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Capítulo 33La fortuna encuentra a menudo la razón

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 6 min de lectura

La inconstancia del diverso vaivén de la fortuna hace que deba presentarnos toda clase de rostros. ¿Hay acción de justicia más expresa que esta? El duque de Valentinois, habiendo decidido envenenar al cardenal Adrián de Corneto, en cuya casa el papa Alejandro VI, su padre, y él iban a cenar en el Vaticano, envió por adelantado una botella de vino envenenado y ordenó al sommelier que la guardara con mucho cuidado; el papa, habiendo llegado antes que el hijo y habiendo pedido de beber, este sommelier, que pensaba que aquel vino le había sido encomendado solo por su calidad, se lo sirvió al papa, y el duque mismo, llegando en el momento de la colación y confiando en que no habrían tocado su botella, bebió a su vez; de manera que el padre murió de inmediato, y el hijo, después de haber sido largamente atormentado por la enfermedad, fue reservado para otra fortuna peor.

A veces parece que se divierte con nosotros de forma deliberada. El señor de Estrée, entonces abanderado del señor de Vendôme, y el señor de Licques, teniente de la compañía del duque de Ascot, siendo ambos pretendientes de la hermana del señor de Fongueselles, aunque de bandos distintos (como ocurre entre vecinos de la frontera), el señor de Licques se la llevó; mas el mismo día de las bodas, y lo que es peor, antes del anochecer, el novio, con ganas de romper lanzas en favor de su nueva esposa, salió a una escaramuza cerca de San Omer, donde el señor de Estrée, encontrándose más fuerte, lo hizo su prisionero; y para hacer valer su ventaja, la dama tuvo incluso que pedirle por cortesía que le devolviera a su prisionero:

«Obligada a soltar el cuello de su nuevo esposo, antes de que el regreso de un invierno y otro hubiera saciado en las largas noches su amor ávido»,

como él hizo, pues la nobleza francesa nunca niega nada a las damas.

¿No parece esto obra de un destino artificioso? Constantino, hijo de Helena, fundó el imperio de Constantinopla; y tantos siglos después Constantino, hijo de Helena, lo acabó. A veces le place rivalizar con nuestros milagros. Sostenemos que el rey Clodoveo, asediando Angulema, vio caer las murallas por sí mismas por favor divino. Y Bouchet toma de algún autor que el rey Roberto, asediando una ciudad y habiéndose ausentado del asedio para ir a Orleans a solemnizar la fiesta de San Aniano, estando en devoción en cierto momento de la misa, las murallas de la ciudad asediada se derrumbaron sin esfuerzo alguno. Ella hizo todo lo contrario en nuestras guerras de Milán: pues el capitán Rense, asediando para nosotros la ciudad de Eronne y habiendo hecho poner una mina bajo un gran lienzo de muro, y habiendo el muro sido bruscamente levantado de la tierra, cayó sin embargo tan entero y tan derecho en su cimiento, que los asediados no salieron peor parados.

A veces hace de médico. Jasón de Feras, abandonado por los médicos a causa de un absceso que tenía en el pecho, con ganas de deshacerse de él, al menos por la muerte, se arrojó en una batalla a cuerpo descubierto en medio de la multitud de enemigos, donde fue herido a través del cuerpo, tan oportunamente, que su absceso reventó por ello y sanó. ¿No superó ella al pintor Protógenes en la ciencia de su arte? Este, habiendo acabado la imagen de un perro cansado y agotado, a su entera satisfacción en todas las demás partes, pero no pudiendo representar a su gusto la espuma y la baba, despechado contra su obra, tomó su esponja, y como estaba empapada de diversas pinturas, la arrojó contra ella para borrarlo todo: la fortuna llevó el golpe justo al lugar de la boca del perro, y completó allí aquello a lo que el arte no había podido llegar. ¿No dirige ella a veces nuestras decisiones y las corrige? Isabel, reina de Inglaterra, teniendo que cruzar de Zelanda a su reino con un ejército, en favor de su hijo contra su marido, habría estado perdida si hubiera llegado al puerto que había proyectado, pues la esperaban allí sus enemigos; pero la fortuna la arrojó contra su voluntad a otro lugar, donde desembarcó con toda seguridad. Y aquel antiguo que, arrojando una piedra a un perro, acertó y mató a su madrastra, ¿no tuvo razón al pronunciar este verso:

«El azar decide mejor que nosotros»? La fortuna tiene mejor consejo que nosotros.

Icetes había reclutado a dos soldados para matar a Timoleón, que se alojaba en Adrano en Sicilia. Eligieron la hora en que él haría algún sacrificio. Y mezclándose entre la multitud, mientras se hacían señas el uno al otro de que la ocasión era propicia para su tarea, he aquí que un tercero, de un gran golpe de espada, alcanza a uno en la cabeza y lo derriba muerto en tierra, y huye. El compañero, considerándose descubierto y perdido, recurrió al altar, solicitando asilo, con promesa de decir toda la verdad. Mientras hacía el relato de la conjuración, he aquí que fue atrapado el tercero, al que, como asesino, el pueblo empuja y arrastra a través de la multitud hacia Timoleón y los más notables de la asamblea. Allí pide clemencia y dice haber matado justamente al asesino de su padre; verificando en el acto, mediante testigos que su buena suerte le proporcionó muy oportunamente, que en la ciudad de los leontinos su padre había sido, en verdad, muerto por aquel de quien se había vengado. Se le otorgaron diez minas áticas por haber tenido esta suerte de, al vengar la muerte de su padre, librar de la muerte al padre común de los sicilianos. Esta fortuna supera en ordenamiento las reglas de la prudencia humana.

Para terminar: en este hecho de aquí, ¿no se descubre una muy expresa aplicación de su favor, de su bondad y piedad singulares? Ignacio padre e hijo, proscritos por los triunviros en Roma, se resolvieron a este generoso acto de entregar sus vidas en manos el uno del otro y frustrar así la crueldad de los tiranos: se lanzaron el uno contra el otro, espada en mano; ella enderezó las puntas e hizo dos golpes igualmente mortales; y dio al honor de una amistad tan bella que tuvieran justo la fuerza de retirar aún de las heridas sus brazos sangrantes y armados para abrazarse en ese estado, con abrazo tan fuerte, que los verdugos cortaron juntas sus dos cabezas, dejando los cuerpos siempre unidos en ese noble nudo; y las heridas juntas, bebían amorosamente la sangre y los restos de la vida el uno del otro.

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