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Capítulo 54De las vanas sutilezas

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 6 min de lectura

Existen sutilezas frívolas y vanas mediante las cuales los hombres buscan a veces cierta reputación: como los poetas que componen obras enteras con versos que empiezan todos con la misma letra; vemos huevos, bolas, alas, hachas confeccionadas antiguamente por los griegos con la medida de sus versos, alargándolos o acortándolos de manera que lleguen a representar tal o cual figura. Tal era la ciencia de aquel que se entretuvo en contar de cuántas maneras se podían ordenar las letras del alfabeto, y halló ese número increíble que aparece en Plutarco. Me parece acertada la opinión de aquel a quien le presentaron un hombre adiestrado en lanzar con la mano un grano de mijo, con tal destreza que sin fallar lo hacía pasar siempre por el ojo de una aguja, y le pidieron después algún presente como recompensa de tan rara habilidad: ante lo cual ordenó muy graciosamente y con justicia a mi parecer que se dieran a ese artífice dos o tres fanegas de mijo, a fin de que tan bello arte no quedara sin ejercicio. Es un testimonio asombroso de la debilidad de nuestro juicio que recomiende las cosas por su rareza o novedad, o incluso por su dificultad, si no se les unen la bondad y la utilidad. Acabamos de entretenernos ahora en mi casa a ver quién podría encontrar más cosas que se mantuvieran en los dos extremos, como, Señor, que es un título que se da a la persona más elevada de nuestro Estado, que es el Rey, y se da también al vulgo, como a los comerciantes, y no toca a los que están en medio.

A las mujeres de calidad se las llama Damas, a las medianas Damoiselas, y Damas también a las de la más baja condición. Los doseles que se extienden sobre las mesas solo se permiten en las casas de los Príncipes y en las tabernas. Demócrito decía que los dioses y las bestias tenían los sentidos más agudos que los hombres, que están en el término medio. Los romanos llevaban el mismo atuendo los días de luto y los días de fiesta. Es cierto que el miedo extremo y el extremo ardor de valor trastornan igualmente el vientre y lo aflojan. El apodo de Temblón, con el que fue llamado el duodécimo rey de Navarra Sancho, enseña que la audacia así como el miedo engendran temblor en los miembros. Quienes armaban a él o a algún otro de naturaleza parecida, a quien la piel le temblaba, intentaron tranquilizarlo, minimizando el peligro al que iba a exponerse: «Me conocéis mal», les dijo; «si mi carne supiera hasta dónde mi valor la llevará ahora, se quedaría completamente helada». La debilidad que nos viene de frialdad y de disgusto en los ejercicios de Venus, nos viene también de un apetito demasiado vehemente y de un calor desreglado. El frío extremo y el calor extremo cuecen y asan. Aristóteles dice que las cuencas de plomo se funden y corren por el frío y por el rigor del invierno, como por un calor vehemente.

El deseo y la saciedad llenan de dolor los lugares por encima y por debajo de la voluptuosidad. La necedad y la sabiduría se encuentran en el mismo punto de sentimiento y de resolución ante el sufrimiento de los accidentes humanos: los sabios dominan y gobiernan el mal, y los otros lo ignoran: estos están, por así decirlo, más acá de los accidentes, los otros más allá: los cuales después de haber sopesado y considerado bien sus cualidades, de haberlos medido y juzgado tales como son, se lanzan por encima de ellos mediante la fuerza de un vigoroso valor. Los desdeñan y los pisotean, teniendo un alma fuerte y sólida, contra la cual los golpes de la fortuna al venir a dar, es forzoso que reboten y se emboten, encontrando un cuerpo en el cual no pueden hacer impresión: la condición ordinaria y media de los hombres se aloja entre estos dos extremos: que es la de aquellos que perciben los males, los sienten y no los pueden soportar. La infancia y la decrepitud se encuentran en imbecilidad de cerebro. La avaricia y la prodigalidad en igual deseo de atraer y de adquirir. Se puede decir con apariencia de razón que hay una ignorancia abecedaria, que va delante de la ciencia: otra doctoral, que viene después de la ciencia: ignorancia que la ciencia hace y engendra, del mismo modo que deshace y destruye la primera.

De los espíritus simples, menos curiosos y menos instruidos, se hacen buenos cristianos, quienes por reverencia y obediencia creen simplemente y se mantienen bajo las leyes. En el vigor medio de los espíritus y capacidad media se engendra el error de las opiniones: siguen la apariencia del primer sentido; y tienen cierto título para interpretar como necedad y estupidez que nosotros nos quedemos en el antiguo camino, mirándonos a nosotros, que no estamos instruidos por el estudio. Los grandes espíritus más sosegados y clarividentes forman otro género de buenos creyentes: los cuales por larga y religiosa investigación penetran una luz más profunda y abstrusa en las escrituras, y perciben el misterioso y divino secreto de nuestra organización eclesiástica. Por eso vemos a algunos haber llegado a esta última etapa por la segunda, con maravilloso fruto y confirmación: como al límite extremo de la inteligencia cristiana: y gozar de su victoria con consolación, acción de gracias, reforma de costumbres y gran modestia. Y en este rango no pretendo colocar a esos otros que para purgarse de la sospecha de su error pasado, y para tranquilizarnos acerca de ellos, se vuelven extremos, indiscretos e injustos en la conducción de nuestra causa, y la manchan con infinitos reproches de violencia. Los campesinos simples son gente honesta; y gente honesta los Filósofos: o, según los nombra nuestro tiempo, naturalezas fuertes y claras, enriquecidas con una amplia instrucción de ciencias útiles.

Los mestizos, que han desdeñado el primer asiento de la ignorancia de las letras y no han podido alcanzar el otro, el culo entre dos sillas (de los cuales yo soy, y tantos otros), son peligrosos, ineptos, importunos: estos perturban el mundo. Por eso de mi parte me replegué cuanto pude en el primer asiento natural y originario, del cual me esforcé en vano por partir. La poesía popular y puramente natural tiene ingenuidades y gracias por las cuales se compara con la principal belleza de la poesía perfecta según el arte: como se ve en las villanescas de Gascuña y en las canciones que nos traen de las naciones que no tienen conocimiento de ciencia alguna, ni siquiera de escritura. La poesía mediocre, que se detiene entre las dos, es desdeñada, sin honor y sin valor. Pero dado que después de que se ha abierto el paso al espíritu, he encontrado, como sucede ordinariamente, que habíamos tomado por un ejercicio difícil y de un tema raro lo que no lo es en absoluto, y que después de que nuestra invención se ha calentado, descubre un número infinito de ejemplos parecidos, solo añadiré este: que si estos Ensayos fueran dignos de que se los juzgara, podría ocurrir a mi parecer que no agradaran mucho a los espíritus comunes y vulga res, ni mucho a los singulares y excelentes: aquellos no entenderían bastante, estos entenderían demasiado; podrían sobrevivir en la región media.

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