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Capítulo 13Ceremonial del encuentro entre reyes

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 3 min de lectura

No hay tema tan trivial que no merezca un lugar en esta rapsodia. Según nuestras reglas comunes, sería una notable descortesía con un igual, y más aún con un grande, no estar en tu casa cuando te ha avisado de que va a venir: es más, añadía la reina de Navarra Margarita a este propósito que era incivilidad por parte de un gentilhombre salir de su casa, como se hace muy a menudo, para ir al encuentro del que viene a verle, por muy grande que sea; y que es más respetuoso y cortés esperarlo para recibirlo, aunque sólo sea por miedo a que yerren el camino; y que basta con acompañarlo a su partida. Yo olvido a menudo uno y otro de estos vanos oficios, igual que suprimo en mi casa cuanta ceremonia puedo. ¿Alguien se ofende? ¿Qué voy a hacer? Es mejor que lo ofenda una vez a que me ofenda yo todos los días: sería una sujeción continua. ¿De qué sirve huir de la servidumbre de las cortes si se la arrastra hasta la propia guarida? También es regla común en todas las reuniones que corresponde a los más humildes llegar los primeros a la cita, puesto que es más debido que los más importantes se hagan esperar. Sin embargo, en el encuentro que se organizó entre el papa Clemente y el rey Francisco en Marsella, el rey, tras haber dispuesto los preparativos necesarios, se alejó de la ciudad y dio tiempo al papa de dos o tres días para su entrada y descanso antes de ir a verlo.

Y lo mismo en el encuentro del papa y el emperador en Bolonia: el emperador dio oportunidad al papa de llegar allí primero y vino después que él. Es, dicen, una ceremonia ordinaria en las entrevistas de tales príncipes que el más grande esté antes que los demás en el lugar asignado, incluso antes que aquel en cuya casa se celebra la reunión; y lo interpretan desde este ángulo: que esta apariencia demuestra que es el más grande a quien los menores van a ver y buscan, y no al revés. No sólo cada país, sino cada ciudad y cada oficio tiene su cortesía particular. Fui educado con bastante esmero en ella durante mi infancia, y he vivido en bastante buena compañía para no ignorar las leyes de la nuestra francesa; y podría dar lecciones sobre ellas. Me gusta seguirlas, pero no tan cobardemente que mi vida quede constreñida por ello. Tienen algunas formas penosas que, con tal de que se olviden por discreción y no por error, no te hacen perder gracia. He visto a menudo hombres inciviles por exceso de civilidad, e inoportunos de cortesía. Es, por lo demás, una ciencia muy útil la ciencia del trato. Es, como la gracia y la belleza, conciliadora de los primeros acercamientos de la sociedad y la familiaridad; y por consiguiente nos abre la puerta para instruirnos con los ejemplos ajenos, y para desarrollar y ofrecer nuestro propio ejemplo, si tiene algo de instructivo y comunicable.

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