Capítulo 19Qué es filosofar: aprender a morir
Cicerón dice que filosofar no es otra cosa que prepararse para la muerte. Esto es así porque el estudio y la contemplación retiran en cierto modo nuestra alma de nosotros y la ocupan aparte del cuerpo, lo cual es un cierto aprendizaje y semejanza de la muerte; o bien porque toda la sabiduría y reflexión del mundo se resuelve finalmente en este punto: enseñarnos a no temer morir. En verdad, o la razón se burla, o solo debe apuntar a nuestro contento, y todo su trabajo tender en suma a hacernos vivir bien y a nuestras anchas, como dice la Santa Escritura. Todas las opiniones del mundo están de acuerdo en esto: que el placer es nuestro fin, aunque tomen diversos medios para llegar a él; de otro modo se las echaría de entrada. Pues ¿quién escucharía a aquel que estableciera como fin nuestro dolor y malestar? Las disensiones de las sectas filosóficas en este caso son verbales. Transcurramus solertissimas nugas. Hay más obstinación y picoteo del que corresponde a una profesión tan santa. Pero cualquier personaje que el hombre emprenda representar, siempre representa el suyo propio.
Digan lo que digan, en la virtud misma, el último fin de nuestra mirada es la voluptuosidad. Me gusta batir sus oídos con esta palabra que tanto les disgusta; y si significa algún supremo placer y excesivo contento, se debe mejor a la ayuda de la virtud que a ninguna otra ayuda. Esta voluptuosidad, por ser más gallarda, nerviosa, robusta, viril, no es sino más seriamente voluptuosa. Y debíamos darle el nombre del placer, más favorable, más dulce y natural, no el de vigor con el que la hemos denominado. Esa otra voluptuosidad más baja, si mereciera ese hermoso nombre, debería serlo en competencia, no por privilegio. Yo la encuentro menos pura de incomodidades y obstáculos que la virtud. Además de que su gusto es más momentáneo, fluido y caduco, tiene sus vigilias, sus ayunos y sus trabajos, y el sudor y la sangre. Y además, particularmente, sus pasiones cortantes de tantas clases, y a su lado una saciedad tan pesada que equivale a penitencia. Estamos muy equivocados al estimar que sus incomodidades le sirven de aguijón y de condimento a su dulzura, como en la naturaleza lo contrario se vivifica por su contrario; y al decir, cuando llegamos a la virtud, que parecidas consecuencias y dificultades la abruman, la vuelven austera e inaccesible. Cuando, mucho más propiamente que a la voluptuosidad, ellas ennoblecen, aguzan y realzan el placer divino y perfecto que ella nos procura.
Ciertamente es muy indigno de su trato quien contrapesa su costo a su fruto, y no conoce ni sus gracias ni su uso. Aquellos que van instruyéndonos que su búsqueda es escabrosa y laboriosa, su goce agradable, ¿qué nos dicen con ello sino que siempre es desagradable? Pues ¿qué medio humano llegó jamás a su goce? Los más perfectos se contentaron con aspirar a ella y acercársele, sin poseerla. Pero se equivocan, visto que de todos los placeres que conocemos, la persecución misma es placentera. La empresa participa de la cualidad de la cosa que mira, pues es una buena porción del efecto, y consustancial. La dicha y beatitud que reluce en la virtud llena todas sus pertenencias y avenidas, hasta la primera entrada y extrema barrera. Ahora bien, uno de los principales beneficios de la virtud es el desprecio de la muerte, medio que provee a nuestra vida de una blanda tranquilidad y nos da su gusto puro y amable; sin el cual cualquier otra voluptuosidad está extinta. Por eso todas las reglas se encuentran y concuerdan en este artículo. Y aunque también nos conduzcan todas de común acuerdo a despreciar el dolor, la pobreza y otros accidentes a los que la vida humana está sujeta, no es con igual cuidado; tanto porque estos accidentes no son de tal necesidad —la mayoría de los hombres pasan su vida sin probar la pobreza, y algunos incluso sin sentimiento de dolor ni de enfermedad, como Jenófilo el Músico, que vivió ciento seis años con entera salud— como también porque, en el peor de los casos, la muerte puede poner fin cuando nos plazca, y cortar de raíz todos los demás inconvenientes. Pero en cuanto a la muerte, ella es inevitable.
Todos somos empujados al mismo lugar, de todos se agita la urna, tarde o temprano saldrá la suerte y nos colocará en la barca del eterno destierro.
Y por consiguiente, si nos da miedo, es un motivo continuo de tormento que no puede aliviarse de ningún modo. No hay lugar del que no nos venga. Podemos volver sin cesar la cabeza acá y allá, como en país sospechoso: quæ quasi saxum Tantalo semper impendet. Nuestros parlamentos envían a menudo a ejecutar a los criminales al lugar donde se cometió el crimen; durante el camino, paseadlos por hermosas casas, ofrecedles cuanto buen recibimiento os plazca,
ni los manjares de Sicilia elaborarán dulce sabor, ni el canto de las aves y la cítara traerán de vuelta el sueño.
¿Pensáis que puedan regocijarse con ello? ¿Y que la intención final de su viaje, estándoles ordinariamente ante los ojos, no les haya alterado y desabrido el gusto de todas esas comodidades?
Oye el camino, cuenta los días y mide su vida por la distancia del viaje, atormentado por la desgracia futura.
El fin de nuestra carrera es la muerte, es el objeto necesario de nuestra mirada; si nos espanta, ¿cómo es posible dar un paso adelante sin fiebre? El remedio del vulgo es no pensar en ella. Pero ¿de qué brutal estupidez puede venirle una ceguera tan grosera? Hay que hacerle embridar el asno por la cola,
Quien con su propia cabeza plantó sus pasos hacia atrás.
No es de extrañar si tan a menudo cae en la trampa. Se asusta a nuestra gente con solo nombrar la muerte, y la mayoría se santigua, como del nombre del diablo. Y porque se hace mención de ella en los testamentos, no esperéis que pongan mano en ello antes de que el médico les haya dado la sentencia extrema. Y Dios sabe entonces, entre el dolor y el espanto, con qué buen juicio os lo confeccionan. Porque esta sílaba golpeaba demasiado rudamente sus oídos, y esa voz les parecía de mal agüero, los romanos habían aprendido a ablandarla o extenderla en perífrasis. En lugar de decir «ha muerto», «ha dejado de vivir», dicen «ha vivido». Con tal de que sea vida, aunque sea pasada, se consuelan. Nosotros hemos tomado prestado de ahí nuestro «difunto Maese Juan». Quizá es, como se dice, que el plazo vale el dinero. Yo nací entre las once y el mediodía el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres, según contamos ahora, comenzando el año en enero. Hace exactamente quince días que cumplí treinta y nueve años; me faltan por lo menos otros tantos. Entretanto, ocuparse del pensamiento de cosa tan lejana sería locura. Pero ¿qué? Los jóvenes y los viejos dejan la vida en la misma condición. Nadie sale de ella de otro modo que si en este mismo instante entrara en ella; además, no hay hombre tan decrépito, mientras vea a Matusalén delante, que no piense tener aún veinte años en el cuerpo. Además, pobre necio que eres, ¿quién te ha fijado los términos de tu vida? Te fundas en los cuentos de los médicos. Mira más bien el efecto y la experiencia. Por el curso común de las cosas, vives ya por favor extraordinario. Has pasado los términos acostumbrados de vivir; y para que así sea, cuenta de tus conocidos cuántos han muerto antes que tu edad, más que los que la han alcanzado; y de aquellos mismos que han ennoblecido su vida con renombre, haz registro, y apostaré a encontrar más que murieron antes que después de los treinta y cinco años. Es cosa llena de razón y de piedad tomar ejemplo de la humanidad misma de Jesucristo. Pues bien, él acabó su vida a los treinta y tres años. El más grande de los hombres, simplemente hombre, Alejandro, murió también en ese término. ¡Cuántas formas de sorpresa tiene la muerte!
Lo que cada uno debe evitar nunca está suficientemente advertido al hombre hora tras hora.
Dejo aparte las fiebres y las pleuresías. ¿Quién hubiera pensado jamás que un duque de Bretaña iba a morir asfixiado por la multitud, como le ocurrió a aquel en la entrada del papa Clemente, mi vecino, en Lyon? ¿No has visto matar a uno de nuestros reyes mientras jugaba? Y uno de sus antepasados, ¿no murió acaso embestido por un cerdo? Esquilo, amenazado por la caída de una casa, bien puede mantenerse al aire libre, y ahí lo tienes aplastado por un caparazón de tortuga que se le escapó de las garras a un águila en el aire; otro murió de un grano de uva; un emperador del rasguño de un peine al peinarse; Emilio Lépido por haber golpeado con el pie el umbral de su puerta; y Aufidio por haber chocado al entrar contra la puerta de la cámara del consejo. Y entre los muslos de las mujeres Cornelio Galo, pretor; Tigelino, capitán de la guardia de Roma; Ludovico, hijo de Guido de Gonzaga, marqués de Mantua. Y de un ejemplo aún peor, Espeusipo, filósofo platónico, y uno de nuestros papas. El pobre Bebio, juez, mientras concede un aplazamiento de ocho días a una de las partes, ahí lo tienes fulminado, pues su plazo de vida había expirado; y Cayo Julio, médico, untando los ojos de un paciente, ahí está la muerte que cierra los suyos. Y si he de mezclarme yo también en esto, un hermano mío, el capitán San Martín, de veintitrés años de edad, que ya había dado buena prueba de su valentía, jugando a la pelota recibió un golpe de pelota que lo alcanzó un poco por encima de la oreja derecha, sin ninguna apariencia de contusión ni de herida: no se sentó ni se acostó, pero cinco o seis horas después murió de una apoplejía que ese golpe le causó. Estos ejemplos tan frecuentes y tan comunes pasando ante nuestros ojos, ¿cómo es posible que uno pueda librarse del pensamiento de la muerte, y que a cada instante no nos parezca que nos tiene agarrados por el cuello? Qué importa, me dirás, de qué manera sea, con tal de que uno no se preocupe por ello? Soy de esa opinión: y de cualquier manera que uno pueda ponerse al abrigo de los golpes, aunque sea bajo la piel de un ternero, no soy hombre que retroceda ante ello, pues me basta con pasarlo a mi gusto, y el mejor juego que pueda darme, ese tomo, por poco glorioso y ejemplar que lo quieras ver.
Preferiría parecer delirante e inerte, con tal de que mis males me deleiten, o al menos me engañen, antes que ser sabio y rabiar.
Pero es una locura pensar llegar allí por ese camino. Van, vienen, trotan, bailan, de la muerte ninguna noticia. Todo eso está muy bien, pero también cuando ella llega, ya sea a ellos o a sus esposas, hijos y amigos, sorprendiéndolos de repente y desprevenidos, ¡qué tormentos, qué gritos, qué rabia y qué desesperación los abruma! ¿Viste jamás algo tan abatido, tan cambiado, tan confuso? Hay que proveer antes: y esa negligencia bestial, aunque pudiera alojarse en la cabeza de un hombre de entendimiento, lo que encuentro enteramente imposible, nos vende demasiado caras sus mercancías. Si fuera un enemigo que se pudiera evitar, yo aconsejaría pedir prestadas las armas de la cobardía; pero puesto que no se puede, puesto que te atrapa huyendo y cobarde tanto como hombre honrado,
Ciertamente persigue también al hombre que huye, y no perdona las corvas de la juventud imbele ni su espalda temerosa,
y puesto que ninguna coraza te cubre,
Aunque cauto se oculte en el bronce con hierro, la muerte sin embargo sacará de allí su cabeza encerrada,
aprendamos a soportarla con pie firme y a combatirla. Y para comenzar a quitarle su mayor ventaja contra nosotros, tomemos un camino completamente contrario al común. Quitémosle la extrañeza, practiquémosla, acostumbrémonos a ella, no tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte; en todo momento representémosla en nuestra imaginación y en todos los rostros. Al tropezar de un caballo, a la caída de una teja, a la menor punzada de alfiler, rumiemos en seguida: ¿Y bien, qué pasaría si fuera la muerte misma? Y en eso, endurezcámonos y esforcémonos. En medio de las fiestas y la alegría, tengamos siempre ese estribillo del recuerdo de nuestra condición, y no nos dejemos arrebatar tanto por el placer que de vez en cuando no nos vuelva a la memoria de cuántas maneras esta nuestra alegría es blanco de la muerte, y con cuántas presas la amenaza. Así hacían los egipcios, que en medio de sus festines y en lo mejor de su comida hacían traer la anatomía seca de un hombre para servir de advertencia a los invitados.
Cree que cada día que ha amanecido para ti es el último; grata sobrevendrá la hora que no se esperaba.
Es incierto dónde nos espera la muerte, esperémosla en todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. No hay nada de malo en la vida para quien ha comprendido bien que la privación de la vida no es un mal. El saber morir nos libera de toda sujeción y obligación. Paulo Emilio respondió a aquel que ese miserable rey de Macedonia, su prisionero, le enviaba para rogarle que no lo llevara en su triunfo: que haga él mismo la petición. En verdad, en todas las cosas, si la naturaleza no presta un poco, es muy difícil que el arte y la industria lleguen muy lejos. Yo soy de mí mismo no melancólico, sino soñador; no hay nada en lo que me haya entretenido más siempre que en las imaginaciones de la muerte; incluso en la estación más licenciosa de mi edad,
Cuando la edad florida pasaba agradablemente la primavera.
Entre las damas y los juegos, tal me creía ocupado en digerir aparte algún celo, o la incertidumbre de alguna esperanza, mientras yo me entretenía con no sé quién sorprendido los días precedentes por una fiebre ardiente, y de su fin al salir de una fiesta parecida, y la cabeza llena de ociosidad, de amor y de buen tiempo, como yo; y que otro tanto me pendía de la oreja.
Ya habría sido, y nunca más se podrá volver atrás.
No fruncía más el ceño por ese pensamiento que por otro.
Es imposible que al principio no sintamos las punzadas de tales imaginaciones; pero manejándolas y repasándolas, a la larga, sin duda se las domestica; de otro modo, por mi parte, estaría en continuo terror y frenesí, pues jamás hombre desconfió tanto de su vida, jamás hombre hizo menos caso de su duración. Ni la salud, de la que he disfrutado hasta ahora muy vigorosa y pocas veces interrumpida, me alarga la esperanza, ni las enfermedades me la acortan. A cada minuto me parece que me escapo. Y me recanto sin cesar: todo lo que puede hacerse otro día, puede hacerse hoy. De veras, los azares y peligros nos acercan poco o nada a nuestro fin; y si pensamos cuántos quedan, sin ese accidente que parece amenazarnos más, de millones de otros sobre nuestras cabezas, encontraremos que alegres y febriles, en el mar y en nuestras casas, en la batalla y en reposo, nos está igualmente cerca. Nadie es más frágil que otro; nadie más seguro de su mañana. Lo que tengo que hacer antes de morir, para acabarlo todo ocio me parece corto, aunque sea obra de una hora. Alguien hojeando el otro día mis tablillas encontró un memorial de algo que yo quería que se hiciera después de mi muerte; le dije, como era verdad, que no estando más que a una legua de mi casa, y sano y alegre, me había apresurado a escribirlo allí, para no asegurarme de llegar hasta mi casa. Como quien continuamente me incuba con mis pensamientos y los acuesta en mí, estoy a toda hora preparado en cuanto puedo estarlo, y no me advertirá de nada nuevo la llegada de la muerte. Hay que estar siempre calzado y listo para partir, en tanto que de nosotros depende, y sobre todo guardarse de que no tengamos entonces más asunto que con nosotros mismos.
¿Por qué lanzamos tantas cosas en una vida breve?
Pues tendremos bastante trabajo sin otro sobrepeso. Uno se queja más que de la muerte de que le interrumpe el curso de una bella victoria; otro de que tiene que marcharse antes de haber casado a su hija o controlado la educación de sus hijos; uno lamenta la compañía de su esposa, otro la de su hijo, como comodidades principales de su ser. Yo estoy en este momento en tal estado, gracias a Dios, que puedo marcharme cuando le plazca, sin arrepentirme de cosa alguna; me desato de todo: mis adioses están ya tomados de cada uno, salvo de mí. Jamás hombre se preparó para dejar el mundo más pura y plenamente, ni se desprendió de él más universalmente de lo que espero hacer yo. Las muertes más muertas son las más sanas.
«¡Desgraciado, oh desgraciado! —dicen—, un solo día funesto me quitó todos los frutos de la vida»;
y el constructor,
«quedan —dice— las obras interrumpidas, y las enormes murallas amenazantes».
No hay que proyectar nada a tan largo plazo, o al menos no con tal entusiasmo como para angustiarse por ver su fin. Hemos nacido para actuar:
«Que cuando muera, me disuelva en medio de la acción». Quiero que se actúe y que se alarguen las ocupaciones de la vida cuanto se pueda: y que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero despreocupado de ella, y todavía más de mi huerto inacabado. Vi morir a uno que, estando en el trance final, se quejaba incesantemente de que su destino cortara el hilo de la historia que tenía entre manos, sobre el decimoquinto o decimosexto de nuestros reyes.
«No añaden en estas cosas que ya ningún deseo de ellas te asalta».
Hay que deshacerse de estos humores vulgares y perjudiciales. Así como se han plantado nuestros cementerios junto a las iglesias, y en los lugares más frecuentados de la ciudad, para acostumbrar, decía Licurgo, al pueblo bajo, a las mujeres y a los niños a no asustarse al ver a un hombre muerto: y para que ese continuo espectáculo de huesos, de tumbas y de entierros nos advierta de nuestra condición.
«Es más, antiguamente era costumbre amenizar los banquetes de los hombres con matanzas, y mezclar con las comidas el espectáculo atroz de los que combatían con la espada, y a menudo caían sobre las mismas copas, rociando las mesas con abundante sangre».
Y como los egipcios, después de sus festines, hacían presentar a los asistentes una gran imagen de la muerte, por medio de alguien que les gritaba: «Bebe y alégrate, pues muerto serás así»; también he tomado por costumbre tener no solo en la imaginación, sino continuamente la muerte en la boca. Y no hay nada sobre lo que me informe tan voluntariamente como sobre la muerte de los hombres: qué palabra, qué rostro, qué actitud tuvieron: ni pasaje de las historias que observe tan atentamente. Se ve en el relleno de mis ejemplos: y en que tengo una afición particular por esta materia. Si yo fuera hacedor de libros, haría un registro comentado de muertes diversas: quien enseñara a los hombres a morir, les enseñaría a vivir. Dicearco hizo uno de parecido título, pero de otro y menos útil fin. Se me dirá que el hecho supera de tan lejos al pensamiento, que no hay esgrima tan bella que no se pierda cuando se llega a ello: que lo digan; el premeditarlo da sin duda gran ventaja: y además, ¿no es nada llegar al menos hasta allí sin alteración y sin fiebre? Hay más: la naturaleza misma nos tiende la mano y nos da valor. Si es una muerte corta y violenta, no tenemos tiempo de temerla: si es de otro tipo, me doy cuenta de que a medida que me adentro en la enfermedad, entro naturalmente en cierto desdén por la vida.
Me cuesta mucho más digerir esta resolución de morir cuando estoy sano, que cuando tengo fiebre: porque ya no me aferro tan fuertemente a las comodidades de la vida, por razón de que empiezo a perder su uso y su placer, veo la muerte con una mirada mucho menos aterrada. Esto me hace esperar que cuanto más me aleje de aquella y me acerque a esta, más fácilmente entraré en composición de su intercambio. Así como he experimentado en otras varias ocasiones lo que dice César, que las cosas nos parecen a menudo más grandes de lejos que de cerca: he encontrado que estando sano había tenido las enfermedades mucho más en horror que cuando las he sentido. La alegría en que estoy, el placer y la fuerza, me hacen parecer el otro estado tan desproporcionado respecto a este, que por imaginación engrueso esas incomodidades a la mitad, y las concibo más pesadas de lo que las encuentro cuando las tengo sobre los hombros. Espero que me sucederá lo mismo con la muerte. Veamos en estas mudanzas y declinaciones ordinarias que sufrimos, cómo la naturaleza nos oculta la vista de nuestra pérdida y empeoramiento. ¿Qué le queda a un viejo del vigor de su juventud y de su vida pasada?
«¡Ay, qué pequeña porción de vida les queda a los viejos!». César, a un soldado de su guardia decrépito y quebrado, que vino por la calle a pedirle permiso para hacerse morir: mirando su aspecto decrépito, respondió graciosamente: «Así que piensas que estás vivo».
Si cayéramos en ello de golpe, no creo que fuéramos capaces de soportar tal cambio: pero conducidos por su mano, por una pendiente suave y como insensible, poco a poco, de grado en grado, ella nos hace rodar hacia ese miserable estado y nos acostumbra a él. De modo que no sentimos ninguna sacudida cuando la juventud muere en nosotros: lo cual es en esencia y en verdad una muerte más dura que la muerte entera de una vida lánguida; y que la muerte de la vejez: porque el salto no es tan pesado del mal estar al no ser, como lo es de un ser dulce y floreciente a un ser penoso y doloroso. El cuerpo encorvado y doblado tiene menos fuerza para sostener una carga, así también nuestra alma. Hay que enderezarla y elevarla contra el embate de este adversario. Pues como es imposible que se ponga en reposo mientras lo teme: si se asegura de ello también, puede vanagloriarse, que es cosa como que supera la condición humana, de que es imposible que la inquietud, el tormento y el miedo, ni el menor desplacer se aloje en ella.
«Ni el rostro del tirano que amenaza sacude su mente sólida, ni el Austro turbulento, señor del inquieto Adriático, ni la gran mano del tonante Júpiter».
Se ha vuelto dueña de sus pasiones y concupiscencias; dueña de la indigencia, de la vergüenza, de la pobreza, y de todas las demás injurias de la fortuna. Ganemos esta ventaja quien pueda: aquí está la verdadera y soberana libertad, que nos da con qué hacer el gesto a la fuerza y a la injusticia, y burlarnos de las prisiones y de los hierros.
«En esposas y grilletes, te tendré bajo custodia cruel. El mismo dios tan pronto como quiera, me liberará: creo que esto siente: moriré; la muerte es la línea última de las cosas».
Nuestra religión no ha tenido fundamento humano más seguro que el desprecio de la vida. No solo el discurso de la razón nos llama a ello; pues ¿por qué temeríamos perder una cosa que, perdida, no puede ser lamentada? Sino también, puesto que estamos amenazados por tantas formas de muerte, ¿no hay más mal en temerlas todas que en soportar una? ¿Qué importa cuándo sea, puesto que es inevitable? A aquel que le decía a Sócrates: «Los treinta tiranos te han condenado a muerte»; «Y la naturaleza, a ellos», respondió él. Qué tontería angustiarnos en el punto del paso a la exención de toda pena. Como nuestro nacimiento nos trajo el nacimiento de todas las cosas: así hará la muerte de todas las cosas nuestra muerte. Por lo cual es igual locura llorar porque dentro de cien años no viviremos, que llorar porque no vivíamos hace cien años. La muerte es origen de otra vida: así lloramos, y así nos costó entrar en esta: así nos despojamos de nuestro antiguo velo al entrar en ella. Nada puede ser penoso si no es más que una vez. ¿Es razón temer tanto tiempo una cosa de tan breve tiempo? El largo tiempo de vivir y el poco tiempo de vivir quedan igualados por la muerte. Pues lo largo y lo corto no existe en las cosas que ya no son. Aristóteles dice que hay pequeñas bestias en el río Hipanis que viven solo un día. La que muere a las ocho de la mañana, muere en su juventud: la que muere a las cinco de la tarde, muere en su decrepitud. ¿Quién de nosotros no se burlaría de ver considerar como dicha o desdicha ese momento de duración? Lo más y lo menos en la nuestra, si la comparamos con la eternidad, o incluso con la duración de las montañas, de los ríos, de las estrellas, de los árboles, y hasta de algunos animales, no es menos ridículo. Pero la naturaleza nos obliga a ello. «Salid —dice— de este mundo como entrasteis en él. El mismo paso que hicisteis de la muerte a la vida, sin pasión y sin temor, hacedlo de la vida a la muerte. Vuestra muerte es una de las piezas del orden del universo, es una pieza de la vida del mundo».
«Los mortales viven en mutua relación entre sí, y como corredores se pasan la antorcha de la vida».
¿Voy a cambiarte esta hermosa organización de las cosas? Es la condición de tu creación; la muerte es una parte de ti: te huyes de ti mismo. Este ser del que disfrutas está repartido por igual entre la muerte y la vida. El primer día de tu nacimiento te encamina a morir tanto como a vivir.
«La primera hora que dio la vida la consumió. Naciendo morimos, y el fin depende del origen».
Todo lo que vives se lo robas a la vida: es a costa de ella. La tarea continua de tu vida es construir la muerte. Estás en la muerte mientras estás en vida, pues estás después de la muerte cuando ya no estás en vida. O, si lo prefieres así, estás muerto después de la vida; pero durante la vida estás muriendo, y la muerte afecta mucho más duramente al moribundo que al muerto, y más vivamente y esencialmente. Si has sacado provecho de la vida, te has saciado de ella, vete satisfecho.
«¿Por qué no te retiras como un comensal lleno de vida?». Si no has sabido usarla, si te era inútil, ¿qué te importa haberla perdido? ¿Para qué la quieres todavía?
«¿Por qué pretendes añadir más, cuando de nuevo se perderá mal y todo morirá ingrato?».
La vida no es en sí ni bien ni mal: es el lugar del bien y del mal, según tú se lo procures. Y si has vivido un día, lo has visto todo: un día es igual a todos los días. No hay otra luz ni otra noche. Este sol, esta luna, estas estrellas, esta disposición, es la misma que tus antepasados disfrutaron y que entretendrá a tus bisnietos.
«No vieron otra cosa los padres, ni otra verán los nietos».
Y en el peor de los casos, la distribución y variedad de todos los actos de mi comedia se completan en un año. Si has prestado atención al movimiento de mis cuatro estaciones, ellas abarcan la infancia, la adolescencia, la virilidad y la vejez del mundo. Ha jugado su partida: no conoce otra habilidad que empezar de nuevo; siempre será lo mismo.
«Giramos en lo mismo y permanecemos siempre, y el año da vueltas sobre sus propias huellas».
No estoy dispuesta a forjarte otros pasatiempos nuevos.
«Pues no hay nada más que yo pueda maquinar e inventar para ti que te plazca, todo es siempre lo mismo».
Deja sitio a otros, como otros te lo dejaron a ti. La igualdad es la primera pieza de la equidad. ¿Quién puede quejarse de estar incluido donde todos están incluidos? Por mucho que vivas, no quitarás nada del tiempo que has de estar muerto: es en vano; estarás tanto tiempo en ese estado que temes como si hubieras muerto en la cuna.
«Por más que quieras vencer siglos viviendo, la muerte eterna, sin embargo, permanecerá».
Y te pondré en tal punto que no tendrás ningún descontento.
«No sabes en verdad que no habrá otro tú en la muerte. Que pueda, estando vivo, llorarte muerto, y de pie al yacente».
Ni desearás la vida que tanto lamentas.
«Pues nadie entonces se echa de menos a sí mismo ni a su vida, ni nos afecta ninguna añoranza de nosotros».
La muerte es menos de temer que nada, si hubiera algo menos que nada.
«Mucho menos debemos temer la muerte. Si puede haber menos que lo que vemos que es nada».
No te concierne ni muerto ni vivo. Vivo, porque lo estás; muerto, porque ya no lo estás. Además, nadie muere antes de su hora. El tiempo que dejas no era más tuyo que el que transcurrió antes de tu nacimiento, y no te afecta más.
«Mira pues cuán nada fue para nosotros la antigua eternidad del tiempo pasado».
Donde quiera que tu vida termine, allí está toda entera. La utilidad del vivir no está en el espacio, sino en el uso. Tal ha vivido largo tiempo quien ha vivido poco. Ocúpate de ello mientras estás en ello. Depende de tu voluntad, no del número de años, que hayas vivido bastante. ¿Pensaste acaso no llegar nunca allí adonde ibas sin cesar? Además, no hay camino que no tenga su salida. Y si la compañía puede consolarte, ¿no va el mundo al mismo paso que tú vas?
«Todo lo que ha terminado la vida te seguirá». ¿No se mueve todo con tu movimiento? ¿Hay algo que no envejezca al mismo tiempo que tú? Mil hombres, mil animales y mil otras criaturas mueren en ese mismo instante en que tú mueres.
«Pues ninguna noche siguió al día, ni aurora a la noche, que no oyera mezclados con vagidos enfermos los llantos compañeros de la muerte y del funeral sombrío».
¿Para qué retrocedes, si no puedes tirar hacia atrás? Has visto bastantes que se han encontrado bien al morir, evitando con ello grandes miserias. Pero ¿has visto a alguien que se haya encontrado mal? Aun así es gran simpleza condenar una cosa que no has experimentado ni por ti ni por otro. ¿Por qué te quejas de mí y del destino? ¿Te hacemos algún daño? ¿Nos toca a ti gobernarnos o a nosotros a ti? Aunque tu edad no esté acabada, tu vida lo está. Un hombre pequeño es hombre entero como uno grande. Ni los hombres ni sus vidas se miden con la vara. Quirón rechazó la inmortalidad, informado de sus condiciones por el propio dios del tiempo y de la duración, Saturno su padre. Imagina de verdad cuán insoportable para el hombre sería una vida perdurable, y más penosa que la vida que yo te he dado. Si no tuvieras la muerte, me maldecirías sin cesar por haberte privado de ella. He mezclado en ella adrede un poco de amargura para impedirte, viendo la comodidad de su uso, que la abraces demasiado ávidamente e indiscretamente. Para alojarte en esta moderación, ni de huir la vida ni de refugiarte en la muerte, que es lo que te pido, he templado una y otra entre la dulzura y la acritud.
Enseñé a Tales, el primero de vuestros sabios, que el vivir y el morir era indiferente: por lo que, a quien le preguntó por qué entonces no moría, respondió muy sabiamente: «Porque es indiferente». El agua, la tierra, el aire y el fuego, y otros miembros de este edificio mío, no son más instrumentos de tu vida que instrumentos de tu muerte. ¿Por qué temes tu último día? No contribuye más a tu muerte que cada uno de los otros. El último paso no causa el cansancio: lo declara. Todos los días van a la muerte: el último llega a ella. He aquí los buenos consejos de nuestra madre Naturaleza. Ahora bien, he pensado a menudo de dónde viene que en las guerras el rostro de la muerte, ya sea que la veamos en nosotros o en otros, nos parezca incomparablemente menos espantoso que en nuestras casas; de otro modo sería un ejército de médicos y plañideras; y siendo ella siempre la misma, que haya, sin embargo, mucha más seguridad entre la gente del campo y de baja condición que entre los demás. Creo en verdad que son esas apariencias y preparativos espantosos con que la rodeamos los que nos dan más miedo que ella: una forma de vivir completamente nueva; los gritos de las madres, las mujeres y los niños; la visita de personas aturdidas y paralizadas; la asistencia de un número de criados pálidos y llorosos; una habitación sin luz; cirios encendidos; nuestra cabecera asediada por médicos y predicadores; en suma, todo horror y todo espanto a nuestro alrededor.
Ya estamos amortajados y enterrados. Los niños tienen miedo de sus propios amigos cuando los ven enmascarados; nosotros también. Hay que quitar la máscara tanto a las cosas como a las personas. Quitada, no encontraremos debajo más que esa misma muerte que un criado o simple sirvienta pasaron últimamente sin miedo. ¡Dichosa la muerte que quita el tiempo para los preparativos de tal aparato!
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