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Capítulo 44Sobre el dormir

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

La razón nos ordena ir siempre por el mismo camino, pero no siempre al mismo paso. Y aunque el sabio no deba permitir que las pasiones humanas le desvíen de la senda recta, bien puede, sin perjuicio de su deber, concederles también que aceleren o retrasen su paso, y no quedarse plantado como un coloso inmóvil e impasible. Aunque la virtud misma se encarnara, creo que el pulso le latiría más fuerte yendo al asalto que yendo a cenar: es más, resulta necesario que se acalore y se conmueva. Por eso he considerado algo raro ver a veces a los grandes personajes, en las más altas empresas y asuntos importantes, mantenerse tan enteros en su compostura que ni siquiera acorten su sueño. Alejandro Magno, el día señalado para aquella furiosa batalla contra Darío, durmió tan profundamente y hasta tan avanzada la mañana, que Parmenión se vio obligado a entrar en su habitación y, acercándose a su lecho, llamarlo dos o tres veces por su nombre para despertarlo, pues el momento de ir al combate urgía. El emperador Otón, habiendo resuelto quitarse la vida aquella misma noche, tras haber puesto orden en sus asuntos domésticos, repartido su dinero entre sus servidores y afilado el filo de una espada con la que quería darse muerte, sin aguardar más que a saber si cada uno de sus amigos se había retirado en seguridad, se puso a dormir tan profundamente que sus criados lo oían roncar.

La muerte de este emperador tiene muchas cosas parecidas a la del gran Catón, y especialmente esta: pues Catón, estando a punto de matarse, mientras aguardaba que le trajeran noticias de si los senadores que hacía retirar se habían alejado del puerto de Útica, se puso a dormir tan profundamente que se le oía respirar desde la habitación vecina; y aquel a quien había enviado al puerto, habiéndolo despertado para decirle que la tormenta impedía a los senadores navegar a su gusto, envió a otro más, y hundiéndose de nuevo en el lecho, volvió a dormirse hasta que este último le aseguró su partida. Todavía tenemos con qué compararlo con el hecho de Alejandro, en aquel gran y peligroso temporal que lo amenazaba por la sedición del tribuno Metelo, que quería publicar el decreto del regreso de Pompeyo a la ciudad con su ejército, en tiempos de la revuelta de Catilina: decreto al que solo Catón se oponía, y por el cual Metelo y él habían tenido gruesas palabras y grandes amenazas en el Senado; pero era al día siguiente, en la plaza, donde debían pasar a la ejecución; donde Metelo, además del favor del pueblo y de César, que entonces conspiraban en favor de Pompeyo, debía presentarse acompañado de numerosos esclavos extranjeros y esgrimidores extremos, y Catón fortalecido solo por su constancia: de modo que sus parientes, sus domésticos y muchas personas de bien estaban muy preocupados por él; y hubo quienes pasaron la noche juntos, sin querer descansar, ni beber, ni comer, por el peligro que veían preparado para él: incluso su mujer y sus hermanas no hacían más que llorar y atormentarse en su casa: pero él, al contrario, reconfortaba a todo el mundo, y después de cenar como de costumbre, se fue a acostar y durmió con sueño muy profundo hasta la mañana, cuando uno de sus compañeros en el tribunal vino a despertarlo para ir al enfrentamiento.

El conocimiento que tenemos de la grandeza de ánimo de este hombre por el resto de su vida nos puede hacer juzgar con toda seguridad que esto le venía de un alma tan elevada por encima de tales accidentes, que no se dignaba ocuparse de ellos, igual que de accidentes ordinarios. En la batalla naval que Augusto ganó contra Sexto Pompeyo en Sicilia, en el momento de ir al combate, se vio apresado por un sueño tan profundo que fue necesario que sus amigos lo despertaran para dar la señal de la batalla. Esto dio ocasión a Marco Antonio para reprocharle después que no había tenido el valor ni siquiera de mirar con ojos abiertos la formación de su ejército, y que no había osado presentarse ante los soldados hasta que Agripa vino a anunciarle la noticia de la victoria que había obtenido sobre sus enemigos. Pero en cuanto al joven Mario, que hizo aún peor (pues el día de su última jornada contra Sila, tras haber ordenado su ejército y dado la contraseña y señal de la batalla, se acostó bajo un árbol a la sombra para descansar, y se durmió tan profundamente que apenas pudo despertarse con la desbandada y huida de sus hombres, sin haber visto nada del combate), dicen que fue por estar tan extremadamente agobiado de trabajo y de falta de sueño, que la naturaleza no podía más.

Y a este propósito, los médicos considerarán si el dormir es tan necesario que nuestra vida dependa de él; pues encontramos que se hizo morir al rey Perseo de Macedonia, prisionero en Roma, impidiéndole el sueño, pero Plinio cita a quienes vivieron largo tiempo sin dormir. En Heródoto hay naciones en las cuales los hombres duermen y velan por semestres. Y quienes escriben la vida del sabio Epiménides dicen que durmió cincuenta y siete años seguidos.

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