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Capítulo 37Cómo lloramos y reímos por una misma cosa

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 5 min de lectura

Cuando nos encontramos en las historias que Antígono se molestó mucho con su hijo por haberle presentado la cabeza del rey Pirro su enemigo, que acababa de morir en ese mismo momento combatiendo contra él, y que al verla se echó a llorar con mucha fuerza; y que el duque Renato de Lorena también lamentó la muerte del duque Carlos de Borgoña, a quien acababa de derrotar, y vistió luto en su entierro; y que en la batalla de Auray (que el conde de Montfort ganó contra Carlos de Blois su adversario, por el ducado de Bretaña) el vencedor, al encontrar el cuerpo de su enemigo muerto, mostró gran duelo, no hay que exclamar de inmediato:

«Y así sucede que el ánimo cada una de sus pasiones bajo el manto contrario cubre, con la vista ora clara, ora oscura».

Cuando presentaron a César la cabeza de Pompeyo, las historias dicen que apartó la vista, como de un espectáculo vil y desagradable. Había habido entre ellos una inteligencia y colaboración tan larga en el manejo de los asuntos públicos, tanta comunidad de fortunas, tantos favores recíprocos y tal alianza, que no hay que creer que esa actitud fuese toda falsa y fingida, como estima este otro:

«Y pensó que ya estaba a salvo siendo buen suegro, derramó lágrimas que no caían espontáneamente y sacó gemidos de un pecho alegre».

Pues aunque en verdad la mayor parte de nuestras acciones no sean sino máscara y farsa, y aunque a veces pueda ser cierto que

«El llanto del heredero bajo la máscara es risa»,

hay que considerar, al juzgar estos acontecimientos, cómo nuestras almas se encuentran a menudo agitadas por diversas pasiones. Y así como en nuestros cuerpos dicen que hay una reunión de diversos humores, de los cuales aquel que manda más ordinariamente en nosotros es el dominante, según nuestros temperamentos, también en nuestra alma, aunque haya diversos movimientos que la agitan, debe haber uno que mantenga el campo. Pero no es con una ventaja tan completa que, por la volubilidad y flexibilidad de nuestra alma, los más débiles no recuperen ocasionalmente el lugar y no hagan un breve ataque a su vez. De ahí vemos no solo a los niños, que siguen ingenuamente tras la naturaleza, llorar y reír a menudo por la misma cosa, sino que ninguno de nosotros puede vanagloriarse, por muy deseado que sea el viaje que emprende, de que al separarse de su familia y de sus amigos no sienta estremecerse el corazón; y si las lágrimas no se le escapan del todo, al menos pone el pie en el estribo con el rostro sombrío y triste. Y por muy gentil llama que caliente el corazón de las muchachas bien nacidas, aún hay que arrancarlas a la fuerza del cuello de sus madres para entregarlas a su esposo, diga lo que diga este buen compañero:

«¿Acaso Venus es odiosa a las recién casadas, o acaso con falsas lagrimillas frustran los goces de los padres, que derraman abundantemente dentro del umbral del tálamo? No, así me ayuden los dioses, gimen de verdad, juro».

Así pues, no es extraño lamentar a aquel que está muerto, aunque no quisiéramos de ningún modo que estuviera vivo. Cuando riño con mi criado, riño con el mejor ánimo que tengo: son verdaderas y no fingidas imprecaciones; pero pasado ese arrebato, si necesita de mí, le haré bien gustosamente, paso página al instante. Cuando lo llamo tonto o imbécil, no pretendo coserle para siempre estos títulos, ni creo contradecirme por llamarlo hombre honesto poco después. Ninguna cualidad nos abarca pura y universalmente. Si no fuera cosa de loco hablar solo, no hay día ni hora apenas en que no se me oiga gruñir para mí mismo y contra mí: «¡Mierda de necio!»; y sin embargo, no entiendo que esa sea mi definición. Quien por verme con un semblante tan pronto frío, tan pronto amoroso hacia mi mujer, estime que uno u otro sea fingido, es un necio. Nerón, al despedirse de su madre, a quien enviaba a ahogar, sintió sin embargo la emoción de esa despedida maternal, y tuvo horror y piedad. Se dice que la luz del sol no es de una pieza continua, sino que nos lanza tan densamente sin cesar nuevos rayos unos sobre otros, que no podemos percibir el intervalo entre ellos:

«Pues la fuente abundante de luz líquida, el sol etéreo, riega incesantemente el cielo con resplandor renovado, y provee sin parar nueva luz con luz».

Así lanza nuestra alma sus puntas diversa e imperceptiblemente. Artabano sorprendió a su sobrino Jerjes y lo reprendió por el cambio repentino de su semblante. Este estaba contemplando la grandeza desmesurada de sus fuerzas, en el paso del Helesponto, para la empresa de Grecia. Le sobrevino primero un estremecimiento de gozo, al ver tantos miles de hombres a su servicio, y lo mostró con la alegría y el júbilo de su rostro. Y de repente, en ese mismo instante, su pensamiento le sugirió que tantas vidas tendrían que acabar, como muy tarde, en un siglo, y arrugó el ceño y se entristeció hasta las lágrimas. Hemos perseguido con voluntad resuelta la venganza de una injuria y sentido una satisfacción singular de la victoria; lloramos sin embargo; no es por eso que lloramos; no ha cambiado nada; pero nuestra alma mira la cosa con otro ojo y se la representa bajo otra cara, pues cada cosa tiene varios aspectos y varios brillos. El parentesco, los viejos conocimientos y amistades se apoderan de nuestra imaginación y la apasionan por el momento, según su condición; pero el giro es tan brusco que se nos escapa:

«Nada parece hacerse con razón más rápida que lo que la mente se propone hacer y comienza ella misma. Más veloz, pues, que cualquier cosa que aparezca ante los ojos, cuya naturaleza se muestra evidente, se mueve el ánimo».

Y por esta causa, queriendo hacer de toda esta sucesión un cuerpo continuo, nos equivocamos. Cuando Timoleón llora el asesinato que había cometido tras una deliberación tan madura y generosa, no llora la libertad devuelta a su patria, no llora al tirano, sino que llora a su hermano. Una parte de su deber está cumplida; dejémosle cumplir la otra.

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