Capítulo 47Sobre la incertidumbre de nuestro juicio
Es justamente lo que dice este verso:
'Επέων δὲ πολὺς νόμος ἔνθα καὶ ἔνθα. hay bastante ley para hablar de todo, tanto a favor como en contra. Por ejemplo:
Vince Hannibal, et non seppe vsar'poi Ben la vittoriosa sua ventura.
Quien quiera estar en este bando, y hacer valer ante nuestra gente el error de no haber perseguido últimamente nuestra ventaja en Moncontour; o quien quiera acusar al rey de España de no haber sabido aprovechar la ventaja que tuvo contra nosotros en San Quintín; podrá decir que tal error proviene de un alma embriagada por su buena fortuna, y de un ánimo que, lleno y saciado de ese comienzo de dicha, pierde el gusto por aumentarla, ya demasiado ocupado en digerir lo que tiene: tiene el puñado completo, no puede abarcar más: indigno de que la fortuna le haya puesto tal bien entre las manos. Pues ¿qué provecho saca de ello, si no obstante da a su enemigo ocasión de recuperarse? ¿Qué esperanza puede tenerse de que ose atacar otra vez a estos hombres reagrupados y rehechos, y de nuevo armados de despecho y de venganza, él que no osó o no supo perseguirlos cuando estaban deshechos y aterrorizados?
Dum fortuna calet, dum conficit omnia terror? Pero en fin, ¿qué puede esperar de mejor que lo que acaba de perder? No es como en la esgrima, donde el número de toques da la victoria: mientras el enemigo esté en pie, hay que empezar de nuevo con más brío; no es victoria si no pone fin a la guerra. En aquella escaramuza donde César llevó la peor parte cerca de la ciudad de Órico, reprochaba a los soldados de Pompeyo que él habría sido derrotado si su capitán hubiera sabido vencer; y él mismo se puso bien distintas espuelas cuando le llegó su turno. Pero ¿por qué no decir también lo contrario? Que es efecto de un espíritu precipitado e insaciable no saber poner fin a su codicia; que es abusar de los favores de Dios querer hacerles perder la medida que él les ha prescrito; y que volver a arrojarse al peligro después de la victoria es ponerla de nuevo en manos de la fortuna; que una de las mayores prudencias en el arte militar es no empujar al enemigo a la desesperación. Sila y Mario en la guerra social, habiendo derrotado a los marsos, al ver todavía un grupo que quedaba, que por desesperación volvía a lanzarse contra ellos como bestias furiosas, no fueron de opinión de esperarlos. Si el ardor del señor de Foix no lo hubiera llevado a perseguir demasiado encarnizadamente los restos de la victoria de Rávena, no la habría manchado con su muerte. Sin embargo, la memoria reciente de su ejemplo sirvió aún para preservar al señor de Enghien de parecido inconveniente en Cerisoles. Es peligroso atacar a un hombre al que has quitado todo otro medio de escapar que no sea por las armas: pues la necesidad es una maestra violenta: grauissimi sunt morsus irritatæ necessitatis.
Vincitur haud gratis, iugulo qui prouocat hostem. He ahí por qué Fárax impidió al rey de Lacedemonia, que acababa de ganar la jornada contra los mantineos, ir a enfrentarse a mil argivos que habían escapado enteros de la derrota; antes bien, los dejó marchar libremente, para no tener que probar el valor aguijoneado y despechado por la desgracia. Clodomiro, rey de Aquitania, después de su victoria, persiguiendo a Gondemaro, rey de Borgoña, vencido y en fuga, lo forzó a hacer frente, pero su obstinación le quitó el fruto de su victoria, pues murió en ella. Igualmente, quien tuviera que elegir entre mantener a sus soldados ricamente y suntuosamente armados, o armados solo para la necesidad; se presentaría en favor de la primera opción, de la cual eran partidarios Sertorio, Filopemén, Bruto, César y otros, que es siempre un aguijón de honor y de gloria para el soldado verse engalanado, y una ocasión para mostrarse más obstinado en el combate, teniendo que salvar sus armas como sus bienes y herencias. Razón, dice Jenofonte, por la cual los asiáticos llevaban a sus guerras mujeres, concubinas, con sus joyas y riquezas más preciadas. Pero se presentaría también la otra parte, que se debe antes bien quitar al soldado la preocupación de conservarse que aumentársela; que temerá por ese medio doblemente arriesgarse; además de que eso aumenta en el enemigo el deseo de victoria por esos ricos despojos; y se ha observado que en otras ocasiones eso animó maravillosamente a los romanos contra los samnitas.
Antíoco, mostrando a Aníbal el ejército que preparaba contra ellos, pomposo y magnífico en toda suerte de equipamiento, y preguntándole: «¿Se contentarán los romanos con este ejército?» «¿Si se contentarán?», respondió, «desde luego que sí, por codiciosos que sean». Licurgo prohibía a los suyos no solo la suntuosidad en su equipamiento, sino también despojar a sus enemigos vencidos, queriendo, decía, que la pobreza y la frugalidad resplandecieran junto con el resto de la batalla. En los asedios y en otros lugares donde la ocasión nos acerca al enemigo, damos voluntariamente licencia a los soldados para desafiarlo, desdeñarlo e injuriarlo con toda clase de reproches; y no sin apariencia de razón. Pues no es poco quitarles toda esperanza de gracia y de acuerdo, representándoles que ya no hay manera de esperarla de aquel a quien han ultrajado tanto, y que no queda otro remedio que la victoria. Con todo, a Vitelio le salió mal: pues teniendo que vérselas con Otón, más débil en valor de soldados, desacostumbrados desde hacía mucho del oficio de la guerra, y ablandados por las delicias de la ciudad, los picó tanto al fin con sus palabras hirientes, reprochándoles su pusilanimidad y el pesar por las damas y fiestas que acababan de dejar en Roma, que con ello les devolvió el corazón al vientre, lo que ninguna exhortación había logrado hacer; y los atrajo sobre sí mismo, donde no se los podía empujar. Y en verdad, cuando son injurias que tocan en lo vivo, pueden fácilmente hacer que aquel que iba indolentemente a la faena por la causa de su rey vaya con otra disposición por la suya propia.
Si consideramos lo importante que es la conservación de un jefe en un ejército, y que la mira del enemigo se dirige principalmente a esa cabeza de la que dependen todas las demás, parece indudable el consejo que vemos que han seguido varios grandes jefes de disfrazarse y camuflarse en el momento del combate. Sin embargo, el inconveniente en que se incurre con este medio no es menor que aquel que se piensa evitar: pues al no ser reconocido el capitán por los suyos, el valor que ellos toman de su ejemplo y de su presencia también les falta en ese momento; y al perder de vista sus insignias y enseñas acostumbradas, lo juzgan muerto o huido por desesperación ante la situación. Y en cuanto a la experiencia, vemos que favorece tanto a un bando como al otro. El accidente de Pirro en la batalla que libró contra el cónsul Levino en Italia sirve para ambos casos: pues al haberse querido ocultar bajo las armas de Demógacles, dándole las suyas, sin duda salvó su vida, pero también estuvo a punto de incurrir en el otro inconveniente de perder la jornada. Alejandro, César, Lúculo, gustaban de señalarse en el combate con ropajes y armas ricas, de color brillante y particular; Agis, Agesilao y el gran Gilipo, por el contrario, iban a la guerra oscuramente cubiertos y sin atavío imperial.
En la batalla de Farsalia, entre otros reproches que se hacen a Pompeyo, está el de haber mantenido su ejército inmóvil aguardando al enemigo: porque eso (tomaré aquí las palabras mismas de Plutarco, que valen más que las mías) debilita la violencia que la carrera da a los primeros golpes, y a la vez quita el impulso de los combatientes unos contra otros, que acostumbra llenarlos de impetuosidad y de furor más que ninguna otra cosa cuando llegan a entrechocarse con fuerza, aumentándoles el valor con el grito y la carrera; y deja el ardor de los soldados, por así decirlo, enfriado y congelado. He aquí lo que dice para este asunto. Pero si César hubiera perdido, ¿quién no habría podido decir también que, por el contrario, la posición más fuerte y firme es aquella en la que uno se mantiene plantado sin moverse, y que quien está detenido en su marcha, concentrando y ahorrando su fuerza en sí mismo para la necesidad, tiene gran ventaja contra aquel que está agitado y que ya ha consumido en la carrera la mitad de su aliento? Además de que, siendo el ejército un cuerpo de tantas diversas piezas, es imposible que se mueva en esa furia con un movimiento tan justo que no altere o rompa su ordenamiento, y que el más dispuesto no esté trabado en combate antes de que su compañero lo socorra. En aquella malvada batalla de los dos hermanos persas, Clearco lacedemonio, que comandaba a los griegos del bando de Ciro, los llevó muy pausadamente a la carga, sin apresurarse; pero a unos cincuenta pasos, los puso a la carrera, esperando con la brevedad del espacio preservar tanto su orden como su aliento, dándoles no obstante la ventaja de la impetuosidad para sus personas y para sus armas arrojadizas. Otros han resuelto esta duda en su ejército de esta manera: si los enemigos os atacan corriendo, aguardadlos inmóviles; si os aguardan inmóviles, corred contra ellos.
En el paso que el emperador Carlos Quinto hizo por Provenza, el rey Francisco estuvo en el trance de elegir entre ir a su encuentro en Italia o aguardarlo en sus tierras. Y aunque consideraba cuánta ventaja hay en conservar la casa propia pura y limpia de los problemas de la guerra, para que, íntegra en sus fuerzas, pueda continuamente suministrar dineros y socorros en la necesidad; que la necesidad de las guerras lleva a cada momento a hacer estragos, lo que no se puede hacer apropiadamente en nuestros propios bienes, y que el campesino no soporta tan mansamente el saqueo de los de su bando como el del enemigo, de manera que fácilmente se pueden encender sediciones y disturbios entre nosotros; que la licencia de robar y saquear, que no puede ser permitida en el propio país, es un gran alivio a las penalidades de la guerra; y que quien no tiene otra esperanza de ganancia que su paga, difícilmente se le puede mantener disciplinado estando a dos pasos de su mujer y de su refugio; que el que pone la mesa siempre corre con los gastos; que hay más alegría en asaltar que en defender; y que la sacudida de la pérdida de una batalla dentro de nuestras entrañas es tan violenta que es difícil que no tambalee todo el cuerpo, dado que no hay pasión contagiosa como la del miedo, ni que se tome tan fácilmente al fiado y que se extienda tan bruscamente; y que las ciudades que habrán oído el estruendo de esta tormenta a sus puertas, que habrán acogido a sus capitanes y soldados temblando todavía y sin aliento, es peligroso en caliente que se arrojen a alguna mala decisión: aun así, escogió llamar de vuelta las fuerzas que tenía al otro lado de los montes y ver venir al enemigo.
Pues podía imaginar por el contrario que, estando en su casa y entre sus amigos, no podía fallar en tener abundancia de todas las comodidades, los ríos, los pasos a su disposición, le llevarían víveres y dineros con toda seguridad y sin necesidad de escolta; que tendría a sus súbditos tanto más afectos cuanto más cerca tuvieran el peligro; que teniendo tantas ciudades y barreras para su seguridad, le correspondería a él dictar las condiciones del combate según su oportunidad y ventaja; y si le placía temporizar, que al abrigo y a su gusto podría ver entumecerse a su enemigo y deshacerse por sí mismo por las dificultades que lo combatirían empeñado en una tierra contraria, donde no tendría delante ni detrás de él, ni a su lado, nada que no le hiciera la guerra; ningún medio de refrescar o ampliar su ejército si las enfermedades se metían en él, ni de alojar a cubierto a sus heridos; ningún dinero, ningún víveres, más que a punta de lanza; ningún tiempo para reposar y tomar aliento; ningún conocimiento de lugares ni de país que lo supiera defender de emboscadas y sorpresas; y si llegaba a la pérdida de una batalla, ningún medio de salvar los restos. Y no le faltaban ejemplos para uno y otro bando.
Escipión consideró mucho mejor ir a asaltar las tierras de su enemigo en África que defender las suyas y combatirlo en Italia donde estaba; de lo que le fue bien. Pero por el contrario Aníbal en esa misma guerra se arruinó por haber abandonado la conquista de un país extranjero para ir a defender el suyo. Los atenienses, habiendo dejado al enemigo en sus tierras para pasar a Sicilia, tuvieron la fortuna contraria; pero Agatocles, rey de Siracusa, la tuvo favorable habiendo pasado a África y dejado la guerra en su casa.
Así, tenemos bien acostumbrado decir con razón que los acontecimientos y desenlaces dependen, especialmente en la guerra, en su mayor parte, de la fortuna, la cual no quiere ordenarse ni someterse a nuestro discurso y prudencia, como dicen estos versos:
Y mal aconsejados, la prudencia falaz no tiene recompensa; ni la fortuna aprueba las causas ni sigue a los merecedores, sino que vaga por todos sin discriminación alguna. Pues evidentemente hay algo otro que nos obliga y rige, mayor, y que conduce las cosas mortales a sus propias leyes.
Pero a decir verdad, parece que nuestros consejos y deliberaciones dependen de ella igualmente; y que la fortuna envuelve en su desorden e incertidumbre también nuestros discursos. Razonamos arriesgada y temerariamente, dice Timeo en Platón, porque, como nosotros, nuestros discursos tienen gran participación de la temeridad del azar.
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