Clasicalia
InicioEnsayos, libro ICapítulo 9
10 / 58

Capítulo 9De los mentirosos

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 10 min de lectura

No hay hombre a quien le siente tan mal meterse a hablar de memoria. Pues apenas reconozco rastro de ella en mí, y no creo que haya en el mundo otra tan maravillosa en su carencia. Tengo todas mis demás cualidades viles y comunes, pero en esta creo ser singular y rarísimo, y digno de ganar nombre y reputación. Además del inconveniente natural que padezco por ello —pues ciertamente, vista su necesidad, Platón tiene razón al llamarla una grande y poderosa diosa—, si en mi tierra quieren decir que un hombre no tiene sentido, dicen que no tiene memoria; y cuando me quejo del defecto de la mía, me reprenden y me desmienten, como si me acusara de ser un insensato: no ven diferencia entre memoria e inteligencia. Eso empeora aún más mi situación; pero me hacen un agravio, pues se ve por experiencia más bien lo contrario: que las memorias excelentes se unen de buena gana con los juicios débiles. También me agravian en esto: siendo yo, que no sé hacer nada tan bien como ser amigo, las mismas palabras que acusan mi mal representan ingratitud. Se achaca a mi memoria lo que es mi afecto, y de un defecto natural hacen un defecto de conciencia. Ha olvidado, dicen, esta súplica o esta promesa; no se acuerda de sus amigos; no se ha acordado de decir, o hacer, o callar esto por mi causa. Ciertamente puedo olvidar con facilidad, pero descuidar el encargo que mi amigo me ha dado, eso no lo hago. Que se contenten con mi miseria, sin hacer de ella una especie de malicia, y de una malicia tan enemiga de mi natural.

Me consuelo de algún modo. Primeramente, en que es un mal del cual he extraído principalmente la razón para corregir un mal peor que se habría producido fácilmente en mí: a saber, la ambición, pues esta deficiencia es insoportable para quien se mezcla en los negocios del mundo. Que, como dicen varios ejemplos semejantes del proceder de la naturaleza, ella ha fortalecido voluntariamente otras facultades en mí a medida que esta se debilitaba, y andaría yo fácilmente recostándome y languideciendo mi espíritu y mi juicio sobre las huellas de otros, sin ejercitar sus propias fuerzas, si las invenciones y opiniones ajenas me estuvieran presentes por el beneficio de la memoria. Que mi hablar es más breve por ello: pues el almacén de la memoria suele estar más provisto de materia que el de la invención. Si ella me hubiera sido fiel, habría ensordecido a todos mis amigos con mi charla; los temas que despiertan esa facultad que tengo para manejarlos y emplearlos, calentando y atrayendo mis discursos. Es una lástima; lo compruebo por la experiencia de algunos de mis amigos íntimos: en la medida en que la memoria les suministra la cosa entera y presente, reculan tanto en su narración y la cargan de tantas circunstancias vanas, que si el relato es bueno, sofocan su bondad; si no lo es, estás maldiciendo o la suerte de su memoria o la desgracia de su juicio. Y es cosa difícil cerrar un discurso y cortarlo cuando uno está lanzado. Y no hay nada donde la fuerza de un caballo se reconozca más que en hacer una parada redonda y limpia. Entre los mismos pertinentes veo a quienes quieren y no pueden librarse de su carrera. Mientras buscan el punto de cerrar el paso, van divagando y arrastrándose como hombres que desfallecen de debilidad. Sobre todo, los viejos son peligrosos, a quienes les queda el recuerdo de las cosas pasadas y han perdido el recuerdo de sus repeticiones. He visto relatos muy placenteros volverse muy tediosos en la boca de un señor, cuando cada uno de los presentes había sido regado con ellos cien veces.

En segundo lugar, que me acuerdo menos de las ofensas recibidas, como decía aquel antiguo: necesitaría un protocolo, como Darío, que para no olvidar la ofensa que había recibido de los atenienses, hacía que un paje cada vez que se ponía a la mesa viniera a recitarle tres veces al oído: «Señor, acordaos de los atenienses»; y que los lugares y los libros que vuelvo a ver me sonríen siempre con una fresca novedad.

No es sin razón que se dice que quien no se siente bastante firme de memoria no debe meterse a ser mentiroso. Bien sé que los gramáticos hacen diferencia entre decir mentira y mentir, y dicen que decir mentira es decir cosa falsa, pero que uno ha tomado por verdadera, y que la definición de la palabra mentir en latín, de donde parte nuestro francés, significa tanto como ir contra su conciencia, y que por consiguiente eso solo toca a quienes dicen lo contrario de lo que saben, de los cuales hablo. Ahora bien, estos o inventan todo de cabo a rabo, o disfrazan y alteran un fondo verdadero. Cuando disfrazan y cambian, al tener que volver a repetir la misma historia, les es difícil no desclavarse, porque la cosa, tal como es, habiéndose alojado primero en la memoria y habiéndose impreso allí por la vía del conocimiento y la ciencia, es difícil que no se represente a la imaginación, desalojando la falsedad, que no puede tener el pie tan firme ni tan asentado; y que las circunstancias del primer aprendizaje, fluyendo a cada golpe en el espíritu, no hagan perder el recuerdo de las piezas añadidas falsas o bastardas. En lo que inventan completamente, puesto que no hay ninguna impresión contraria que choque con su falsedad, parece que tienen tanto menos que temer equivocarse. Sin embargo, incluso esto, por ser un cuerpo vano y sin asidero, escapa fácilmente de la memoria si no está bien asegurada. De ello he visto a menudo la experiencia, y con gracia, a expensas de quienes profesan no formar su palabra sino según convenga a los asuntos que negocian y según plazca a los grandes a quienes hablan. Pues estas circunstancias a las que quieren esclavizar su fe y su conciencia, estando sujetas a muchos cambios, es necesario que su palabra se diversifique al mismo tiempo; de donde sucede que de la misma cosa dicen tan pronto gris como amarillo; a un hombre de una manera, a otro de otra; y si por casualidad estos hombres comparan sus instrucciones tan contrarias, ¿qué se hace de ese bello arte? Además de que imprudentemente se descubren ellos mismos tan a menudo: pues ¿qué memoria podría bastarles para acordarse de tantas formas diversas que han forjado sobre un mismo asunto? He visto a varios en mi tiempo envidiar la reputación de esta hermosa clase de prudencia, sin ver que si la reputación existe, el efecto no puede estar allí.

En verdad, la mentira es un vicio maldito. Solo somos hombres y solo nos mantenemos unidos los unos a los otros por la palabra. Si conociéramos el horror y el peso de ella, la perseguiríamos con fuego más justamente que a otros crímenes. Encuentro que habitualmente se ocupan de castigar en los niños errores inocentes, muy inoportunamente, y que se los atormenta por acciones temerarias que no tienen ni impresión ni consecuencia. La mentira solamente, y un poco por debajo, la obstinación, me parecen ser aquellas cuyo nacimiento y progreso se debería combatir con toda insistencia; crecen con ellos; y desde que se ha dado ese falso rumbo a la lengua, es maravilla cuán imposible es apartarla de él. Por donde sucede que vemos hombres honestos por lo demás estar sometidos y esclavizados a ello. Tengo un buen chico de sastre al que nunca he oído decir una verdad, ni siquiera cuando se le presenta para servirle útilmente. Si como la verdad, la mentira no tuviera más que un rostro, estaríamos en mejores términos, pues tomaríamos por cierto lo opuesto de lo que dijera el mentiroso. Pero el reverso de la verdad tiene cien mil figuras y un campo indefinido. Los pitagóricos hacen el bien cierto y finito, el mal infinito e incierto. Mil rutas se desvían del blanco; una va hacia él. Ciertamente no estoy seguro de que pudiera llegar a convencerme de garantizar un peligro evidente y extremo mediante una mentira desvergonzada y solemne. Un antiguo padre dice que estamos mejor en compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuyo lenguaje nos es desconocido: «Ut externus alieno non sit hominis vice». ¿Y de cuánto es el lenguaje falso menos sociable que el silencio?

El rey Francisco I se jactaba de haber puesto en aprietos por este medio a Francisco Taverna, embajador de Francisco Sforza, duque de Milán, hombre muy famoso en ciencia de palabrería. Este había sido enviado para excusar a su señor ante Su Majestad de un hecho de gran consecuencia, que era tal: el rey, para mantener siempre algunas inteligencias en Italia, de donde había sido recientemente expulsado, especialmente en el ducado de Milán, había decidido tener cerca del duque a un gentilhombre de su parte, embajador de hecho pero en apariencia hombre privado, que fingiera estar allí por sus asuntos particulares; puesto que el duque, que dependía mucho más del emperador, especialmente entonces que estaba en tratos de matrimonio con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, que es ahora duquesa viuda de Lorena, no podía descubrir tener ninguna práctica y conferencia con nosotros sin gran perjuicio para él. Para esta misión se encontró apropiado un gentilhombre milanés, escudero de cuadra del rey, llamado Merveille. Este, enviado con cartas secretas de credenciales e instrucciones de embajador, y con otras cartas de recomendación al duque en favor de sus asuntos particulares, como máscara y muestra, estuvo tan largo tiempo junto al duque que llegó algún resquemor al emperador, lo cual dio causa a lo que siguió después, según pensamos: fue que, bajo pretexto de algún asesinato, he aquí que el duque le hace cortar la cabeza en plena noche, y su proceso hecho en dos días. Señor Francisco, habiendo venido preparado con una larga deducción falsificada de esta historia —pues el rey se había dirigido para pedir razón a todos los príncipes de la Cristiandad, y al mismo duque—, fue oído en los asuntos de la mañana, y habiendo establecido como fundamento de su causa, y dispuesto a este fin, varias hermosas apariencias del hecho: que su señor nunca había tomado a nuestro hombre sino como gentilhombre privado y súbdito suyo, que había venido a hacer sus asuntos en Milán y que nunca había vivido allí bajo otra faz; desconociendo incluso haber sabido que estuviera al servicio de la casa del rey, ni conocido de él, tanto menos que lo tomara por embajador. El rey a su vez, presionándolo con diversas objeciones y demandas y cargándolo por todas partes, lo acorraló finalmente sobre el punto de la ejecución hecha de noche y como a escondidas. A lo cual el pobre hombre, embarazado, respondió, para quedar bien, que por respeto a Su Majestad el duque habría lamentado mucho que tal ejecución se hubiera hecho de día. Cualquiera puede pensar cómo fue reconvenido, habiéndose cortado tan torpemente ante una nariz tal como la del rey Francisco.

El papa Julio II, habiendo enviado un embajador ante el rey de Inglaterra para animarlo contra el rey Francisco, el embajador fue escuchado en su encargo, y el rey de Inglaterra se detuvo en su respuesta en las dificultades que encontraba para preparar los aprestos que harían falta para combatir a un rey tan poderoso, y alegando algunas razones: el embajador replicó inoportunamente que él también las había considerado por su parte, y se las había dicho al papa. De estas palabras tan alejadas de su propósito, que era empujarlo de inmediato a la guerra, el rey de Inglaterra extrajo el primer indicio de lo que después halló en efecto: que aquel embajador, por su intención particular, se inclinaba del lado de Francia, y habiéndolo advertido a su señor, sus bienes fueron confiscados, y poco faltó para que perdiera la vida.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/ensayos-montaigne-i/texto/capitulo-9-de-los-mentirosos/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Ensayos, libro I» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo o capítulo.