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Capítulo 10Del hablar rápido o lento

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

Nunca fueron dadas a todos todas las gracias.

Así vemos que en el don de la elocuencia, unos tienen la facilidad y la prontitud, y lo que se dice, el impulso tan fácil, que a cada momento están listos; otros más lentos no dicen nunca nada que no esté elaborado y premeditado. Como se dan reglas a las damas para elegir los juegos y los ejercicios del cuerpo según la ventaja de lo que tienen más hermoso, si yo tuviera que aconsejar de igual modo en estas dos diferentes ventajas de la elocuencia, de la cual parece que en nuestro siglo los Predicadores y los Abogados hacen profesión principal, el lento sería mejor Predicador, me parece, y el otro mejor Abogado; porque el cargo de aquél le da todo el tiempo que le place para prepararse, y además su carrera transcurre de un hilo y de un tirón, sin interrupción; mientras que las circunstancias del Abogado lo apremianan a cada momento a entrar en liza, y las respuestas imprevistas de su parte adversa lo sacan de su impulso, donde tiene que sobre la marcha tomar nuevo partido. Con todo, en el encuentro del Papa Clemente y del Rey Francisco en Marsella, sucedió todo lo contrario: el señor Poyet, hombre toda su vida criado en el foro, de gran reputación, teniendo el encargo de pronunciar la arenga ante el Papa, y habiéndola pensado con mucha antelación, es más, según se dice, traída de París ya lista, el mismo día en que debía ser pronunciada, el Papa, temiendo que se le dirigiera un discurso que pudiera ofender a los Embajadores de los otros Príncipes que estaban alrededor de él, mandó decir al Rey el asunto que le parecía más apropiado al tiempo y al lugar, pero por casualidad, totalmente distinto de aquel en el que el señor Poyet se había esforzado; de modo que su arenga quedaba inútil, y le era preciso rehacer prontamente otra.

Pero sintiéndose incapaz de ello, fue necesario que el señor Cardenal du Bellay asumiera el encargo. La parte del Abogado es más difícil que la del Predicador; y encontramos sin embargo, me parece, más Abogados pasables que Predicadores, al menos en Francia. Parece que sea más propio del ingenio tener su operación pronta y súbita, y más propio del juicio tenerla lenta y pausada. Pero quien permanece del todo mudo si no tiene tiempo de prepararse, y aquel también a quien el tiempo no da ventaja para hablar mejor, están en igual grado de extrañeza. Se cuenta de Severo Casio que hablaba mejor sin haber pensado en ello; que debía más a la fortuna que a su diligencia; que le venía a provecho ser turbado al hablar; y que sus adversarios temían picarlo, por miedo a que la cólera le hiciera redoblar su elocuencia. Conozco por experiencia esta condición de naturaleza que no puede soportar una vehemente premeditación y laboriosa: si no va alegremente y libremente, no vale nada. Decimos de algunas obras que huelen a aceite y a lámpara, por cierta aspereza y rudeza que el trabajo imprime en aquellas donde tiene gran parte. Pero además de eso, la preocupación de hacerlo bien, y esa tensión del alma demasiado tensa y demasiado estirada en su empresa, la rompe y la estorba, así como sucede al agua que, por fuerza de apretarse por su violencia y abundancia, no puede encontrar salida en un cuello abierto.

En esta condición de naturaleza de la que hablo, hay al mismo tiempo también esto: que no pide ser conmovida y picada por esas pasiones fuertes, como la cólera de Casio, pues ese movimiento sería demasiado áspero; quiere ser no sacudida, sino solicitada; quiere ser calentada y despertada por las ocasiones extrañas, presentes y fortuitas. Si va completamente sola, no hace más que arrastrarse y languidecer: la agitación es su vida y su gracia. No me encuentro bien en mi posesión y disposición: el azar tiene más derecho sobre ello que yo; la ocasión, la compañía, el impulso mismo de mi voz, sacan más de mi ingenio que lo que encuentro en él cuando lo sondeo y lo empleo por mi cuenta. Así las palabras valen más que los escritos, si puede haber elección donde no hay valor alguno. Esto me sucede también: que no me encuentro donde me busco, y me encuentro más por casualidad que por la inquisición de mi juicio. Habré lanzado alguna sutileza al escribir. Entiendo bien, embotada para otro, afilada para mí. Dejemos todas estas cortesías. Eso lo dice cada cual según su fuerza. La he perdido tan bien que no sé lo que he querido decir, y el extraño la ha descubierto a veces antes que yo. Si llevara la navaja por todas partes donde esto me sucede, me deshiciera del todo. El encuentro me la ofrecerá alguna otra vez el día, más evidente que la del mediodía, y me hará asombrarme de mi vacilación.

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