Capítulo 22De la costumbre, y de no cambiar fácilmente una ley establecida
Me parece que comprendió muy bien la fuerza de la costumbre quien primero inventó esta historia: que una mujer de aldea, habiendo aprendido a acariciar y llevar en brazos un ternero desde el momento de su nacimiento, y continuando siempre haciéndolo, logró mediante la costumbre, cuando ya era un buey grande, seguir llevándolo todavía. Porque es en verdad una violenta y traidora maestra, la costumbre. Establece en nosotros, poco a poco, furtivamente, el pie de su autoridad; pero mediante este dulce y humilde comienzo, habiéndolo asentado y plantado con la ayuda del tiempo, nos descubre enseguida un rostro furioso y tiránico, ante el cual ya no tenemos la libertad de alzar siquiera los ojos. La vemos forzar continuamente las reglas de la naturaleza: «La práctica es la maestra más eficaz de todas las cosas». Creo por ella el antro de Platón en su república, y a los médicos, que ceden tan a menudo ante su autoridad las razones de su arte; y aquel rey que por su medio acostumbró su estómago a alimentarse de veneno; y la niña que Alberto relata haberse acostumbrado a vivir de arañas; y en ese mundo de las Indias nuevas se encontraron grandes pueblos, y en climas muy diversos, que vivían de ellas, hacían provisión de ellas y las cebaban; así como también de saltamontes, hormigas, lagartos, murciélagos, y se vendió un sapo por seis escudos en una escasez de alimentos; los cocinan y preparan con diversas salsas.
Se encontraron otros para quienes nuestras carnes y nuestros alimentos eran mortales y venenosos. «Grande es el poder de la costumbre. Los cazadores pasan la noche en la nieve; en los montes se dejan abrasar; los boxeadores, golpeados con el cesto, ni siquiera gimen». Estos ejemplos extraños no son extraños, si consideramos lo que experimentamos ordinariamente; cuánto embota la costumbre nuestros sentidos. No necesitamos ir a buscar lo que se dice de los vecinos de las cataratas del Nilo; y lo que los filósofos estiman de la música celeste; que los cuerpos de esos círculos, siendo sólidos, pulidos, y llegando a rozarse y frotarse unos a otros al rodar, no pueden dejar de producir una maravillosa armonía; en cuyos cortes y mudanzas se manejan los contornos y cambios de las danzas de los astros. Pero que universalmente los oídos de las criaturas de aquí abajo, adormecidos, como los de los egipcios, por la continuación de ese sonido, no pueden percibirlo, por grande que sea. Los herreros, molineros, armeros, no podrían permanecer en el ruido que los golpea, si los atravesara como a nosotros. Mi collar de flores sirve a mi nariz; pero después de haberlo llevado tres días seguidos, ya solo sirve a las narices circundantes. Esto es más extraño: que, a pesar de los largos intervalos e intermisiones, la costumbre pueda unir y establecer el efecto de su impresión sobre nuestros sentidos; como experimentan los vecinos de los campanarios.
Yo habito en mi casa en una torre, donde al alba y al anochecer una fuerte campana grande toca todos los días el avemaría. Este estruendo estremece mi propia torre; y en los primeros días me pareció insoportable, pero en poco tiempo me acostumbra de tal manera que lo oigo sin molestia, y suena sin despertarme. Platón reprendió a un niño que jugaba a las nueces. Él le respondió: «Me reprendes por poca cosa». «La costumbre», replicó Platón, «no es poca cosa». Encuentro que nuestros mayores vicios toman su pliegue desde nuestra más tierna infancia, y que nuestro principal gobierno está en manos de las nodrizas. Es diversión para las madres ver a un niño retorcer el cuello a un pollo, y divertirse hiriendo a un perro o a un gato. Y hay padre tan necio, que toma por buen augurio de un alma marcial cuando ve a su hijo golpear injuriosamente a un campesino o a un lacayo que no se defiende; y por gentileza, cuando lo ve engañar a su compañero con alguna maliciosa deslealtad y trampa. Esas son, sin embargo, las verdaderas semillas y raíces de la crueldad, de la tiranía, de la traición. Germinan allí, y después se elevan con fuerza y prosperan en manos de la costumbre. Y es una enseñanza muy peligrosa excusar estas inclinaciones viles por la debilidad de la edad y la ligereza del asunto.
Primero, es la naturaleza quien habla; cuya voz es entonces más pura y más ingenua, cuanto más débil y más nueva. Segundo, la fealdad del engaño no depende de la diferencia entre los escudos y los alfileres; depende de sí misma. Encuentro mucho más justo concluir así: «¿Por qué no engañaría con los escudos, si engaña con los alfileres?» que, como hacen ellos: «No es más que con alfileres: se guardará bien de hacerlo con los escudos». Hay que enseñar cuidadosamente a los niños a odiar los vicios por su propia contextura, y hay que enseñarles la natural deformidad, para que los huyan no solo en su acción, sino sobre todo en su corazón: que el pensamiento mismo les sea odioso, cualquiera que sea la máscara que lleven. Yo sé bien que, por haberme educado en mi niñez para caminar siempre mi camino grande y llano, y haber tenido a disgusto mezclar ni triquiñuelas ni astucias en mis juegos infantiles (pues en verdad hay que notar que los juegos de los niños no son juegos, y hay que juzgarlos en ellos como sus acciones más serias), no hay pasatiempo tan ligero en el que no aporte desde dentro, y por una propensión natural, y sin estudio, una extrema repugnancia a engañar. Manejo las cartas por las doblas, y llevo cuenta como si fueran doblones dobles, cuando ganar y perder frente a mi mujer y mi hija me es indiferente, como cuando va de verdad.
En todo y por todo, hay suficientes ojos míos para mantenerme en regla; no hay ninguno que me vigile tan de cerca, ni que yo respete más. Acabo de ver en mi casa a un hombrecillo nativo de Nantes, nacido sin brazos, que ha moldeado tan bien sus pies para el servicio que le debían las manos, que en verdad han olvidado a medias su oficio natural. Por lo demás, los llama sus manos, trincha, carga una pistola y la dispara, enhebra su aguja, cose, escribe, se quita el gorro, se peina, juega a las cartas y a los dados, y los mueve con tanta destreza como sabría hacer cualquier otro; el dinero que le di, se lo llevó en su pie, como nosotros hacemos en nuestra mano. Vi a otro siendo niño, que manejaba una espada a dos manos, y una alabarda, con el pliegue del cuello a falta de manos, las lanzaba al aire y las recogía, lanzaba una daga, y chasqueaba un látigo tan bien como cualquier carretero de Francia. Pero se descubren mucho mejor sus efectos en las extrañas impresiones que produce en nuestras almas, donde no encuentra tanta resistencia. ¿Qué no puede hacer en nuestros juicios y en nuestras creencias? ¿Hay opinión tan bizarra (dejo aparte la grosera impostura de las religiones, de la que tantas grandes naciones y tantos personajes capaces se han visto embriagados; pues estando esa parte fuera de nuestras razones humanas, es más excusable perderse en ella, para quien no está extraordinariamente iluminado por favor divino), pero de otras opiniones, ¿hay algunas tan extrañas que ella no haya plantado y establecido por leyes en las regiones que le ha parecido bien? Y es muy justa esta antigua exclamación: «¿No se avergüenza el físico, es decir, el observador y cazador de la naturaleza, de buscar el testimonio de la verdad en almas imbuidas por la costumbre?».
Creo que no existe ninguna fantasía tan desatinada que pueda caer en la imaginación humana sin que se encuentre el ejemplo de algún uso público, y por consiguiente que nuestra razón no la respalde y la fundamente. Hay pueblos donde se da la espalda a quien se saluda, y nunca se mira a quien se quiere honrar. Los hay donde cuando el rey escupe, la más favorita de las damas de su corte tiende la mano; y en otra nación los más destacados que están a su alrededor se agachan hasta el suelo para recoger en un paño su suciedad. Robémonos aquí el espacio de un cuento. Un gentilhombre francés se sonaba siempre con la mano, cosa muy contraria a nuestro uso, defendiendo con ello su acción; y era famoso por sus buenas ocurrencias. Me preguntó qué privilegio tenía ese sucio excremento para que fuéramos a prepararle un hermoso paño delicado para recibirlo; y además, lo que es más, para empaquetarlo y guardarlo cuidadosamente sobre nosotros. Que eso debía dar más asco que verlo caer donde fuera, como hacemos con todas nuestras demás suciedades. Encontré que no hablaba sin razón en absoluto; y la costumbre me había quitado la percepción de esa extrañeza, que sin embargo encontramos tan repugnante cuando se relata de otro país. Los milagros dependen de la ignorancia en que estamos de la naturaleza, no del ser de la naturaleza.
La habituación adormece la vista de nuestro juicio. Los bárbaros no nos resultan en nada más maravillosos de lo que nosotros somos para ellos, ni con más motivo, como cada uno reconocería si cada uno supiera, después de haberse paseado por esos ejemplos lejanos, reflexionar sobre los propios y compararlos sanamente. La razón humana es una tintura infundida con un peso similar en todas nuestras opiniones y costumbres, sea cual sea su forma: infinita en materia, infinita en diversidad. Vuelvo a mi asunto. Hay pueblos donde, salvo su mujer y sus hijos, nadie habla al rey sino por cerbatana. En una misma nación las vírgenes muestran al descubierto sus partes vergonzosas, y las casadas las cubren y ocultan cuidadosamente. A lo cual se relaciona esta otra costumbre que existe en otro lugar: la castidad solo tiene precio para el servicio del matrimonio, pues las muchachas pueden entregarse como quieran, y embarazadas pueden hacerse abortar con medicamentos apropiados, a la vista de todos. Y en otro lugar, si es un comerciante quien se casa, todos los comerciantes invitados a la boda se acuestan con la esposa antes que él; y cuantos más hay, más honor tiene ella y mayor recomendación de firmeza y capacidad; si se casa un oficial, ocurre lo mismo; lo mismo si es un noble, y así con los demás; salvo si es un labrador o alguien del pueblo bajo, pues entonces corresponde al señor hacerlo; y no por eso se deja de recomendar estrictamente la lealtad durante el matrimonio.
Los hay donde se ven burdeles públicos de varones, e incluso matrimonios; donde las mujeres van a la guerra junto con sus maridos, y tienen rango no solo en el combate, sino también en el mando. Donde no solo se llevan anillos en la nariz, en los labios, en las mejillas y en los dedos de los pies, sino varas de oro bien pesadas atravesando los pechos y las nalgas. Donde al comer se limpian los dedos en los muslos, en la bolsa de los genitales y en la planta de los pies. Donde los hijos no son herederos, sino los hermanos y sobrinos; y en otros lugares solo los sobrinos, salvo en la sucesión del príncipe. Donde para regular la comunidad de bienes que allí se observa, ciertos magistrados soberanos tienen el encargo universal del cultivo de las tierras y de la distribución de los frutos, según la necesidad de cada uno. Donde se llora la muerte de los niños y se celebra la de los ancianos. Donde duermen en camas diez o doce juntos con sus mujeres. Donde las mujeres que pierden a sus maridos por muerte violenta pueden volver a casarse, las otras no. Donde se tiene tan mal concepto de la condición de las mujeres que allí se mata a las hembras que nacen, y se compra a las vecinas mujeres para la necesidad.
Donde los maridos pueden repudiar sin alegar ninguna causa, las mujeres no por causa alguna. Donde los maridos tienen derecho a venderlas si son estériles. Donde hacen cocer el cuerpo del difunto, y luego lo muelen hasta que se vuelve como papilla, que mezclan con su vino y se la beben. Donde la sepultura más deseable es ser comido por los perros; en otros lugares, por los pájaros. Donde se cree que las almas felices viven en plena libertad, en campos placenteros, provistos de todas las comodidades; y que son ellas las que hacen ese eco que oímos. Donde combaten en el agua y tiran con seguridad de sus arcos mientras nadan. Donde como signo de sumisión hay que levantar los hombros y bajar la cabeza, y descalzarse los zapatos cuando se entra en la morada del rey. Donde los eunucos que tienen a las mujeres religiosas bajo su custodia tienen además la nariz y los labios cortados para no poder ser amados; y los sacerdotes se arrancan los ojos para relacionarse con los demonios y recibir los oráculos. Donde cada uno hace un dios de lo que le place: el cazador de un león o un zorro, el pescador de cierto pez; y de ídolos de cada acción o pasión humana; el sol, la luna y la tierra son los dioses principales; la forma de jurar es tocar la tierra mirando al sol; y allí se come la carne y el pescado crudos.
Donde el gran juramento es jurar por el nombre de algún hombre difunto que tuvo buena reputación en el país, tocando con la mano su tumba. Donde el regalo que el rey envía a los príncipes sus vasallos todos los años es fuego, con cuya llegada se apaga todo el fuego viejo, y de este nuevo están obligados los pueblos vecinos a venir a buscar cada uno para sí, bajo pena de crimen de lesa majestad. Donde, cuando el rey para dedicarse por completo a la devoción se retira de su cargo, lo cual ocurre a menudo, su primer sucesor está obligado a hacer lo mismo, y el derecho del reino pasa al tercer sucesor. Donde se diversifica la forma del gobierno según parecen requerirlo los asuntos: se depone al rey cuando parece conveniente, y se le sustituye con uno de los ancianos para tomar el timón del Estado, y a veces también se lo deja en manos del pueblo. Donde hombres y mujeres son circuncidados, e igualmente bautizados. Donde el soldado que en uno o varios combates ha logrado presentar a su rey siete cabezas de enemigos es ennoblecido. Donde se vive bajo esa opinión tan rara e insociable de la mortalidad de las almas. Donde las mujeres dan a luz sin quejarse y sin temor. Donde las mujeres llevan en una y otra pierna grebas de cobre; y si un piojo las muerde, están obligadas por deber de magnanimidad a morderlo de vuelta; y no osan casarse sin haber ofrecido al rey, si él lo quiere, su virginidad.
Donde se saluda poniendo el dedo en tierra y luego alzándolo hacia el cielo. Donde los hombres llevan las cargas en la cabeza, las mujeres en los hombros; ellas orinan de pie, los hombres, en cuclillas. Donde envían su sangre en señal de amistad, e inciensan como a los dioses a los hombres que quieren honrar. Donde no solo hasta el cuarto grado, sino en ningún grado más lejano, se tolera el parentesco en los matrimonios. Donde los niños están cuatro años de nodriza, y a menudo doce; y allí mismo se considera mortal dar de mamar al niño el primer día. Donde los padres tienen a su cargo el castigo de los varones, y las madres aparte, el de las hembras; y el castigo consiste en ahumarlos colgados por los pies. Donde se hace circuncidar a las mujeres. Donde se come toda clase de hierbas sin otra discreción que rechazar las que les parecen tener mal olor. Donde todo está abierto, y las casas por hermosas y ricas que sean están sin puerta, sin ventana, sin cofre que cierre; y los ladrones son castigados doblemente que en otros lugares. Donde matan los piojos con los dientes como los monos, y encuentran horrible verlos aplastar bajo las uñas. Donde no se cortan en toda la vida ni pelo ni uña; en otros lugares donde solo se cortan las uñas de la derecha, las de la izquierda se dejan crecer por elegancia.
Donde dejan crecer todo el pelo del lado derecho cuanto puede crecer, y mantienen rapado el pelo del otro lado. Y en provincias vecinas, una deja crecer el pelo de delante, la otra el pelo de atrás, y afeitan lo opuesto. Donde los padres prestan sus hijos, los maridos sus mujeres, para que gocen de ellos los huéspedes, pagando. Donde se puede honestamente hacer hijos a la propia madre, los padres unirse a sus hijas y a sus hijos. Donde en las reuniones de los festines se intercambian sin distinción de parentesco los hijos unos con otros. Aquí se vive de carne humana; allá es oficio de piedad matar al propio padre a cierta edad; en otro lugar los padres deciden sobre los hijos aún en el vientre de las madres cuáles quieren que sean criados y conservados, y cuáles quieren que sean abandonados y matados; en otro lugar los viejos maridos prestan sus mujeres a la juventud para que se sirvan de ellas; y en otro lugar son comunes sin pecado; es más, en tal país llevan como marca de honor tantas hermosas borlas con flecos en el borde de sus ropas como varones han conocido. ¿No ha hecho acaso la costumbre una república de mujeres aparte? ¿No les ha puesto las armas en la mano? ¿Hecho formar ejércitos y librar batallas?
Y lo que toda la filosofía no puede plantar en la cabeza de los más sabios, ¿no lo enseña ella por su sola disposición al vulgo más grosero? Pues conocemos naciones enteras donde no solo la muerte era despreciada, sino celebrada; donde los niños de siete años soportaban ser azotados hasta la muerte sin cambiar de expresión; donde la riqueza era tenida en tal desprecio que el más miserable ciudadano de la ciudad no se habría dignado inclinar el brazo para recoger una bolsa de escudos. Y conocemos regiones muy fértiles en toda clase de víveres donde, sin embargo, los platos más ordinarios y más sabrosos eran pan, mastuerzo y agua. ¿No hizo ella todavía este milagro en Quíos, que allí pasaron setecientos años sin memoria de que mujer o muchacha hubiera faltado a su honor?
Y en suma, a mi juicio, no hay nada que ella no haga o que no pueda hacer; y con razón la llama Píndaro, según me han dicho, la Reina y Emperatriz del mundo. Aquel a quien sorprendieron golpeando a su padre respondió que esa era la costumbre de su casa: que su padre había golpeado así a su abuelo; su abuelo a su bisabuelo; y señalando a su hijo: Este me golpeará a mí cuando llegue a la edad que tengo ahora. Y el padre a quien el hijo arrastraba y maltrataba por la calle le ordenó detenerse ante cierta puerta, pues él no había arrastrado a su padre más que hasta allí: ese era el límite de los tratos injuriosos hereditarios que los hijos acostumbraban infligir a los padres en su familia. Por costumbre, dice Aristóteles, tan a menudo como por enfermedad, las mujeres se arrancan el pelo, se roen las uñas, comen carbones y tierra; y más por costumbre que por naturaleza los varones se mezclan con varones.
Las leyes de la conciencia, que decimos nacer de la naturaleza, nacen de la costumbre: cada uno, al tener en veneración interna las opiniones y costumbres aprobadas y aceptadas a su alrededor, no puede desprenderse de ellas sin remordimiento ni aplicárselas sin aprobación. Cuando los cretenses querían en tiempos pasados maldecir a alguien, rogaban a los dioses que lo comprometieran en alguna mala costumbre. Pero el principal efecto de su poder es apoderarse de nosotros y dominarnos de tal manera que apenas nos es posible recuperarnos de su dominio y volver en nosotros para discutir y razonar sobre sus mandatos. En verdad, porque las absorbemos con la leche de nuestro nacimiento y porque el rostro del mundo se presenta en este estado a nuestra primera mirada, parece que hayamos nacido con la condición de seguir este camino. Y las ideas comunes que encontramos acreditadas a nuestro alrededor e infundidas en nuestra alma por la semilla de nuestros padres, parece que sean las generales y naturales. Por eso sucede que lo que está fuera de los goznes de la costumbre se cree fuera de los goznes de la razón: Dios sabe cuán irrazonablemente la mayoría de las veces.
Si, como nosotros que nos estudiamos hemos aprendido a hacer, cada uno que oyera una sentencia justa observara inmediatamente cómo le concierne en lo propio, cada uno descubriría que esta no es tanto una buena palabra como un buen latigazo a la estupidez ordinaria de su juicio. Pero se reciben los consejos de la verdad y sus preceptos como dirigidos al pueblo, nunca a uno mismo; y en lugar de aplicarlos a sus costumbres, cada uno los guarda en su memoria, muy tontamente y muy inútilmente. Volvamos al imperio de la costumbre.
Los pueblos criados en la libertad y en gobernarse a sí mismos estiman toda otra forma de gobierno monstruosa y contra natura. Los que están habituados a la monarquía hacen lo mismo. Y por mucha facilidad que la fortuna les preste al cambio, incluso cuando se han librado con grandes dificultades de la molestia de un amo, corren a plantar uno nuevo con parecidas dificultades, por no poder resolverse a tomar en odio el dominio. Es por mediación de la costumbre que cada uno está contento del lugar donde la naturaleza lo ha plantado; y los salvajes de Escocia no necesitan para nada de Turena, ni los escitas de Tesalia. Darío preguntó a unos griegos por cuánto querrían adoptar la costumbre de los indios de comer a sus padres difuntos (pues esa era su manera, estimando que no podían darles sepultura más favorable que dentro de sí mismos); le respondieron que por nada del mundo lo harían. Pero habiéndose ensayado también a persuadir a los indios de abandonar su manera y adoptar la de Grecia, que era quemar los cuerpos de sus padres, les causó aún más horror. Cada uno obra así, en la medida en que el uso nos oculta el verdadero rostro de las cosas.
Nada tan grande ni tan maravilloso al principio que todos no disminuyan poco a poco en admirarlo.
En otro tiempo, teniendo que hacer valer una de nuestras observaciones, aceptada con autoridad indiscutible en un amplio radio a nuestro alrededor, y no queriendo, como se suele hacer, establecerla únicamente por la fuerza de las leyes y de los ejemplos, sino buscando siempre hasta su origen, encontré el fundamento tan débil que casi me dio asco, a mí, que debía confirmarla ante otros. Es esta receta mediante la cual Platón emprende expulsar los amores desnaturalizados y perversos de su tiempo: que él considera soberana y principal: a saber, que la opinión pública los condene; que los poetas, que todo el mundo hagan malos relatos de ellos. Receta por cuyo medio las hijas más hermosas ya no atraen el amor de los padres, ni los hermanos más excelentes en belleza, el amor de las hermanas. Las mismas fábulas de Tiestes, de Edipo, de Macareo, habiendo, con el placer de su canto, infundido esta útil creencia en el tierno cerebro de los niños. De verdad, el pudor es una hermosa virtud, y de la cual la utilidad es bastante conocida: pero tratarla y hacerla valer según la naturaleza es tan difícil como es fácil hacerla valer según el uso, las leyes y los preceptos. Las primeras y universales razones son de difícil investigación. Y nuestros maestros las pasan por alto deslizándose, o no atreviéndose siquiera a tocarlas, se arrojan de golpe a la franquicia de la costumbre: allí se hinchan y triunfan con poco esfuerzo.
Quienes no se dejan arrancar de esta fuente original yerran todavía más: y se obligan a opiniones salvajes, testigo Crisipo: que sembró en tantos lugares de sus escritos el poco caso que hacía de las uniones incestuosas, cualesquiera que fueran. Quien quiera desembarazarse de este violento prejuicio de la costumbre encontrará muchas cosas aceptadas con resolución indudable que no tienen apoyo más que en la barba cana y las arrugas del uso que las acompaña: pero arrancada esta máscara, devolviendo las cosas a la verdad y a la razón, sentirá su juicio como completamente trastornado, y reestablecido sin embargo en un estado mucho más seguro. Como ejemplo, le preguntaré entonces: ¿qué cosa puede ser más extraña que ver a un pueblo obligado a seguir leyes que jamás entendió: atado en todos sus asuntos domésticos, matrimonios, donaciones, testamentos, ventas y compras, a reglas que no puede conocer, por no estar escritas ni publicadas en su lengua, y de las cuales por necesidad tiene que comprar la interpretación y el uso? No según la ingeniosa opinión de Isócrates, que aconseja a su rey hacer los tratos y negocios de sus súbditos libres, francos y lucrativos; y sus debates y querellas, onerosos, cargados de pesados subsidios: sino según una opinión prodigiosa, de poner en tráfico la razón misma, y dar a las leyes curso de mercancía.
Agradezco a la fortuna que, según dicen nuestros historiadores, fuera un caballero gascón y de mi tierra quien primero se opuso a Carlomagno, que quería darnos las leyes latinas e imperiales. ¿Qué hay más feroz que ver una nación donde por costumbre legítima el cargo de juzgar se vende; y los juicios se paguen en dinero contante; y donde legítimamente la justicia se niegue a quien no tiene con qué pagarla: y tenga esta mercancía tanto crédito que se haga en una comunidad política un cuarto estamento, de gente que maneja los pleitos, para unirlo a los tres antiguos, de la Iglesia, de la Nobleza y del Pueblo: cuyo estamento teniendo a su cargo las leyes y la soberana autoridad sobre los bienes y las vidas, forma un cuerpo aparte del de la nobleza: de donde resulta que hay leyes dobles, las del honor y las de la justicia, en muchas cosas muy contrarias: tan rigurosamente condenan aquellas un mentís sufrido, como estas un mentís vengado; por el deber de las armas, quien sufre una afrenta queda degradado de honor y de nobleza, y por el deber civil, quien se venga incurre en pena capital; quien se dirige a las leyes para obtener razón de una ofensa hecha a su honor, se deshonra: y quien no se dirige, es castigado y penado por las leyes: y de estas dos piezas tan diversas, relacionándose no obstante con una sola cabeza, unos tienen a su cargo la paz, otros la guerra; unos la ganancia, otros el honor; unos el saber, otros la virtud; unos la palabra, otros la acción; unos la justicia, otros la valentía; unos la razón, otros la fuerza; unos la toga larga, otros la corta en reparto.
En cuanto a las cosas indiferentes, como las vestimentas, si alguien quisiera devolverlas a su verdadero fin, que es el servicio y comodidad del cuerpo, de donde depende su gracia y decoro original, para las más fantásticas a mi juicio que puedan imaginarse, le daré entre otras nuestros bonetes cuadrados: esa larga cola de terciopelo plisado que cuelga de las cabezas de nuestras mujeres, con su atavío abigarrado: y ese modelo vano e inútil de un miembro que ni siquiera podemos honestamente nombrar, del cual sin embargo hacemos muestra y desfile en público.
Estas consideraciones sin embargo no desvían a un hombre de entendimiento de seguir el estilo común. Antes al contrario, me parece que todas las maneras apartadas y particulares provienen más bien de locura, o de afectación ambiciosa, que de verdadera razón: y que el sabio debe en su interior retirar su alma de la multitud, y mantenerla en libertad y poder de juzgar libremente las cosas: pero en cuanto al exterior, debe seguir enteramente las maneras y formas recibidas. La sociedad pública no tiene nada que ver con nuestros pensamientos: pero lo demás, como nuestras acciones, nuestro trabajo, nuestras fortunas y nuestra vida, hay que prestarlas y abandonarlas a su servicio y a las opiniones comunes: como el bueno y gran Sócrates se negó a salvar su vida mediante la desobediencia del magistrado, incluso de un magistrado muy injusto y muy inicuo. Pues esta es la regla de las reglas, y ley general de las leyes, que cada uno observe las del lugar donde está: νόμοις ἒπεσθαί τοίσιν εγχώριοις κάλον. He aquí algo de otra cosecha. Hay gran duda de si puede encontrarse provecho tan evidente en el cambio de una ley recibida, sea cual sea, como hay mal en removerla: dado que una comunidad política es como un edificio de diversas piezas unidas entre sí con tal unión, que es imposible sacudir una sin que todo el cuerpo lo resienta. El legislador de los turios ordenó que quienquiera que quisiera abolir una de las viejas leyes, o establecer una nueva, se presentara al pueblo con la soga al cuello: a fin de que si la novedad no era aprobada por todos, fuera ahorcado al instante. Y el de Lacedemonia empleó su vida para arrancar de sus ciudadanos una promesa segura de no infringir ninguna de sus ordenanzas. El éforo que cortó tan rudamente las dos cuerdas que Frinis había añadido a la música no se pregunta si vale más por ello, o si los acordes se llenan mejor: le basta para condenarlas que sea una alteración de la vieja manera. Esto es lo que significaba esa espada enmohecida de la justicia de Marsella. Estoy asqueado de la novedad, cualquier rostro que presente; y tengo razón, pues he visto sus efectos muy dañinos. La que nos oprime desde hace tantos años no lo ha explotado todo: pero puede decirse con apariencia que por accidente ha producido y engendrado todo; incluso y los males y ruinas que se hacen desde entonces sin ella y contra ella: a ella debe reprochársele,
¡Ay, sufro heridas causadas por mis propias armas! Quienes dan el impulso a un Estado suelen ser los primeros absorbidos por su ruina. El fruto del desorden raramente permanece en manos de quien lo ha provocado; remueve y enturbia el agua para que pesquen otros. El vínculo y la contextura de esta monarquía y este gran edificio, habiendo sido desmantelado y disuelto, especialmente en su vejez, da cuanta apertura y entrada se quiera a injurias semejantes. La majestad real desciende con más dificultad de la cima a la mitad que como se precipita de la mitad al fondo. Pero si los inventores son más perjudiciales, los imitadores son más viciosos, al arrojarse a ejemplos cuyo horror y mal han sentido y castigado. Y si hay algún grado de honor, incluso en el mal obrar, estos últimos deben a los otros la gloria de la invención y el valor del primer esfuerzo. Toda clase de nueva perversión extrae felizmente de esta primera y fecunda fuente las imágenes y modelos para trastornar nuestra organización política. Leemos en nuestras propias leyes, hechas para remediar este primer mal, el aprendizaje y la excusa de toda clase de malas empresas. Y nos ocurre lo que Tucídides dice de las guerras civiles de su tiempo, que en favor de los vicios públicos se los bautizaba con palabras nuevas más dulces para excusarlos, bastardizando y suavizando sus verdaderos nombres. Sin embargo, para reformar nuestras conciencias y nuestras creencias, el lenguaje es honesto. Pero el mejor pretexto de novedad es muy peligroso.
Hasta tal punto nada que altere lo antiguo es recomendable. Me parece, sin embargo, diciéndolo con franqueza, que hay gran amor propio y presunción en estimar las propias opiniones hasta el punto de que, para establecerlas, haya que trastornar una paz pública e introducir tantos males inevitables y una corrupción de costumbres tan horrible como las que traen las guerras civiles y las mudanzas de Estado, en un asunto de tal envergadura, e introducirlas en el propio país. ¿No es mala gestión promover tantos vicios ciertos y conocidos para combatir errores discutidos y discutibles? ¿Existe peor especie de vicios que aquellos que chocan contra la propia conciencia y el conocimiento natural? El Senado osó dar como respuesta esta evasiva, sobre el diferendo entre él y el pueblo acerca del ministerio de su religión: A los dioses, más que a nosotros, les corresponde esto; ellos mismos verán que sus cultos no sean profanados; de acuerdo con lo que respondió el oráculo a los de Delfos, en la guerra médica, temiendo la invasión de los persas. Preguntaron al Dios qué debían hacer con los tesoros sagrados de su templo, si esconderlos o llevárselos. Él les respondió que no movieran nada, que se ocuparan de sí mismos: que él era suficiente para proveer a lo que le era propio.
La religión cristiana tiene todas las señales de extrema justicia y utilidad, pero ninguna más evidente que la exacta recomendación de la obediencia al magistrado y el mantenimiento del orden político. ¡Qué maravilloso ejemplo nos ha dejado de ello la sabiduría divina, que para establecer la salvación del género humano y llevar a cabo su gloriosa victoria contra la muerte y el pecado no quiso hacerlo sino a merced de nuestro orden político, y sometió su progreso y la conducción de un efecto tan elevado y saludable a la ceguera y la injusticia de nuestras observancias y costumbres, dejando correr la sangre inocente de tantos elegidos y favoritos suyos, y sufriendo una larga pérdida de años para madurar ese fruto inestimable! Hay mucho que decir entre la causa de aquel que sigue las formas y las leyes de su país y la de aquel que emprende regentarlas y cambiarlas. Aquel alega como excusa la simplicidad, la obediencia y el ejemplo: haga lo que haga no puede ser malicia, es a lo sumo desgracia. Quis est enim, quem non moueat clarissimis monimentis testata consignatàque antiquitas? Además de lo que dice Isócrates, que la defectuosidad tiene más parte en la moderación que el exceso. El otro está en posición mucho más difícil. Pues quien se mezcla en elegir y cambiar usurpa la autoridad de juzgar, y debe hacerse fuerte en ver la falta de lo que expulsa y el bien de lo que introduce.
Esta consideración tan común me ha mantenido firme en mi asiento y ha tenido mi juventud misma, más temeraria, a raya: de no cargar mis espaldas con un fardo tan pesado como hacerme responsable de una ciencia de tal importancia. Y osar en esta lo que con sano juicio no podría osar en la más fácil de aquellas en las que se me había instruido, y en las cuales la temeridad de juzgar no causa ningún perjuicio. Pareciéndome muy inicuo querer someter las constituciones y observancias públicas e inmutables a la inestabilidad de una fantasía privada (la razón privada solo tiene una jurisdicción privada), y emprender sobre las leyes divinas lo que ninguna organización política soportaría en las civiles. En las cuales, aunque la razón humana tenga mucho más intervención, son soberanamente jueces de sus jueces, y la extrema suficiencia sirve para explicar y extender el uso que de ellas se recibe, no para desviarlo e innovar. Si algunas veces la providencia divina ha pasado por encima de las reglas a las cuales nos ha atado necesariamente, no es para dispensarnos de ellas. Son golpes de su mano divina que debemos no imitar, sino admirar; y ejemplos extraordinarios, marcas de un expreso y particular consentimiento: del género de los milagros que nos ofrece como testimonio de su omnipotencia, más allá de nuestros órdenes y de nuestras fuerzas; que es locura e impiedad tratar de representar, y que no debemos seguir sino contemplar con asombro.
Actos de su personaje, no del nuestro. Cota protesta muy oportunamente: Quum de religione agitur, T. Coruncanum, P. Scipionem, P. Scœuolam, pontifices maximos, non Zenonem, aut Cleanthem, aut Chrysippum, sequor. Dios lo sabe en nuestra presente querella, donde hay cien artículos que quitar y reponer, grandes y profundos artículos, ¡cuántos hay que puedan vanagloriarse de haber reconocido exactamente las razones y fundamentos de una y otra parte! Es un número, si es que es un número, que no tendría gran medio de perturbarnos. Pero toda esa otra multitud, ¿adónde va? ¿Bajo qué enseña se lanza al cuartel? Sucede con ella como con las otras medicinas débiles y mal aplicadas: los humores que quería purgar en nosotros, los ha acalorado, exasperado y agriado por el conflicto, y además nos han quedado dentro del cuerpo. No ha sabido purgarnos por su debilidad, y sin embargo nos ha debilitado, de manera que no la podemos expulsar tampoco, y no recibimos de su operación sino dolores largos e internos. Sin embargo, la fortuna, reservando siempre su autoridad por encima de nuestros discursos, nos presenta a veces la necesidad tan urgente que es preciso que las leyes le hagan algún lugar. Y cuando se resiste al crecimiento de una innovación que viene por violencia a introducirse, mantenerse del todo y en todo refrenado y dentro de las reglas contra aquellos que tienen la llave de los campos, a quienes todo les es lícito que pueda avanzar su designio, que no tienen ni ley ni orden sino seguir su ventaja, es una obligación peligrosa y desigual.
Aditum nocendi perfido prœstat fides. Puesto que la disciplina ordinaria de un Estado que está sano no prevé estos accidentes extraordinarios: presupone un cuerpo que se sostiene en sus principales miembros y oficios, y un consentimiento común a su observación y obediencia. El proceder legítimo es un proceder frío, pausado y constreñido, y no es para resistir bien un proceder licencioso y desenfrenado. Se sabe que aún se reprocha a esos dos grandes personajes, Octavio y Catón, en las guerras civiles, uno de Sila, el otro de César, haber preferido dejar que su patria sufriera todas las extremidades antes que socorrerla a expensas de sus leyes, y que cambiar nada. Porque en verdad en estas últimas necesidades, donde ya no hay nada que aguantar, sería quizá más sabiamente hecho bajar la cabeza y prestar un poco al golpe, que obstinándose más allá de lo posible en no relajar nada, dar ocasión a la violencia de pisotear todo, y valdría más hacer querer a las leyes lo que pueden, puesto que no pueden lo que quieren. Así hizo aquel que ordenó que durmieran veinticuatro horas, y aquel que cambió por esta vez un día del calendario, y ese otro que del mes de junio hizo el segundo de mayo. Los lacedemonios mismos, tan religiosos observadores de las ordenanzas de su país, estando presionados por su ley, que prohibía elegir dos veces almirante a un mismo personaje, y por otra parte sus asuntos requiriendo con toda necesidad que Lisandro tomara de nuevo ese cargo, nombraron bien a un Araco almirante, pero Lisandro superintendente de la marina.
Y con la misma sutileza, uno de sus embajadores estando enviado ante los atenienses para obtener el cambio de alguna ordenanza, y Pericles alegándole que estaba prohibido quitar la tabla donde una ley estaba una vez puesta, le aconsejó volverla solamente, puesto que eso no estaba prohibido. Esto es de lo que Plutarco alaba a Filopemén, que estando nacido para mandar, sabía no solo mandar según las leyes, sino a las leyes mismas, cuando la necesidad pública lo requería.
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