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Capítulo 29De la moderación

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 10 min de lectura

Como si tuviéramos un tacto infeccioso, corrompemos con nuestro manejo las cosas que en sí mismas son bellas y buenas. Podemos apoderarnos de la virtud de tal manera que se vuelva viciosa: si la abrazamos con un deseo demasiado áspero y violento. Quienes dicen que nunca hay exceso en la virtud, puesto que ya no es virtud si hay exceso, juegan con las palabras.

Que el sabio tenga nombre de loco, el justo de injusto, si busca la virtud misma más de lo necesario.

Es una consideración sutil de la filosofía. Se puede amar demasiado la virtud, y comportarse excesivamente en una acción justa. A este sesgo se ajusta la voz divina: No seáis más sabios de lo necesario, sino sed sobriamente sabios. He visto a cierto grande dañar la reputación de su religión por mostrarse religioso más allá de todo ejemplo de los hombres de su clase. Me gustan las naturalezas templadas y moderadas. La inmoderación hacia el bien mismo, aunque no me ofenda, me asombra y me cuesta darle nombre. Ni la madre de Pausanias, que dio la primera instrucción y arrojó la primera piedra para la muerte de su hijo; ni el dictador Póstumo, que hizo morir al suyo, a quien el ardor de juventud había empujado afortunadamente sobre los enemigos un poco antes de su rango, me parecen tan justos como extraños. Y no me gusta ni aconsejar ni seguir una virtud tan salvaje y tan cara. El arquero que sobrepasa el blanco falla igual que el que no lo alcanza. Y los ojos se me turban al subir de golpe hacia una gran luz igual que al bajar a la sombra. Calicles en Platón dice que el extremo de la filosofía es dañino, y aconseja no hundirse en ella más allá de los límites del provecho; que tomada con moderación es placentera y cómoda, pero que al final vuelve al hombre salvaje y vicioso: desdeñoso de las religiones y leyes comunes, enemigo de la conversación civil, enemigo de los placeres humanos, incapaz de toda administración política y de socorrer a los demás, y de socorrerse a sí mismo, apto para ser abofeteado impunemente.

Dice verdad: pues en su exceso esclaviza nuestra franqueza natural y nos desvía por una importuna sutileza del bello y llano camino que la naturaleza nos traza. El amor que profesamos a nuestras mujeres es muy legítimo: la teología no deja de refrenarlo, sin embargo, y de restringirlo. Me parece haber leído antaño en santo Tomás, en un pasaje donde condena los matrimonios de parientes en los grados prohibidos, esta razón entre otras: que hay peligro de que el amor que se profesa a tal mujer sea inmoderado; pues si el afecto marital se encuentra ahí entero y perfecto, como debe, y se le sobrecarga todavía con el que se debe al parentesco, no hay duda de que este exceso llevará a tal marido fuera de las barreras de la razón. Las ciencias que regulan las costumbres de los hombres, como la teología y la filosofía, se mezclan en todo. No hay acción tan privada y secreta que se sustraiga a su conocimiento y jurisdicción. Muy aprendices son quienes examinan su libertad. Son las mujeres quienes comunican cuanto quieren sus partes a lucir; a curar, la vergüenza lo prohíbe. Quiero pues de su parte enseñar esto a los maridos, si es que todavía los hay demasiado encarnizados en ello: que los placeres mismos que tienen en el trato con sus mujeres son reprobados si no se observa la moderación; y que hay manera de faltar en licencia y desenfreno en ese asunto, igual que en un asunto ilegítimo.

Esos exagerados desvergonzados que el primer calor nos sugiere en ese juego no solo son indecentemente, sino dañosamente empleados con nuestras mujeres. Que aprendan la impudicia al menos de otra mano. Siempre están bastante despiertas para nuestra necesidad. Yo no me he servido más que de la instrucción natural y simple. Es una unión religiosa y devota el matrimonio: he ahí por qué el placer que se obtiene de él debe ser un placer retenido, serio y mezclado con cierta severidad; debe ser una voluptuosidad en cierto modo prudente y concienzuda. Y puesto que su fin principal es la generación, hay quienes ponen en duda si cuando estamos sin esperanza de ese fruto, como cuando ellas están fuera de edad o encinta, está permitido buscar el abrazo. Es un homicidio a la manera de Platón. Ciertas naciones, y entre otras la mahometana, abominan la unión con las mujeres encinta. Muchas también con las que tienen sus flujos. Zenobia recibía a su marido solo para una carga; y hecho esto lo dejaba correr todo el tiempo de su concepción, dándole entonces solamente permiso de recomenzar: bravo y generoso ejemplo de matrimonio. Es de algún poeta necesitado y hambriento de ese solaz que Platón tomó prestada esta narración: que Júpiter hizo a su mujer una carga tan calurosa un día, que no pudiendo tener paciencia a que ganara su lecho, la derribó sobre el suelo; y por la vehemencia del placer olvidó las resoluciones grandes e importantes que acababa de tomar con los otros dioses en su corte celeste, jactándose de que aquella vez lo había encontrado tan bueno como cuando por primera vez la desvirgó a escondidas de sus padres.

Los reyes de Persia llamaban a sus mujeres a la compañía de sus festines, pero cuando el vino venía a calentarlos de verdad, y había que dar del todo rienda suelta a la voluptuosidad, las devolvían a su retiro; para no hacerlas partícipes de sus apetitos inmoderados; e iban a buscar en su lugar a mujeres hacia las cuales no tuvieran esa obligación de respeto. Todos los placeres y todas las gratificaciones no están bien alojados en todas las gentes. Epaminondas había hecho encarcelar a un muchacho libertino; Pelópidas le rogó que lo pusiera en libertad por su favor; se lo negó, y lo concedió a una moza suya que también se lo pidió, diciendo que era una gratificación debida a una amiga, no a un capitán. Sófocles siendo compañero en la pretura con Pericles, viendo por casualidad pasar a un hermoso muchacho: «¡Oh, qué hermoso muchacho!», le dijo a Pericles. «Eso estaría bien para otro que no fuera un pretor», le dijo Pericles, «quien debe tener no solo las manos, sino también los ojos castos». El emperador Elio Vero respondió a su mujer, cuando se quejaba de que se dejara llevar al amor de otras mujeres, que lo hacía por ocasión concienzuda, puesto que el matrimonio era un nombre de honor y dignidad, no de loca y lasciva concupiscencia.

Y nuestra historia eclesiástica ha conservado con honor la memoria de aquella mujer que repudió a su marido por no querer secundar y sostener sus toques demasiado insolentes y desordenados. No hay en suma ninguna voluptuosidad tan justa en la cual el exceso y la intemperancia no nos sean reprochables. Pero hablando en serio, ¿no es un animal miserable el hombre? Apenas está en su poder por su condición natural gustar un solo placer entero y puro, y aún se pone en el empeño de recortarlo con el razonamiento: no es bastante mezquino, si por arte y por estudio no aumenta su miseria,

===FIN===

Hemos aumentado con nuestra habilidad los miserables caminos de la fortuna. La sabiduría humana actúa muy neciamente e ingeniosamente al ejercitarse en rebajar el número y la dulzura de los placeres que nos pertenecen, igual que actúa favorable e industriosamente al emplear sus artificios para pintarnos y maquillarnos los males y aligerarnos su sentimiento. Si yo hubiera sido jefe de partido, habría tomado otra vía más natural, es decir, verdadera, apropiada y santa, y quizá me habría hecho lo bastante fuerte como para limitarla. Aunque nuestros médicos espirituales y corporales, como si hubiesen hecho un pacto entre ellos, no encuentran ningún camino para la curación ni remedio para las enfermedades del cuerpo y del alma que no sea mediante el tormento, el dolor y la pena. Las vigilias, los ayunos, los cilicios, los exilios lejanos y solitarios, las prisiones perpetuas, las disciplinas y otras aflicciones han sido introducidas para ello. Pero con tal condición de que sean verdaderamente aflicciones y que haya en ellas amargura punzante, y que no ocurra como con un tal Galio, quien habiendo sido enviado al exilio en la isla de Lesbos, se informó en Roma de que se estaba dando buena vida allí, y que lo que se le había impuesto como castigo le resultaba provechoso. Por lo cual decidieron llamarlo de nuevo junto a su mujer y a su casa, y le ordenaron quedarse allí para ajustar su castigo a su sentir. Porque para quien el ayuno aguzase la salud y la alegría, para quien el pescado resultase más apetitoso que la carne, ya no sería una receta saludable; igual que en la otra medicina, las drogas no tienen ningún efecto sobre quien las toma con apetito y placer. La amargura y la dificultad son circunstancias propias de su operación. La naturaleza que aceptase el ruibarbo como algo familiar corrompería su uso: tiene que ser algo que dañe nuestro estómago para curarlo. Y aquí se aplica la regla común de que las cosas se curan por sus contrarios, pues el mal cura el mal.

Esta idea se relaciona en cierto modo con aquella otra tan antigua de creer que se gratifica al Cielo y a la naturaleza mediante nuestra masacre y homicidio, que fue universalmente abrazada en todas las religiones. Todavía en tiempos de nuestros padres, Amurates en la toma del Istmo inmoló seiscientos jóvenes griegos al alma de su padre, a fin de que esa sangre sirviera de propiciación para la expiación de los pecados del difunto. Y en esas nuevas tierras descubiertas en nuestra época, aún puras y vírgenes en comparación con las nuestras, el uso es en cierto modo recibido por todas partes. Todos sus ídolos se abrevan de sangre humana, no sin diversos ejemplos de horrible crueldad. Los queman vivos, y medio asados los retiran de la hoguera para arrancarles el corazón y las entrañas. A otros, incluso a mujeres, los desollan vivos, y con su piel así ensangrentada revisten y enmascaran a otros. Y no menos ejemplos de constancia y resolución. Porque esos pobres sacrificados, ancianos, mujeres, niños, van algunos días antes pidiendo ellos mismos limosnas para la ofrenda de su sacrificio, y se presentan al matadero cantando y danzando con los asistentes.

Los embajadores del rey de México, dando a entender a Hernán Cortés la grandeza de su señor, después de haberle dicho que tenía treinta vasallos, cada uno de los cuales podía reunir cien mil combatientes, y que se mantenía en la más bella y fuerte ciudad que hubiera bajo el cielo, le añadieron que tenía que sacrificar a los dioses cincuenta mil hombres al año. En verdad, dicen que alimentaba la guerra con ciertos grandes pueblos vecinos, no solo para el ejercicio de la juventud del país, sino principalmente para tener con qué proveer a sus sacrificios mediante prisioneros de guerra. En otro lugar, en cierto pueblo, para dar la bienvenida a dicho Cortés, sacrificaron cincuenta hombres de una sola vez. Contaré todavía esta historia: algunos de estos pueblos, habiendo sido vencidos por él, enviaron emisarios para reconocerlo y buscar su amistad; los mensajeros le presentaron tres clases de presentes de esta manera: «Señor, he aquí cinco esclavos: si eres un dios fiero que se alimenta de carne y de sangre, cómetelos y te traeremos más; si eres un dios bondadoso, he aquí incienso y plumas; si eres hombre, toma las aves y los frutos que están aquí».

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