Capítulo 24Del pedantismo
A menudo me indignaba en mi infancia al ver en las comedias italianas que siempre había un pedante haciendo de bufón, y que el sobrenombre de magister no tuviese entre nosotros una significación mucho más honorable. Pues habiéndome sido confiados como tutores, ¿qué podía hacer menos que preocuparme por su reputación? Procuraba sin duda excusarlos por la discrepancia natural que existe entre el vulgo y las personas raras y excelentes en juicio y en saber, en la medida en que unos y otros van por caminos enteramente contrarios. Pero en esto perdía el tiempo, ya que los hombres más elegantes eran quienes más los despreciaban, como lo atestigua nuestro buen Du Bellay:
Pero sobre todo odio un saber pedantesco. Y esta costumbre es antigua, pues Plutarco dice que griego y escolar eran palabras de reproche entre los romanos, y de menosprecio. Después, con la edad, descubrí que se tenía una grandísima razón, y que «los más grandes clérigos no son los más grandes sabios». Pero de dónde puede proceder que un alma rica en el conocimiento de tantas cosas no se vuelva por ello más viva y más despierta, y que un espíritu tosco y vulgar pueda albergar en sí, sin mejorar, los discursos y los juicios de los más excelentes espíritus que el mundo haya conocido, aún lo dudo. Para recibir tantos cerebros ajenos, y tan fuertes y tan grandes, es necesario, me decía una dama, la primera de nuestras princesas, hablando de alguien, que el propio se atropelle, se constriña y empequeñezca para hacer sitio a los otros. Yo diría de buen grado que, así como las plantas se ahogan por exceso de humedad y las lámparas por exceso de aceite, también se ahoga la acción del espíritu por exceso de estudio y de materia; el cual, ocupado y embarazado por una gran diversidad de cosas, pierde el medio de desenvolverse. Y que esta carga lo mantenga encorvado y agachado. Pero ocurre de otro modo, pues nuestra alma se ensancha tanto más cuanto más se llena.
Y en los ejemplos de los tiempos antiguos se ve todo lo contrario: hombres capacitados en el manejo de los asuntos públicos, grandes capitanes y grandes consejeros en los asuntos de Estado, han sido al mismo tiempo muy sabios. Y en cuanto a los filósofos retirados de toda ocupación pública, también ellos fueron a veces, es verdad, menospreciados por la libertad cómica de su tiempo, siendo sus opiniones y maneras las que los hacían ridículos. ¿Queréis hacerlos jueces de los derechos de un pleito, de las acciones de un hombre? ¡Están bien dispuestos! Aún buscan si hay vida, si hay movimiento, si el hombre es algo más que un buey; qué es obrar y padecer, qué bestias son estas que llamamos leyes y justicia. ¿Hablan del magistrado, o le hablan a él? Es con una libertad irreverente e incivil. ¿Oyen alabar a un príncipe o a un rey? Es para ellos un pastor, ocioso como un pastor, ocupado en exprimir y esquilar a sus bestias, pero mucho más rudamente. ¿Estimáis vos a alguien más grande por poseer dos mil hectáreas de tierra? Ellos se burlan, acostumbrados a abrazar el mundo entero como su posesión. ¿Os jactáis de vuestra nobleza, por contar siete abuelos ricos? Ellos os estiman en poco, al no concebir la imagen universal de la naturaleza, y cuántos predecesores ha tenido cada uno de nosotros, ricos, pobres, reyes, criados, griegos, bárbaros.
Y aunque fuerais descendiente en quincuagésima generación de Hércules, os encontrarían vano por hacer valer ese presente de la fortuna. Así los desdeñaba el vulgo, como ignorantes de las cosas primeras y comunes, y como presuntuosos e insolentes. Pero esta pintura platónica está muy alejada de la que conviene a nuestros hombres. Se envidiaba a aquellos por estar por encima de la manera común, por despreciar las acciones públicas, por haber establecido una vida particular e inimitable, regida por ciertos discursos elevados y fuera de uso; a estos se los desdeña por estar por debajo de la manera común, por ser incapaces de los cargos públicos, por arrastrar una vida y unas costumbres bajas y viles según el vulgo. «Odio a los hombres de obras perezosas y sentencias filosóficas». En cuanto a esos filósofos, digo, así como eran grandes en ciencia, eran aún más grandes en toda acción. Y tal como se cuenta de aquel geómetra de Siracusa, el cual, habiendo sido apartado de su contemplación para poner algo de ella en práctica para la defensa de su país, puso de inmediato en marcha máquinas espantosas y efectos que superaban toda creencia humana, desdeñando sin embargo él mismo toda esa manufactura suya y pensando que con ello había corrompido la dignidad de su arte, del cual sus obras no eran sino el aprendizaje y el juego.
También ellos, si alguna vez se los ha puesto a prueba en la acción, se los ha visto volar con un ala tan alta que parecía evidente que su corazón y su alma se habían maravillosamente engrosado y enriquecido por la inteligencia de las cosas. Pero algunos, viendo el lugar del gobierno político ocupado por hombres incapaces, se han retirado de él. Y aquel que preguntó a Crates hasta cuándo habría que filosofar recibió esta respuesta: «Hasta que ya no sean arrieros quienes conduzcan nuestros ejércitos». Heráclito renunció a la realeza en favor de su hermano. Y a los efesios, que le reprochaban que pasara su tiempo jugando con los niños delante del templo, les dijo: «¿No vale más hacer esto que gobernar los asuntos en vuestra compañía?». Otros, teniendo su imaginación situada por encima de la fortuna y del mundo, encontraron bajos y viles los estrados de la justicia e incluso los tronos de los reyes. Y Empédocles rechazó la realeza que le ofrecían los agrigentinos. Cuando Tales se ocupaba a veces del cuidado de la hacienda y de enriquecerse, le reprochaban que era a la manera del zorro, por no poder lograrlo. Le entró el deseo por entretenimiento de mostrar la experiencia, y habiendo por esta vez rebajado su saber al servicio del provecho y de la ganancia, estableció un comercio que en un año reportó tales riquezas que apenas en toda su vida los más experimentados en ese oficio podían hacer otras parecidas.
Lo que Aristóteles relata de algunos que llamaban a aquel y a Anaxágoras, y a sus semejantes, sabios y no prudentes, por no tener suficiente cuidado de las cosas más útiles, además de que no digiero bien esta diferencia de palabras, eso no sirve en absoluto de excusa a mis gentes, y al ver la baja y necesitada fortuna de que se contentan, tendríamos más bien ocasión de decir de todos ellos que no son ni sabios ni prudentes.
Dejo de lado esta primera razón, y creo que es mejor decir que ese mal proviene de su mala manera de abordar las ciencias: y que, según el modo en que nos instruyen, no es de extrañar que ni los estudiantes ni los maestros se vuelvan más hábiles, aunque sí más doctos. En verdad, el cuidado y el gasto de nuestros padres no buscan sino amueblar nuestra cabeza de ciencia: del juicio y de la virtud, pocas noticias. Gritadle a un transeúnte ante nuestra gente: «¡Oh, qué hombre tan sabio!». Y a otro: «¡Oh, qué buen hombre!». No dejará de dirigir los ojos y su respeto hacia el primero. Haría falta un tercer pregonero: «¡Oh, qué cabezas tan torpes!». Nosotros preguntamos con gusto: «¿Sabe griego o latín? ¿Escribe en verso o en prosa?». Pero si se ha vuelto mejor o más sensato, que era lo principal, eso es lo que queda atrás. Habría que preguntar quién es más sabio, no quién es más docto. No trabajamos sino para llenar la memoria, y dejamos el entendimiento y la conciencia vacíos. Tal como los pájaros van a veces en busca del grano, y lo llevan en el pico sin probarlo, para dárselo en la boca a sus pequeños: así nuestros pedantes van saqueando la ciencia en los libros, y no la alojan más que en el extremo de sus labios, para regurgitarla solamente, y echarla al viento.
Es asombroso cuán apropiadamente la tontería se instala en mi ejemplo. ¿Acaso no hago yo lo mismo en la mayor parte de esta composición? Yo voy escamoteando por aquí y por allá, de los libros, las sentencias que me agradan; no para guardarlas, pues no tengo despensa, sino para trasladarlas a este; donde, a decir verdad, no son más mías que en su lugar original. No somos, según creo, sabios sino de la ciencia presente: no de la pasada, ni tampoco de la futura. Pero lo que es peor, sus estudiantes y sus pequeños no se nutren ni se alimentan de ella tampoco, sino que pasa de mano en mano, con el único fin de hacer gala de ella, de entretener a otros con ella, y de hacer cuentas con ella, como una vana moneda inútil para cualquier otro uso y empleo que no sea contar y arrojar. «Apud alios loqui didicerunt, non ipsi secum. Non est loquendum, sed gubernandum.» La naturaleza, para mostrar que no hay nada de salvaje en lo que ella conduce, hace nacer a menudo en las naciones menos cultivadas por el arte, producciones del espíritu que compiten con las más artísticas producciones. Como a propósito de lo mío, el proverbio gascón sacado de una gaita, ¿no es delicado?: «Bouha prou bouha, mas à remuda lous dits quem». Soplar mucho soplar, pero mover los dedos, ahí estamos nosotros. Sabemos decir: «Cicerón dice así», «he aquí las costumbres de Platón», «estas son las palabras mismas de Aristóteles»: ¿pero qué decimos nosotros mismos? ¿Qué hacemos? ¿Qué juzgamos? Lo mismo diría un loro.
Esta manera me recuerda a aquel rico romano, que había tenido el cuidado, con grandísimo gasto, de reunir hombres competentes en todo género de ciencia, que mantenía continuamente a su alrededor, a fin de que cuando surgiera entre sus amigos alguna ocasión de hablar de una cosa o de otra, le suplieran en su lugar, y estuvieran listos para proporcionarle, quién un discurso, quién un verso de Homero, cada uno según su especialidad: y pensaba que ese saber era suyo, porque estaba en la cabeza de su gente. Y como hacen también aquellos cuya competencia reside en sus suntuosas bibliotecas. Conozco a uno a quien cuando le pregunto qué sabe, me pide un libro para mostrármelo: y no se atrevería a decirme que tiene el trasero sarnoso, si no va al instante a estudiar en su léxico qué es sarnoso, y qué es trasero. Tomamos en custodia las opiniones y el saber de otros, y luego eso es todo: hay que hacerlos nuestros. Nos parecemos propiamente a aquel que, necesitando fuego, fuera a buscarlo a casa de su vecino, y habiendo encontrado allí uno hermoso y grande, se quedara ahí a calentarse, sin más acordarse de llevarlo a su casa. ¿De qué nos sirve tener la panza llena de comida, si no se digiere, si no se transforma en nosotros? ¿Si no nos aumenta y fortalece? ¿Pensamos que Lúculo, a quien las letras hicieron y formaron tan gran capitán sin experiencia, las habría tomado a nuestra manera? Nos apoyamos tanto en los brazos de otros, que aniquilamos nuestras fuerzas. ¿Quiero armarme contra el temor a la muerte? Es a expensas de Séneca. ¿Quiero sacar consuelo para mí, o para otro? Lo tomo prestado de Cicerón; lo habría sacado de mí mismo, si me hubieran ejercitado en ello. No me gusta esta competencia relativa y mendicante. Aunque pudiéramos ser sabios con el saber de otros, al menos sabios no podemos serlo sino con nuestra propia sabiduría.
«Odio al sabio que no es sabio para sí mismo». De donde Ennio: «En vano es sabio el sabio que no puede ser útil a sí mismo».
«si cupidus, si Vanus, et Euganea quantumuis vilior agna».
«Non enim paranda nobis solum, sed fruenda sapientia est». Dionisio se burlaba de los gramáticos, que tienen cuidado de indagar los males de Ulises, e ignoran los propios: de los músicos, que afinan sus flautas, y no afinan sus costumbres: de los oradores que estudian para decir justicia, no para hacerla. Si nuestra alma no cobra un mejor impulso, si no tenemos de ella el juicio más sano, preferiría que mi estudiante hubiera pasado el tiempo jugando a la pelota, al menos el cuerpo estaría más ágil. Vedlo volver de allí, después de quince o dieciséis años empleados, no hay nada tan impropio para poner en obra, todo lo que reconocéis de más en él, es que su latín y su griego lo han vuelto más necio y presuntuoso de lo que era cuando partió de casa. Debería traer de allí el alma llena, solo la trae hinchada y solamente la ha inflado, en lugar de engrosarla. Estos maestros, como Platón dice de los sofistas, sus hermanos, son de todos los hombres, los que prometen ser los más útiles a los hombres, y solos entre todos los hombres, que no solo no mejoran lo que se les confía, como hace un carpintero y un albañil: sino que lo empeoran, y se hacen pagar por haberlo empeorado. Si se siguiera la ley que Protágoras proponía a sus discípulos: o que le pagaran según su palabra, o que juraran en el templo, cuánto estimaban el provecho que habían recibido de su enseñanza, y conforme a ello satisficieran su remuneración: mis pedagogos se encontrarían frustrados, si se remitieran al juramento de mi experiencia.
Mi vulgar perigordiense llama muy graciosamente «Lettre ferits», a esos sabihondos, como si dijeras heridos por las letras, a los que las letras han dado un martillazo, como se dice. En verdad, la mayoría de las veces parecen estar rebajados, incluso del sentido común. Porque al campesino y al zapatero los ves ir simple y naturalmente por su camino, hablando de lo que saben: estos, por querer elevarse y engalanarse con ese saber, que flota en la superficie de su cerebro, van enredándose y empantanándose sin cesar. Se les escapan bellas palabras, pero que otro las acomode: conocen bien a Galeno, pero en absoluto al enfermo: ya os han llenado la cabeza de leyes, y aún no han comprendido el nudo de la causa: saben la teoría de todas las cosas, buscad quien la ponga en práctica. He visto en mi casa a un amigo mío, por manera de pasatiempo, teniendo que vérselas con uno de estos, imitar una jerga de galimatías, discurso sin orden, tejido de piezas de retazos, salvo que estaba a menudo entrelardado de palabras propias de su disputa, entretener así todo un día a ese necio debatiendo, pensando siempre que respondía a las objeciones que se le hacían. Y sin embargo era hombre de letras y de reputación, y que tenía una bella toga.
«Vosotros, oh sangre patricia, a quienes conviene vivir con la nuca ciega, salid al encuentro de la mueca burlona a vuestras espaldas».
Quien observe muy de cerca a este género de gente, que se extiende muy lejos, descubrirá como yo que la mayor parte del tiempo no se entienden ni a sí mismos ni a los demás, y que tienen la memoria bastante llena, pero el juicio enteramente vacío: salvo que su naturaleza se lo haya configurado de otro modo por sí misma. Como vi en Adrianus Turnebus, que no había ejercido otra profesión que las letras, en la cual era, en mi opinión, el hombre más grande que había existido en mil años, sin tener sin embargo nada de pedante salvo el porte de su toga y cierta apariencia externa que podía no estar civilizada a la manera cortesana: cosas que son de nada. Y odio a nuestras gentes que soportan con más dificultad una toga que un alma torcida: y miran su reverencia, su porte y sus botas, para juzgar qué hombre es. Pues en su interior había el alma más refinada del mundo. Yo a menudo, a propósito, lo llevé a conversaciones alejadas de su ámbito habitual, y veía en ellas con tanta claridad, con una comprensión tan pronta, con un juicio tan sano, que parecía que nunca hubiera ejercido otro oficio que la guerra y los asuntos de Estado. Son naturalezas bellas y fuertes:
«a quienes con arte benigno y mejor barro el Titán modeló las entrañas»,
que se mantienen a pesar de una mala educación. Ahora bien, no basta con que nuestra educación no nos eche a perder, es preciso que nos cambie para mejor. Hay algunos de nuestros Parlamentos que, cuando deben recibir a los oficiales, los examinan únicamente sobre la ciencia: otros añaden además la prueba del sentido común, presentándoles el juicio de algún caso. Estos me parecen tener un estilo mucho mejor. Y aunque estas dos piezas sean necesarias, y que deban encontrarse ambas: lo cierto es que la del saber es menos valiosa que la del juicio; esta puede pasarse sin la otra, pero no la otra sin esta. Pues como dice ese verso griego,
«¿de qué sirve el saber si la inteligencia no está presente?». ¿Para qué sirve la ciencia, si no hay entendimiento? Pluguiera a Dios que para el bien de nuestra justicia esas corporaciones estuvieran tan bien provistas de entendimiento y de conciencia como lo están todavía de ciencia. «No aprendemos para la vida, sino para la escuela». Ahora bien, no hay que pegar el saber al alma, hay que incorporarlo en ella; no hay que rociarla con él, hay que teñirla; y si no la cambia y mejora su estado imperfecto, ciertamente vale mucho más dejarlo ahí. Es una espada peligrosa, que estorba y hiere a su dueño si está en mano débil, y que no sabe el uso de ella: «hubiera sido mejor no haberlo aprendido». Quizá sea esta la causa de que tanto nosotros como la Teología no requiramos mucha ciencia a las mujeres, y de que Francisco, duque de Bretaña, hijo de Juan V, cuando le hablaron de su matrimonio con Isabel, hija de Escocia, y le añadieron que había sido criada sencillamente y sin ninguna instrucción en letras, respondiera que la amaba más por ello, y que una mujer era bastante sabia cuando sabía poner diferencia entre la camisa y el jubón de su marido.
Así pues, no es tan gran maravilla, como se proclama, que nuestros antepasados no hicieran gran caso de las letras, y que aún hoy en día solo se encuentren por casualidad en los principales consejos de nuestros reyes: y si ese fin de enriquecerse con ellas, que es el único que hoy se nos propone por medio de la jurisprudencia, la medicina, el pedantismo e incluso la teología, no las mantuviera en crédito, las veríais sin duda tan miserables como lo fueron nunca. ¡Qué daño, si no nos enseñan ni a pensar bien, ni a obrar bien! Postquam docti prodierunt, boni desunt. Toda otra ciencia es perjudicial para quien no tiene la ciencia de la bondad. Pero la razón que buscaba hace un momento, ¿no vendría también de que nuestro estudio en Francia, al no tener casi otro objetivo que el provecho, menos de aquellos que la naturaleza ha hecho nacer para oficios más generosos que lucrativos se dedican a las letras, o por tan poco tiempo (retirándose antes de haberles tomado gusto, para dedicarse a una profesión que nada tiene en común con los libros) que habitualmente no quedan para consagrarse del todo al estudio más que las gentes de baja fortuna, que buscan en él medios para vivir? Y siendo las almas de esas gentes, tanto por naturaleza como por educación doméstica y ejemplo, de la más baja ley, traen falsamente el fruto de la ciencia.
Porque esta no es para dar luz al alma que no la tiene: ni para hacer ver a un ciego. Su oficio no es proveerle de vista, sino dirigírsela, regular su camino, con tal de que tenga por sí misma los pies y las piernas rectas y capaces. La ciencia es una buena droga, pero ninguna droga es lo bastante fuerte para preservarse sin alteración y corrupción, según el vicio del vaso que la contiene. Tal tiene la vista clara, que no la tiene recta: y por consiguiente ve el bien, y no lo sigue: y ve la ciencia, y no se sirve de ella. La principal ordenanza de Platón en su república es dar a sus ciudadanos, según su naturaleza, su cometido. La naturaleza puede todo, y hace todo. Los cojos son poco aptos para los ejercicios del cuerpo, y para los ejercicios del espíritu las almas cojas. Las bastardas y vulgares son indignas de la filosofía. Cuando vemos a un hombre mal calzado, decimos que no es maravilla si es zapatero. De igual modo parece que la experiencia nos ofrece a menudo a un médico más enfermo, a un teólogo menos reformado, y habitualmente a un sabio menos suficiente que otro. Aristón de Quíos tenía antiguamente razón al decir que los filósofos perjudicaban a los oyentes: porque la mayor parte de las almas no se encuentran aptas para sacar provecho de tal instrucción: que si no se pone para bien, se pone para mal: asôtous ex Aristippi, acerbos ex Zenonis schola éxire.
En esa hermosa instrucción que Jenofonte atribuye a los persas, encontramos que enseñaban la virtud a sus hijos, como las demás naciones enseñan las letras. Platón dice que el hijo mayor en su sucesión real era así criado. Tras su nacimiento, se le confiaba, no a mujeres, sino a eunucos de la primera autoridad en torno a los reyes, por su virtud. Estos tomaban a su cargo hacer que su cuerpo fuera bello y sano: y después de los siete años le enseñaban a montar a caballo e ir a caza. Cuando llegaba a los catorce años, le depositaban en manos de cuatro: el más sabio, el más justo, el más templado, el más valiente de la nación. El primero le enseñaba la religión: el segundo, a ser siempre veraz: el tercero, a hacerse dueño de las codicias: el cuarto, a no temer nada. Es cosa digna de muy grande consideración que en esa excelente política de Licurgo, y en verdad monstruosa por su perfección, tan cuidadosa sin embargo de la crianza de los niños, como de su principal cometido, y en el mismo hogar de las Musas, se haga tan poca mención de la doctrina: como si para esa generosa juventud, que desdeña todo otro yugo que el de la virtud, se les hubiera debido proveer, en lugar de nuestros maestros de ciencia, solamente maestros de valentía, prudencia y justicia.
Ejemplo que Platón ha seguido en sus leyes. El modo de su disciplina era hacerles preguntas sobre el juicio de los hombres y de sus acciones: y si condenaban y alababan, o a tal personaje, o a tal hecho, debían razonar su opinión, y de ese modo aguzaban juntos su entendimiento y aprendían el derecho. Astiages en Jenofonte pide a Ciro cuenta de su última lección; Es, dice él, que en nuestra escuela un muchacho grande que tenía un sayo pequeño lo dio a uno de sus compañeros de menor talla, y le quitó su sayo, que era más grande: nuestro preceptor, habiéndome hecho juez de ese diferendo, juzgué que había que dejar las cosas en ese estado, y que uno y otro parecían estar mejor acomodados en ese punto: sobre lo cual me reprendió diciéndome que había obrado mal: porque me había detenido a considerar la conveniencia, y había que primero haber atendido a la justicia, que exigía que nadie fuera forzado en lo que le pertenecía. Y dice que fue azotado por ello, tal como lo somos nosotros en nuestras aldeas por haber olvidado el primer aoristo de týptô. Mi maestro de escuela me haría una bella arenga in genere demonstrativo antes de persuadirme de que su escuela vale tanto como aquella. Ellos han querido tomar un atajo: y puesto que es así que las ciencias, aun cuando se las tome por el camino recto, no pueden sino enseñarnos la prudencia, la probidad y la resolución, han querido desde el principio poner a sus hijos en lo propio de los efectos, e instruirlos no por oídas, sino por el ensayo de la acción, formándolos y moldeándolos vivamente, no solamente con preceptos y palabras, sino principalmente con ejemplos y obras: a fin de que no fuera una ciencia en su alma, sino su complexión y hábito: que no fuera una adquisición, sino una posesión natural.
A este propósito, se preguntó a Agesilao qué sería de su parecer que los niños aprendieran: Lo que deben hacer siendo hombres, respondió él. No es maravilla si tal instrucción ha producido efectos tan admirables. Se iba, dicen, a las otras ciudades de Grecia a buscar retóricos, pintores y músicos: pero a Lacedemonia a buscar legisladores, magistrados y jefes de ejércitos: en Atenas se aprendía a hablar bien, y aquí a obrar bien: allí a desenvolverse de un argumento sofístico y a rebatir la impostura de las palabras capciosas entrelazadas; aquí a desenvolverse de los cebos de la voluptuosidad y a rebatir con gran valor las amenazas de la fortuna y de la muerte: aquellos se afanaban tras las palabras, estos tras las cosas: allí era una continua ejercitación de la lengua, aquí una continua ejercitación del alma. Por eso no es extraño que cuando Antípatro les pidió cincuenta niños como rehenes, respondieran todo lo contrario de lo que haríamos nosotros, que preferían dar el doble de hombres hechos; tanto estimaban la pérdida de la educación de su país. Cuando Agesilao invita a Jenofonte a enviar a criar a sus hijos a Esparta, no es para que aprendan allí la retórica o la dialéctica: sino para aprender, dice él, la más bella ciencia que existe, a saber, la ciencia de obedecer y de mandar.
Es muy placentero ver a Sócrates, a su modo, burlándose de Hipias, que le relata cómo ha ganado, especialmente en ciertas villorrios de Sicilia, buena suma de dinero enseñando: y que en Esparta no ha ganado ni un sol. Que son gentes idiotas, que no saben ni medir ni contar: no hacen caso ni de gramática ni de ritmo: se ocupan solamente de saber la sucesión de los reyes, el establecimiento y decadencia de los Estados, y tal fárrago de cuentos. Y al final de ello, Sócrates, haciéndole reconocer en detalle la excelencia de su forma de gobierno público, la felicidad y virtud de su vida privada, le deja adivinar la conclusión de la inutilidad de sus artes. Los ejemplos nos enseñan, tanto en esa política marcial como en todas sus semejantes, que el estudio de las ciencias ablanda y afemina los corazones más de lo que los fortalece y enardece. El Estado más fuerte que aparece en el presente en el mundo es el de los turcos, pueblos igualmente instruidos en la estima de las armas y el desprecio de las letras. Encuentro a Roma más valiente antes de que fuera sabia. Las naciones más belicosas en nuestros días son las más groseras e ignorantes. Los escitas, los partos, Tamerlán, nos sirven como prueba de ello. Cuando los godos asolaron Grecia, lo que salvó a todas las bibliotecas de pasar por el fuego fue uno de entre ellos que sembró esa opinión de que había que dejar ese mobiliario intacto a los enemigos: propio para desviarlos del ejercicio militar y ocuparlos en actividades sedentarias y ociosas.
Cuando nuestro rey Carlos octavo, casi sin sacar la espada de la vaina, se vio dueño del reino de Nápoles y de una buena parte de la Toscana, los señores de su séquito atribuyeron esa inesperada facilidad de conquista a que los príncipes y la nobleza de Italia se ocupaban más en hacerse ingeniosos y sabios que vigorosos y guerreros.
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