Capítulo 25De la educación de los niños, a la señora Diana de Foix, condesa de Gurson
Nunca vi padre alguno que, por jorobado o tiñoso que fuese su hijo, dejase de reconocerlo como suyo; no obstante, a menos que esté completamente embriagado por ese afecto, no puede evitar percibir sus defectos; pero el caso es que es suyo. Del mismo modo yo, veo mejor que nadie que esto no son más que ensoñaciones de un hombre que solo ha probado la corteza primera de las ciencias en su infancia, y no ha retenido de ellas más que una imagen general e informe: un poco de cada cosa, y nada en absoluto, a la francesa. Porque, en suma, sé que existe una Medicina, una Jurisprudencia, cuatro partes en la Matemática, y a grandes rasgos aquello a lo que apuntan. Y quizá sepa también la pretensión de las ciencias en general, al servicio de nuestra vida; pero en cuanto a profundizar más, a haberme roído las uñas en el estudio de Aristóteles, monarca de la doctrina moderna, o a haberme obstinado en alguna ciencia, jamás lo he hecho; ni hay arte del cual pueda pintar siquiera los primeros trazos. Y no hay niño de las clases medias que no pueda decirse más sabio que yo, que ni siquiera tengo con qué examinarlo en su primera lección. Y si me obligan a ello, me veo forzado bastante ineptamente a extraer alguna materia de tema universal con la que examinar su juicio natural: lección que les es tan desconocida como a mí la suya.
No he establecido trato con ningún libro sólido, salvo Plutarco y Séneca, donde saco agua como las Danaides, llenando y vertiendo sin cesar. Algo de ello pego a este papel, y para mí, apenas nada. La historia es mi presa en materia de libros, o la poesía, que amo con particular inclinación; porque, como decía Cleantes, del mismo modo que la voz constreñida en el estrecho canal de una trompeta sale más aguda y más fuerte, así me parece que la sentencia comprimida en los pies numerosos de la poesía se lanza mucho más bruscamente y me golpea con una sacudida más viva. En cuanto a las facultades naturales que hay en mí, de las cuales este es el ensayo, las siento flaquear bajo la carga: mis concepciones y mi juicio solo caminan a tientas, tambaleándose, trastabillando y tropezando; y cuando he llegado lo más lejos que puedo, tampoco me he satisfecho en absoluto. Aún veo tierra más allá, pero con una vista turbia y nublada que no puedo esclarecer. Y al emprender hablar indiferentemente de todo lo que se presenta a mi fantasía, y no empleando en ello más que mis propios y naturales medios, si me sucede, como sucede a menudo, encontrar por azar en los buenos autores esos mismos temas que yo he emprendido tratar, como acabo de hacer ahora mismo en Plutarco, su discurso sobre la fuerza de la imaginación: al reconocerme en comparación con esa gente, tan débil y tan raquítico, tan pesado y tan dormido, me inspiro lástima o desdén a mí mismo.
Con todo, me complace que mis opiniones tengan el honor de coincidir a menudo con las suyas, y que al menos vaya de lejos tras ellos, diciendo que sí. También que tengo esto, que no todos tienen, de conocer la extrema diferencia entre ellos y yo; y dejo no obstante correr mis invenciones tan débiles y bajas como las he producido, sin rehacer ni remendar los defectos que esa comparación me ha descubierto en ellas. Hay que tener los riñones bien firmes para emprender caminar frente a frente con esa gente. Los escritores indiscretos de nuestro siglo, que en medio de sus obras de nada van sembrando pasajes enteros de los autores antiguos para hacerse honor, hacen lo contrario. Porque esa infinita desemejanza de brillos vuelve un rostro tan pálido, tan deslustroso y tan feo a lo que es suyo, que pierden en ello mucho más de lo que ganan. Había dos fantasías contrarias. El filósofo Crisipo mezclaba en sus libros no solo pasajes, sino obras enteras de otros autores; y en uno, la Medea de Eurípides; y decía Apolodoro que, si se eliminase de ellos lo ajeno, su papel quedaría en blanco. Epicuro, por el contrario, en trescientos volúmenes que dejó, no había puesto una sola cita. Me ocurrió el otro día topar con tal pasaje: había ido arrastrándome lánguidamente tras palabras francesas tan exangües, tan descarnadas y tan vacías de materia y de sentido, que no eran verdaderamente más que palabras francesas; al cabo de un largo y fastidioso camino, vine a encontrar una pieza alta, rica y elevada hasta las nubes.
Si hubiera encontrado la pendiente suave y la subida un poco alargada, aquello habría sido excusable; pero era un precipicio tan vertical y tan cortado, que desde las seis primeras palabras reconocí que me remontaba a otro mundo. Desde allí descubrí el abismo de donde venía, tan bajo y tan profundo, que nunca más tuve ánimo para volver a bajar a él. Si adornase uno de mis discursos con esos ricos despojos, iluminaría demasiado la estupidez de los demás. Reprenderme en otros mis propias faltas no me parece más incompatible que reprender, como hago a menudo, las de otros en mí. Hay que acusarlas por todas partes y quitarles todo lugar de franquicia. Bien sé cuán audazmente emprendo yo mismo a cada momento igualarme a mis hurtos, ir a la par con ellos; no sin una temeraria esperanza de que pueda engañar los ojos de los jueces para que no los distingan. Pero es tanto por el beneficio de mi aplicación como por el beneficio de mi invención y de mi fuerza. Y además, no lucho en masa con esos viejos campeones, ni cuerpo a cuerpo; es mediante asaltos, ataques menudos y ligeros. No me lanzo contra ellos de lleno; no hago más que tantearlos, y no voy tan lejos como negocio ir. Si pudiera mantenerles el tipo, sería hombre honesto; porque solo los emprendo por donde son más robustos.
Hacer lo que he descubierto que hacen algunos, cubrirse con las armas de otros hasta no mostrar siquiera la punta de sus dedos; conducir su propósito (como es fácil a los sabios en una materia común) bajo invenciones antiguas remendadas aquí y allá: para quienes quieren ocultarlas y hacerlas propias, es en primer lugar injusticia y cobardía, que no teniendo nada de valor con qué mostrarse, buscan presentarse mediante un valor puramente ajeno; y además, gran necedad, contentándose por engaño con adquirir la ignorante aprobación del vulgo, desacreditarse ante la gente de entendimiento, que menea la nariz ante esa incrustación prestada, de quienes únicamente la alabanza tiene peso. Por mi parte, no hay nada que quiera menos hacer. Solo hablo de los otros para hablar más de mí mismo. Esto no atañe a los centones, que se publican como centones, y he visto algunos muy ingeniosos en mi tiempo, entre otros uno bajo el nombre de Capilupus, además de los antiguos. Son espíritus que se muestran tanto en otros aspectos como en ese, como Lipsio en ese docto y laborioso tejido de sus Políticas. Sea como sea, quiero decir, y sean cuales sean estas ineptitudes, no he deliberado ocultarlas, como tampoco un retrato mío calvo y canoso, en el que el pintor hubiese puesto no un rostro perfecto, sino el mío.
Porque también estos son mis humores y opiniones; los doy por lo que está en mi creencia, no por lo que hay que creer. Solo aspiro aquí a descubrirme a mí mismo, que seré quizá otro mañana si un nuevo aprendizaje me cambia. No tengo la autoridad de ser creído, ni lo deseo, sintiéndome demasiado mal instruido para instruir a otros.
Alguien, pues, habiendo visto el artículo precedente, me decía en mi casa el otro día que yo debería haberme extendido un poco más sobre el discurso de la educación de los niños. Ahora bien, señora, si yo tuviera alguna competencia en este asunto, no podría emplearla mejor que haciendo un regalo de ella a ese hombrecito que te amenaza con hacer dentro de poco una hermosa salida de tu casa (eres demasiado generosa para comenzar de otro modo que no sea con un varón). Pues habiendo tenido tanta participación en la dirección de tu matrimonio, tengo algún derecho e interés en la grandeza y prosperidad de todo lo que de él venga: además de que la antigua posesión que tienes sobre mi servidumbre me obliga bastante a desear honor, bien y ventaja a todo lo que te toca. Pero en verdad no entiendo de ello sino esto: que la mayor dificultad e importancia de la ciencia humana parece estar en este punto, donde se trata de la crianza y educación de los niños. Del mismo modo que en la agricultura, las labores que van antes de plantar son ciertas y fáciles, y el plantar mismo. Pero desde que lo que está plantado cobra vida, al criarlo hay una gran variedad de labores y dificultad: de igual manera con los hombres, hay poca industria en plantarlos; pero desde que han nacido, uno se carga de un cuidado diverso, lleno de ocupaciones y de temor, al enderezarlos y criarlos. La muestra de sus inclinaciones es tan tierna en esta baja edad, y tan oscura, las promesas tan inciertas y falsas, que es difícil establecer en ello ningún juicio sólido. Mirad a Cimón, mirad a Temístocles y a mil otros, cuánto se han desmentido a sí mismos. Los cachorros de osos y de perros muestran su inclinación natural; pero los hombres, arrojándose de inmediato a costumbres, a opiniones, a leyes, se cambian o se disfrazan fácilmente. Aun así, es difícil forzar las propensiones naturales. De donde sucede que por falta de haber elegido bien su ruta, uno se esfuerza a menudo en vano y emplea mucho tiempo en enderezar a niños hacia cosas en las cuales no pueden echar pie. Sin embargo, en esta dificultad mi opinión es encaminarlos siempre hacia las mejores cosas y más provechosas; y que uno debe aplicarse poco a esas ligeras adivinaciones y pronósticos que sacamos de los movimientos de su infancia. Platón en su república me parece darles demasiada autoridad.
Señora, la ciencia es un gran ornamento y un instrumento de maravilloso servicio, especialmente para las personas elevadas a tal grado de fortuna como tú estás. A decir verdad, no tiene su verdadero uso en manos viles y bajas. Está mucho más orgullosa de prestar sus medios para conducir una guerra, para mandar un pueblo, para practicar la amistad de un príncipe o de una nación extranjera, que para componer un argumento dialéctico, o pleitear una apelación, o recetar una masa de píldoras. Así, señora, porque creo que no olvidarás esta parte en la educación de los tuyos, tú que has saboreado su dulzura y que eres de una raza letrada (pues aún tenemos los escritos de esos antiguos condes de Foix, de donde el señor conde tu marido y tú habéis descendido: y Francisco señor de Candale, tu tío, hace nacer todos los días otros, que extenderán el conocimiento de esta cualidad de vuestra familia a muchos siglos), quiero decirte al respecto una sola fantasía que tengo, contraria al uso común. Es todo lo que puedo aportar a tu servicio en ello.
La misión del gobernador que le darás, de cuya elección depende todo el efecto de su educación, tiene muchas otras grandes partes, pero no las toco porque no sabría aportar nada que valga: y de este artículo sobre el cual me meto a darle consejo, me creerá en tanto que vea en ello apariencia. A un niño de familia que busca las letras, no por la ganancia (pues un fin tan abyecto es indigno de la gracia y favor de las Musas, y además mira y depende de otro) ni tanto por las comodidades externas como por las suyas propias, y para enriquecerse y adornarse por dentro, teniendo más bien ganas de resultar hombre hábil que hombre sabio, yo querría también que se tuviera cuidado de elegirle un conductor que tuviera más bien la cabeza bien hecha que bien llena: y que se requiriera en él ambas cosas, pero más las costumbres y el entendimiento que la ciencia: y que se condujera en su misión de una nueva manera.
No se cesa de gritarnos a los oídos, como quien vertiera en un embudo; y nuestra tarea no es sino repetir lo que se nos ha dicho. Yo querría que corrigiera esta parte; y que desde el principio, según la capacidad del alma que tiene en sus manos, comenzara a ponerla a prueba, haciéndole gustar las cosas, elegirlas y discernirlas por sí misma. A veces abriéndole el camino, a veces dejándoselo abrir. No quiero que invente y hable solo: quiero que escuche a su discípulo hablar a su vez. Sócrates, y después Arcesilao, hacían hablar primero a sus discípulos, y luego ellos les hablaban a ellos. La autoridad de quienes enseñan suele ser un obstáculo para quienes quieren aprender. Es bueno que lo haga trotar delante de él, para juzgar su paso: y juzgar hasta qué punto debe rebajarse para acomodarse a su fuerza. A falta de esta proporción, lo echamos todo a perder. Y saber elegirla y conducirse en ella con mesura es una de las más arduas tareas que conozco. Y es el efecto de un alma alta y muy fuerte saber condescender a sus andanzas pueriles y guiarlas. Yo marcho más firme y más seguro cuesta arriba que cuesta abajo.
Aquellos que, como nuestro uso conlleva, emprenden con una misma lección y pareja medida de conducta regir varios espíritus de tan diversas medidas y formas: no es maravilla si en todo un pueblo de niños apenas encuentran dos o tres que aporten algún justo fruto de su disciplina. Que no le pida solamente cuenta de las palabras de su lección, sino del sentido y de la sustancia. Y que juzgue del provecho que habrá hecho, no por el testimonio de su memoria, sino de su vida. Que lo que acabe de aprender se lo haga poner en cien rostros y acomodarlo a otros tantos diversos asuntos, para ver si lo ha tomado bien aún y lo ha hecho suyo, tomando la instrucción de su progreso de las pedagogías de Platón. Es testimonio de crudeza e indigestión regurgitar la vianda como se la ha tragado: el estómago no ha hecho su operación si no ha cambiado la manera y la forma de lo que se le había dado a cocer. Nuestra alma no se mueve sino a crédito, atada y constreñida al apetito de las fantasías de otro, sierva y cautiva bajo la autoridad de su lección. Nos han sujetado tanto a las cuerdas que ya no tenemos andar libre: nuestro vigor y libertad están extintos.
Nunca salen de su tutela. Vi privadamente en Pisa a un hombre honesto, pero tan aristotélico que el más general de sus dogmas es: que el toque y regla de todas las imaginaciones sólidas y de toda verdad es la conformidad con la doctrina de Aristóteles: que fuera de ahí no son sino quimeras e inanidad: que él lo ha visto todo y lo ha dicho todo. Esta su proposición, por haber sido un poco demasiado ampliamente e inicuamente interpretada, lo puso en otro tiempo y lo mantuvo largo tiempo en gran peligro ante la inquisición en Roma.
Que le haga pasarlo todo por el tamiz, y no aloje nada en su cabeza por simple autoridad y a crédito. Los principios de Aristóteles no le sean principios, no más que los de los estoicos o epicúreos. Que se le proponga esta diversidad de juicios, él elegirá si puede: si no, quedará en duda.
Pues no me agrada menos dudar que saber. Porque si abraza las opiniones de Jenofonte y de Platón por su propio razonamiento, ya no serán las de ellos, serán las suyas. Quien sigue a otro no sigue nada: no encuentra nada: es más, no busca nada. No estamos bajo un rey, que cada cual se reivindique para sí. Que sepa que sabe, al menos. Debe impregnarse de sus inclinaciones, no aprender sus preceptos. Y que olvide sin temor, si quiere, de dónde los ha sacado, pero que sepa apropiárselos. La verdad y la razón son comunes a todos, y no pertenecen más a quien las dijo primero que a quien las dice después. No es según Platón más que según yo: puesto que él y yo las entendemos y vemos de la misma manera. Las abejas liban aquí y allá las flores, pero después hacen con ellas la miel, que es enteramente suya; ya no es tomillo ni mejorana. Así las piezas tomadas de otros, las transformará y confundirá para hacer de ellas una obra enteramente suya: es decir, su juicio, su formación, su trabajo y estudio solo aspira a formarlo. Que oculte todo aquello de lo que ha sido ayudado, y no produzca más que lo que ha hecho con ello. Los saqueadores, los que toman prestado, exhiben sus edificios, sus compras, no lo que obtienen de otros. No ves las prebendas de un magistrado: ves las alianzas que ha ganado y los honores para sus hijos. Nadie hace cuentas públicas de sus ingresos: cada cual muestra sus adquisiciones.
La ganancia de nuestro estudio es habernos vuelto mejores y más sabios. Es, decía Epicarmo, el entendimiento el que ve y el que oye: es el entendimiento el que aprovecha todo, el que dispone todo, el que actúa, el que domina y el que reina: todas las demás cosas son ciegas, sordas y sin alma. Ciertamente lo volvemos servil y cobarde al no dejarle la libertad de hacer nada por sí mismo. ¿Quién preguntó jamás a su discípulo qué le parece de la Retórica y de la Gramática, de tal o cual sentencia de Cicerón? Nos las pegan en la memoria todas emplumadas, como oráculos, donde las letras y las sílabas forman parte de la sustancia de la cosa. Saber de memoria no es saber: es conservar lo que se ha dado en custodia a la memoria. Lo que uno sabe verdaderamente, dispone de ello sin mirar al modelo, sin volver los ojos hacia su libro. ¡Fastidiosa suficiencia, una suficiencia puramente libresca! Espero que sirva de ornamento, no de fundamento: siguiendo el consejo de Platón, que dice que la firmeza, la fe, la sinceridad son la verdadera filosofía: las otras ciencias, que apuntan a otra parte, no son más que afeite. Me gustaría que Paluel o Pompée, esos hermosos bailarines de mi tiempo, enseñaran cabriolas solo viéndolos hacerlas, sin movernos de nuestros sitios, como estos quieren instruir nuestro entendimiento sin sacudirlo: o que nos enseñaran a manejar un caballo, o una pica, o un laúd, o la voz, sin ejercitarnos en ello: como estos quieren enseñarnos a juzgar bien y a hablar bien sin ejercitarnos en hablar ni en juzgar.
Ahora bien, para este aprendizaje todo lo que se presenta ante nuestros ojos sirve de libro suficiente: la malicia de un paje, la estupidez de un criado, una conversación de mesa, son otras tantas materias nuevas. Por esta razón el trato con los hombres es maravillosamente apropiado para ello, y la visita a países extranjeros: no para traer de allí solamente, a la manera de nuestra nobleza francesa, cuántos pasos tiene Santa Rotonda, o la riqueza de los calzones de la señora Livia, o como otros, cuánto el rostro de Nerón, de alguna vieja ruina de allá, es más largo o más ancho que el de alguna medalla parecida. Sino para traer principalmente las inclinaciones de esas naciones y sus costumbres: y para frotar y pulir nuestro cerebro contra el de otros, querría que se le empezara a pasear desde su tierna infancia: y en primer lugar, para matar dos pájaros de un tiro, por las naciones vecinas donde el idioma es más alejado del nuestro, y al cual si no lo formas temprano, la lengua no puede plegarse. Además, es una opinión aceptada por todos que no es razonable criar a un niño en el regazo de sus padres. Ese amor natural los ablanda demasiado y los relaja, incluso a los más sabios: no son capaces ni de castigar sus faltas ni de verlo criado toscamente como es necesario, y con riesgos.
No sabrían soportar verlo volver sudoroso y polvoriento de su ejercicio, beber caliente, beber frío, ni verlo sobre un caballo indócil, ni contra un rudo tirador el florete en la mano, o el primer arcabuz. Pues no hay remedio, quien quiera hacer de él un hombre de bien, sin duda no debe ahorrárselo en esta juventud: y hay que contrariar a menudo las reglas de la medicina:
Que viva al aire libre y se desenvuelva en situaciones peligrosas.
No basta con fortalecer su alma, hay que fortalecer también sus músculos; está demasiado apremiada si no la secundan, y tiene demasiado que hacer para cumplir ella sola dos funciones. Sé cuánto se afana la mía en compañía de un cuerpo tan tierno, tan sensible, que se apoya tanto en ella. Y advierto a menudo en mi lectura que en sus escritos mis maestros presentan como ejemplos de magnanimidad y fuerza de ánimo casos que más bien se deben al grosor de la piel y la dureza de los huesos. He visto hombres, mujeres y niños nacidos de tal modo que un bastonazo les duele menos que a mí un capirolazo; que no mueven ni lengua ni ceja ante los golpes que reciben. Cuando los atletas imitan a los filósofos en paciencia, es más por vigor de nervios que por fuerza de corazón. Ahora bien, la costumbre de soportar el trabajo es costumbre de soportar el dolor: el trabajo endurece la piel contra el dolor. Hay que curtirlo en la fatiga y aspereza de los ejercicios para prepararlo para la fatiga y aspereza de la dislocación, del cólico, del cauterio, y también de la prisión y la tortura. Pues de estas últimas puede ser presa incluso quien mira por los buenos, según los tiempos, como por los malos. Nosotros lo comprobamos por experiencia. Quien combate las leyes amenaza a la gente de bien con el látigo y la horca. Y además, la autoridad del preceptor, que debe ser soberana sobre él, se ve interrumpida e impedida por la presencia de los padres. Añádase que el respeto que la familia le profesa, el conocimiento de los medios y grandezas de su casa, no son en mi opinión inconvenientes leves a esta edad.
En esta escuela del trato con los hombres he observado a menudo este vicio: que en lugar de procurar conocer a los demás, solo nos afanamos por darnos a conocer nosotros; y nos preocupa más colocar nuestra mercancía que adquirir una nueva. El silencio y la modestia son cualidades muy útiles para la conversación. Se formará a este niño para que sea parco y comedido con su suficiencia, cuando la haya adquirido, para que no se escandalice por las tonterías y fábulas que se digan en su presencia; pues es una importunidad descortés rechazar todo lo que no es de nuestro agrado. Que se contente con corregirse a sí mismo. Y que no parezca reprochar a los demás todo lo que él rehúsa hacer, ni contradecir las costumbres públicas. Es lícito ser sabio sin pompa, sin envidia. Que huya de esas imágenes autoritarias del mundo, e inciviles, y de esa pueril ambición de querer parecer más fino por ser diferente; y como si fuera mercancía apetecible, querer sacar de las críticas y novedades nombre de algún valor peculiar. Así como solo a los grandes poetas les corresponde usar las licencias del arte, tampoco es tolerable sino a las almas grandes e ilustres privilegiarse por encima de la costumbre. Si Sócrates y Aristipo hicieron algo contra la costumbre y la convención, que no crea que él puede hacer lo mismo: pues ellos obtuvieron esa licencia por sus grandes y divinos bienes. Se le enseñará a no entrar en discusión y controversia sino donde vea un adversario digno de su lucha; y aun allí, a no emplear todos los recursos que puedan servirle, sino solamente aquellos que mejor puedan servirle. Que se le haga delicado en la elección y selección de sus razones, amante de la pertinencia y, por consiguiente, de la brevedad. Que se le instruya sobre todo para rendirse y deponer las armas ante la verdad, tan pronto como la perciba, ya nazca en manos de su adversario, ya nazca en él mismo por algún arrebato. Pues no se le pondrá en una cátedra para recitar un papel prescrito, no está comprometido con ninguna causa sino en cuanto la aprueba. Ni será del oficio donde se vende a dinero contante la libertad de poder arrepentirse y reconocer el error. Ni está obligado por necesidad alguna a defender todo lo que se le prescribe y ordena.
Si su preceptor comparte mi temperamento, formará su voluntad para ser servidor muy leal de su príncipe, y muy afectuoso y muy valeroso; pero le enfriará el deseo de vincularse a él de otro modo que por un deber público. Aparte de otros muchos inconvenientes que lesionan nuestra libertad por estas obligaciones particulares, el juicio de un hombre asalariado y comprado, o es menos íntegro y menos libre, o está manchado de imprudencia e ingratitud. Un puro cortesano no puede tener ni ley ni voluntad de decir y pensar sino favorablemente de un amo que, entre tantos millares de otros súbditos, lo ha elegido para nutrirlo y elevarlo con su mano. Este favor y utilidad corrompen, no sin cierta razón, su franqueza y lo deslumbran. Por eso se ve habitualmente que el lenguaje de estas gentes es distinto de cualquier otro lenguaje en un Estado, y de poca fe en tal materia.
Que su conciencia y su virtud reluzcan en su hablar, y no tengan más que la razón por guía. Que se le haga entender que confesar la falta que descubre en su propio discurso, aunque solo él la perciba, es un efecto de juicio y de sinceridad, que son las principales cualidades que busca. Que la obstinación y el porfiar son cualidades comunes, más evidentes en las almas más bajas. Que reconsiderar y corregirse, abandonar una mala posición en pleno ardor, son cualidades raras, fuertes y filosóficas.
Se le advertirá, estando en compañía, que tenga los ojos en todas partes; pues encuentro que los primeros asientos son comúnmente ocupados por los hombres menos capaces, y que las grandezas de fortuna rara vez se hallan mezcladas con la suficiencia. He visto mientras se conversaba en un extremo de una mesa sobre la belleza de un tapiz o el sabor de la malvasía, perderse muchos hermosos rasgos en el otro extremo. Sondeará el alcance de cada uno: un boyero, un albañil, un transeúnte, hay que poner todo en uso y tomar de cada uno según su mercancía; pues todo sirve en la economía doméstica: hasta la necedad y debilidad ajenas le servirán de instrucción. Al examinar las gracias y maneras de cada cual, se engendrará en él envidia de las buenas y desprecio de las malas.
Que se le ponga en la cabeza una honesta curiosidad de indagar todas las cosas: todo lo que haya de singular a su alrededor lo verá: un edificio, una fuente, un hombre, el lugar de una batalla antigua, el paso de César o de Carlomagno.
qué tierra es lenta por el hielo, cuál podrida por el calor, qué viento lleva bien las velas a Italia. Se informará de las costumbres, de los recursos y de las alianzas de este príncipe y de aquel otro. Son cosas muy agradables de aprender y muy útiles de saber. En esta práctica de los hombres entiendo incluir, y principalmente, a aquellos que no viven sino en la memoria de los libros. Tratará, por medio de las historias, con aquellas grandes almas de los mejores siglos. Es un estudio vano, si se quiere; pero también, si se quiere, es un estudio de fruto estimable, y el único estudio, como dice Platón, que los lacedemonios habían reservado para sí. ¿Qué provecho no sacará en esta parte de la lectura de las vidas de nuestro Plutarco? Pero que mi guía recuerde adónde apunta su cometido, y que no imprima tanto en su discípulo la fecha de la ruina de Cartago como las costumbres de Aníbal y de Escipión; ni tanto dónde murió Marcelo como por qué fue indigno de su deber que muriese allí. Que no le enseñe tanto las historias como a juzgarlas. Es, a mi parecer, entre todas, la materia a la cual nuestros espíritus se aplican con más diversa medida. Yo he leído en Tito Livio cien cosas que tal persona no ha leído en él.
Plutarco ha leído cien, además de las que yo he sabido leer, y quizá además de las que el autor había puesto en su obra. Para algunos es un estudio puramente gramatical; para otros, la anatomía de la filosofía, por la cual se penetran las partes más abstrusas de nuestra naturaleza. Hay en Plutarco muchos discursos extensos muy dignos de ser conocidos, pues a mi parecer es el maestro artesano de tal labor; pero hay mil que solo ha tocado sencillamente: señala únicamente con el dedo por dónde iremos, si nos place, y se contenta a veces con no dar más que un golpe en lo más vivo de un asunto. Hay que arrancarlos de allí y ponerlos en lugar destacado. Como aquella frase suya: que los habitantes de Asia servían a uno solo por no saber pronunciar una sola sílaba, que es «no», dio quizá la materia y la ocasión a La Boétie para su Servidumbre voluntaria. El hecho mismo de verle escoger una acción ligera en la vida de un hombre, o una palabra que parece no conllevar eso, es todo un discurso. Es una lástima que las personas de entendimiento amen tanto la brevedad: sin duda su reputación sale ganando, pero nosotros salimos perdiendo. Plutarco prefiere que le elogiemos por su juicio antes que por su saber; prefiere dejarnos con deseo de él antes que con saciedad.
Sabía que incluso en las cosas buenas se puede decir demasiado, y que Alejándridas reprochó justamente a aquel que dirigía a los éforos buenos discursos, pero demasiado largos: «Oh extranjero, dices lo que hay que decir, pero de otro modo de como hay que decirlo». Los que tienen el cuerpo delgado lo engrosan con rellenos; los que tienen la materia exigua la hinchan con palabras. Se obtiene una maravillosa claridad para el juicio humano de la frecuentación del mundo. Todos estamos constreñidos y amontonados en nosotros mismos, y tenemos la vista acortada a la longitud de nuestra nariz. Se le preguntó a Sócrates de dónde era, y no respondió «de Atenas», sino «del mundo». Él, que tenía la imaginación más llena y más extendida, abrazaba el universo como su ciudad, dedicaba sus conocimientos, su compañía y sus afectos a todo el género humano, no como nosotros, que solo miramos bajo nuestros pies. Cuando las viñas se hielan en mi aldea, mi cura deduce de ello la ira de Dios sobre la raza humana y juzga que la peste ya aqueja a los caníbales. Al ver nuestras guerras civiles, ¿quién no grita que esta máquina se desmorona y que el día del juicio nos coge por el cuello, sin advertir que se han visto muchas cosas peores y que las diez mil partes del mundo no dejan de pasarlo en grande mientras tanto?
Yo, según su licencia e impunidad, me admiro de verlas tan suaves y blandas. Para aquel a quien graniza sobre la cabeza, todo el hemisferio parece estar en tempestad y tormenta. Y decía el saboyano que si ese tonto del rey de Francia hubiera sabido conducir bien su fortuna, era hombre para llegar a ser mayordomo de su duque. Su imaginación no concebía ninguna grandeza más elevada que la de su señor. Estamos insensiblemente todos en este error, error de gran trascendencia y perjuicio. Pero quien se presenta como en un cuadro esta gran imagen de nuestra madre naturaleza en su entera majestad; quien lee en su rostro una variedad tan general y constante; quien se observa allí dentro, y no a sí solo, sino a todo un reino, como un trazo de una punta muy delicada, ese solo estima las cosas según su justa grandeza. Este gran mundo, que algunos multiplican aún como especies bajo un género, es el espejo donde debemos mirarnos para conocernos correctamente. En suma, quiero que sea el libro de mi escolar. Tantos humores, sectas, juicios, opiniones, leyes y costumbres nos enseñan a juzgar sanamente las nuestras, y enseñan a nuestro juicio a reconocer su imperfección y su natural debilidad, lo cual no es aprendizaje ligero. Tantos trastornos de Estado y cambios de fortuna pública nos instruyen para no hacer gran milagro de la nuestra.
Tantos nombres, tantas victorias y conquistas sepultadas bajo el olvido hacen ridícula la esperanza de eternizar nuestro nombre mediante la captura de diez jinetes y de un lugarejo que solo se conoce por su caída. El orgullo y la fiereza de tantas pompas extranjeras, la majestad tan hinchada de tantas cortes y grandezas, afirman y aseguran nuestra vista para soportar el brillo de las nuestras sin cerrar los ojos. Tantos millares de hombres enterrados antes que nosotros nos alientan a no temer ir a encontrar tan buena compañía en el otro mundo; y así del resto. Nuestra vida, decía Pitágoras, se parece a la gran y populosa asamblea de los juegos olímpicos. Unos ejercitan el cuerpo para adquirir en él la gloria de los juegos; otros llevan allí mercancías para vender, por la ganancia. Los hay, y no son los peores, que no buscan allí ningún fruto sino mirar cómo y por qué se hace cada cosa, y ser espectadores de la vida de los otros hombres para juzgar y ordenar la suya. A los ejemplos se podrán adecuar propiamente todos los discursos más provechosos de la filosofía, a la cual deben ajustarse las acciones humanas como a su regla. Se le dirá:
qué es lícito desear, qué utilidad tiene el dinero áspero, cuánto conviene dar a la patria y a los parientes queridos, quién te ordenó Dios ser y en qué parte de la condición humana estás situado, qué somos o para qué vida nacemos.
Qué es saber e ignorar, que debe ser el fin del estudio; qué es valentía, templanza y justicia; qué hay que decir entre la ambición y la avaricia, la servidumbre y la sujeción, la licencia y la libertad; por qué señales se conoce el verdadero y sólido contento; hasta dónde hay que temer la muerte, el dolor y la vergüenza.
Y de qué modo hay que huir y soportar cada trabajo. Qué resortes nos mueven, y el medio de tantos diversos impulsos en nosotros. Pues me parece que los primeros discursos con que se debe abrevar su entendimiento deben ser aquellos que regulan sus costumbres y su sentido, que le enseñarán a conocerse y a saber bien morir y bien vivir. Entre las artes liberales, comencemos por el arte que nos hace libres. Todas sirven ciertamente de alguna manera a la instrucción de nuestra vida y a su uso, como todas las demás cosas le sirven también de alguna manera. Pero escojamos aquella que le sirve directa y profesamente. Si supiéramos reducir las pertenencias de nuestra vida a sus justos y naturales límites, encontraríamos que la mejor parte de las ciencias que están en uso está fuera de nuestro uso. Y en aquellas mismas que lo están, que hay extensiones y profundidades muy inútiles que haríamos mejor en dejar, y siguiendo la institución de Sócrates, limitar el curso de nuestro estudio en ellas, allí donde falta la utilidad.
Atrévete a ser sabio, comienza: el que aplaza la hora de vivir rectamente es como el rústico que espera a que el río acabe de fluir, pero este se desliza y se deslizará girando por todo el tiempo.
Es una gran simpleza enseñar a nuestros niños
qué mueven los peces y los fogosos signos del león, Loto y Capricornio en las aguas de Hesperia,
la ciencia de los astros y el movimiento de la octava esfera antes que los suyos propios.
¿Qué me importan las Pléyades y las estrellas del Boyero?
Anaximenes, escribiendo a Pitágoras: «¿Con qué sentido puedo entretenerme en los secretos de las estrellas, teniendo la muerte o la esclavitud siempre presentes ante mis ojos?». Pues entonces los reyes de Persia preparaban la guerra contra su país. Cada cual debe decir lo mismo. Estando golpeado por la ambición, la avaricia, la temeridad, la superstición, y teniendo dentro tales enemigos de la vida, ¿iré yo a soñar con el movimiento del mundo?
Después de que se le haya enseñado lo que sirve para hacerlo más sabio y mejor, se le instruirá sobre qué es la lógica, la física, la geometría, la retórica; y la ciencia que él elija, teniendo ya formado el juicio, pronto la dominará. Su lección se hará unas veces de palabra, otras veces mediante libros; unas veces su preceptor le proporcionará al autor mismo apropiado para este fin de su formación; otras veces le dará el meollo y la sustancia ya masticada. Y si por sí mismo no está lo bastante familiarizado con los libros para encontrar en ellos tantos discursos hermosos que hay, para el propósito de su objetivo, se le podrá asociar algún hombre de letras que, en cada necesidad, proporcione las municiones que hagan falta para distribuirlas y dispensarlas a su alumno. Y que nadie dude de que esta lección es más fácil y natural que la de Gaza. Aquellos son preceptos espinosos y desagradables, y palabras vanas y descarnadas donde no hay ningún asidero, nada que despierte el espíritu; en esta, el alma encuentra dónde morder, dónde alimentarse. El fruto es incomparablemente mayor, y además madurará más pronto.
Es una gran lástima que las cosas hayan llegado a tal punto en nuestro siglo, que la filosofía sea, incluso para la gente de entendimiento, un nombre vano y fantasioso que no se considera de ningún uso ni de ningún valor, tanto por opinión como por efecto. Creo que esos sofismas son la causa, pues han ocupado sus avenidas. Se comete gran error al pintarla inaccesible a los niños, y con un rostro ceñudo, hosco y terrible. ¿Quién me la ha enmascarado con ese falso semblante pálido y horrible? No hay nada más alegre, más animado, más jovial, y casi diría juguetón. No predica sino fiesta y buen tiempo. Un aspecto triste y tenso muestra que no es ahí donde habita. Demetrio el Gramático, encontrando en el templo de Delfos a un grupo de filósofos sentados juntos, les dijo: «O me equivoco, o a juzgar por veros con el semblante tan apacible y alegre, no estáis enzarzados en una gran discusión entre vosotros». A lo que uno de ellos, Heracleón el Megárico, respondió: «Eso es cosa de quienes buscan si el futuro del verbo βάλλω tiene doble λ, o quienes buscan la derivación de los comparativos χεῖρον y βέλτιον, y de los superlativos χεῖριστον y βέλτιστον; ellos tienen que fruncir el ceño al ocuparse de su ciencia; pero en cuanto a los discursos de la filosofía, tienen por costumbre alegrar y regocijar a quienes los tratan, no hacerlos ceñudos y entristecerlos».
«Descubres los tormentos del alma ocultos en el cuerpo enfermo, descubres también las alegrías; de uno y otro toma su aspecto el rostro».
El alma que aloja la filosofía debe, por su salud, hacer sano además al cuerpo; debe hacer brillar hasta el exterior su reposo y su bienestar; debe formar según su molde el porte exterior, y armarlo en consecuencia con una graciosa altivez, un continente activo y alegre, y un semblante contento y bondadoso. La marca más clara de la sabiduría es un regocijo constante; su estado es como el de las cosas situadas por encima de la luna, siempre sereno. Son Baroco y Baralipton quienes vuelven a sus seguidores así enlodados y ahumados; no es ella, pues no la conocen sino de oídas. ¿Cómo? Ella tiene por función serenar las tempestades del alma y enseñar al hambre y a las fiebres a reír; no mediante algunos epiciclos imaginarios, sino mediante razones naturales y palpables. Tiene por objetivo la virtud, que no está, como dice la escuela, plantada en la cima de un monte escarpado, áspero e inaccesible. Quienes se le han acercado sostienen, al contrario, que habita en una hermosa llanura fértil y floreciente, desde donde ve bien debajo de sí todas las cosas; pero se puede llegar allí, si se conoce el camino, por sendas sombrías, cubiertas de césped y dulcemente perfumadas; placenteramente, y por una pendiente fácil y pulida, como la de las bóvedas celestes. Por no haber frecuentado esta virtud suprema, hermosa, triunfante, amorosa, deliciosa por igual y valerosa, enemiga declarada e irreconciliable de la acritud, el desagrado, el miedo y la coacción, que tiene por guía la naturaleza, y por compañeras la fortuna y el placer, ellos, según su debilidad, han ido a forjar esa necia imagen, triste, pendenciera, despechada, amenazante, hosca, y a colocarla sobre una roca apartada, en medio de zarzas: fantasma para espantar a la gente.
Mi preceptor, que sabe que debe llenar la voluntad de su discípulo tanto o más de afecto que de reverencia hacia la virtud, sabrá decirle que los poetas siguen las inclinaciones comunes, y le hará tocar con el dedo que los dioses pusieron el sudor más bien en las avenidas de los gabinetes de Venus que de Palas. Y cuando comience a sentirse, presentándole a Bradamante o Angélica como dama de quien gozar, y de una belleza natural, activa, generosa, no hombruna sino viril, en comparación con una belleza blanda, afectada, delicada, artificial; la una disfrazada de muchacho, tocada con un morrión reluciente; la otra vestida de doncella, tocada con un atavío emperlado; juzgará masculino su propio amor si elige de manera completamente diversa a ese afeminado pastor de Frigia.
Le hará esta nueva lección: que el valor y la altura de la verdadera virtud está en la facilidad, utilidad y placer de su ejercicio; tan alejado de la dificultad que los niños pueden alcanzarla como los hombres, los simples como los sutiles. La mesura es su instrumento, no la fuerza. Sócrates, su primer favorito, abandona a sabiendas su fuerza para deslizarse en la naturalidad y soltura de su progreso. Es la madre nodriza de los placeres humanos. Haciéndolos justos, los hace seguros y puros. Moderándolos, los mantiene en vigor y en apetito. Suprimiendo aquellos que rechaza, nos aguza hacia los que nos deja; y nos deja abundantemente todos los que quiere la naturaleza, y hasta la saciedad, si no hasta el hastío, maternalmente; a no ser que queramos decir que el régimen que detiene al bebedor antes de la embriaguez, al comedor antes de la indigestión, al libertino antes de la calvicie, es enemigo de nuestros placeres. Si le falta la fortuna común, se le escapa o se las arregla sin ella, y se forja una propia, toda suya, ya no flotante y rodante; sabe ser rica y poderosa y sabia, y acostarse en colchones perfumados. Ama la vida, ama la belleza, la gloria y la salud. Pero su oficio propio y particular es saber usar de esos bienes con mesura y saberlos perder constantemente; oficio mucho más noble que áspero, sin el cual todo curso de vida es desnaturalizado, turbulento y deforme, y se le pueden atribuir justamente esos escollos, esas espesuras y esos monstruos.
Si este discípulo resulta de condición tan diversa que prefiere oír una fábula antes que la narración de un hermoso viaje o un sabio discurso cuando lo escuche; quien, al son del tambor que arma el joven ardor de sus compañeros, se aparta hacia otro que lo llama al juego de los saltimbanquis; quien por deseo no encuentra más placentero y dulce volver polvoriento y victorioso de un combate que de la pelota o del baile con el premio de ese ejercicio, no veo otro remedio sino que se lo ponga de pastelero en alguna buena ciudad, aunque sea hijo de un duque, siguiendo el precepto de Platón de que hay que colocar a los niños no según las facultades de su padre, sino según las facultades de su alma.
Ya que la filosofía es la que nos instruye para vivir, y la infancia tiene en ella su lección como las otras edades, ¿por qué no comunicársela?
«La arcilla está húmeda y blanda; ahora, ahora es preciso darse prisa y moldearla sin cesar en el torno exigente».
Nos enseñan a vivir cuando la vida ya ha pasado. Cien escolares han pillado la sífilis antes de llegar a la lección de Aristóteles sobre la templanza. Cicerón decía que, aunque viviera la vida de dos hombres, no se tomaría el tiempo de estudiar a los poetas líricos. Y yo encuentro a estos argumentadores aún más tristemente inútiles. Nuestro niño tiene mucha más prisa: solo debe al pedagogismo los primeros quince o dieciséis años de su vida; el resto es debido a la acción. Empleemos un tiempo tan corto en las enseñanzas necesarias. Son absurdos, eliminad todas esas sutilezas espinosas de la dialéctica, con las que nuestra vida no puede mejorarse, tomad los discursos simples de la filosofía, sabed elegirlos y tratarlos en su punto, son más fáciles de concebir que un cuento de Boccaccio. Un niño es capaz de ello al dejar la nodriza, mucho mejor que de aprender a leer o escribir. La filosofía tiene discursos para el nacimiento de los hombres, como para la decrepitud. Yo soy de la opinión de Plutarco, que Aristóteles no entretuvo tanto a su gran discípulo en el artificio de componer silogismos, o en los principios de geometría, como en instruirle en los buenos preceptos tocantes a la valentía, la proeza, la magnanimidad y la templanza, y la seguridad de no temer nada: y con esta munición, lo envió siendo todavía un niño a subyugar el imperio del mundo con solo treinta mil hombres de a pie, cuatro mil caballos y cuarenta y dos mil escudos solamente. Las otras artes y ciencias, dice, Alejandro las honraba bien, y alababa su excelencia y gentileza, mas por placer que sintiera en ellas, no era fácil dejarse sorprender por el afecto de querer ejercerlas.
«Pedid de aquí jóvenes y viejos un fin cierto para el alma, y provisiones para la miserable vejez.»
Esto es lo que decía Epicuro al comienzo de su carta a Meneceo: «Ni el más joven rehúya filosofar, ni el más viejo se canse de ello.» Quien hace lo contrario, parece decir, o que aún no es tiempo de vivir felizmente, o que ya no es tiempo. Con todo esto, no quiero que se aprisione a este muchacho, no quiero que se le abandone a la cólera y humor melancólico de un furioso maestro de escuela: no quiero corromper su espíritu, teniéndolo en el tormento y el trabajo, a la manera de los otros, catorce o quince horas al día, como un porteador. Ni encontraría bien, cuando por alguna complexión solitaria y melancólica, se le viera dado a una aplicación demasiado indiscreta al estudio de los libros, que se le nutriera eso. Ello los hace ineptos para la conversación civil, y los aparta de mejores ocupaciones. ¡Y cuántos he visto en mi tiempo, de hombres embrutecidos, por temeraria avidez de ciencia! Carnéades se encontró tan trastornado por ello, que ya no tuvo tiempo de arreglarse el pelo y las uñas. Ni quiero estropear sus costumbres generosas con la incivilidad y barbarie de otros. La sabiduría francesa fue antiguamente proverbial, como una sabiduría que tomaba temprano, y no tenía mucha duración. En verdad vemos aún que no hay nada tan gentil como los niños pequeños en Francia: pero ordinariamente defraudan la esperanza que se ha concebido de ellos, y hechos hombres, no se ve en ellos ninguna excelencia.
He oído sostener a gente de entendimiento, que esos colegios donde se les envía, de los que tienen en abundancia, los embrutecen así. Al nuestro, un gabinete, un jardín, la mesa y el lecho, la soledad, la compañía, la mañana y la tarde, todas las horas le serán iguales: todos los lugares le serán estudio: pues la filosofía, que, como formadora de los juicios y de las costumbres, será su principal lección, tiene ese privilegio de mezclarse por todas partes. Isócrates el orador siendo rogado en un festín de hablar de su arte, todos encontraron que tuvo razón de responder: «Ahora no es el momento de lo que sé hacer, y aquello de lo que ahora es momento, no lo sé hacer.» Pues presentar arengas o disputas de retórica, a una compañía reunida para reír y hacer buena comida, sería una mezcla de muy mal acuerdo. Y otro tanto podría decirse de todas las otras ciencias. Pero en cuanto a la filosofía, en la parte donde trata del hombre y de sus deberes y oficios, ha sido el juicio común de todos los sabios, que por la dulzura de su conversación, no debía ser rechazada, ni en los festines, ni en los juegos. Y Platón habiéndola invitado a su convite, vemos cómo entretiene a la asistencia de una manera suave, y acomodada al tiempo y al lugar, aunque sea de sus más altos discursos y más saludables.
«Aprovecha igualmente a pobres y a ricos. Y descuidada igualmente dañará a niños y a viejos.»
Así, sin duda, holgazaneará menos que los demás. Pero así como los pasos que empleamos para pasearnos por una galería, aunque sean tres veces más, no nos cansan tanto como los que damos en algún camino señalado, también nuestra lección, transcurriendo como por casualidad, sin obligación de tiempo ni de lugar, y mezclándose con todas nuestras acciones, se deslizará sin hacerse sentir. Los juegos mismos y los ejercicios serán una buena parte del estudio: la carrera, la lucha, la música, la danza, la caza, el manejo de los caballos y de las armas. Quiero que la buena apariencia exterior, el trato social y la disposición de la persona se formen al mismo tiempo que el alma. No es un alma, no es un cuerpo lo que se educa, es un hombre; no hay que hacerlo en dos partes. Y como dice Platón, no hay que educarlos uno sin el otro, sino conducirlos igualmente, como una pareja de caballos enganchados al mismo timón. Y al oírlo, ¿no parece que dedica más tiempo y solicitud a los ejercicios del cuerpo, y estima que el espíritu se ejercita al mismo tiempo, y no al contrario?
Por lo demás, esta educación debe conducirse con una severa dulzura, no como se hace. En lugar de invitar a los niños a las letras, no se les presenta en verdad sino horror y crueldad. Quitadme la violencia y la fuerza; no hay nada a mi juicio que envilezca y embote tanto una naturaleza bien nacida. Si queréis que tema la vergüenza y el castigo, no lo endurezcáis a ello. Endurecedlo al sudor y al frío, al viento, al sol y a los azares que debe despreciar. Quitadle toda molicie y delicadeza en el vestir y el dormir, en el comer y el beber; acostumbradlo a todo: que no sea un bello muchacho afeminado, sino un muchacho lozano y vigoroso. Niño, hombre, viejo, siempre he creído y juzgado lo mismo. Pero entre otras cosas, siempre me ha desagradado esta organización de la mayor parte de nuestros colegios. Se habría errado quizá con menos daño inclinándose hacia la indulgencia. Es una verdadera cárcel de juventud cautiva. Se la vuelve disoluta castigándola antes de que lo sea. Llegad allí en el momento de sus labores: no oiréis sino gritos, tanto de niños torturados como de maestros ebrios de cólera. ¡Qué manera de despertar el apetito hacia su lección, en esas almas tiernas y temerosas, guiarlas con un semblante espantoso, las manos armadas de látigos! Forma inicua y perniciosa. A lo que se añade lo que Quintiliano ha observado muy bien: que esta autoridad imperiosa acarrea consecuencias peligrosas, y especialmente con nuestra manera de castigar. ¡Cuánto más decorosamente estarían sus aulas sembradas de flores y follaje que de fragmentos de varas ensangrentadas! Yo haría pintar allí la alegría, el júbilo, y a Flora y las Gracias, como hizo en su escuela el filósofo Espeusipo. Donde está su provecho, que esté también su esparcimiento. Hay que endulzar las viandas saludables para el niño, y amargar las que le son nocivas. Es maravilla cuán solícito se muestra Platón en sus leyes con la alegría y los pasatiempos de la juventud de su ciudad, y cuánto se detiene en sus carreras, juegos, canciones, saltos y danzas, de las cuales dice que la antigüedad dio la conducción y el patronazgo a los mismos dioses: Apolo, las Musas y Minerva. Se extiende en mil preceptos para sus gimnasios. En cuanto a las ciencias de las letras, se demora muy poco en ellas, y parece recomendar particularmente la poesía solo por la música.
Toda rareza y particularidad en nuestras costumbres y condiciones es evitable, como enemiga de la sociedad. ¿Quién no se asombraría de la complexión de Demofonte, maestresala de Alejandro, que sudaba a la sombra y temblaba al sol? He visto a algunos huir del olor de las manzanas más que de los arcabuzazos; a otros asustarse por un ratón; a otros devolver el estómago al ver nata; a otros al ver batir un colchón de plumas, como Germánico no podía soportar ni la vista ni el canto de los gallos. Puede haber en ello quizá alguna propiedad oculta, pero se la extinguiría, a mi juicio, si se la atacara desde temprano. La educación ha logrado esto en mí, es verdad que no sin algún cuidado: que salvo la cerveza, mi apetito se acomoda indiferentemente a todas las cosas de que uno se alimenta.
El cuerpo todavía es flexible, hay que por esa razón plegarlo a todas las maneras y costumbres; y con tal de que se pueda mantener el apetito y la voluntad bajo rienda, que se haga audazmente a un joven hombre acomodadizo a todas las naciones y compañías, incluso al desenfreno y a los excesos, si es necesario. Su ejercitación siga el uso. Que pueda hacer todas las cosas, y solo ame hacer las buenas. Los filósofos mismos no encuentran loable en Calístenes haber perdido el favor del gran Alejandro su amo por no haber querido beber a la par con él. Reirá, hará locuras, se desenfrenaré con su príncipe. Quiero que en el mismo desenfreno supere en vigor y en firmeza a sus compañeros, y que no deje de hacer el mal ni por falta de fuerza ni de ciencia, sino por falta de voluntad. «Multum interest, utrum peccare quis nolit, aut nesciat». Pensaba hacer honor a un señor tan alejado de esos desórdenes como pueda haberlo en Francia, preguntándole en buena compañía cuántas veces en su vida se había emborrachado por necesidad de los asuntos del rey en Alemania; él lo tomó de esa manera y me respondió que tres veces, las cuales relató. Conozco a algunos que por falta de esa facultad se han visto en gran aprieto al tener que tratar con esa nación. He notado a menudo con gran admiración la maravillosa naturaleza de Alcibíades, de transformarse tan fácilmente en maneras tan diversas, sin menoscabo de su salud; superando tan pronto la suntuosidad y pompa persas como la austeridad y frugalidad lacedemonias; tan reformado en Esparta como voluptuoso en Jonia.
«A Aristipo le sentó bien todo color, condición y fortuna». Tal querría yo formar a mi discípulo,
«Al que la paciencia cubre con doble manto admiraré si, trocada su vida, le conviene y representa ambos papeles con soltura».
Aquí van mis lecciones: las aprovecha mejor quien las practica que quien las conoce. Si lo ves, lo oyes; si lo oyes, lo ves. «Dios no permita», dice alguien en Platón, «que filosofar sea aprender muchas cosas y tratar las artes». Esta amplísima de todas las artes, la disciplina del buen vivir, la practicaron más con la vida que con las letras. León, príncipe de los fliasios, preguntaba a Heráclides del Ponto de qué ciencia, de qué arte hacía profesión: «No sé», le dijo, «ni arte ni ciencia, pero soy filósofo». Se le reprochaba a Diógenes que, siendo ignorante, se metiera en la filosofía: «Me meto en ella», dijo, «con tanto mayor motivo». Hegesias le pedía que le leyera algún libro: «Eres gracioso», le respondió; «escoges los higos verdaderos y naturales, no pintados: ¿por qué no escoges también los ejercicios naturales, verdaderos, y no escritos?». No dirá tanto su lección como la hará. La repetirá en sus acciones. Se verá si hay prudencia en sus empresas; si hay bondad, justicia en su conducta; si tiene juicio y gracia al hablar; vigor en sus enfermedades; modestia en sus juegos; templanza en sus placeres; orden en su economía; indiferencia en su gusto, ya sea carne, pescado, vino o agua. El que considera su disciplina no ostentación de ciencia, sino ley de vida; y el que se obedece a sí mismo y acata sus decisiones.
El verdadero espejo de nuestros discursos es el curso de nuestras vidas. Zeuxidamo respondió a uno que le preguntaba por qué los lacedemonios no ponían por escrito las ordenanzas del valor ni las daban a leer a sus jóvenes; que era porque querían acostumbrarlos a los hechos, no a las palabras. Compara al cabo de quince o dieciséis años con este de aquí a uno de esos latinistas de colegio que habrá empleado tanto tiempo en no aprender sino a hablar. El mundo no es sino charla, y nunca vi hombre que no dijera antes más que menos de lo debido; sin embargo, la mitad de nuestra edad se va en eso. Nos tienen cuatro o cinco años entendiendo las palabras y cosiéndolas en cláusulas, otros tantos más proporcionando un gran cuerpo extendido en cuatro o cinco partes, otros cinco al menos para saber mezclarlas y entrelazarlas brevemente de alguna manera sutil. Dejémoslo a quienes hacen de ello profesión expresa. Yendo un día a Orleans, encontré en esa llanura más acá de Cléry a dos maestros que venían a Burdeos, separados uno del otro unos cincuenta pasos; más lejos detrás de ellos veía una tropa, y un señor al frente, que era el difunto señor conde de La Rochefoucauld; uno de mi gente preguntó al primero de esos maestros quién era ese caballero que venía tras él; él, que no había visto ese séquito que lo seguía y que pensaba que le hablaban de su compañero, respondió graciosamente: «No es un caballero, es un gramático, y yo soy lógico». Pues bien, nosotros que aquí buscamos al revés formar no un gramático o lógico, sino un caballero, dejémoslos abusar de su ocio: tenemos asuntos en otra parte.
Pero que nuestro discípulo esté bien provisto de cosas, las palabras no harán sino seguir; las arrastrará si no quieren seguir. Oigo a algunos que se excusan de no poder expresarse, y hacen ademán de tener la cabeza llena de muchas cosas hermosas, mas por falta de elocuencia no poder ponerlas en evidencia: es una patraña. ¿Sabes en mi opinión qué es eso? Son sombras que les vienen de algunas concepciones informes que no pueden desenredar ni aclarar por dentro, ni por consiguiente producir por fuera; no se entienden aún a sí mismos; y si los ves balbucear un poco en el momento de parir, juzgarás que su trabajo no está en el parto, sino en la concepción, y que no hacen sino lamer todavía esa materia imperfecta. Por mi parte, sostengo, y Sócrates lo ordena, que quien tiene en el espíritu una imaginación viva y clara, la producirá, ya sea en bergamasco, ya sea por señas, si es mudo:
Y las palabras seguirán sin esfuerzo a la cosa prevista. Y como decía aquel, también poéticamente en su prosa: cuando las cosas ocupan el ánimo, las palabras acuden. Y ese otro: las cosas mismas arrebatan las palabras. No conoce el ablativo, el subjuntivo, el sustantivo, ni la gramática; tampoco lo hace su lacayo, o una pescadera del Puente Pequeño; y sin embargo te entretendrán todo lo que quieras, si tienes ganas de ello, y se apartarán tan poco, quizá, de las reglas de su lengua como el mejor maestro de artes de Francia. No conoce la retórica, ni como preliminar captar la benevolencia del cándido lector, ni le importa saberlo. De verdad, toda esta hermosa pintura se borra fácilmente con el brillo de una verdad simple y natural. Estas elegancias no sirven sino para entretener al vulgo, incapaz de tomar el alimento más macizo y más firme; como Afer muestra bien claramente en Tácito. Los embajadores de Samos habían venido a Cleómenes, rey de Esparta, preparados con una hermosa y larga oración para moverlo a la guerra contra el tirano Polícrates; después de haberlos dejado hablar bien, les respondió: «En cuanto a vuestro comienzo y exordio, ya no me acuerdo, ni por consiguiente del medio; y en cuanto a vuestra conclusión, no quiero hacer nada de ello». He aquí una hermosa respuesta, me parece, y unos oradores bien confundidos. ¿Y qué decir de este otro? Los atenienses debían elegir entre dos arquitectos para dirigir una gran construcción; el primero, más afectado, se presentó con un hermoso discurso premeditado sobre el asunto de esa labor, y atraía el juicio del pueblo a su favor; pero el otro en tres palabras: «Señores atenienses, lo que este ha dicho, yo lo haré». En lo más fuerte de la elocuencia de Cicerón, muchos entraban en admiración, pero Catón solo se reía de ella: «Tenemos», decía, «un cónsul gracioso». Vaya antes o después, una sentencia útil, un buen rasgo está siempre de temporada. Si no está bien con lo que va antes, ni con lo que viene después, está bien en sí. No soy de los que piensan que la buena rima hace el buen poema; déjale alargar una sílaba corta si quiere, por eso no hay problema; si las invenciones brillan, si el espíritu y el juicio han hecho bien su oficio, he aquí un buen poeta, diré, pero un mal versificador,
De nariz fina, duro para componer versos. Que se haga, dice Horacio, perder a su obra todas sus costuras y medidas,
Tiempos ciertos y modos, y la palabra que antes estaba en orden, la pongas después, anteponiendo las últimas a las primeras, encontrarás aun así los miembros del poeta disperso:
no se desmentirá por ello: las piezas mismas serán bellas. Eso es lo que respondió Menandro cuando le recriminaban, acercándose el día en que había prometido una comedia, por no haber puesto mano todavía en ella: está compuesta y lista, solo falta añadirle los versos. Teniendo las cosas y la materia dispuestas en el alma, tenía en poca cuenta lo demás. Desde que Ronsard y Du Bellay dieron crédito a nuestra poesía francesa, no veo aprendiz tan pequeño que no hinche palabras, que no ordene las cadencias más o menos como ellos. Más suena de lo que vale. Para el vulgo, nunca hubo tantos poetas: pero así como les ha sido muy fácil representar sus ritmos, también se quedan muy cortos al imitar las ricas descripciones del uno y las delicadas invenciones del otro. Pero ¿qué hará si se le presiona con la sutileza sofística de algún silogismo? El jamón da sed, beber quita la sed, por tanto el jamón quita la sed. Que se burle de ello. Es más sutil burlarse que responder. Que tome de Aristipo esta agradable simulación: ¿Por qué voy a desatarlo, si estando atado me estorba? Alguien proponía contra Cleantes sutilezas dialécticas: a lo que Crisipo dijo, disfruta de esos juegos con los niños, y no desvíes hacia eso los pensamientos serios de un hombre de edad. Si estas tontas argucias, sofismas retorcidos y punzantes, deben persuadirle de una mentira, eso es peligroso: pero si quedan sin efecto y solo le mueven a reír, no veo por qué deba precaverse de ellas. Los hay tan tontos que se desvían de su camino un cuarto de legua para ir tras una palabra bella: o bien quienes no adaptan las palabras a las cosas, sino que buscan las cosas de fuera para que se ajusten a las palabras. Y el otro: Quienes se dejan arrastrar por el atractivo de alguna palabra agradable hacia lo que no se habían propuesto escribir. Yo prefiero retorcer una bella sentencia para coserla sobre mí, antes que desviar mi hilo para ir a buscarla. Al contrario, las palabras deben servir y seguir, y que llegue el gascón si el francés no puede llegar. Quiero que las cosas sobresalgan, y que llenen de tal modo la imaginación de quien escucha, que no tenga ningún recuerdo de las palabras. El hablar que me gusta es un hablar simple y natural, tanto en el papel como en la boca: un hablar jugoso y nervioso, corto y apretado, no tanto delicado y peinado como vehemente y brusco.
«Tendrá finalmente sabiduría la expresión que golpee.» Más difícil que aburrido, alejado de la afectación: sin reglas, deshilvanado y audaz: que cada trozo forme su propio cuerpo: nada pedantesco, ni fraile, ni de abogado, sino más bien soldadesco, como Suetonio califica el de Julio César. Aunque no entiendo muy bien por qué lo llama así. He imitado de buena gana ese descuido que se ve en nuestra juventud, en la forma de llevar sus ropas. Una capa sobre el hombro, la casaca en bandolera, una media mal puesta, que representa una fiereza desdeñosa de esos adornos extraños y despreocupada del arte: pero la encuentro aún mejor empleada en la forma de hablar. Toda afectación, especialmente en la alegría y libertad francesa, es impropia del cortesano. Y en una Monarquía, todo Gentilhombre debe estar formado en el porte de un cortesano. Por eso hacemos bien en inclinarnos un poco hacia lo natural y desdeñoso. No me gusta ningún tejido donde se vean las uniones y las costuras: igual que en un cuerpo hermoso, no hay que poder contar los huesos y las venas. «El discurso que sirve a la verdad debe ser simple y sin artificio.» «¿Quién habla con esmero, sino quien quiere hablar afectadamente?» La elocuencia hace injuria a las cosas, cuando nos desvía hacia ella. Como con los vestidos, es pusilanimidad querer destacar por alguna manera particular e inusitada.
Igualmente en el lenguaje, la búsqueda de frases nuevas y de palabras poco conocidas viene de una ambición escolástica y pueril. ¡Ojalá pudiera usar solo las que se emplean en los mercados de París! Aristófanes el Gramático no entendía nada cuando reprochaba a Epicuro la simplicidad de sus palabras: y el fin de su arte oratoria, que era únicamente la claridad del lenguaje. La imitación del hablar, por su facilidad, sigue enseguida a todo un pueblo. La imitación del juzgar, del inventar, no va tan deprisa. La mayoría de los lectores, por haber encontrado un ropaje parecido, piensan muy falsamente tener un cuerpo igual. La fuerza y los nervios no se toman prestados: los adornos y el manto sí se toman prestados. La mayoría de los que me frecuentan hablan como los Ensayos: pero no sé si piensan igual. Los atenienses, dice Platón, tienen como parte suya el cuidado de la abundancia y elegancia del hablar, los lacedemonios el de la brevedad, y los de Creta el de la fecundidad de las concepciones, más que del lenguaje: estos últimos son los mejores. Zenón decía que tenía dos clases de discípulos: unos a los que llamaba filólogos, deseosos de aprender las cosas, que eran sus favoritos: los otros logófilos, que solo se preocupaban del lenguaje. No quiere decir que no sea algo hermoso y bueno el hablar bien: pero no tan bueno como se hace creer, y me molesta que nuestra vida se ocupe toda en ello.
Yo querría primero conocer bien mi lengua, y la de mis vecinos, con quienes trato más habitualmente. Es sin duda un arreglo hermoso y grande el griego y el latín, pero se paga demasiado caro. Diré aquí una manera de conseguirlo más barato que de costumbre, que ha sido probada en mí mismo; que la use quien quiera. Mi difunto padre, habiendo hecho todas las investigaciones que un hombre puede hacer entre la gente sabia y entendida sobre una forma de educación exquisita, fue advertido de ese inconveniente que estaba en uso: y le decían que esa larga duración que dedicamos a aprender las lenguas que a ellos no les costaban nada, es la única causa por la que no podemos alcanzar la grandeza de alma y de conocimiento de los antiguos griegos y romanos. No creo que sea la única causa. El caso es que el recurso que mi padre encontró fue que, estando yo de nodriza, y antes del primer desatar de mi lengua, me puso al cargo de un alemán, que luego murió como médico famoso en Francia, del todo ignorante de nuestra lengua, y muy versado en la latina. Este, al que había hecho venir expresamente, y que estaba bien pagado, me tenía continuamente en brazos. Tuvo también con él a otros dos menos sabios, para seguirme y aliviar al primero: estos no me hablaban en otra lengua que en latín.
En cuanto al resto de su casa, era una regla inviolable que ni él mismo, ni mi madre, ni criado, ni criada, hablaran en mi compañía más que las palabras de latín que cada uno había aprendido para jerga conmigo. Es maravilloso el fruto que cada uno obtuvo de ello: mi padre y mi madre aprendieron suficiente latín para entenderlo, y adquirieron lo bastante para usarlo cuando era necesario, como hicieron también los otros domésticos que estaban más vinculados a mi servicio. En suma, nos latinizamos tanto, que desbordó hasta nuestras aldeas de alrededor, donde aún hay, y han arraigado por el uso, varias denominaciones latinas de artesanos y herramientas. En cuanto a mí, tenía más de seis años antes de que entendiera francés o perigourdino tanto como árabe: y sin arte, sin libro, sin gramática ni precepto, sin látigo y sin lágrimas, había aprendido latín, tan puro como lo sabía mi maestro de escuela: pues no podía haberlo mezclado ni alterado. Si por ensayo querían darme un tema, a la manera de los colegios; se lo dan a los otros en francés, pero a mí tenían que dármelo en mal latín, para convertirlo en bueno. Y Nicolás Grouchy, que escribió sobre los comicios romanos, Guillermo Guerente, que comentó a Aristóteles, Jorge Buchanan, ese gran poeta escocés, Marco Antonio Muret, a quien Francia e Italia reconocen como el mejor orador del tiempo, mis preceptores domésticos, me han dicho a menudo que yo tenía ese lenguaje en mi infancia tan listo y tan a mano, que temían dirigirse a mí.
Buchanan, a quien vi después al servicio del difunto Señor Mariscal de Brissac, me dijo que estaba escribiendo sobre la educación de los niños: y que tomaba el ejemplo de la mía: pues tenía entonces a su cargo a ese Conde de Brissac, que luego hemos visto tan valeroso y valiente. En cuanto al griego, del que casi no tengo ningún conocimiento, mi padre pensó hacérmelo aprender por medio del arte. Pero de una manera nueva, en forma de juego y ejercicio: nos pasábamos las declinaciones como pelota, a la manera de los que por ciertos juegos de tablero aprenden la Aritmética y la Geometría. Pues entre otras cosas, le habían aconsejado que me hiciera saborear la ciencia y el deber por una voluntad no forzada, y por mi propio deseo; y criar mi alma con toda dulzura y libertad, sin rigor ni coacción. Digo hasta tal superstición, que dado que algunos sostienen que perturba el cerebro tierno de los niños despertarlos por la mañana de sobresalto, y arrancarlos del sueño (en el que están sumidos mucho más que nosotros) de repente y por violencia, me hacía despertar por el sonido de algún instrumento, y nunca estuve sin un hombre que me sirviera para ello. Este ejemplo bastará para juzgar lo demás, y para reconocer también la prudencia y el afecto de un padre tan bueno: al que no hay que culpar si no recogió ningún fruto correspondiente a un cultivo tan exquisito.
Dos cosas fueron la causa: en primer lugar, el campo estéril e incómodo. Pues aunque yo tuviera la salud firme y entera, y al mismo tiempo un natural dulce y tratable, era entre todo eso tan pesado, blando y adormilado, que no podían arrancarme de la ociosidad, ni siquiera para hacerme jugar. Lo que yo veía, lo veía bien; y bajo esa complexión torpe, alimentaba imaginaciones audaces, y opiniones por encima de mi edad. El espíritu, lo tenía lento, y que solo iba hasta donde lo llevaban: la comprensión tardía, la inventiva floja, y tras todo ello una increíble falta de memoria. De todo esto no es maravilla si no supo sacar nada que valiera. En segundo lugar, como los que presiona un furioso deseo de curación se abandonan a toda clase de consejos, el buen hombre, teniendo extremo miedo de fallar en una cosa que tanto tenía en el corazón, se dejó finalmente llevar por la opinión común, que sigue siempre a los que van delante, como las grullas; y se adaptó a la costumbre, no teniendo ya a su alrededor a los que le habían dado esas primeras instrucciones, que había traído de Italia: y me envió hacia mis seis años al colegio de Guyena, muy floreciente entonces, y el mejor de Francia. Y allí, no es posible añadir nada al cuidado que tuvo, tanto en elegirme preceptores de cámara suficientes, como en todas las otras circunstancias de mi educación; en la que reservó varias maneras particulares, contra el uso de los colegios: pero de todas formas siempre era colegio.
Mi latín se abastardó enseguida, del cual después por falta de costumbre he perdido todo uso. Y no me sirvió esa mi inusual educación más que para hacerme saltar de entrada a las primeras clases. Pues a los trece años, cuando salí del colegio, había acabado mi curso (como lo llaman) y en verdad sin ningún fruto que ahora pueda poner en cuenta.
El primer gusto que tuve por los libros me vino del placer de las fábulas de la Metamorfosis de Ovidio. Pues hacia los siete u ocho años me apartaba de cualquier otro placer para leerlas: tanto más cuanto que esa lengua era mi lengua materna, y era el libro más fácil que conocía y el más adecuado a la debilidad de mi edad, por razón de la materia. Pues de los Lancelotes del Lago, de los Amadises, de los Huones de Burdeos y toda esa basura de libros en que se entretiene la infancia, no conocía ni siquiera el nombre, ni conozco aún el contenido: tan estricta era mi educación. Eso me hacía más descuidado en el estudio de mis otras lecciones prescritas. Ahí me vino singularmente a propósito tener que ver con un hombre inteligente como preceptor, que supo diestramente hacer la vista gorda ante este desenfreno mío y otros semejantes. Pues gracias a ello ensarté de un tirón a Virgilio en la Eneida, y luego a Terencio, y luego a Plauto, y comedias italianas, atraído siempre por la dulzura del asunto. Si él hubiera sido tan necio de romper esa marcha, creo que no habría sacado del colegio sino el odio a los libros, como hace casi toda nuestra nobleza. Se condujo ingeniosamente, haciendo como que no veía nada.
Aguzaba mi hambre, dejándome solo a escondidas devorar esos libros, y manteniéndome suavemente en el deber para los demás estudios reglamentarios. Pues las principales cualidades que mi padre buscaba en aquellos a quienes confiaba mi educación eran la bondad y la facilidad de carácter. Además, el mío no tenía otro vicio que languidez y pereza. El peligro no era que hiciera mal, sino que no hiciera nada. Nadie pronosticaba que debiera volverme malo, sino inútil: se preveía en ello holgazanería, no maldad. Siento que ha resultado tal como aquello. Las quejas que me zumban en los oídos son estas: es ocioso, frío en los deberes de amistad y de parentesco, y en los deberes públicos demasiado particular, demasiado desdeñoso. Los más injuriosos ni siquiera dicen: ¿por qué ha tomado?, ¿por qué no ha pagado?, sino: ¿por qué no renuncia?, ¿por qué no da? Yo lo tomaría como un favor que solo se deseasen en mí tales efectos de supererogación. Pero son injustos al exigir lo que no debo, mucho más rigurosamente de lo que exigen de ellos mismos lo que deben. Al condenarme en esto, borran la gracia de la acción y la gratitud que se me debería por ella. Mientras que el bien hacer activo debería pesar más viniendo de mi mano, considerando que no tengo nada de él en pasivo.
Puedo disponer tanto más libremente de mi fortuna cuanto que es más mía, y de mí mismo cuanto que soy más mío. Sin embargo, si yo fuera gran adornador de mis acciones, quizá rechazaría bien estos reproches, y enseñaría a algunos que no están tan ofendidos de que yo no haga lo bastante como de que pueda hacer bastante más de lo que hago. Mi alma, sin embargo, no dejaba al mismo tiempo de tener en privado impulsos firmes, y juicios seguros y abiertos sobre los objetos que conocía, y los digería sola, sin comunicación alguna. Y entre otras cosas creo en verdad que habría sido del todo incapaz de rendirse a la fuerza y la violencia. ¿Pondré en cuenta esta facultad de mi infancia, una seguridad de semblante y flexibilidad de voz y de gesto para aplicarme a los papeles que emprendía? Pues antes de la edad,
Apenas me había alcanzado entonces el año siguiente al undécimo:
sostuve los primeros personajes en las tragedias latinas de Buchanan, de Guerente y de Muret, que se representaron en nuestro colegio de Güiena con dignidad. En esto, Andreas Gouvea, nuestro director, como en todas las demás partes de su función, fue sin comparación el más grande director de Francia, y se me tenía por maestro artesano. Es un ejercicio que no desapruebo para los niños de buena familia, y he visto a nuestros príncipes dedicarse a ello luego, en persona, siguiendo el ejemplo de algunos de los antiguos, honesta y loablemente. Era lícito incluso hacer profesión de ello a las gentes de honor también en Grecia: «Revela el asunto al actor trágico Aristón: este tenía linaje y fortuna honestos, y su arte, porque nada semejante es vergonzoso entre los griegos, no lo deshonraba». Pues siempre he acusado de impertinencia a quienes condenan estos entretenimientos, y de injusticia a quienes rehúsan la entrada de nuestras buenas ciudades a los comediantes que lo valen, y envidian al pueblo esos placeres públicos. Las buenas políticas tienen cuidado de reunir a los ciudadanos y congregarlos, tanto en los deberes serios de la devoción como en los ejercicios y juegos. La sociedad y la amistad se acrecientan con ello, y además no se les podría conceder pasatiempos más ordenados que los que se hacen en presencia de todos y a la vista misma del magistrado. Y encontraría razonable que el príncipe gratificase a veces a costa suya a la comunidad, con un afecto y una bondad como paternales, y que en las ciudades populosas hubiese lugares destinados y dispuestos para estos espectáculos: alguna distracción de peores acciones y ocultas.
Para volver a mi propósito, no hay nada mejor que despertar el apetito y el afecto; de otro modo solo se hacen asnos cargados de libros: se les da a golpes de látigo en custodia su bolsa llena de ciencia. La cual, para hacerlo bien, no solo hay que alojar en uno mismo, hay que desposarla.
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