Clasicalia
InicioEnsayos, libro ICapítulo 35
36 / 58

Capítulo 35Del uso de vestirse

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 6 min de lectura

Adondequiera que quiera dirigirme, he de forzar alguna barrera de la costumbre, tan celosamente ha cerrado todas nuestras entradas. Me preguntaba en esta estación fría si la forma de andar completamente desnudos de esas naciones recientemente descubiertas es una forma forzada por la cálida temperatura del aire, como decimos de los indios y de los moros, o si es la original de los hombres. Las personas de entendimiento, dado que todo lo que está bajo el cielo, como dice la santa Palabra, está sujeto a las mismas leyes, acostumbran en consideraciones parecidas a estas, donde hay que distinguir las leyes naturales de las inventadas, recurrir a la ordenación general del mundo, donde no puede haber nada de falso. Pues bien, estando todo lo demás exactamente provisto en otra parte de pelo y púas para mantener su ser, es increíble que nosotros seamos los únicos producidos en estado defectuoso e indigente, y en estado que no pueda mantenerse sin ayuda externa. Así pues, considero que como las plantas, árboles, animales y todo lo que vive se encuentra naturalmente equipado de suficiente cobertura para defenderse de la injuria del tiempo,

Por eso casi todas las cosas están cubiertas de cuero, de cerdas, de conchas, de callo o de corteza,

también lo estábamos nosotros: pero como quienes apagan con luz artificial la del día, nosotros hemos apagado nuestros propios medios con medios prestados. Y es fácil ver que es la costumbre la que nos hace imposible lo que no lo es. Pues de esas naciones que no tienen ningún conocimiento de vestidos, las hay asentadas aproximadamente bajo el mismo cielo que el nuestro, y bajo cielo mucho más rudo que el nuestro. Y además la parte más delicada de nosotros es la que se mantiene siempre descubierta: los ojos, la boca, la nariz, las orejas; en nuestros campesinos, como en nuestros abuelos, la parte pectoral y el vientre. Si hubiésemos nacido con la condición de necesitar calzones y greguescos, no cabe duda de que la naturaleza habría armado con una piel más espesa lo que hubiera abandonado a los golpes de las estaciones, como ha hecho con la yema de los dedos y la planta de los pies. ¿Por qué parece difícil de creer? Entre mi forma de ir vestido y la del campesino de mi región encuentro mucha más distancia que la que hay entre su forma y la de un hombre que no va vestido sino con su piel. ¡Cuántos hombres, y sobre todo en Turquía, van desnudos por devoción! No sé quién preguntaba a uno de nuestros mendigos, al que veía en camisa en pleno invierno, tan vivaz como aquel que se mantiene arrebujado en martas hasta las orejas, cómo podía tener paciencia: «Y vos, señor —respondió—, tenéis bien la cara descubierta: pues yo soy todo cara».

Los italianos cuentan del bufón del duque de Florencia, según creo, que su amo le preguntaba cómo, tan mal vestido, podía soportar el frío, del que él mismo estaba bien afligido: «Seguid —dijo— mi receta de cargar sobre vos todos vuestros ropajes, como yo hago con los míos, y no sufriréis más que yo». El rey Masinisa hasta la extrema vejez no pudo ser inducido a ir con la cabeza cubierta por frío, tormenta y lluvia que hiciera, lo que se dice también del emperador Severo. En las batallas dadas entre los egipcios y los persas, Heródoto dice haber sido advertido tanto por otros como por él que de los que quedaban allí muertos el cráneo era sin comparación más duro en los egipcios que en los persas: porque estos últimos llevan siempre sus cabezas cubiertas de gorros y luego de turbantes; los primeros rapadas desde la infancia y descubiertas. Y el rey Agesilao observó hasta su decrepitud llevar igual vestidura en invierno que en verano. César, dice Suetonio, marchaba siempre delante de su tropa, y casi siempre a pie, con la cabeza descubierta, tanto si hacía sol como si llovía, y lo mismo se dice de Aníbal,

con la cabeza desnuda recibiendo las lluvias desatadas y la ruina del cielo.

Un veneciano que ha permanecido allí largo tiempo y que acaba de volver escribe que en el reino de Pegu, vestidas las demás partes del cuerpo, hombres y mujeres van siempre con los pies desnudos, incluso a caballo. Y Platón aconseja maravillosamente para la salud de todo el cuerpo no dar a los pies y a la cabeza otra cobertura que la que la naturaleza ha puesto en ellos. Aquel que los polacos han elegido como su rey, tras el nuestro, que es en verdad uno de los más grandes príncipes de nuestro siglo, no lleva jamás guantes, ni cambia por invierno y tiempo que haga el mismo gorro que lleva en cubierto. Como yo no puedo soportar ir desabrochado y desatado, los labradores de mi vecindad se sentirían trabados por estarlo. Varrón sostiene que cuando se ordenó que llevásemos la cabeza descubierta en presencia de los dioses o del magistrado, se hizo más por nuestra salud, y para endurecernos contra las injurias del tiempo, que por razón de reverencia. Y ya que estamos sobre el frío, y los franceses acostumbrados a abigarrarnos (no yo, pues apenas me visto sino de negro o de blanco, a imitación de mi padre), añadamos otra pieza, que el capitán Martín du Bellay relata en el viaje de Luxemburgo haber visto heladas tan ásperas que el vino de la munición se cortaba a golpes de hacha y de azuela, se despachaba a los soldados por peso, y que se lo llevaban en cestas: y Ovidio,

y desnudos se quedan, guardando la forma de la vasija, los vinos; y no trago de vino puro beben, sino trozos dados.

Las heladas son tan ásperas en la desembocadura de las Palus Meótides que en el mismo lugar donde el teniente de Mitrídates había librado batalla contra los enemigos a pie enjuto y los había derrotado, venido el verano, ganó contra ellos todavía una batalla naval. Los romanos sufrieron gran desventaja en el combate que tuvieron contra los cartagineses cerca de Plasencia por haber ido a la carga con la sangre congelada y los miembros contraídos de frío: mientras que Aníbal había hecho esparcir fuego por todo su ejército para caldear a sus soldados, y distribuir aceite por las compañías a fin de que ungiéndose volviesen sus nervios más flexibles y desencogidos, y encallasen los poros contra los golpes del aire y del viento helado que corría entonces. La retirada de los griegos de Babilonia a sus países es famosa por las dificultades y penalidades que tuvieron que superar. Esta fue una: acogidos en las montañas de Armenia por un horrible estrago de nieves, perdieron el conocimiento del país y de los caminos, y estando de ello sitiados del todo, pasaron un día y una noche sin beber y sin comer, la mayor parte de sus bestias muertas: entre ellos varios muertos, varios ciegos por el golpe del granizo y el resplandor de la nieve: varios lisiados por las extremidades: varios rígidos, yertos e inmóviles de frío, teniendo todavía el sentido entero. Alejandro vio una nación en la que se entierran los árboles frutales en invierno para defenderlos de la helada: y nosotros podemos verlo también.

Sobre el asunto de vestirse, el rey de México cambiaba cuatro veces al día de ropajes, jamás los repetía, empleando su ropa usada en sus continuos donativos y recompensas: como también ni olla, ni plato, ni utensilio de su cocina y de su mesa le eran servidos dos veces.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/ensayos-montaigne-i/texto/capitulo-35-del-uso-de-vestirse/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Ensayos, libro I» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo o capítulo.