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Capítulo 14Se castiga por obstinarse en defender una plaza sin razón

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 2 min de lectura

La valentía tiene sus límites, como las demás virtudes: traspasados estos, uno se encuentra en el camino del vicio; de manera que por su medio se puede caer en la temeridad, la obstinación y la locura, si no se conocen bien sus fronteras, difíciles en verdad de determinar en sus confines. De esta consideración ha nacido la costumbre que tenemos en las guerras de castigar, incluso con la muerte, a quienes se obstinan en defender una plaza que según las reglas militares no puede ser sostenida. De otro modo, con la esperanza de la impunidad, no habría gallinero que no detuviera a un ejército. El señor condestable de Montmorency en el sitio de Pavía, habiendo sido encargado de cruzar el Tesino y acampar en los arrabales de San Antonio, viéndose obstaculizado por una torre al extremo del puente que se obstinó hasta hacerse batir, hizo colgar a todos los que estaban dentro; y todavía después, acompañando al señor delfín en la expedición de allende los montes, habiendo tomado por la fuerza el castillo de Villana, y habiendo sido despedazados todos los que estaban dentro por la furia de los soldados excepto el capitán y el alférez, los hizo colgar y estrangular por esta misma razón; como hizo también el capitán Martín du Bellay, siendo entonces gobernador de Turín, en esa misma región, con el capitán de San Bony, habiendo sido masacrado el resto de su gente en la toma de la plaza. Pero dado que el juicio sobre la resistencia y debilidad del lugar se toma por la estimación y contrapeso de las fuerzas que lo asaltan (pues quien se obstinaría justamente contra dos culebrina haría de loco esperando treinta cañones), donde se pone también en consideración la grandeza del príncipe conquistador, su reputación, el respeto que se le debe, hay peligro de que se incline un poco la balanza de ese lado. Y sucede por estos mismos motivos que algunos tienen tan gran opinión de sí mismos y de sus medios, que no pareciéndoles razonable que haya nada digno de hacerles frente, pasan el cuchillo por todo lugar donde encuentran resistencia, mientras la fortuna les dure; como se ve por las formas de intimación y desafío que los príncipes de Oriente y sus sucesores, que aún perviven, tienen en uso, fiera, altanera y llena de un mandato barbaresco. Y en la región donde los portugueses desembarcaron en las Indias, encontraron estados con esta ley universal e inviolable: que todo enemigo vencido por el rey en persona, o por su lugarteniente, queda fuera de pacto de rescate y de clemencia.

Así pues, sobre todo hay que cuidarse, quien pueda, de caer en manos de un juez enemigo, victorioso y armado.

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