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Capítulo 40Que el gusto de los bienes y de los males depende en buena parte de la opinión que tenemos de ellos

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 38 min de lectura

Los hombres, dice una antigua sentencia griega, son atormentados por las opiniones que tienen de las cosas, no por las cosas mismas. Sería una gran ventaja ganada para el alivio de nuestra miserable condición humana si se pudiera establecer esta proposición como cierta en todas partes. Pues si los males no entran en nosotros sino por nuestro juicio, parece que está en nuestro poder despreciarlos o transformarlos en bien. Si las cosas se ponen a nuestra merced, ¿por qué no las dominaríamos o las acomodaríamos a nuestra ventaja? Si lo que llamamos mal y tormento no es ni mal ni tormento por sí mismo, sino solamente que nuestra fantasía le da esa cualidad, está en nosotros el cambiarla: y teniendo la elección, si nadie nos fuerza, somos extremadamente locos al ponernos del lado que nos es más penoso, y dar a las enfermedades, a la indigencia y al desprecio un sabor agrio y malo si podemos darles uno bueno; y si la fortuna nos proporciona simplemente la materia, nos corresponde a nosotros darle la forma. Ahora bien, que lo que llamamos mal no lo sea por sí mismo, o al menos tal como sea, que dependa de nosotros darle otro favor y otro aspecto, pues todo viene a ser lo mismo, veamos si esto puede sostenerse.

Si el ser original de esas cosas que tememos tuviera crédito para alojarse en nosotros por su propia autoridad, se alojaría igual y semejante en todos: pues los hombres son todos de una misma especie, y salvo el más y el menos, se encuentran provistos de parecidas herramientas e instrumentos para concebir y juzgar. Pero la diversidad de opiniones que tenemos de esas cosas muestra claramente que no entran en nosotros sino por composición. Tal vez alguno las aloja en sí en su verdadero ser, pero mil otros les dan un ser nuevo y contrario en ellos. Tenemos la muerte, la pobreza y el dolor por nuestras principales adversidades. Ahora bien, esta muerte que unos llaman la más horrible de las cosas horribles, ¿quién no sabe que otros la nombran el único puerto de los tormentos de esta vida? ¿el supremo bien de la naturaleza? ¿único apoyo de nuestra libertad? ¿y refugio común y pronto para todos los males? Y así como unos la esperan temblorosos y espantados, otros la soportan más fácilmente que la vida. Aquel se queja de su facilidad:

«¡Muerte, ojalá no quisieras sustraer a los cobardes de la vida, sino que solo la virtud te otorgara!»

Pero dejemos esos valerosos corazones. Teodoro respondió a Lisímaco, que lo amenazaba con matarlo: «Lograrás una gran proeza al alcanzar la fuerza de una cantárida». La mayor parte de los filósofos se encuentran haber anticipado por designio, o apresurado y asistido, su muerte. ¡Cuántas personas del pueblo común se ve, conducidas a la muerte, y no a una muerte simple, sino mezclada con vergüenza y a veces con graves tormentos, que muestran tal seguridad, ya sea por obstinación, ya por simplicidad natural, que no se advierte en ellas nada cambiado de su estado ordinario: arreglando sus asuntos domésticos, encomendándose a sus amigos, cantando, predicando y entreteniendo al pueblo; incluso mezclando a veces palabras para reír, y bebiendo con sus conocidos, igual que Sócrates! A uno que llevaban al cadalso, decía que no fuera por tal calle, porque había peligro de que un comerciante le echara mano al cuello a causa de una vieja deuda. Otro decía al verdugo que no lo tocara en la garganta, por miedo a hacerlo saltar de risa, tan cosquilloso era; otro respondió a su confesor, que le prometía que cenaría ese día con nuestro Señor: «Ve tú allá, porque por mi parte yo ayuno». Otro habiendo pedido de beber, y habiendo bebido el verdugo primero, dijo no querer beber después de él, por miedo a contagiarse de viruela.

Todos han oído contar la historia del picardo, al cual estando en la escalera le presentan una moza, y como nuestra justicia permite a veces, si quería desposarla, le salvarían la vida: él habiéndola contemplado un poco, y advertido que cojeaba: «Ata, ata», dijo, «ella cojea». Y se dice igualmente que en Dinamarca un hombre condenado a que le cortaran la cabeza, estando en el cadalso, como le presentaran una condición parecida, la rechazó, porque la muchacha que le ofrecían tenía las mejillas hundidas y la nariz demasiado puntiaguda. Un criado en Toulouse acusado de herejía, por toda razón de su creencia, se remitía a la de su amo, joven estudiante prisionero con él, y prefirió morir antes que dejarse persuadir de que su amo pudiera errar. Leemos de los de la ciudad de Arras, cuando el rey Luis undécimo la tomó, que se encontró un buen número entre el pueblo que se dejó colgar antes que decir «Viva el rey». Y de esas viles almas de bufones, se han encontrado algunos que no han querido abandonar su bufonería ni siquiera en la muerte. Aquel a quien el verdugo daba el impulso, gritó: «¡Boga la galera!», que era su estribillo habitual. Y otro que habían acostado en el momento de entregar su vida a lo largo del hogar sobre un jergón, a quien el médico preguntaba dónde le agarraba el mal: «Entre el banco y el fuego», respondió.

Y el sacerdote, para darle la extremaunción, buscando sus pies, que tenía encogidos y contraídos por la enfermedad: «Los encontrarás», dijo, «al final de mis piernas». Al hombre que lo exhortaba a encomendarse a Dios, «¿Quién va allá?», preguntó; y el otro respondiendo: «Serás tú mismo muy pronto, si a él le place»: «¿Estaré allí mañana por la noche?», replicó. «Encomiéndate solamente a él», siguió el otro, «estarás allí muy pronto»: «Más vale entonces», añadió, «que le lleve mis recomendaciones yo mismo». En el reino de Narsingue todavía hoy, las mujeres de sus sacerdotes son enterradas vivas con el cuerpo de sus maridos. Todas las demás mujeres son quemadas en los funerales de los suyos: no solo constantemente, sino alegremente. A la muerte del rey, sus esposas y concubinas, sus favoritos y todos sus oficiales y servidores, que son un pueblo entero, se presentan tan alegremente al fuego donde su cuerpo es quemado, que muestran tomar a gran honor acompañar allí a su señor. Durante nuestras últimas guerras de Milán, y tantas tomas y reconquistas, el pueblo impaciente de tan diversos cambios de fortuna, tomó tal resolución hacia la muerte, que he oído decir a mi padre que vio llevar cuenta de veinticinco cabezas de familia que se habían dado muerte a sí mismos en una semana. Accidente que se aproxima al de los xantios, quienes asediados por Bruto se precipitaron mezclados hombres, mujeres y niños con un apetito tan furioso de morir, que no se hace nada para huir de la muerte que ellos no hicieran para huir de la vida: de manera que apenas pudo Bruto salvar un número muy pequeño de ellos.

Toda opinión es bastante fuerte para hacerse abrazar al precio de la vida. El primer artículo de ese valeroso juramento que Grecia juró y mantuvo en la guerra médica, fue que cada uno cambiaría antes la muerte por la vida que las leyes persas por las suyas. Cuánta gente se ve en la guerra de los turcos y los griegos, aceptar antes la muerte muy áspera que descircuncidarse para bautizarse. Ejemplo del cual ninguna clase de religión es incapaz.

Los reyes de Castilla habiendo expulsado de su tierra a los judíos, el rey Juan de Portugal les vendió a ocho escudos por cabeza el refugio en las suyas por cierto tiempo: a condición de que, llegado el plazo, tendrían que marcharse; y les prometió proporcionarles barcos para trasladarlos a África. Llegó el día, pasado el cual se había dicho que quienes no hubieran obedecido quedarían esclavos: los barcos les fueron proporcionados escasamente, y quienes se embarcaron fueron tratados ruda y vilmente por los pasajeros, que además de muchas otras indignidades los entretuvieron en el mar, ora adelante, ora atrás, hasta que hubieron consumido sus vituallas y se vieron obligados a comprarles otras tan caras y durante tanto tiempo que no los bajaron a tierra hasta que quedaron completamente sin camisa. La noticia de esta inhumanidad, comunicada a quienes estaban en tierra, llevó a la mayor parte a resignarse a la esclavitud: algunos hicieron como que cambiaban de religión. Manuel, sucesor de Juan, llegado a la corona, los puso primero en libertad, y cambiando de parecer después, les ordenó salir de sus países, asignándoles tres puertos para su partida. Esperaba, dice el obispo Osorio, historiador latino de nuestros siglos no despreciable, que el favor de la libertad que les había devuelto, habiendo fracasado en convertirlos al cristianismo, la dificultad de enfrentarse al robo de los marineros, de abandonar un país donde estaban instalados con grandes riquezas, para irse a arrojar en región desconocida y extranjera, los haría volver.

Pero viéndose defraudado en su esperanza, y estando todos ellos decididos a partir, les quitó dos de los puertos que les había prometido: a fin de que la duración e incomodidad del trayecto hiciera desistir a algunos, o de que tuviera medio de amontonarlos a todos en un lugar, para mayor comodidad de la ejecución que había destinado. Fue entonces cuando ordenó que se arrancara de entre las manos de los padres y de las madres a todos los niños menores de catorce años, para transportarlos lejos de su vista y conversación, a un lugar donde fueran instruidos en nuestra religión. Dice que este acto produjo un espectáculo horrible: el afecto natural entre los padres y los hijos, y además el celo por su antigua creencia, combatiendo contra esta violenta orden. Se vio comúnmente a padres y madres matándose a sí mismos, y en un ejemplo aún más duro, precipitando por amor y compasión a sus hijos pequeños en pozos, para huir de la ley. Por lo demás, expirado el plazo que les había fijado, por falta de medios, volvieron a caer en esclavitud. Algunos se hicieron cristianos: de cuya fe, o de cuya raza, aún hoy, cien años después, pocos portugueses se fían, aunque la costumbre y la duración del tiempo son consejeras mucho más fuertes para tales cambios que cualquier otra coacción.

En la ciudad de Castelnau Darry, cincuenta herejes albigenses sufrieron a la vez, con ánimo determinado, ser quemados vivos en un fuego, antes que renegar de sus opiniones. «Cuántas veces no solo nuestros jefes, dice Cicerón, sino ejércitos enteros, han corrido hacia una muerte segura». He visto a uno de mis amigos íntimos correr hacia la muerte a fuerza, con un verdadero afecto, enraizado en su corazón por diversos razonamientos que no supe rebatirle; y ante la primera que se presentó revestida de un lustre de honor, precipitarse en ella fuera de toda apariencia, con un fin áspero y ardiente. Tenemos en nuestro tiempo muchos ejemplos de quienes, incluso niños, por temor de alguna ligera incomodidad, se han dado muerte. Y a este propósito, ¿qué no temeremos, dice un antiguo, si tememos aquello que la misma cobardía ha elegido como refugio? Ensartar aquí una larga lista de quienes de todos los sexos y condiciones, y de todas las sectas, en los siglos más felices, han esperado la muerte con constancia o la han buscado voluntariamente, y buscado no solo para huir de los males de esta vida, sino algunos para huir simplemente del hastío de vivir, y otros por la esperanza de una mejor condición en otra parte, nunca terminaría. Y es el número tan infinito que, en verdad, me sería más fácil contar a quienes la han temido.

Solo esto. El filósofo Pirrón, encontrándose un día de gran tormenta en un barco, mostraba a quienes veía más asustados a su alrededor, y los animaba con el ejemplo de un cerdo que había allí, sin preocuparse en absoluto de aquella tormenta. ¿Nos atreveremos entonces a decir que esta ventaja de la razón, de la cual tanto nos jactamos, y por cuyo respeto nos tenemos por amo y emperador del resto de las criaturas, ha sido puesta en nosotros para nuestro tormento? ¿De qué sirve el conocimiento de las cosas si nos volvemos más cobardes por ello? ¿Si perdemos el reposo y la tranquilidad que tendríamos sin él? ¿Y si nos pone en peor condición que el cerdo de Pirrón? La inteligencia que nos ha sido dada para nuestro mayor bien, ¿la emplearemos para nuestra ruina, combatiendo el designio de la naturaleza y el orden universal de las cosas, que dispone que cada uno use sus útiles y medios para su comodidad? «Bien, me dirá alguien, vuestra regla sirve para la muerte; pero ¿qué diréis de la indigencia? ¿Qué diréis además del dolor, que Aristipo, Jerónimo y la mayor parte de los sabios han estimado el último mal, y quienes lo negaban de palabra lo confesaban por los hechos?» Posidonio, estando extremadamente atormentado por una enfermedad aguda y dolorosa, fue visitado por Pompeyo, que se disculpó por haber tomado hora tan inoportuna para oírle disertar de filosofía: «No quiera Dios, le dijo Posidonio, que el dolor gane tanto sobre mí que me impida discurrir de ella».

Y se lanzó sobre ese mismo tema del desprecio del dolor. Pero mientras tanto este jugaba su papel y lo presionaba incesantemente. A lo cual exclamaba: «Por más que hagas, dolor, no diré que seas un mal». Este relato que tanto hacen valer, ¿qué muestra en cuanto al desprecio del dolor? Solo disputa sobre la palabra. Y mientras tanto, si estas punzadas no lo conmueven, ¿por qué interrumpe su discurso? ¿Por qué piensa que hace mucho no llamándolo mal? Aquí no todo consiste en la imaginación. Opinamos sobre lo demás; es aquí la ciencia cierta la que juega su papel, nuestros propios sentidos son jueces:

«Si no son verdaderos, toda razón también será falsa». ¿Haremos creer a nuestra piel que los golpes de fusta la cosquillean? ¿Y a nuestro gusto que el áloe es vino de Graves? El cerdo de Pirrón está aquí de nuestra parte. Está ciertamente sin miedo ante la muerte; pero si se le golpea, grita y se atormenta. ¿Forzaremos la ley general de la naturaleza, que se ve en todo cuanto vive bajo el cielo, de temblar bajo el dolor? Hasta los árboles parecen gemir ante las ofensas. La muerte no se siente sino por el razonamiento, puesto que es el movimiento de un instante.

«O fue, o vendrá; nada hay de presente en ella. Y la muerte tiene menos pena que la espera de la muerte».

Mil animales, mil hombres mueren más bien de pronto que amenazados. Además, lo que decimos temer principalmente de la muerte es el dolor, su habitual precursor. Sin embargo, si hay que creer a un santo padre, malam mortem non facit, nisi quod sequitur mortem. Y yo diré aún con más verosimilitud que ni lo que va antes ni lo que viene después pertenece a la muerte. Nos excusamos falsamente. Y encuentro por experiencia que es más bien la impaciencia ante la imaginación de la muerte lo que nos hace impacientes ante el dolor, y que lo sentimos doblemente penoso porque nos amenaza con morir. Mas como la razón acusa nuestra cobardía de temer una cosa tan súbita, tan inevitable, tan insensible, tomamos ese otro pretexto más excusable. Todos los males que no tienen otro peligro que el del mal mismo, decimos que son sin peligro. El de los dientes o el de la gota, por penoso que sea, dado que no es homicida, ¿quién lo cuenta como enfermedad? Pues bien, supongámoslo: que en la muerte miramos principalmente el dolor. Así como tampoco la pobreza tiene nada que temer salvo aquello a lo que nos arroja entre sus brazos por la sed, el hambre, el frío, el calor, los desvelos que nos hace sufrir. Así pues, no tengamos que ver más que con el dolor.

Les concedo que sea el peor accidente de nuestro ser, y de buena gana. Pues soy el hombre del mundo que más mal le quiere y que más lo huye, por no haber tenido hasta ahora, gracias a Dios, gran comercio con él; pero está en nosotros, si no aniquilarlo, al menos disminuirlo mediante la paciencia, y aunque el cuerpo se conmueva por ello, mantener no obstante el alma y la razón en buen estado. Y si no fuera así, ¿quién habría dado crédito a la virtud, la valentía, la fuerza, la magnanimidad y la resolución? ¿Dónde jugarían ellas su papel si ya no hay dolor que desafiar? Avida est periculi virtus. Si no hace falta acostarse sobre el suelo duro, soportar armado de todas las piezas el calor del mediodía, alimentarse de un caballo y de un asno, verse despedazar en trozos y arrancar una bala de entre los huesos, sufrir que nos recosan, cautericen y sonden, ¿por dónde se adquirirá la ventaja que queremos tener sobre el vulgo? Está muy lejos de huir del mal y del dolor lo que dicen los sabios: que de acciones igualmente buenas, la más deseable de realizar es aquella donde hay más pena. Non enim hilaritate, nec lascivia, nec risu aut ioco comite levitatis, sed sæpe etiam tristes firmitate et constantia sunt beati. Y por esa razón ha sido imposible persuadir a nuestros padres de que las conquistas hechas por viva fuerza, en el azar de la guerra, no fuesen más ventajosas que las que se hacen con toda seguridad mediante tratos y maniobras.

Lætius est, quoties magno sibi constat honestum. Además, esto debe consolarnos: que naturalmente, si el dolor es violento, es breve; si es largo, es ligero: si gravis, brevis; si longus, levis. No lo sentirás mucho tiempo si lo sientes demasiado: pondrá fin a sí mismo o a ti; uno y otro vienen a ser lo mismo. Si no lo soportas, él te llevará. Memineris maximos morte finiri; parvos multa habere intervalla requietis, mediocrium nos esse dominos: ut si tolerabiles sint, feramus; sin minus, è vita, quum ea non placeat, tanquàm è theatro exeamus.

Lo que nos hace sufrir con tanta impaciencia el dolor es no estar acostumbrados a poner nuestro principal contento en el alma, no confiar lo suficiente en ella, que es la única y soberana señora de nuestra condición. El cuerpo solo tiene, salvo en grado mayor o menor, una sola marcha y un solo pliegue. Ella es variable en toda suerte de formas, y reúne para sí, y para su estado, sea cual sea, los sentimientos del cuerpo y todos los demás accidentes. Por eso hay que estudiarla e indagar en ella, y despertar en ella sus resortes todopoderosos. No hay razón, ni precepto, ni fuerza que valgan contra su inclinación y su elección. De tantos miles de caminos que tiene a su disposición, démosle uno apropiado para nuestra paz y conservación: así estaremos no solo protegidos de toda ofensa, sino incluso gratificados y halagados, si así le place, por las ofensas y los males. Ella saca provecho indiferentemente de todo. El error, los sueños le sirven útilmente, como materia legítima, para ponernos a resguardo y en contento. Es fácil ver que lo que aguza en nosotros el dolor y la voluptuosidad es la punta de nuestro espíritu. Las bestias, que lo tienen bajo rienda, dejan a los cuerpos sus sentimientos libres y naturales, y por consiguiente uniformes, más o menos, en cada especie, tal como lo muestran en la semejante aplicación de sus movimientos. Si no perturbáramos en nuestros miembros la jurisdicción que les corresponde en esto, es de creer que estaríamos mejor, y que la naturaleza les ha dado un temperamento justo y moderado hacia la voluptuosidad y hacia el dolor. Y no puede dejar de ser justo, siendo igual y común. Pero ya que nos hemos emancipado de sus reglas para abandonarnos a la vagabunda libertad de nuestras fantasías, al menos ayudémonos a plegarlas del lado más agradable. Platón teme nuestro compromiso áspero con el dolor y con la voluptuosidad, en la medida en que obliga y ata demasiado el alma al cuerpo; yo más bien al contrario, en la medida en que la desprende y desclava de él. Así como el enemigo se vuelve más áspero ante nuestra huida, también se enorgullece el dolor al vernos temblar bajo él. Se rendirá en mucho mejor composición ante quien le haga frente: hay que oponerse y tensarse contra él. Al acobardarnos y retirarnos, llamamos hacia nosotros y atraemos la ruina que nos amenaza. Así como el cuerpo es más firme a la carga poniéndolo rígido, así es el alma.

Pero vengamos a los ejemplos, que son propiamente la presa de la gente débil de riñones como yo, donde encontraremos que el dolor funciona como las piedras que toman color, o más alto o más apagado, según la lámina donde las coloques, y que solo ocupa en nosotros tanto espacio como nosotros le damos. «Solo sufrieron en la medida en que se entregaron a los dolores». Sentimos más un golpe de bisturí del cirujano que diez golpes de espada en el calor del combate. Los dolores del parto, considerados grandes por los médicos y por Dios mismo, y que pasamos con tantas ceremonias, hay naciones enteras que no les dan ninguna importancia. Dejo aparte a las mujeres lacedemonias; pero entre los suizos, entre nuestros soldados de infantería, ¿qué cambio encontráis en ellos? Salvo que, trotando tras sus maridos, las veis hoy llevar al cuello al niño que ayer tenían en el vientre; y esas fingidas egipcias reunidas entre nosotros van ellas mismas a lavar a los suyos, que acaban de nacer, y toman su baño en el río más próximo. Además de tantas muchachas que roban todos los días sus hijos tanto en la generación como en la concepción, aquella bella y noble mujer de Sabino Patricio Romano, por el interés de otro, llevó sola y sin ayuda y sin voz ni gemidos el parto de dos gemelos. Un simple muchacho de Lacedemonia, habiendo robado un zorro (pues ellos temían aún más la vergüenza de su necedad en el hurto que nosotros tememos el castigo de nuestra malicia) y habiéndolo puesto bajo su capa, soportó que le royera el vientre antes que descubrirse. Y otro, ofreciendo incienso en un sacrificio, se dejó quemar hasta el hueso por un carbón caído en su manga, para no perturbar el misterio. Y se ha visto a un gran número que, por la sola prueba de virtud, siguiendo su educación, han soportado a la edad de siete años ser azotados hasta la muerte sin alterar el semblante. Y Cicerón los vio batirse en grupos, a puñetazos, a patadas y a mordiscos, hasta desmayarse antes de confesar que eran vencidos. «Jamás la costumbre vencería a la naturaleza, pues esta es siempre invicta; pero nosotros hemos infectado el alma con sombras, delicias, ocio, languidez, desidia; la hemos ablandado, adormecida por opiniones y malas costumbres».

Todos conocen la historia de Escévola, que habiéndose deslizado en el campo enemigo para matar a su jefe, y habiendo fallado en su intento, para reanudar su propósito con una invención más extraña y descargar a su patria, confesó a Porsena, que era el rey a quien quería matar, no solo su designio, sino que añadió que tenía en su campo un gran número de romanos cómplices de su empresa tales como él. Y para mostrar quién era, habiéndose hecho traer un brasero, ve y sufre que su brazo se ase y se tueste, hasta que el mismo enemigo, horrorizándose, ordenó retirar el brasero. ¿Qué decir de aquel que no se dignó interrumpir la lectura de su libro mientras lo incidían? ¿Y aquel que se obstinó en mofarse y reírse a porfía de los males que le hacían, de modo que la crueldad irritada de los verdugos que lo tenían, y todas las invenciones de tormentos redoblados unos sobre otros le dieron la victoria? Pero era un filósofo. ¿Y qué? Un gladiador de César soportó siempre riendo que le sondaran y detallaran sus heridas. «¿Qué gladiador mediano se quejó? ¿Quién cambió jamás el semblante? ¿Quién no solo se mantuvo en pie, sino que cayó torpemente? ¿Quién, una vez caído, habiendo recibido la orden de recibir el hierro, retrajo el cuello?»

Mezclemos ahí a las mujeres. ¿Quién no ha oído hablar en París de aquella que se hizo desollar solo para adquirir la tez más fresca de una nueva piel? Las hay que se han hecho arrancar dientes vivos y sanos para hacer la voz más suave y más gruesa, o para ordenarlos mejor. ¡Cuántos ejemplos del desprecio del dolor tenemos en este género! ¿Qué no pueden ellas? ¿Qué temen, con tal de que haya un poco de mejora que esperar en su belleza?

«Aquellas cuyo cuidado es arrancar de raíz los cabellos blancos, y renovar el rostro con piel nueva arrancada».

He visto a algunas tragar arena y ceniza, y esforzarse deliberadamente en arruinar su estómago para conseguir la palidez del rostro. Para hacerse un cuerpo bien español, ¡qué tortura no soportan, ceñidas y apretadas con gruesos corsés que les marcan los costados hasta la carne viva, e incluso a veces hasta morir!

Es costumbre en muchas naciones de nuestro tiempo herirse a sí mismas a propósito para dar fe a su palabra; y nuestro rey refiere notables ejemplos de lo que ha visto en Polonia, y en lo que toca a él mismo. Pero además de que sé que algunos en Francia lo han imitado, cuando vine de aquellos famosos Estados de Blois, había visto poco antes a una muchacha en Picardía que, para testimoniar el ardor de sus promesas y también su constancia, se dio con el punzón que llevaba en el pelo cuatro o cinco buenos golpes en el brazo, que le hacían crujir la piel y la hacían sangrar de verdad. Los turcos se hacen grandes cicatrices por sus damas; y para que la marca quede permanente, aplican enseguida fuego sobre la herida y lo mantienen ahí un tiempo increíble, para detener la sangre y formar la cicatriz. Cien personas que lo han visto lo han escrito y me lo han jurado. Pero por diez aspros se encuentran todos los días entre ellos quienes se harán un tajo bien profundo en el brazo o en los muslos. Me alegra que los testimonios nos sean más accesibles cuando más los necesitamos. Pues la cristiandad nos proporciona suficientes. Y siguiendo el ejemplo de nuestro santo guía, ha habido muchos que por devoción han querido llevar la cruz. Aprendemos por testimonio muy digno de fe que el rey san Luis llevó el cilicio hasta que en su vejez su confesor lo dispensó de ello; y que todos los viernes se hacía golpear los hombros por su sacerdote con cinco cadenillas de hierro que para ese efecto se llevaban entre sus útiles nocturnos.

Guillermo, nuestro último duque de Guyena, padre de aquella Leonor que transmitió este ducado a las casas de Francia e Inglaterra, llevó los diez o doce últimos años de su vida continuamente una coraza bajo un hábito de religioso, por penitencia. Fulco, conde de Anjou, fue hasta Jerusalén para allí hacerse azotar por dos de sus criados, con la cuerda al cuello, ante el sepulcro de nuestro Señor. Pero ¿no vemos todavía todos los días en Viernes Santo en diversos lugares un gran número de hombres y mujeres golpearse hasta desgarrarse la carne y perforarse hasta los huesos? Esto lo he visto a menudo y sin engaño alguno. Y se decía, pues van enmascarados, que había algunos que por dinero se comprometían a garantizar en ello la religión de otros; por un desprecio del dolor tanto mayor cuanto que pueden más los aguijones de la devoción que los de la avaricia.

Quinto Máximo enterró a su hijo consular; Marco Catón al suyo pretor designado; y Lucio Paulo a los suyos dos en pocos días, con semblante sereno y sin mostrar testimonio alguno de duelo. Yo decía en mis tiempos, de alguien en broma, que había burlado la justicia divina. Pues la muerte violenta de tres hijos grandes, que le había sido enviada en un día, como un duro golpe de vara, según es de creer, poco faltó para que él no la tomara como un favor y una gratificación singular del cielo. Yo no sigo estos humores monstruosos; pero he perdido yo dos o tres en la nodriza, si no sin pesar, al menos sin desconsuelo. Y sin embargo apenas hay accidente que toque más al vivo a los hombres. Veo bastantes otras ocasiones comunes de aflicción que apenas sentiría si me vinieran. Y he despreciado, cuando me han venido, algunas de aquellas a las que el mundo da una figura tan atroz que no me atrevería a vanagloriarme de ello ante el pueblo sin sonrojarme. De donde se entiende que la aflicción no está en la naturaleza, sino en la opinión.

La opinión es una parte poderosa, audaz y sin medida. ¿Quién buscó jamás con tal hambre la seguridad y el reposo como Alejandro y César buscaron la inquietud y las dificultades? Teres, padre de Sitalces, solía decir que cuando no hacía la guerra le parecía que no había diferencia alguna entre él y su palafrenero. Catón cónsul, para asegurarse de algunas ciudades en España, habiendo únicamente prohibido a los habitantes de ellas portar armas, gran número se mataron: «Raza feroz, que consideraba que no había vida sin armas». ¡Cuántos conocemos que han huido de la dulzura de una vida tranquila en sus casas entre sus conocidos para seguir el horror de los desiertos inhabitables, y que se han arrojado al abatimiento, la vileza y el desprecio del mundo, y se han complacido en ello hasta la afectación! El cardenal Borromeo, que murió hace poco en Milán, en medio de la disipación a la que lo invitaban su nobleza, sus grandes riquezas, el aire de Italia y su juventud, se mantuvo en una forma de vida tan austera que la misma ropa que le servía en verano le servía en invierno; no tenía para su lecho sino paja; y las horas que le quedaban de las ocupaciones de su cargo las pasaba estudiando continuamente, plantado sobre sus rodillas, teniendo un poco de agua y de pan al lado de su libro, que era toda la provisión de sus comidas y todo el tiempo que les dedicaba.

Conozco a quienes deliberadamente han sacado provecho y ascenso del adulterio, cuyo solo nombre espanta a tanta gente.

Si la vista no es el más necesario de nuestros sentidos, es al menos el más placentero; pero los más placenteros y útiles de nuestros miembros parecen ser aquellos que sirven para engendrarnos. Sin embargo, bastantes personas los han tomado en odio mortal por ello solamente, porque eran demasiado amables, y los han rechazado a causa de su valor. Otro tanto opinó de los ojos aquel que se los arrancó.

La parte más común y más sensata de los hombres tiene por gran fortuna la abundancia de hijos: yo y algunos otros, por igual fortuna su falta. Y cuando se le pregunta a Tales por qué no se casa, responde que no le gusta dejar descendencia de sí mismo.

Que nuestra opinión da valor a las cosas se ve por aquellas que son muy numerosas, a las cuales no prestamos siquiera atención para estimarlas, sino que solo nos prestamos atención a nosotros mismos. Y no consideramos ni sus cualidades ni sus utilidades, sino únicamente nuestro coste para obtenerlas, como si fuera alguna parte de su sustancia; y llamamos valor en ellas no lo que ellas aportan, sino lo que nosotros aportamos. Respecto a esto me doy cuenta de que somos grandes administradores de nuestra inversión. Según lo que pesa, sirve por eso mismo que pesa. Nuestra opinión nunca la deja correr en vano. La compra da lustre al diamante, y la dificultad a la virtud, y el dolor a la devoción, y la aspereza a la medicina. Tal hombre, para alcanzar la pobreza, arrojó sus escudos a ese mismo mar que tantos otros excavan por todas partes para pescar en él riquezas. Epicuro dice que ser rico no es alivio, sino cambio de ocupaciones. En verdad, no es la escasez, es más bien la abundancia la que produce la avaricia. Quiero contar mi experiencia en torno a este tema.

He vivido en tres clases de condición desde que salí de la infancia. El primer tiempo, que duró cerca de veinte años, lo pasé sin tener otros medios que fortuitos, y dependiendo de la disposición y el auxilio de otros, sin situación cierta y sin prescripción. Mi gasto se hacía tanto más alegremente y con menos preocupación cuanto que estaba todo en la temeridad de la fortuna. Nunca estuve mejor. Nunca me ocurrió encontrar cerrada la bolsa de mis amigos, habiéndome impuesto, más allá de cualquier otra necesidad, la necesidad de no faltar al plazo que me había propuesto para saldar mis deudas, el cual ellos me alargaron mil veces, viendo el esfuerzo que yo hacía para satisfacerlos; de manera que rendía una lealtad económica y en cierto modo engañosa. Siento naturalmente cierta voluptuosidad al pagar, como si descargara de mis hombros un peso molesto y esa imagen de servidumbre. Además hay cierta satisfacción que me cosquillea al hacer una acción justa y contentar a otros. Exceptúo los pagos en que hay que ponerse a regatear y a contar: pues si no encuentro a quién encargar la tarea, los retraso vergonzosa e injuriosamente tanto como puedo, por miedo a esa altercación, para la cual tanto mi temperamento como mi forma de hablar son del todo incompatibles. No hay nada que odie tanto como regatear: es un puro comercio de trampas y de desvergüenza. Después de una hora de debate y de tira y afloja, uno y otro abandonan su palabra y sus juramentos por cinco sueldos de rebaja. Y además pedimos prestado con desventaja. Pues como no tengo el valor de solicitar en persona, dejaba el azar al papel, que no hace gran efecto y presta grandemente la mano al rechazo. Confiaba la gestión de mi necesidad más alegremente a los astros, y más libremente de lo que he hecho después a mi providencia y a mi juicio. La mayoría de los administradores consideran horrible vivir así en la incertidumbre; y no se dan cuenta, en primer lugar, de que la mayor parte del mundo vive así. ¡Cuántos hombres honrados han abandonado todo lo que tenían seguro, y lo hacen todos los días, para buscar el viento del favor de los reyes y de la fortuna! César se endeudó por un millón de oro más allá de su patrimonio para convertirse en César. Y cuántos comerciantes comienzan su negocio por la venta de su granja, que envían a las Indias,

por tantos mares impracticables. En una sequía tan grande de devoción, tenemos mil y mil colegios que la pasan cómodamente, esperando todos los días de la liberalidad del Cielo lo que necesitan para cenar.

En segundo lugar, no se dan cuenta de que esa certeza sobre la cual se fundan no es mucho menos incierta y azarosa que el azar mismo. Veo la miseria tan de cerca más allá de dos mil escudos de renta como si estuviera pegada a mí. Pues además de que el destino tiene cómo abrir cien brechas a la pobreza a través de nuestras riquezas, no habiendo a menudo ningún término medio entre la fortuna suprema y la ínfima,

La fortuna es de vidrio: en el momento en que resplandece, se rompe; y echar por tierra todas nuestras defensas y barreras; encuentro que por diversas causas, la indigencia se encuentra con igual frecuencia alojada entre quienes tienen bienes como entre quienes no los tienen: y que quizá resulta algo menos incómoda cuando está sola que cuando se halla en compañía de las riquezas. Estas vienen más del orden que de los ingresos: Cada cual es artífice de su propia fortuna. Y me parece más miserable un rico con dificultades, necesitado, agobiado, que aquel que es simplemente pobre. Pobres en medio de las riquezas, que es el tipo de miseria más grave. Los más grandes príncipes y más ricos son empujados ordinariamente por pobreza y escasez a la extrema necesidad. Pues ¿hay algo más extremo que convertirse en tiranos e injustos usurpadores de los bienes de sus súbditos? Mi segunda manera fue tener dinero. Una vez puestos en ello, pronto hice reservas notables según mi condición: pues no estimaba que fuera tener, sino lo que se posee más allá del gasto ordinario; ni que uno pueda fiarse del bien que todavía está en esperanza de ingresos, por clara que esta sea. Porque ¿qué pasaría, decía yo, si me sorprendiera tal o cual accidente? Y siguiendo estas vanas y viciosas imaginaciones, me ponía a hacer el ingenioso para prevenir mediante esta superflua reserva todos los inconvenientes.

Y sabía aún responder a quien me alegaba que el número de inconvenientes era demasiado infinito; que si no era para todos, era para algunos y varios. Esto no transcurría sin penosa solicitud. Lo mantenía en secreto: y yo, que me atrevo a decir tanto de mí, no hablaba de mi dinero sino mintiendo: como hacen los demás, que se empobrecen ricos, se enriquecen pobres: y dispensan su conciencia de testimoniar jamás sinceramente de lo que tienen. Ridícula y vergonzosa prudencia. ¿Iba de viaje? nunca me parecía estar suficientemente provisto: y cuanto más me había cargado de moneda, más también me había cargado de temor: ya sobre la seguridad de los caminos, ya sobre la fidelidad de quienes conducían mi equipaje; del cual, como otros que conozco, nunca estaba lo bastante seguro si no lo tenía ante mis ojos. ¿Dejaba mi caja en casa? ¡Cuántas sospechas y pensamientos espinosos, y lo que es peor, incomunicables! Tenía siempre el espíritu puesto en ello. Todo considerado, hay más pena en guardar el dinero que en adquirirlo. Si no hacía del todo tanto como digo, al menos me costaba impedirme hacerlo. De comodidad, sacaba poco o nada. Por tener más medios de gasto, no me pesaba menos. Porque, como decía Bión, tanto se enfada el peludo como el calvo cuando le arrancan el pelo.

Y desde que estás acostumbrado y has plantado tu fantasía sobre cierto montón, ya no está a tu servicio: no te atreves a mermarlo. Es una construcción que, según te parece, se derrumbará toda si la tocas: es necesario que la necesidad te tome del cuello para atacarla. Y antes empeñaba mis prendas y vendía un caballo, con mucha menos contrariedad y menos pesares, que cuando hacía brecha en aquella bolsa favorita que tenía aparte. Pero el peligro estaba en que difícilmente se pueden establecer límites ciertos a este deseo (son difíciles de hallar en las cosas que se creen buenas) y fijar un punto al ahorro: uno va siempre engrosando ese montón y aumentándolo de un número a otro, hasta privarse vilmente del goce de sus propios bienes: y establecerlo todo en la custodia, y no usarlo en absoluto. Según esta especie de uso, las gentes más ricas del mundo son aquellas que tienen a su cargo la guarda de las puertas y muros de una buena ciudad. Todo hombre pecuniario es avaro a mi juicio. Platón ordena así los bienes corporales o humanos: la salud, la belleza, la fuerza, la riqueza: Y la riqueza, dice él, no es ciega, sino muy clarividente, cuando está iluminada por la prudencia. Dionisio el hijo tuvo buen acierto. Le advirtieron que uno de sus siracusanos había escondido bajo tierra un tesoro; le mandó que se lo trajera; lo que hizo, reservándose a escondidas alguna parte; con la cual se fue a otra ciudad, donde habiendo perdido ese apetito de atesorar, se puso a vivir más liberalmente. Al enterarse Dionisio, le hizo devolver el resto de su tesoro; diciendo que puesto que había aprendido a saber usarlo, se lo devolvía voluntariamente.

Estuve varios años en ese punto. No sé qué buen demonio me sacó de ahí muy provechosamente, como al siracusano; y me envió toda esa reserva al abandono: el placer de cierto viaje muy costoso puso bajo los pies esa imaginación tonta. Por lo cual volví a caer en una tercera forma de vida, digo lo que siento de ella, ciertamente mucho más placentera y más ordenada. Es que hago correr mi gasto junto con mis ingresos; a veces uno se adelanta, a veces el otro: pero es poco lo que se distancian. Vivo del día a día, y me conformo con tener lo suficiente para satisfacer las necesidades presentes y ordinarias: para las extraordinarias todas las provisiones del mundo no bastarían. Y es locura esperar que la fortuna misma nos arme jamás suficientemente contra sí misma. Es con nuestras armas que hay que combatirla. Las fortuitas nos traicionarán en el momento decisivo. Si acumulo, es sólo por la esperanza de algún empleo próximo; y no para comprar tierras, de las que no tengo necesidad, sino para comprar placer. No ser codicioso, eso es dinero; no ser comprador, eso es renta. No tengo mucho miedo de que me falte el bien, ni ningún deseo de que me aumente. El fruto de las riquezas está en la abundancia; la saciedad declara la abundancia.

Y me gratifica singularmente que esta corrección me haya llegado en una edad naturalmente inclinada a la avaricia, y que me vea liberado de esa locura tan común en los viejos, y la más ridícula de todas las locuras humanas. Feraulez, que había pasado por las dos fortunas, y comprobado que el aumento de bienes no era aumento de apetito al beber, comer, dormir y abrazar a su mujer; y que por otra parte sentía pesar sobre sus hombros la importunidad de la economía, así como me pesa a mí; decidió contentar a un joven pobre, su fiel amigo, que ansiaba las riquezas; y le regaló todas las suyas, grandes y excesivas, y también las que estaba en tren de acumular todos los días por la liberalidad de Ciro su buen amo, y por la guerra: a condición de que tomara a su cargo mantenerlo y alimentarlo honrosamente, como su huésped y su amigo. Vivieron así desde entonces muy felizmente: e igualmente contentos del cambio de su condición. He aquí un truco que yo imitaría con mucho ánimo. Y alabo grandemente la fortuna de un viejo prelado que veo haberse despojado tan puramente de su bolsa, y de sus ingresos, y de sus gastos, ora a un criado escogido, ora a otro, que ha pasado un largo espacio de años tan ignorante de esta clase de asuntos de su casa como un extranjero.

La confianza en la bondad de otro es un testimonio no ligero de la bondad propia; por eso Dios la favorece voluntariamente. Y en lo que a él respecta, no veo ningún orden de casa más dignamente ni más constantemente conducido que el suyo. Feliz quien ha regulado a tan justa medida su necesidad, que sus riquezas puedan bastarle sin su cuidado y estorbo: y sin que su dispensación o acumulación interrumpa otras ocupaciones que sigue, más convenientes, más tranquilas, y según su corazón. La holgura pues y la indigencia dependen de la opinión de cada uno, y no más la riqueza que la gloria, que la salud, tienen tanta belleza y placer como les presta aquel que las posee. Cada uno está bien o mal, según se encuentra. No de quien se lo cree, sino quien lo cree de sí, está contento: y en ello solo la creencia se da esencia y verdad. La fortuna no nos hace ni bien ni mal: nos ofrece solamente la materia y la semilla: la cual nuestra alma, más poderosa que ella, vuelve y aplica como le place: única causa y dueña de su condición dichosa o desdichada. Las adquisiciones externas toman sabor y color de la constitución interna: como las vestimentas nos calientan no de su calor, sino del nuestro, que ellas son apropiadas para abrigar y nutrir: quien abrigara con ellas un cuerpo frío, sacaría de ellas el mismo servicio para la frialdad: así se conserva la nieve y el hielo.

Ciertamente del mismo modo que para un holgazán el estudio sirve de tormento, para un borracho la abstinencia del vino, la frugalidad es suplicio para el lujurioso, y el ejercicio tormento para un hombre delicado y ocioso: así es con el resto. Las cosas no son tan dolorosas ni difíciles en sí mismas: sino nuestra debilidad y cobardía las hace tales. Para juzgar de las cosas grandes y elevadas, hace falta un alma del mismo tipo, de otro modo les atribuimos el vicio que es el nuestro. Un remo derecho parece curvo en el agua. No importa solamente que se vea la cosa, sino cómo se la ve.

Vamos pues, ¿por qué de tantos discursos que persuaden diversamente a los hombres de despreciar la muerte y de soportar el dolor, no encontramos alguno que sirva para nosotros? Y de tantas especies de imaginaciones que lo han persuadido a otros, ¿por qué cada uno no se aplica una, la más según su humor? Si no puede digerir la droga fuerte y abrasiva para desarraigar el mal, al menos que tome la lenitiva para aliviarlo. La opinión es algo afeminado y ligero: y no más en el dolor que en el placer: cuando nos licuamos y nos derretimos de blandura, no podemos soportar el aguijón de una abeja sin gritar… Todo está en que te domines a ti mismo. Por lo demás, no se escapa a la filosofía, por hacer valer más allá de la medida la aspereza de los dolores y la debilidad humana. Pues se la obliga a replegarse en estas invencibles réplicas: Si es malo vivir en necesidad, al menos de vivir en necesidad, no hay ninguna necesidad. Nadie está mal largo tiempo sino por su culpa. Quien no tiene el corazón de sufrir ni la muerte ni la vida; quien no quiere ni resistir ni huir, ¿qué se le haría?

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