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Capítulo 5Si el jefe de una plaza sitiada debe salir a parlamentar

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

Lucio Marcio, legado de los romanos en la guerra contra Perseo, rey de Macedonia, queriendo ganar el tiempo que aún le hacía falta para preparar su ejército, sembró propuestas de acuerdo, ante las cuales el rey, adormecido, concedió tregua por algunos días; proporcionando así a su enemigo oportunidad y tiempo para armarse: de donde el rey sufrió su ruina final. Con todo, los ancianos del Senado, fieles a la memoria de las costumbres de sus padres, acusaron esta práctica como enemiga de su antiguo estilo: que fue, decían ellos, combatir con virtud, no con astucia, ni mediante sorpresas y encuentros nocturnos, ni con huidas fingidas y ataques inesperados; no emprendiendo guerra sino después de haberla denunciado, y a menudo tras haber señalado la hora y el lugar de la batalla. Por esta conciencia devolvieron a Pirro su médico traidor, y a los faliscos su desleal maestro de escuela. Estas eran formas verdaderamente romanas, no de la sutileza griega ni de la astucia púnica, donde vencer por fuerza es menos glorioso que por fraude. El engaño puede servir por el momento: pero solo se tiene por vencido aquel que sabe haberlo sido no por ardid ni por azar, sino por valentía de tropa a tropa, en guerra franca y justa. Se ve bien por este lenguaje de aquellas buenas gentes que no habían recibido aún esta hermosa sentencia:

«¿Quién preguntará en el enemigo si es engaño o virtud?»

Los aqueos, dice Polibio, detestaban toda forma de engaño en sus guerras, no estimando victoria sino donde los ánimos de los enemigos son abatidos. «El hombre santo y sabio sabrá que es verdadera victoria la que se consigue salvando la fe y manteniendo íntegra la dignidad», dice otro:

«Experimentemos con virtud si los dioses quieren que reine yo o tú, y qué traerá el destino».

En el reino de Ternate, entre aquellas naciones que tan a boca llena llamamos bárbaras, la costumbre manda que no emprendan guerra sin haberla denunciado; añadiendo amplia declaración de los medios que tienen para emplearla, cuáles, cuántos hombres, qué municiones, qué armas, ofensivas y defensivas. Pero también, hecho esto, se dan ley de servirse en su guerra, sin reproche, de todo lo que ayuda a vencer. Los antiguos florentinos estaban tan lejos de querer ganar ventaja sobre sus enemigos por sorpresa, que les avisaban un mes antes de poner su ejército en campaña, mediante el sonido continuo de la campana que llamaban Martinella. En cuanto a nosotros, menos escrupulosos, que consideramos que tiene el honor de la guerra quien tiene el provecho, y que según Lisandro decimos que donde la piel del león no puede bastar, hay que coser un pedazo de la del zorro, las ocasiones más corrientes de sorpresa se sacan de esta práctica: y no hay hora, decimos nosotros, en que un jefe deba estar más alerta que la de los parlamentos y tratados de acuerdo. Y por esta razón es una regla en boca de todos los hombres de guerra de nuestro tiempo que jamás debe el gobernador de una plaza sitiada salir él mismo a parlamentar. En tiempos de nuestros padres esto fue reprochado a los señores de Montmord y de l'Assigni, que defendían Mouson contra el conde de Nassau.

Pero también, en este caso, sería excusable aquel que saliera de tal manera que la seguridad y la ventaja quedaran de su lado: como hizo en la ciudad de Reggio el conde Guy de Rangon (si hay que creer a Du Bellay, pues Guicciardini dice que fue él mismo) cuando el señor de l'Escot se acercó a parlamentar: pues se alejó tan poco de su fuerte que cuando se produjo un tumulto durante este parlamento, no solo el señor de l'Escot y su tropa, que se habían acercado con él, se encontraron en inferioridad, de modo que Alessandro Trivulzio murió allí, sino que él mismo se vio obligado, para mayor seguridad, a seguir al conde y refugiarse bajo su protección al abrigo de los golpes dentro de la ciudad. Eumenes en la ciudad de Nora, acuciado por Antígono que lo sitiaba, a salir para hablarle, alegando que era justo que viniera hacia él, puesto que era el más grande y el más fuerte: después de dar esta noble respuesta: «Jamás consideraré a hombre alguno más grande que yo, mientras tenga mi espada en mi poder», no consintió sin que Antígono le entregara a Ptolomeo su propio sobrino como rehén, tal como pedía. Con todo, aún hay quienes se encontraron muy bien de salir bajo la palabra del asaltante: testigo Enrique de Vaux, caballero champenés, quien estando sitiado en el castillo de Commercy por los ingleses, y habiendo Bartolomé de Bonnes, que mandaba el sitio, hecho minar desde fuera la mayor parte del castillo, de modo que solo faltaba el fuego para sepultar a los sitiados bajo las ruinas, intimó a dicho Enrique a salir a parlamentar para su provecho, como hizo con otros tres; y habiéndosele mostrado ante los ojos su evidente ruina, se sintió singularmente obligado al enemigo: a cuya discreción después de que se rindió él y su tropa, prendido el fuego a la mina, fallando los puntales de madera, el castillo fue arrasado de arriba abajo.

Yo confío fácilmente en la palabra de otro: pero difícilmente lo haría cuando diera a juzgar haberlo hecho más por desesperación y falta de corazón que por franqueza y confianza en su lealtad.

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