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Capítulo 55De los olores

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

Se dice de algunos, como de Alejandro Magno, que su sudor desprendía un olor agradable, por alguna constitución rara y extraordinaria: Plutarco y otros buscan la causa de ello. Pero la condición común de los cuerpos es la contraria: y lo mejor que pueden tener es estar exentos de olor. La dulzura misma de los alientos más puros no tiene nada más perfecto que carecer de cualquier olor que nos ofenda: como los de los niños muy sanos. Por eso dice Plauto:

«Una mujer huele bien cuando no huele a nada». El olor más exquisito de una mujer es no oler a nada. Y los buenos olores extraños, se tiene razón en considerarlos sospechosos en quienes los usan, y en estimar que se emplean para cubrir algún defecto natural en ese aspecto. De ahí nacen estos versos de los poetas antiguos: apestar es oler bien.

«Te burlas de nosotros, Coracino, que no olemos a nada: prefiero no oler a nada que oler bien».

Y en otro lugar:

«Póstumo, no huele bien quien siempre huele bien». Sin embargo, me gusta mucho estar rodeado de buenos olores, y odio sobremanera los malos, que percibo desde más lejos que cualquier otro:

«Pues huelo con más sagacidad que un pulpo, o un macho cabrío maloliente que habita en sobacos peludos, que un perro agudo cuando se oculta un cerdo».

Los olores más simples y naturales me parecen más agradables.

Y este cuidado concierne principalmente a las damas. En la más densa barbarie, las mujeres escitas, después de lavarse, se espolvorean e incrustan todo el cuerpo y el rostro con cierta droga que nace en su tierra, olorosa. Y para acercarse a los hombres, habiendo quitado ese afeite, se encuentran pulidas y perfumadas. Cualquier olor que sea, es maravilla cuánto se adhiere a mí, y cuán proclive es mi piel a impregnarse de él. Quien se queja de la naturaleza porque ha dejado al hombre sin instrumento para llevar los olores a la nariz, se equivoca: pues ellos se llevan por sí mismos. Pero a mí en particular, los bigotes que tengo poblados me sirven para ello: si acerco a ellos mis guantes o mi pañuelo, el olor permanecerá allí todo un día: delatan el lugar de donde vengo: los estrechos besos de la juventud, sabrosos, glotones y pegajosos, se pegaban antiguamente a ellos, y permanecían allí varias horas después. Y sin embargo me encuentro poco sujeto a las enfermedades populares, que se contraen por el trato y que nacen del contagio del aire; y me he salvado de las de mi tiempo, de las que ha habido varios tipos en nuestras ciudades y en nuestros ejércitos. Se lee de Sócrates que, no habiendo salido jamás de Atenas durante varios brotes de peste que la atormentaron tantas veces, él solo nunca se encontró peor por ello.

Los médicos podrían, creo yo, sacar de los olores más uso del que hacen: pues he notado a menudo que me cambian y actúan sobre mis espíritus, según son. Lo que me hace aprobar lo que se dice, que la invención de los inciensos y perfumes en las iglesias, tan antigua y extendida en todas las naciones y religiones, se refiere a esto: alegrarnos, despertar y purificar el sentido, para hacernos más aptos para la contemplación. Me gustaría mucho, para juzgar de ello, haber participado del trabajo de esos cocineros que saben sazonar los olores extraños con el sabor de las viandas. Como se notó singularmente en el servicio del rey de Túnez, que en nuestra época desembarcó en Nápoles para entrevistarse con el emperador Carlos. Se rellenaban sus viandas de drogas olorosas con tal suntuosidad, que un pavo real y dos faisanes resultaban costar, según sus cuentas, cien ducados para prepararlos según su manera. Y cuando se los trinchaba, no solo la sala, sino todas las habitaciones de su palacio y las calles de alrededor se llenaban de un vapor muy agradable, que no se desvanecía tan pronto. El principal cuidado que tengo al alojarme es huir del aire apestoso y pesado. Esas hermosas ciudades, Venecia y París, alteran el favor que les profeso, por el acre olor, la una de su pantano, la otra de su barro.

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