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Capítulo 18Que no hay que juzgar nuestra dicha hasta después de la muerte

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 5 min de lectura

Desde luego siempre hay que esperar en el hombre el último día, y a nadie se le debe llamar dichoso antes de su muerte y de sus funerales supremos.

Los niños conocen el cuento del rey Creso a este propósito: habiendo sido apresado por Ciro y condenado a muerte, en el momento de la ejecución gritó: ¡Solón, Solón! Al ser esto referido a Ciro, y habiéndose este informado de qué quería decir, le hizo entender que verificaba entonces a su costa la advertencia que en otro tiempo le había dado Solón: que los hombres, por muy buena cara que les haga la fortuna, no pueden llamarse dichosos hasta que se les haya visto pasar el último día de su vida, por la incertidumbre y variedad de las cosas humanas, que con un movimiento muy ligero cambian de un estado a otro completamente distinto. Y por eso Agesilao, a alguien que decía dichoso al rey de Persia por haber llegado muy joven a un estado tan poderoso, respondió: Sí, pero Príamo a tal edad no fue desdichado. Tan pronto de reyes de Macedonia, sucesores de aquel gran Alejandro, se hacen carpinteros y escribanos en Roma; de tiranos de Sicilia, maestros de escuela en Corinto; de un conquistador de la mitad del mundo y emperador de tantos ejércitos, se hace un miserable suplicante de los mezquinos oficiales de un rey de Egipto: tanto le costó a ese gran Pompeyo la prolongación de cinco o seis meses de vida. Y en tiempos de nuestros padres, ese Ludovico Sforza, décimo duque de Milán, bajo el cual había temblado durante tanto tiempo toda Italia, se le vio morir prisionero en Loches, pero después de haber vivido allí diez años, que es lo peor de su desgracia. La más bella reina, viuda del más grande rey de la cristiandad, ¿no acaba de morir por mano de un verdugo? ¡Indigna y bárbara crueldad! Y mil ejemplos semejantes. Pues parece que, así como las tormentas y tempestades se ensañan contra el orgullo y altanería de nuestras construcciones, también hay allá arriba espíritus envidiosos de las grandezas de acá abajo.

Hasta tal punto una fuerza oculta aplasta las cosas humanas, y parece hollar los hermosos fasces y las crueles hachas, y tenerlos por juguete.

Y parece que la fortuna a veces acecha expresamente el último día de nuestra vida para mostrar su poder, derribando en un instante lo que había construido en largos años; y nos hace gritar tras Laberio: Sin duda este día he vivido para mí uno más de lo que debía vivir. Así puede tomarse con razón ese buen consejo de Solón. Pero en tanto que es un filósofo, para el cual los favores y desgracias de la fortuna no cuentan como dicha ni como desdicha, y las grandezas y los poderes son accidentes de cualidad más o menos indiferente, me parece verosímil que haya mirado más allá, y querido decir que esa misma felicidad de nuestra vida, que depende de la tranquilidad y contento de un espíritu bien nacido y de la resolución y seguridad de un alma ordenada, no debe jamás atribuirse al hombre hasta que no se le haya visto representar el último acto de su comedia; y sin duda el más difícil.

En todo lo demás puede haber máscara: o esos bellos discursos de la filosofía están en nosotros solo por apariencia, o los accidentes, al no ponernos a prueba hasta lo vivo, nos dan tiempo para mantener siempre nuestro rostro sereno. Pero en ese último papel de la muerte y de nosotros, ya no cabe fingir, hay que hablar en francés; hay que mostrar lo que hay de bueno y de limpio en el fondo de la olla.

Pues entonces al fin las verdaderas voces brotan del fondo del pecho, y se arranca la máscara, queda la cosa.

He ahí por qué deben en ese último trance tocarse y probarse todas las demás acciones de nuestra vida. Es el día maestro, es el día que juzga todos los demás: es el día, dice un antiguo, que debe juzgar todos mis años pasados. Remito a la muerte la prueba del fruto de mis estudios. Veremos ahí si mis discursos me salen de la boca o del corazón. He visto a varios dar por su muerte reputación en bien o en mal a toda su vida. Escipión, suegro de Pompeyo, rehabilitó al morir bien la mala opinión que se había tenido de él hasta entonces. Epaminondas, preguntado cuál de los tres estimaba más, si Cabrias, o Ifícrates, o él mismo, respondió: Hay que vernos morir antes de poder decidirlo. En verdad se robaría mucho a aquel que se le pesara sin el honor y grandeza de su fin. Dios lo ha querido como le ha placido; pero en mi tiempo tres de las personas más execrables que conocí en toda abominación de vida, y las más infames, tuvieron muertes ordenadas y en toda circunstancia compuestas hasta la perfección. Hay muertes valientes y afortunadas. Le he visto cortar el hilo de un progreso de maravilloso avance, y en la flor de su crecimiento, a alguien, con un fin tan pomposo que, a mi parecer, sus ambiciosos y valerosos designios no tenían nada tan elevado como fue su interrupción. Llegó sin ir allí, adonde pretendía, más grande y gloriosamente de lo que portaba su deseo y esperanza. Y adelantó por su caída el poder y el nombre al que aspiraba por su carrera. Al juzgar la vida de otro, miro siempre cómo se ha comportado el final, y de los principales estudios de la mía es que se comporte bien, es decir, tranquila y silenciosamente.

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