Capítulo 27De la amistad
Observando el modo de trabajar de un pintor que tengo, me han entrado ganas de imitarlo. Él elige el lugar más hermoso y central de cada pared para colocar ahí un cuadro elaborado con toda su destreza; y el vacío alrededor lo llena de grotescos, que son pinturas fantásticas que solo tienen gracia por su variedad y extrañeza. ¿Qué son estos ensayos, en verdad, sino también grotescos y cuerpos monstruosos, remendados con diversos miembros, sin figura definida, sin orden, continuidad ni proporción que no sea fortuita?
«Una hermosa mujer termina en pez por la parte inferior». Hasta este segundo punto voy bien con mi pintor, pero me quedo corto en la otra parte, la mejor: pues mi capacidad no llega tan lejos como para atreverme a emprender un cuadro rico, pulido y elaborado según el arte. He decidido tomar prestado uno de Étienne de La Boétie, que honrará todo el resto de esta obra. Es un discurso al que dio por nombre: La servidumbre voluntaria; pero quienes lo ignoraban lo rebautizaron después, muy apropiadamente, el Contra uno. Lo escribió a modo de ensayo en su primera juventud, en honor de la libertad contra los tiranos. Circula desde hace tiempo en manos de gente entendida, no sin muy grande y merecida recomendación: pues es noble y lleno todo lo que es posible. Aun así hay que decir que no es lo mejor que pudo hacer; y si en la edad en que yo lo conocí más avanzado, hubiese tomado un propósito como el mío, de poner por escrito sus pensamientos, veríamos muchas cosas raras que nos acercarían muy cerca del honor de la Antigüedad: pues especialmente en esta parte de los dones de la naturaleza, no conozco a nadie que le sea comparable. Pero no ha quedado de él sino este discurso, y aun por casualidad, y creo que no lo vio más después de que se le escapó; y algunas memorias sobre ese edicto de enero famoso por nuestras guerras civiles, que quizá encontrarán todavía su lugar en otra parte. Esto es todo lo que he podido recuperar de sus reliquias (yo, a quien dejó, con tan amorosa recomendación, la muerte entre los dientes, por su testamento, heredero de su biblioteca y de sus papeles), además del librito de sus obras que he mandado publicar. Y le debo particularmente a esta pieza, en tanto que sirvió de medio para nuestro primer conocimiento. Pues me fue mostrada mucho tiempo antes de que yo lo hubiera visto; y me dio la primera noticia de su nombre, encaminando así esta amistad que hemos cultivado, mientras Dios ha querido, entre nosotros, tan entera y tan perfecta, que ciertamente apenas se leen otras parecidas; y entre nuestros hombres no se ve ningún rastro en uso. Hacen falta tantas coincidencias para construirla, que ya es mucho si la fortuna lo logra una vez cada tres siglos.
No hay nada hacia lo que parezca que la naturaleza nos haya encaminado más que a la sociedad. Y dice Aristóteles que los buenos legisladores se han preocupado más de la amistad que de la justicia. Ahora bien, el punto más alto de su perfección es este. Pues en general todas aquellas que el placer, o el provecho, la necesidad pública o privada, forja y nutre, son tanto menos bellas y generosas, y tanto menos amistades, cuanto mezclan otra causa y fin y fruto en la amistad que ella misma. Ni estas cuatro especies antiguas, natural, social, hospitalaria, venérea, convienen particularmente ni en conjunto.
De los hijos a los padres, es más bien respeto. La amistad se alimenta de comunicación, que no puede encontrarse entre ellos, por la demasiado grande disparidad, y ofendería quizá los deberes de la naturaleza: pues ni todos los pensamientos secretos de los padres se pueden comunicar a los hijos, para no engendrar una indecorosa familiaridad; ni las advertencias y correcciones, que es uno de los primeros oficios de la amistad, se podrían ejercer de los hijos a los padres. Se han encontrado naciones donde, por costumbre, los hijos mataban a sus padres; y otras, donde los padres mataban a sus hijos, para evitar el estorbo que pueden a veces causarse mutuamente; y naturalmente el uno depende de la ruina del otro. Se han encontrado filósofos que desdeñaban esta costura natural, testigo Aristipo, quien cuando lo presionaban por el afecto que debía a sus hijos por haber salido de él, se puso a escupir, diciendo que aquello también había salido de él; que también engendramos piojos y gusanos. Y ese otro que Plutarco quería inducir a reconciliarse con su hermano: «No lo estimo más, dijo, por haber salido del mismo agujero». Es en verdad un hermoso nombre, y lleno de afecto, el nombre de hermano, y por esa causa lo hicimos él y yo nuestra alianza. Pero esta mezcla de bienes, estas particiones, y que la riqueza de uno sea la pobreza del otro, eso deshace maravillosamente y afloja esta soldadura fraterna. Los hermanos, teniendo que conducir el progreso de su avance por el mismo sendero y el mismo camino, es fuerza que se tropiecen y choquen a menudo. Además, la correspondencia y relación que engendra estas verdaderas y perfectas amistades, ¿por qué se encontrará en estos? El padre y el hijo pueden ser de temperamento enteramente distante, y los hermanos también. Es mi hijo, es mi pariente; pero es un hombre arisco, un malvado, o un necio. Y además, en la medida en que son amistades que la ley y la obligación natural nos mandan, hay tanto menos de nuestra elección y libertad voluntaria; y nuestra libertad voluntaria no tiene ninguna producción que sea más propiamente suya que la del afecto y la amistad. No es que yo no haya probado de ese lado todo lo que puede ser, habiendo tenido el mejor padre que jamás existió, y el más indulgente, hasta su extrema vejez; y siendo de una familia famosa de padre a hijo, y ejemplar en esta parte de la concordia fraterna:
«yo mismo reconocido en mis hermanos por mi ánimo paterno».
Comparar con esto el afecto hacia las mujeres, aunque nazca de nuestra elección, no se puede; ni colocarlo en este registro. Su fuego, lo confieso,
«pues no ignora nuestra diosa que mezcla dulce amargor con los cuidados»,
es más activo, más ardiente y más áspero. Pero es un fuego temerario y voluble, ondulante y diverso, fuego de fiebre, sujeto a accesos y remisiones, y que solo nos toma por un rincón. En la amistad es un calor general y universal, templado por lo demás e igual, un calor constante y asentado, todo dulzura y pulimento, que no tiene nada de áspero y punzante. Más aún, en el amor no es sino un deseo enloquecido tras lo que huye de nosotros,
«Como sigue la liebre el cazador al frío, al calor, a la montaña, al llano, y ya no la estima cuando la ve presa, y solo tras quien huye apresura el pie».
En cuanto entra en los términos de la amistad, es decir, en la concordancia de las voluntades, se desvanece y languidece: el goce lo destruye, por tener un fin corporal y sujeto a saciedad. La amistad, por el contrario, se goza a medida que se desea, no se eleva, se alimenta ni crece sino en el goce, por ser espiritual, y el alma se refina con el uso. Bajo esta amistad perfecta, esas afecciones volátiles encontraron en otro tiempo lugar en mí, para no hablar de él, que lo confiesa de sobra en sus versos. Así, estas dos pasiones se conocieron mutuamente en mí, pero nunca en comparación: la primera mantenía su rumbo con vuelo altivo y soberbio, y miraba desdeñosamente a la otra pasar sus puntas muy por debajo de ella.
En cuanto al matrimonio, además de ser un trato que solo tiene libre la entrada, siendo su duración forzada y obligada, dependiendo de algo distinto de nuestra voluntad; y trato que ordinariamente se hace con otros fines: sobrevienen mil enredos extraños que desenmarañar, suficientes para romper el hilo y turbar el curso de una afección viva; mientras que en la amistad no hay asunto ni comercio más que de ella misma. Añádase que, a decir verdad, la capacidad ordinaria de las mujeres no es bastante para responder a esa conversación y comunicación, nodriza de esta santa costura; ni su alma parece lo bastante firme para sostener la tensión de un nudo tan apretado y tan duradero. Y ciertamente, sin eso, si pudiera establecerse una relación libre y voluntaria donde no solo las almas tuvieran ese goce entero, sino que también los cuerpos participaran en la alianza, comprometiéndose el hombre por entero: es cierto que la amistad sería más plena y más completa. Mas ese sexo por ningún ejemplo ha podido llegar hasta ahí, y por las escuelas antiguas es rechazado.
Y aquella otra licencia griega es justamente aborrecida por nuestras costumbres. La cual, sin embargo, por tener según su uso una tan necesaria disparidad de edades y diferencia de oficios entre los amantes, tampoco respondía bastante a la perfecta unión y concordancia que aquí pedimos. «¿Qué es, pues, ese amor de amistad? ¿Por qué nadie ama a un adolescente deforme ni a un anciano hermoso?» Pues la pintura misma que de ella hace la Academia no me desmentirá, según creo, si digo esto de su parte: que aquel primer furor, inspirado por el hijo de Venus al corazón del amante, sobre el objeto de la flor de una tierna juventud, al que permiten todos los esfuerzos insolentes y apasionados que puede producir un ardor inmoderado, estaba simplemente fundado en una belleza externa: falsa imagen de la generación corporal. Porque en el espíritu no podía, cuya muestra estaba aún oculta: no estaba sino en su nacimiento, y antes de la edad de germinar. Si ese furor se apoderaba de un ánimo bajo, los medios de su persecución eran riquezas, regalos, favor para el ascenso a dignidades: y otra baja mercancía semejante, que ellos reprueban. Si recaía en un ánimo más generoso, las mediaciones eran igualmente generosas: instrucciones filosóficas, enseñanzas para reverenciar la religión, obedecer las leyes, morir por el bien de su patria: ejemplos de valentía, prudencia, justicia.
Esforzándose el amante por hacerse aceptable por la buena gracia y belleza de su alma, estando la de su cuerpo ya marchita: y esperando por esa sociedad mental establecer un trato más firme y duradero. Cuando esa persecución llegaba a efecto, en su tiempo (pues lo que no exigen en el amante, que aporte paciencia y discreción en su empresa, lo exigen exactamente en el amado: pues a él le correspondía juzgar de una belleza interna, de difícil conocimiento y abstruso descubrimiento), entonces nacía en el amado el deseo de una concepción espiritual, por mediación de una belleza espiritual. Esta era aquí la principal: la corporal, accidental y secundaria: todo lo contrario del amante. Por esa razón prefieren al amado: y verifican que los dioses también lo prefieren: y censuran grandemente al poeta Esquilo por haber, en el amor de Aquiles y de Patroclo, dado la parte del amante a Aquiles, que estaba en el primer e imberbe verdor de su adolescencia, y era el más bello de los griegos. Tras esta comunidad general, ejerciendo sus oficios la parte maestra y más digna de ella, y predominando: dicen que de ello provenían frutos muy útiles para lo privado y lo público. Que era la fuerza de los países que recibían su uso: y la principal defensa de la equidad y de la libertad.
Testigo los saludables amores de Harmodio y de Aristogitón. Por eso la llaman sagrada y divina, y no hay a su juicio sino la violencia de los tiranos y la cobardía de los pueblos que le sea adversa: en fin, todo lo que se puede conceder en favor de la Academia es decir que era un amor que terminaba en amistad: cosa que no se relaciona mal con la definición estoica del amor: «El amor es el esfuerzo por hacer amistad a partir de la apariencia de la belleza».
Vuelvo a mi descripción, de modo más equitativo y más equilibrado. «Las amistades deben juzgarse cuando los espíritus y las edades están ya consolidados y confirmados.» Por lo demás, lo que llamamos ordinariamente amigos y amistades no son sino relaciones y familiaridades anudadas por alguna ocasión o conveniencia, por medio de las cuales nuestras almas se mantienen. En la amistad de que hablo, se mezclan y confunden una en otra, con una mezcla tan universal que borran y ya no encuentran la costura que las ha unido. Si me apremian a decir por qué lo amaba, siento que eso no puede expresarse sino respondiendo: porque era él, porque era yo. Hay más allá de todo mi razonamiento, y de lo que puedo decir en particular, no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora de esa unión. Nos buscábamos antes de habernos visto, y por las noticias que oíamos uno de otro: que hacían en nuestra afección más efecto que el que comporta la razón de las noticias: creo que por alguna ordenanza del cielo. Nos abrazábamos por nuestros nombres. Y en nuestro primer encuentro, que fue por azar en una gran fiesta y reunión de la ciudad, nos encontramos tan prendados, tan conocidos, tan obligados entre nosotros, que nada desde entonces nos fue tan cercano como el uno al otro. Él escribió una sátira latina excelente, que está publicada: por la cual excusa y explica la precipitación de nuestro entendimiento, tan prontamente llegado a su perfección. Teniendo tan poco que durar, y habiendo comenzado tan tarde (pues éramos ambos hombres maduros: y él mayor algunos años), no tenía tiempo que perder. Y no tenía que ajustarse al patrón de las amistades blandas y regulares, para las cuales hacen falta tantas precauciones de larga y previa conversación. Esta no tiene otra idea que de sí misma, y no puede relacionarse sino consigo. No es una consideración especial, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni mil: es no sé qué quintaesencia de toda esa mezcla, que habiendo capturado toda mi voluntad, la llevó a hundirse y perderse en la suya, que habiendo capturado toda su voluntad, la llevó a hundirse y perderse en la mía: de hambre, con una concurrencia pareja. Digo perderse en verdad, no reservándonos nada que nos fuera propio, ni que fuera o suyo o mío.
Cuando Lelio, en presencia de los cónsules romanos, que tras la condena de Tiberio Graco perseguían a todos los que habían estado en su inteligencia, vino a preguntarle a Cayo Blosio, que era el principal de sus amigos, cuánto habría querido hacer por él, y este respondió: «Todas las cosas». «¿Cómo todas las cosas?», prosiguió, «¿y qué, si te hubiera mandado prender fuego a nuestros templos?» «Jamás me lo habría mandado», replicó Blosio. «Pero si lo hubiera hecho», añadió Lelio: «le habría obedecido», respondió él. Si era tan perfectamente amigo de Graco como dicen las historias, no tenía por qué ofender a los cónsules con esta última y atrevida confesión: y no debía apartarse de la seguridad que tenía de la voluntad de Graco. Pero sin embargo, quienes acusan esa respuesta de sediciosa no entienden bien este misterio: y no presuponen como es, que tenía la voluntad de Graco en su manga, tanto por poder como por conocimiento. Eran más amigos que ciudadanos, más amigos que amigos o enemigos de su patria, que amigos de ambición y de disturbio. Habiéndose confiado perfectamente el uno al otro, tenían perfectamente las riendas de la inclinación el uno del otro: y haced guiar ese arnés por la virtud y conducción de la razón (como por otra parte es del todo imposible uncirlo sin eso), la respuesta de Blosio es tal como debía ser. Si sus acciones se desmandaron, no eran ni amigos, según mi medida, el uno del otro, ni amigos de sí mismos. Por lo demás, esa respuesta no suena más que la mía, si alguien me preguntara de esta manera: si tu voluntad te mandara matar a tu hija, ¿la matarías? y que yo lo concediera: pues eso no comporta ningún testimonio de consentimiento a hacerlo: porque no tengo ninguna duda de mi voluntad, y tampoco de la de un amigo tal. No está en el poder de todos los discursos del mundo desalojarme de la certeza que tengo de las intenciones y juicios del mío: ninguna de sus acciones podría presentárseme, cualquier aspecto que tuviera, sin que encontrara al instante el resorte. Nuestras almas han marchado tan unánimemente juntas: se han considerado con una afección tan ardiente, y con igual afección se han descubierto hasta el fondo de las entrañas una a otra: que no solo conocía la suya como la mía, sino que ciertamente me habría fiado más a él de mí que a mí mismo.
Que no se me ponga en esa categoría esas otras amistades comunes: las conozco tanto como cualquier otro, y de las más perfectas en su género. Pero no aconsejo que se confundan sus reglas, pues uno se equivocaría. Hay que caminar en esas otras amistades con la brida en la mano, con prudencia y precaución: el vínculo no está anudado de tal manera que no haya que desconfiar de él en absoluto. Ama, decía Quilón, como si algún día tuvieras que odiar: odia, como si tuvieras que amar. Este precepto, que es tan abominable en esta soberana y suprema amistad, es saludable en el uso de las amistades ordinarias y habituales: en relación con las cuales hay que emplear la frase que Aristóteles tenía muy familiar, Oh amigos míos, no hay ningún amigo.
En este noble comercio, los favores y los beneficios que alimentan las otras amistades no merecen siquiera ser tomados en cuenta: esta confusión tan plena de nuestras voluntades es su causa; pues así como la amistad que me tengo a mí mismo no recibe ningún aumento por el auxilio que me doy en la necesidad, digan lo que digan los estoicos, y como no me agradezco en absoluto el servicio que me hago a mí mismo: así también la unión de tales amigos, siendo verdaderamente perfecta, les hace perder el sentimiento de tales deberes, y odiar y apartar de entre ellos estas palabras de división y de diferencia: beneficio, obligación, reconocimiento, petición, agradecimiento, y sus similares. Siendo todo en efecto común entre ellos, voluntades, pensamientos, juicios, bienes, mujeres, hijos, honor y vida; y no siendo su conformidad sino un alma en dos cuerpos, según la muy apropiada definición de Aristóteles, no pueden ni prestarse ni darse nada. He ahí por qué los legisladores, para honrar el matrimonio con algún parecido imaginario a esta divina unión, prohíben las donaciones entre el marido y la mujer. Queriendo inferir con ello que todo debe ser de cada uno de ellos, y que no tienen nada que dividir y repartir entre sí.
Si en la amistad de la que hablo uno pudiera dar al otro, sería aquel que recibiera el beneficio quien obligaría a su compañero. Pues buscando uno y otro, más que cualquier otra cosa, hacerse bien mutuamente, aquel que presta la materia y la ocasión es el que obra liberalmente, dando ese contento a su amigo de realizar en su favor lo que más desea. Cuando el filósofo Diógenes necesitaba dinero, decía que lo reclamaba a sus amigos, no que lo pedía. Y para mostrar cómo esto se practica en efecto, referiré un antigularmente ejemplo singular. Eudámidas de Corinto tenía dos amigos, Carínexo de Sición y Areteo de Corinto: al morir siendo pobre, y sus dos amigos ricos, hizo así su testamento: Lego a Areteo alimentar a mi madre, y mantenerla en su vejez: a Carínexo casar a mi hija, y darle la dote más grande que pueda: y en caso de que uno de ellos llegue a faltar, sustituyo en su parte al que sobreviva. Los que primero vieron este testamento se burlaron de él: pero sus herederos, habiendo sido avisados, lo aceptaron con singular contento. Y uno de ellos, Carínexo, habiendo fallecido cinco días después, abierta la sustitución en favor de Areteo, éste alimentó cuidadosamente a esa madre, y de cinco talentos que tenía en sus bienes, dio dos y medio como dote a una hija suya única, y dos y medio para el matrimonio de la hija de Eudámidas, de las cuales celebró las bodas en el mismo día.
Este ejemplo es muy completo; si hubiera una condición que objetar, es la multitud de amigos. Pues esta perfecta amistad de la que hablo es indivisible: cada uno se entrega tan entero a su amigo, que no le queda nada que repartir en otra parte: al contrario, lamenta no ser doble, triple o cuádruple, y no tener varias almas y varias voluntades para conferirlas todas a ese objeto. Las amistades comunes se pueden repartir, se puede amar en este la belleza, en aquel otro la facilidad de sus costumbres, en otro la liberalidad, en uno la paternidad, en otro la fraternidad, y así el resto: pero esta amistad que posee el alma y la rige con total soberanía, es imposible que sea doble. Si dos a la vez pidieran ser socorridos, ¿hacia cuál correrías? Si te requirieran favores contrarios, ¿qué arreglo encontrarías? Si uno te confiara en secreto algo que fuera útil al otro saber, ¿cómo te desenredarías? La única y principal amistad descose todas las demás obligaciones. El secreto que he jurado no revelar a otro, puedo sin perjurio comunicárselo a aquel que no es otro, es yo mismo. Es un milagro bastante grande desdoblarse: y no conocen su dificultad los que hablan de triplicarse. Nada es extremo si tiene su igual. Y quien presuponga que de dos los amo a ambos igualmente, y que ellos se aman entre sí y me aman tanto como yo los amo: multiplica en cofradía la cosa más única y unida, y de la cual una sola es ya la más rara de encontrar en el mundo. El resto de esta historia cuadra muy bien con lo que decía: pues Eudámidas da por gracia y por favor a sus amigos emplearlos en su necesidad: los deja herederos de esta su liberalidad, que consiste en ponerles en las manos los medios de hacerle bien. Y sin duda, la fuerza de la amistad se muestra mucho más ricamente en su hecho que en el de Areteo. En suma, son efectos inimaginables para quien no los ha probado: y que me hacen honrar maravillosamente la respuesta de aquel joven soldado a Ciro, preguntándole por cuánto querría dar un caballo por el que acababa de ganar el premio de la carrera, y si querría cambiarlo por un reino: No ciertamente, señor: pero bien lo dejaría gustosamente para adquirir con ello un amigo. Si encontrara un hombre digno de tal alianza. No decía mal. Si encontrara. Pues se encuentra fácilmente hombres propios para un trato superficial: pero en esta, en la que se negocia con lo más hondo del corazón, que no guarda nada en reserva: es necesario que todos los resortes estén limpios y seguros perfectamente.
En las confederaciones que se sostienen solo por un extremo, solo hay que atender a las imperfecciones que particularmente interesan a ese extremo. No puede importarme de qué religión sea mi médico y mi abogado; esta consideración no tiene nada en común con los oficios de la amistad que me deben. Y en el trato doméstico que establecen conmigo los que me sirven hago lo mismo: y me preocupo poco de si un lacayo es casto, busco si es diligente; y no temo tanto a un mulero jugador como a uno imbécil; ni a un cocinero blasfemo como a uno ignorante. No me meto en decir lo que hay que hacer en el mundo: otros se meten bastante en ello: sino lo que hago en él,
A mí así me sirve: tú, haz como te sea necesario. A la familiaridad de la mesa asocio lo placentero, no lo prudente: en el lecho, la belleza antes que la bondad; y en la sociedad del discurso, la suficiencia, incluso sin la probidad, igualmente en otros lugares. Así como aquel que fue encontrado a horcajadas sobre un bastón, jugando con sus hijos, rogó al hombre que lo sorprendió que no dijera nada hasta que fuera padre él mismo, estimando que la pasión que le nacería entonces en el alma lo volvería juez ecuánime de tal acción. Yo desearía también hablar a gentes que hubieran probado lo que digo: pero sabiendo cuán alejada del uso común está tal amistad, y cuán rara es, no espero encontrar ningún buen juez. Pues los propios discursos que la antigüedad nos ha dejado sobre este tema me parecen flojos en comparación con el sentimiento que tengo de ella. Y en este punto los efectos sobrepasan los preceptos mismos de la filosofía.
Nada compararía yo, estando sano, con un amigo agradable. El antiguo Menandro decía feliz a aquel que había podido encontrar solamente la sombra de un amigo: tenía ciertamente razón al decirlo, incluso si la había probado. Pues en verdad si comparo todo el resto de mi vida, aunque con la gracia de Dios la haya pasado dulce, tranquila, y salvo la pérdida de tal amigo, exenta de aflicción pesada, llena de tranquilidad de espíritu, habiendo aceptado como pago mis comodidades naturales y originales, sin buscar otras: si la comparo, digo, toda, a los cuatro años que me fue dado gozar de la dulce compañía y sociedad de ese personaje, no es sino humo, no es sino una noche oscura y tediosa. Desde el día en que lo perdí,
que siempre acerbo, siempre honorable (así, dioses, lo quisisteis) tendré,
No hago más que arrastrarme lánguidamente, y los placeres mismos que se me ofrecen, en lugar de consolarme, me redoblan el pesar de su pérdida. Lo compartíamos todo a medias: me parece que le robo su parte,
«Y he decidido que no es lícito que yo goce aquí de ningún placer, mientras esté ausente mi compañero».
Ya estaba tan hecho y acostumbrado a ser segundo en todo, que me parece no ser más que una mitad.
«Si una muerte prematura se llevó aquella parte de mi alma, ¿qué espero yo con la otra? No soy igualmente querido ni sobrevivo entero. Aquel día arrastró consigo nuestra doble ruina».
No hay acción ni pensamiento donde no lo eche de menos, como si él me hubiese correspondido bien: pues así como me superaba en una distancia infinita en toda otra capacidad y virtud, también lo hacía en el deber de la amistad.
«¿Qué pudor o qué medida puede haber en el deseo de una cabeza tan querida? ¡Oh hermano arrebatado a mí, desdichado! Todas nuestras alegrías perecieron contigo, aquellas que tu dulce amor alimentaba en vida.
Tú, hermano, muriendo rompiste mis dichas; contigo está sepultada toda nuestra alma entera, por cuya muerte he expulsado de mi mente estos estudios y todas las delicias del ánimo. ¿Te hablaré? ¿Nunca oiré tu voz hablándome? ¿Nunca más te veré, hermano más amado que la vida? Pero ciertamente siempre te amaré».
Pero oigamos hablar un poco a este muchacho de dieciséis años.
Como he descubierto que esta obra ha sido puesta en circulación desde entonces, y con mala intención, por aquellos que buscan turbar y cambiar el estado de nuestra organización política, sin preocuparse de si la mejorarán, y que la han mezclado con otros escritos de su propia cosecha, he decidido no incluirla aquí. Y para que la memoria del autor no quede perjudicada ante aquellos que no han podido conocer de cerca sus opiniones y sus actos, les advierto que este tema fue tratado por él en su infancia, sólo como ejercicio, en cuanto tema común y muy manoseado en mil lugares de los libros. No tengo ninguna duda de que creía lo que escribía: pues era lo bastante escrupuloso como para no mentir ni siquiera en broma; y sé además que, si hubiera tenido que elegir, habría preferido nacer en Venecia que en Sarlat; y con razón. Pero tenía otra máxima soberanamente impresa en su alma: obedecer y someterse muy religiosamente a las leyes bajo las cuales había nacido. Nunca hubo mejor ciudadano, ni más afecto al sosiego de su país, ni más enemigo de las agitaciones y novedades de su tiempo: habría empleado antes su capacidad en apagarlas que en darles con qué alimentarlas más; tenía su espíritu modelado según el patrón de otros siglos distintos de estos. Ahora bien, en lugar de esta obra seria sustituiré otra, producida en la misma época de su vida, más alegre y más divertida.
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