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Capítulo 51De la vanidad de las palabras

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 6 min de lectura

Un retórico de tiempos pasados decía que su oficio era hacer que las cosas pequeñas parecieran y se encontraran grandes. Es un zapatero que sabe hacer zapatos grandes para un pie pequeño. Le habrían hecho azotar en Esparta por hacer profesión de un arte embaucador y mentiroso; y creo que Arquídamo, que era su rey, no oyó sin asombro la respuesta de Tucídides, a quien preguntaba quién era más fuerte en la lucha, Pericles o él: Eso, le dijo, sería difícil de verificar, pues cuando lo he derribado al suelo luchando, persuade a quienes lo han visto de que no ha caído, y gana. Quienes disfrazan y maquillan a las mujeres hacen menos daño, pues es cosa de poca pérdida no verlas en su estado natural; mientras que estos se proponen engañar no a nuestros ojos, sino a nuestro juicio, y bastardear y corromper la esencia de las cosas. Las repúblicas que se han mantenido en un estado ordenado y bien gobernado, como la cretense o la lacedemonia, no han dado gran importancia a los oradores. Aristón define sabiamente la retórica como ciencia para persuadir al pueblo; Sócrates y Platón, como arte de engañar y de halagar. Y quienes lo niegan en la descripción general lo verifican por doquier en sus preceptos. Los mahometanos prohíben su enseñanza a sus hijos por su inutilidad.

Y los atenienses, percatándose de cuán pernicioso era su uso, que tenía todo el crédito en su ciudad, ordenaron que se quitara su parte principal, que es conmover los afectos, junto con los exordios y las peroraciones. Es un instrumento inventado para manejar y agitar una turba y una plebe descontrolada; y es un instrumento que solo se emplea en Estados enfermos, como la medicina. En aquellos donde el vulgo, donde los ignorantes, donde todos lo han podido todo, como el de Atenas, el de Rodas y el de Roma, y donde las cosas han estado en perpetua tempestad, allí han afluido los oradores. Y a decir verdad, se ven pocos personajes en esas repúblicas que se hayan elevado a gran crédito sin la ayuda de la elocuencia: Pompeyo, César, Craso, Lúculo, Léntulo, Metelo, tomaron de ahí su gran apoyo para ascender a esa grandeza de autoridad a la que finalmente llegaron; y se valieron de ella más que de las armas, contra la opinión de los mejores tiempos. Pues Lucio Volumnio, hablando en público en favor de la elección al consulado de las personas de Quinto Fabio y Publio Decio, dice: Son hombres nacidos para la guerra, grandes en los hechos; en el combate de la palabrería, toscos; espíritus verdaderamente consulares. Los sutiles, elocuentes y sabios son buenos para la ciudad.

Pretores para impartir justicia, dice. La elocuencia floreció más en Roma cuando los asuntos estaban en peor estado y cuando la tormenta de las guerras civiles los agitaba; como un campo libre e indómito produce hierbas más vigorosas. Parece por ello que los regímenes que dependen de un monarca tienen menos necesidad de ella que los otros, pues la estupidez y facilidad que se encuentra en la plebe, y que la hace susceptible de ser manejada y manipulada por los oídos, al dulce sonido de esa armonía, sin llegar a sopesar y conocer la verdad de las cosas por la fuerza de la razón; esa facilidad, digo, no se encuentra tan fácilmente en uno solo, y es más fácil protegerlo mediante buena educación y buen consejo de la impresión de este veneno. No se ha visto salir de Macedonia ni de Persia ningún orador de renombre. He dicho esta palabra sobre el tema de un italiano que acabo de entretener, que sirvió al difunto cardenal Carafa como mayordomo hasta su muerte. Le hacía yo relatar su cargo. Me ha hecho un discurso de esa ciencia del paladar con una gravedad y presencia magistral, como si me hubiera hablado de algún gran punto de teología. Me ha descifrado una diferencia de apetitos: el que se tiene en ayunas, el que se tiene después del segundo y tercer servicio; los medios tan pronto de complacerlo simplemente, tan pronto de despertarlo y picarlo; la ordenación de sus salsas; primero en general, y luego particularizando las cualidades de los ingredientes y sus efectos; las diferencias de las ensaladas según su temporada, la que debe ser recalentada, la que quiere ser servida fría, la manera de adornarlas y embellecerlas para hacerlas todavía agradables a la vista. Después de esto entró en el orden del servicio, lleno de bellas e importantes consideraciones.

No es ciertamente con mínima diferencia con qué gesto se cortan las liebres y con cuál la gallina.

Y todo ello hinchado de palabras ricas y magníficas: y las mismas que se emplean para tratar del gobierno de un imperio. Me acordé de mi hombre,

Esto está salado, esto está quemado, esto está poco limpio; aquello bien, así recuérdalo otra vez; con celo advierto lo que puedo según mi sabiduría. Finalmente les mando, Demea, que miren como en un espejo las fuentes, e indico qué es necesario hacer.

Sin embargo, los griegos mismos alabaron grandemente el orden y la disposición que Paulo Emilio observó en el banquete que les ofreció al regreso de Macedonia; pero no hablo aquí de los hechos, hablo de las palabras. No sé si les ocurre a otros como a mí; pero no puedo evitar, cuando oigo a nuestros arquitectos hincharse con esas grandes palabras de pilastras, arquitrabes, cornisas de obra corintia y dórica, y semejantes de su jerga, que mi imaginación se apodere de inmediato del palacio de Apolodoro, y en realidad encuentro que son las miserables piezas de la puerta de mi cocina.

Oíd decir metonimia, metáfora, alegoría y otros tales nombres de la gramática, ¿no parece que se significa alguna forma de lenguaje raro y peregrino? Son títulos que atañen a la charla de vuestra criada. Es un engaño vecino a este el de llamar a los cargos de nuestro Estado con los títulos soberbios de los romanos, aunque no tengan ninguna semejanza de función, y menos aún de autoridad y de poder. Y este también, que servirá, en mi opinión, un día de reproche a nuestro siglo, el de emplear indignamente en quien nos plazca los sobrenombres más gloriosos con que la antigüedad honró a uno o dos personajes en varios siglos. Platón obtuvo ese sobrenombre de divino por un consentimiento universal que nadie ha intentado envidiarle; y los italianos, que se jactan, y con razón, de tener comúnmente el espíritu más despierto y el discurso más sano que las otras naciones de su tiempo, acaban de estrenarlo en Aretino: en quien, salvo una manera de hablar hinchada y bullente de agudezas, ingeniosas a decir verdad, pero rebuscadas de lejos y fantásticas, y además de la elocuencia, en fin, tal como pueda ser, no veo nada por encima de los autores comunes de su siglo; tanto se aleja de alcanzar esa divinidad antigua. Y el sobrenombre de Grande, lo adjuntamos a príncipes que no tienen nada por encima de la grandeza popular.

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