba la hora me habría gustado huir, pero el Vengador, conforme a las órdenes, estaba en el vestíbulo, y pronto oí a Joe en la escalera. Supe que era Joe por su manera torpe de subir las escaleras —sus botas elegantes siempre le quedaban demasiado grandes— y por el tiempo que le llevaba leer los nombres de los otros pisos durante su ascenso. Cuando por fin se detuvo fuera de nuestra puerta, pude oír su dedo trazando las letras pintadas de mi nombre, y después oí claramente cómo respiraba por el ojo de la cerradura. Finalmente dio un débil golpe único, y Pepper —tal era el comprometedor nombre del muchacho vengador— anunció «¡El señor Gargery!». Pensé que nunca terminaría de limpiarse los pies, y que yo tendría que salir a levantarlo del felpudo, pero por fin entró.
—Joe, ¿cómo estás, Joe?
—Pip, ¿cómo estás tú, Pip?
Con su buena y honesta cara toda resplandeciente y brillante, y su sombrero puesto en el suelo entre nosotros, me cogió ambas manos y las agitó de arriba abajo, como si yo hubiera sido la última bomba de agua patentada.
—Me alegro de verte, Joe. Dame tu sombrero.
Pero Joe, cogiéndolo cuidadosamente con ambas manos, como un nido de pájaro con huevos dentro, no quiso oír hablar de separarse de aquella propiedad, e insistió en quedarse de pie hablando por encima de él de la manera más incómoda.
—Que has crecido —dijo Joe—, y te has hinchado, y te has caballerizado —Joe reflexionó un poco antes de descubrir esta palabra—; hasta el punto de que sin duda eres un honor para tu rey y tu país.
—Y tú, Joe, tienes un aspecto maravillosamente bueno.
—Gracias a Dios —dijo Joe—, estoy igualado con la mayoría. Y tu hermana, no está peor que estaba. Y Biddy, siempre está bien y lista. Y todos los amigos no van más atrás, si es que no van más adelante. Excepto Wopsle; ese ha dado un paso en falso.
Durante todo este tiempo (todavía con ambas manos cuidando mucho del nido de pájaro), Joe paseaba sus ojos alrededor de la habitación, y alrededor del estampado floreado de mi bata.
—¿Dado un paso en falso, Joe?
—Pues sí —dijo Joe, bajando la voz—, ha dejado la Iglesia y se ha metido en la actuación teatral. Y la actuación teatral también le ha traído a Londres conmigo. Y su deseo era —dijo Joe, poniendo el nido de pájaro bajo su brazo izquierdo por un momento, y hurgando en él con la derecha en busca de un huevo—: si no es ofensa, que yo te diera esto.
Cogí lo que Joe me daba, y descubrí que era el cartel arrugado de un pequeño teatro metropolitano, anunciando la primera aparición, aquella misma semana, del «célebre Aficionado Provincial de renombre Rosciano, cuya singular actuación en el más alto género trágico de nuestro Bardo Nacional ha causado últimamente tal sensación en los círculos dramáticos locales».
—¿Estuviste en su actuación, Joe? —pregunté.
—Estuve —dijo Joe, con énfasis y solemnidad.
—¿Hubo una gran sensación?
—Bueno —dijo Joe—, sí, ciertamente hubo un montón de cáscaras de naranja. Particularmente cuando vio al fantasma. Aunque le pregunto, señor, si estaba calculado para mantener a un hombre concentrado en su trabajo con buen ánimo que le estuvieran continuamente interrumpiendo entre él y el Fantasma con «¡Amén!». Un hombre puede haber tenido una desgracia y haber estado en la Iglesia —dijo Joe, bajando la voz a un tono argumentativo y sentido—, pero eso no es razón para que le hagan perder el hilo en un momento así. Lo que quiero decir es, si no se le permite al fantasma del propio padre de un hombre reclamar su atención, ¿qué se le puede permitir, señor? Y aún más, cuando su sombrero de luto está desafortunadamente hecho tan pequeño que el peso de las plumas negras lo hace caer, por mucho que uno intente mantenerlo puesto.
Un efecto de ver fantasmas en el rostro de Joe me informó de que Herbert había entrado en la habitación. Así que presenté a Joe a Herbert, quien extendió la mano; pero Joe retrocedió y se aferró al nido de pájaro.
—Su servidor, señor —dijo Joe—, y espero que usted y Pip... —aquí su ojo cayó sobre el Vengador, que estaba poniendo unas tostadas en la mesa, y denotó tan claramente una intención de hacer de aquel joven caballero uno de la familia, que yo le lancé una mirada ceñuda y le confundí más—. Quiero decir, ustedes dos caballeros... espero que tengan salud en este sitio cerrado. Porque el presente puede ser una muy buena posada, según las opiniones de Londres —dijo Joe, confidencialmente—, y creo que su reputación lo respalda; pero yo no tendría un cerdo aquí dentro, no si quisiera que engordara sano y que tuviera un sabor más suave.
Habiendo dado este halagador testimonio de los méritos de nuestra vivienda, y habiendo mostrado incidentalmente esta tendencia a llamarme «señor», Joe, invitado a sentarse a la mesa, miró por toda la habitación en busca de un lugar apropiado donde depositar su sombrero —como si solo hubiera unas muy pocas sustancias raras en la naturaleza en las que pudiera encontrar un lugar de descanso—, y finalmente lo colocó en una esquina extrema de la repisa de la chimenea, desde donde cayó a intervalos.
—¿Toma té o café, señor Gargery? —preguntó Herbert, que siempre presidía por la mañana.
—Gracias, señor —dijo Joe, rígido de pies a cabeza—, tomaré lo que sea más agradable para usted.
—¿Qué le parece café?
—Gracias, señor —respondió Joe, evidentemente desanimado por la propuesta—, ya que es tan amable de elegir café, no voy a contradecir su propia opinión. ¿Pero no le parece nunca un poco caliente?
—Diga té entonces —dijo Herbert, sirviéndolo.
En ese momento el sombrero de Joe se cayó de la repisa de la chimenea, y él dio un salto desde su silla, lo recogió y lo encajó en el mismo sitio exacto. Como si fuera un punto fundamental de los buenos modales que volviese a caerse pronto.
—¿Cuándo has venido a la ciudad, señor Gargery?
—¿Fue ayer por la tarde? —dijo Joe, después de toser detrás de la mano, como si le hubiese dado tiempo a coger la tos ferina desde que había llegado—. No, no fue. Sí que fue. Sí. Fue ayer por la tarde —con un aire de sabiduría mezclada, alivio e imparcialidad estricta.
—¿Has visto algo de Londres todavía?
—Pues sí, señor —dijo Joe—, Wopsle y yo fuimos directos a ver el Almacén del Betún. Pero no encontramos que se pareciese a lo que sale en los carteles rojos de las puertas de las tiendas; lo que quiero decir —añadió Joe en tono explicativo— es que allí está dibujao demasiado arquitecralamente.
De verdad que creo que Joe habría prolongado esta palabra (poderosamente expresiva en mi mente de cierta arquitectura que conozco) hasta convertirla en un verdadero Coro, de no haber sido porque su atención quedó providencialmente atraída por su sombrero, que se estaba cayendo. De hecho, le exigía una atención constante y una rapidez de ojo y de mano muy parecida a la que requiere ser guardameta en el críquet. Hizo jugadas extraordinarias con él y demostró la mayor destreza; ora lanzándose a por él y atrapándolo limpiamente al caer; ora simplemente deteniéndolo a mitad de camino, golpeándolo hacia arriba y paseándolo por varias partes de la habitación y contra buena parte del dibujo del papel de la pared, antes de sentir que era seguro cerrarse con él; finalmente lo estrelló en la palangana, donde me tomé la libertad de echarle mano.
En cuanto al cuello de su camisa y al de su chaqueta, resultaban desconcertantes sobre los que reflexionar: misterios insolubles ambos. ¿Por qué habría de rasparse un hombre hasta tal extremo antes de poder considerarse completamente vestido? ¿Por qué habría de suponer necesario purificarse mediante el sufrimiento por su ropa de los días de fiesta? Luego caía en accesos de meditación tan inexplicables, con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca; sus ojos quedaban atraídos en direcciones tan extrañas; se veía afligido por toses tan notables; se sentaba tan lejos de la mesa y dejaba caer mucho más de lo que comía, y fingía que no lo había dejado caer; que me sentí sinceramente aliviado cuando Herbert nos dejó para ir a la City.
No tuve ni el buen juicio ni la sensibilidad de saber que todo aquello era culpa mía, y que si yo hubiese estado más cómodo con Joe, Joe habría estado más cómodo conmigo. Me sentía impaciente con él y de mal humor; situación en la cual él amontonaba brasas de fuego sobre mi cabeza.
—Ahora que estamos los dos solos, señor —empezó Joe.
—Joe —le interrumpí, irritado—, ¿cómo puedes llamarme señor?
Joe me miró por un solo instante con algo vagamente parecido al reproche. Por muy completamente absurda que fuera su corbata, y sus cuellos, tuve conciencia de una especie de dignidad en aquella mirada.
—Ahora que estamos los dos solos —reanudó Joe—, y teniendo yo las intenciones y habilidades de no quedarme muchos minutos más, voy a concluir ahora, o al menos empezar, a mencionar lo que me ha llevao a tener el presente honor. Porque si no fuera —dijo Joe, con su viejo aire de exposición lúcida— que mi único deseo era serte útil, no habría tenío el honor de partir el pan en la compañía y morada de caballeros.
Tenía tantas ganas de no volver a ver aquella mirada que no protesté contra este tono.
—Bueno, señor —prosiguió Joe—, así fue la cosa. Estaba en el Bargemen la otra noche, Pip —siempre que cedía al afecto me llamaba Pip, y siempre que recaía en la cortesía me llamaba señor—; cuando llegó en su carrito, Pumblechook. El cual ese mismo individuo —dijo Joe, tomando un nuevo rumbo— a veces me peina el pelo al revés, cosa terrible, yendo diciendo arriba y abajo por el pueblo que fue él quien tuvo tu compañía infantil y fue considerao como compañero de juegos por ti mismo.
—Tonterías. Fuiste tú, Joe.
—Lo cual yo creía plenamente que fue, Pip —dijo Joe, sacudiendo ligeramente la cabeza—, aunque signifique poco ahora, señor. Bueno, Pip; ese mismo individuo, cuyos modales son dados a lo fanfarrón, vino a verme al Bargemen (lo que una pipa y una pinta de cerveza dan de refrigerio al trabajador, señor, y no sobreestimulan), y sus palabras fueron: «Joseph, la señorita Havisham desea hablar con usted».
—¿La señorita Havisham, Joe?
—«Desea», fueron las palabras de Pumblechook, «hablar con usted». Joe se sentó y puso los ojos en blanco mirando al techo.
—¿Sí, Joe? Continúa, por favor.
—Al día siguiente, señor —dijo Joe, mirándome como si estuviese muy lejos—, habiéndome limpiado, voy y veo a la señorita H.
—¿La señorita H., Joe? ¿La señorita Havisham?
—Lo cual digo, señor —respondió Joe, con un aire de formalidad legal, como si estuviese haciendo testamento—, la señorita H., o de otro modo Havisham. Su expresión fue entonces como sigue: «Señor Gargery. ¿Está usted en correspondencia con el señor Pip?». Habiendo recibido una carta tuya, pude decir «Lo estoy». (Cuando me casé con tu hermana, señor, dije «Sí, quiero»; y cuando respondí a tu amigo, Pip, dije «Lo estoy»). «¿Querría decirle entonces», dijo ella, «que Estella ha vuelto a casa y estaría contenta de verle?».
Sentí que la cara me ardía mientras miraba a Joe. Espero que una causa remota de ese ardor haya sido mi conciencia de que si hubiese sabido cuál era su recado, le habría dado más ánimo.
—Biddy —prosiguió Joe—, cuando llegué a casa y le pedí que escribiera el mensaje para ti, se echó un poco atrás. Biddy dice: «Sé que estará muy contento de tenerlo de palabra, es tiempo de vacaciones, quieres verle, ¡ve!». He concluido ahora, señor —dijo Joe, levantándose de su silla—, y, Pip, te deseo siempre bien y siempre prosperando hacia una altura mayor y mayor.
—¿Pero no te vas ahora, Joe?
—Sí que me voy —dijo Joe.
—¿Pero volverás a cenar, Joe?
—No volveré —dijo Joe.
Nuestros ojos se encontraron, y todo el «señor» se derritió de aquel corazón varonil cuando me dio la mano.
—Pip, viejo amigo querido, la vida está hecha de muchísimas separaciones soldadas juntas, como quien dice, y uno es herrero, y uno es hojalatero, y uno es orfebre, y uno es calderero. Las divisiones entre tales han de venir, y han de afrontarse según vengan. Si ha habido alguna culpa hoy, es mía. Tú y yo no somos dos figuras para estar juntos en Londres; ni tampoco en ningún otro sitio que no sea privado, y conocido, y comprendido entre amigos. No es que sea orgulloso, sino que quiero estar en lo correcto, por lo que no me verás nunca más con estas ropas. Estoy equivocao con estas ropas. Estoy equivocao fuera de la forja, la cocina o fuera de los marjales. No me encontrarás ni la mitad de faltas si piensas en mí con mi ropa de forja, con mi martillo en la mano, o incluso mi pipa. No me encontrarás ni la mitad de faltas si, suponiendo que desees verme alguna vez, vienes y asomas la cabeza por la ventana de la forja y ves a Joe el herrero, allí, en el viejo yunque, con el viejo delantal quemado, pegado al viejo trabajo. Soy terriblemente torpe, pero espero haber forjao algo cercano a lo correcto de esto al final. Y así que DIOS te bendiga, Pip, viejo amigo querido, ¡DIOS te bendiga!
No me había equivocado en mi idea de que había una dignidad simple en él. La moda de su vestimenta no podía interponerse en su camino cuando pronunció estas palabras, como tampoco podría interponerse en su camino en el Cielo. Me tocó suavemente en la frente y salió. Tan pronto como pude recuperarme lo suficiente, salí corriendo tras él y lo busqué en las calles vecinas; pero se había ido.
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