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Capítulo 23Distintos desenlaces de un mismo consejo

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 19 min de lectura

Jacques Amiot, gran limosnero de Francia, me relató un día esta historia en honor de un príncipe de los nuestros (y nuestro era de verdad, aunque su origen fuese extranjero): durante nuestros primeros disturbios, en el sitio de Ruan, este príncipe había sido advertido por la reina madre del rey de un atentado que se preparaba contra su vida, e informado particularmente por sus cartas de quién debía llevarlo a cabo, que era un gentilhombre de Anjou o de Maine que frecuentaba entonces habitualmente, con ese propósito, la casa de este príncipe. Él no comunicó a nadie esta advertencia, pero al día siguiente, paseándose por el monte Santa Catalina, desde donde se hacía nuestro bombardeo a Ruan (pues era en el tiempo en que la teníamos sitiada), teniendo a su lado al dicho señor gran limosnero y a otro obispo, divisó a este gentilhombre que le habían señalado, y lo mandó llamar. Cuando estuvo en su presencia, le dijo así, viéndolo ya palidecer y temblar por las alarmas de su conciencia: «Señor de tal lugar, bien os imagináis lo que quiero de vos, y vuestro rostro lo muestra. No tenéis nada que ocultarme, pues estoy informado de vuestro asunto hasta tal punto que solo empeoraríais vuestra situación intentando encubrirlo. Bien sabéis tal cosa y tal otra (que eran los pormenores y detalles de las piezas más secretas de esta trama); no dejéis, bajo pena de vuestra vida, de confesarme la verdad de todo este designio».

Cuando este pobre hombre se halló descubierto y convicto, pues todo había sido revelado a la reina por uno de los cómplices, no tuvo más que juntar las manos y pedir la gracia y misericordia de este príncipe, a cuyos pies quiso arrojarse, pero él se lo impidió, prosiguiendo así su discurso: «Venid acá, ¿os he hecho yo alguna vez algún agravio? ¿He ofendido a alguno de los vuestros por odio particular? No hace tres semanas que os conozco, ¿qué razón ha podido moveros a intentar matarme?». El gentilhombre respondió a eso con voz temblorosa que no era ninguna ocasión particular que tuviera, sino el interés de la causa general de su partido, y que algunos le habían persuadido de que sería una ejecución llena de piedad extirpar de cualquier manera que fuese a un enemigo tan poderoso de su religión. «Ahora bien —prosiguió este príncipe—, quiero mostraros cuán dulce es la religión que profeso en comparación con aquella de la que hacéis profesión. La vuestra os ha aconsejado matarme sin oírme, no habiendo recibido de mí ninguna ofensa; y la mía me ordena que os perdone, aun estando convicto de haberme querido matar sin razón. Marchaos, retiraos, que no os vea más aquí, y si sois sensato, tomad de ahora en adelante en vuestras empresas consejeros más hombres de bien que esos».

El emperador Augusto, estando en la Galia, recibió cierta advertencia de una conjuración que tramaba contra él Lucio Cina. Deliberó vengarse y mandó llamar para ese efecto al día siguiente al consejo de sus amigos; pero la noche de entremedio la pasó con gran inquietud, considerando que tenía que hacer morir a un joven hombre de buena casa y sobrino del gran Pompeyo, y producía lamentándose varios y diversos discursos. «¿Cómo? —decía—, ¿se dirá que permaneceré en temor y en alarma, y que dejaré a mi asesino pasearse mientras tanto a sus anchas? ¿Se irá sin castigo, habiendo atacado mi cabeza, que he salvado de tantas guerras civiles, de tantas batallas, por mar y por tierra? Y después de haber establecido la paz universal del mundo, ¿será absuelto, habiendo deliberado no solo asesinarme, sino sacrificarme?». Pues la conjuración se había hecho para matarlo cuando él realizara algún sacrificio. Después de esto, habiéndose quedado callado algún espacio de tiempo, recomenzaba con voz más fuerte y se enfrentaba a sí mismo: «¿Por qué vives, si importa a tanta gente que mueras? ¿No habrá fin a tus venganzas y a tus crueldades? ¿Vale tu vida que tanto daño se haga para conservarla?». Livia, su mujer, sintiéndolo en estas angustias, le dijo: «¿Y los consejos de las mujeres serán aquí recibidos? Haz lo que hacen los médicos cuando las recetas acostumbradas no pueden servir: prueban las contrarias.

Por severidad no has logrado nada hasta esta hora: a Lépido siguió Savidiano, a Lépido Murena, a Murena Cepión, a Cepión Egnacio. Comienza a experimentar cómo te irá la dulzura y la clemencia. Cina está convicto, perdónalo; de dañarte en adelante no podrá, y beneficiará a tu gloria». Augusto estuvo muy contento de haber hallado un abogado de su humor, y habiendo agradecido a su mujer y contradicho a sus amigos que había citado al consejo, ordenó que le hicieran venir a Cina completamente solo. Y habiendo hecho salir a todo el mundo de su cámara y mandado dar un asiento a Cina, le habló de esta manera: «En primer lugar te pido, Cina, audiencia pacífica: no interrumpas mi discurso, te daré tiempo y ocasión de responder a él. Sabes, Cina, que habiéndote tomado en el campo de mis enemigos, no solo habiéndote hecho mi enemigo, sino habiendo nacido tal, te salvé; puse en tus manos todos tus bienes, y te he hecho al fin tan acomodado y tan holgado que los vencedores envidian la condición del vencido. El oficio del sacerdocio que me pediste te lo otorgué, habiéndoselo rehusado a otros cuyos padres habían combatido siempre conmigo. Habiéndote obligado tanto, has intentado matarme». A lo cual, habiendo Cina exclamado que estaba muy lejos de tan malvado pensamiento: «No me cumples, Cina, lo que me habías prometido —prosiguió Augusto—; me habías asegurado que no sería interrumpido.

Sí, has intentado matarme en tal lugar, tal día, en tal compañía y de tal modo». Y viéndolo turbado por estas noticias y en silencio, ya no para guardar el pacto de callar, sino por el peso de su conciencia, añadió: «¿Por qué lo haces? ¿Es para ser emperador? Verdaderamente va muy mal la cosa pública si no hay más que yo que te impida llegar al imperio. No puedes siquiera defender tu casa y perdiste hace poco un proceso por el favor de un simple liberto. ¡Cómo! ¿No tienes medio ni poder en otra cosa que en atentar contra César? Yo renuncio, si no hay más que yo que impida tus esperanzas. ¿Piensas que Paulo, que Fabio, que los Coseanos y Servilios te tolerarán, y una tropa tan grande de nobles, no solo nobles de nombre, sino que por su virtud honran su nobleza?». Después de muchas otras palabras, pues le habló más de dos horas enteras: «Ahora vete —le dijo—, te doy, Cina, la vida de traidor y de parricida que te di en otro tiempo de enemigo. Que la amistad comience desde este día entre nosotros: veamos cuál de nosotros dos de mejor fe, si yo te he dado tu vida o tú la has recibido». Y se separó de él de esta manera. Algún tiempo después le dio el consulado, quejándose de que no se lo hubiera osado pedir.

Lo tuvo desde entonces por muy amigo, y fue el único hecho por él heredero de sus bienes. Ahora bien, desde este suceso, que aconteció a Augusto en el cuadragésimo año de su edad, no hubo jamás conjuración ni empresa contra él, y recibió una justa recompensa de esta su clemencia. Pero no sucedió lo mismo con el nuestro, pues su dulzura no supo garantizarle que no cayera después en los lazos de parecida traición. ¡Tan vana y frívola es la prudencia humana! Y a través de todos nuestros proyectos, de nuestros consejos y precauciones, la fortuna mantiene siempre la posesión de los acontecimientos.

Llamamos afortunados a los médicos cuando consiguen algún buen resultado: como si solo su arte no pudiera mantenerse por sí misma, y tuviera fundamentos demasiado frágiles para apoyarse en su propia fuerza; y como si solo ella necesitara que la fortuna echara una mano a sus operaciones. Yo creo de ella lo peor o lo mejor que se quiera: pues, gracias a Dios, no tenemos ningún trato. Soy todo lo contrario de los demás: pues la desprecio siempre, pero cuando estoy enfermo, en lugar de entrar en componendas, empiezo además a odiarla y a temerla; y respondo a quienes me apremian para que tome medicinas que esperen al menos a que haya recuperado mis fuerzas y mi salud, para tener más medios de soportar el esfuerzo y el riesgo de su brebaje. Dejo actuar a la naturaleza, y presupongo que se ha provisto de dientes y garras para defenderse de los ataques que le vienen, y para mantener esa estructura cuya disolución evita. Temo que, en lugar de ir a socorrerla, cuando está en lucha tan estrecha y tan trabada con la enfermedad, se socorra a su adversario en lugar de a ella, y se la recargue con nuevos problemas. Ahora bien, digo que no solo en la medicina, sino en muchas artes más ciertas, la fortuna tiene buena parte.

Los arrebatos poéticos, que se llevan consigo a su autor y lo arrebatan fuera de sí, ¿por qué no los atribuiremos a su buena suerte, puesto que él mismo confiesa que superan su capacidad y sus fuerzas, y reconoce que vienen de otra parte que de sí, y no las tiene en absoluto en su poder? Lo mismo que los oradores no dicen tener en la suya esos movimientos y agitaciones extraordinarias que los empujan más allá de su propósito. Ocurre lo mismo en la pintura, que a veces se escapan de la mano del pintor trazos que superan su concepción y su ciencia, que lo dejan a él mismo admirado y lo asombran. Pero la fortuna muestra aún más evidentemente la parte que tiene en todas estas obras, por las gracias y bellezas que se encuentran en ellas, no solo sin la intención, sino sin el conocimiento mismo del artífice. Un lector competente descubre a menudo en los escritos ajenos perfecciones distintas de aquellas que el autor puso en ellos y percibió, y les presta sentidos y aspectos más ricos. En cuanto a las empresas militares, todos ven cómo la fortuna tiene en ellas buena parte. En nuestros propios consejos y en nuestras deliberaciones, es cierto que debe haber suerte y felicidad mezcladas: pues todo lo que nuestra sabiduría puede, no es gran cosa.

Cuanto más aguda y viva es, más encuentra en sí misma debilidad, y desconfía tanto más de sí misma. Soy de la opinión de Sila: y cuando examino de cerca las más gloriosas hazañas de la guerra, veo, me parece, que quienes las dirigen no emplean la deliberación y el consejo sino por descargo de conciencia; y que la mejor parte de la empresa la abandonan a la fortuna; y apoyándose en la confianza que tienen en su ayuda, traspasan en todo momento los límites de todo razonamiento. Sobrevienen alegrías fortuitas y furores extraños en medio de sus deliberaciones, que los empujan la mayoría de las veces a tomar el partido menos fundado en apariencia, y que engrandecen su coraje por encima de la razón. De donde ha venido que varios grandes capitanes antiguos, para dar crédito a estos consejos temerarios, alegaran a sus hombres que habían sido invitados a ellos por alguna inspiración, por algún signo y pronóstico. He ahí por qué en esta incertidumbre y perplejidad que nos aporta la impotencia de ver y escoger lo que es más conveniente, a causa de las dificultades que los diversos accidentes y circunstancias de cada cosa conllevan: lo más seguro, cuando ninguna otra consideración nos invitara a ello, es a mi juicio decantarse por el partido donde hay más honestidad y justicia; y puesto que se duda del camino más corto, seguir siempre el recto.

Como en estos dos ejemplos que acabo de proponer, no hay ninguna duda de que fue más hermoso y más generoso por parte de quien había recibido la ofensa perdonarla, que si hubiera hecho otra cosa. Si le sobrevino desgracia al primero, no hay que achacarlo a su buena intención: y no se sabe si, de haber tomado el partido contrario, habría escapado al fin al que su destino lo llamaba; y habría perdido la gloria de tal humanidad. Se ve en las historias a muchas personas en este temor; de donde la mayor parte ha seguido el camino de salir al encuentro de las conjuraciones que se hacían contra ellos, mediante venganza y suplicios: pero veo muy pocos a quienes este remedio haya servido; testigos tantos emperadores romanos. Quien se encuentra en ese peligro no debe esperar mucho ni de su fuerza ni de su vigilancia. Pues qué difícil es protegerse de un enemigo que está cubierto con el rostro del más servicial amigo que tenemos, y conocer las voluntades y pensamientos interiores de quienes nos asisten. De nada le sirve emplear naciones extranjeras para su guardia, y estar siempre ceñido por una barrera de hombres armados: Quien tenga su vida en desprecio se hará siempre dueño de la ajena. Y además esta continua sospecha, que pone al príncipe en duda de todo el mundo, debe servirle de un maravilloso tormento.

Por ello Dión, habiendo sido advertido de que Calipo espiaba los medios de hacerlo morir, nunca tuvo el corazón de informarse, diciendo que prefería morir antes que vivir en esa miseria de tener que guardarse no solo de sus enemigos, sino también de sus amigos. Lo que Alejandro representó mucho más vívidamente en los hechos, y más resueltamente, cuando habiendo recibido noticia por una carta de Parmenión de que Filipo su más querido médico había sido corrompido por el dinero de Darío para envenenarlo, al mismo tiempo que daba a leer su carta a Filipo, se bebió el brebaje que este le había presentado. ¿No fue acaso expresar esta resolución: que si sus amigos querían matarlo, él consentía en que pudieran hacerlo? Este príncipe es el soberano modelo de los actos arriesgados: pero no sé si hay rasgo en su vida que tenga más firmeza que este, ni una belleza ilustre por tantos aspectos. Quienes predican a los príncipes la desconfianza tan atenta, so pretexto de predicarles su seguridad, les predican su ruina y su vergüenza. Nada noble se hace sin riesgo. Conozco a uno de coraje muy marcial por su naturaleza y emprendedor, a quien todos los días se le corrompe la buena fortuna con tales persuasiones: Que se encierre entre los suyos, que no atienda a ninguna reconciliación con sus antiguos enemigos, se mantenga aparte, y no se confíe en manos más fuertes, cualquier promesa que se le haga, cualquier utilidad que vea en ello. Conozco a otro que ha avanzado inesperadamente su fortuna por haber tomado consejo totalmente contrario.

La audacia con la que buscan tan ávidamente la gloria se representa, cuando es necesario, tan magníficamente en jubón como con armas: en un gabinete como en un campo: con el brazo caído que con el brazo levantado. La prudencia tan tierna y circunspecta es enemiga mortal de las altas ejecuciones. Escipión supo, para ganarse la voluntad de Sífax, dejar su ejército y abandonar España, todavía dudosa bajo su nueva conquista, pasar a África en dos simples navíos, para confiarse en tierra enemiga, al poder de un rey bárbaro, a una fe desconocida, sin obligación, sin rehén, bajo la sola seguridad de la grandeza de su propio coraje, de su buena suerte y de la promesa de sus altas esperanzas. La confianza habitualmente obliga a la fe misma. A una vida ambiciosa y famosa, hay que por el contrario prestar poco y llevar la brida corta a las sospechas. El miedo y la desconfianza atraen la ofensa y la invitan. El más desconfiado de nuestros reyes estableció sus asuntos principalmente por haber voluntariamente abandonado y confiado su vida y su libertad en manos de sus enemigos: mostrando tener entera confianza en ellos, para que ellos la tomaran de él. A sus legiones amotinadas y armadas contra él, César no oponía sino la autoridad de su rostro y la fiereza de sus palabras; y confiaba tanto en sí y en su fortuna que no temía abandonarse y confiarse a un ejército sedicioso y rebelde;

Se mantuvo de pie sobre un montículo de césped, intrépido de rostro, y mereció ser temido sin temer nada.

Pero es bien cierto que esta firme seguridad no puede mostrarse entera y natural sino por aquellos a quienes la idea de la muerte, y de lo peor que pueda ocurrir después de todo, no causa ningún espanto; pues presentarla temblorosa aún, dudosa e incierta, para el propósito de una reconciliación importante, es no hacer nada que valga. Es un excelente medio para ganar el corazón y la voluntad de otro ir a someterse y fiarse de él, con tal de que sea libremente, sin coacción de ninguna necesidad, y que sea con la condición de que se lleve una confianza pura y limpia; el semblante al menos despejado de todo escrúpulo. Vi en mi infancia a un caballero que comandaba una gran ciudad acosado por el alboroto de un pueblo furioso. Para apagar este comienzo de revuelta, tomó la decisión de salir de un lugar muy seguro donde estaba, y entregarse a esa turba amotinada: de donde le fue mal, y allí fue miserablemente asesinado. Pero no me parece que su falta fuera tanto haber salido, como ordinariamente se reprocha a su memoria, como haber tomado un camino de sumisión y blandura: y haber querido adormecer esa rabia, más bien siguiéndola que guiándola, y rogando más bien que amonestando: y estimo que una graciosa severidad, con un mando militar, lleno de seguridad y de confianza, acorde con su rango y con la dignidad de su cargo, le hubiera salido mejor, al menos con más honor y decencia.

Nada hay menos esperable de ese monstruo así agitado, que la humanidad y la dulzura, recibirá mucho mejor la reverencia y el miedo. Le reprocharía también que habiendo tomado una resolución más bien valiente a mi juicio, que temeraria, de arrojarse débil y en jubón, en medio de ese mar tempestuoso de hombres insensatos, debía tragarla entera, y no abandonar ese papel. Mientras que le ocurrió después de haber reconocido el peligro de cerca, sangrarle la nariz: y alterar aún más esa actitud sumisa y halagadora, que había emprendido, en una actitud asustada: cargando su voz y sus ojos de espanto y de penitencia: buscando ceder y esconderse, los inflamó y los atrajo sobre sí. Se deliberaba hacer un desfile general de diversas tropas en armas, (es el lugar de las venganzas secretas, y no hay donde con mayor seguridad se puedan ejercer) había apariencias públicas y notorias, de que no era muy seguro para algunos, a quienes tocaba el cargo principal y necesario de revisarlas. Se propusieron diversos consejos, como en cosa difícil, y que tenía mucho peso y consecuencias. El mío fue, que se evitara sobre todo dar cualquier testimonio de esa sospecha, y que se acudiera allí y se mezclara uno entre las filas. Con la cabeza erguida, y el rostro abierto, y que en lugar de suprimir alguna cosa, a lo que las otras opiniones apuntaban más, al contrario, se solicitara a los capitanes que advirtieran a los soldados de hacer sus salvas hermosas y alegres en honor de los asistentes, y no escatimar su pólvora.

Esto sería una gratificación hacia esas tropas sospechosas, y engendraría desde entonces en adelante una mutua y útil confianza. El camino que tomó Julio César, encuentro que es el más hermoso que se puede tomar. Primero ensayó por clemencia, hacerse amar incluso de sus enemigos, contentándose en las conjuraciones que le eran descubiertas, con declarar simplemente que estaba advertido de ellas. Hecho esto, tomó una muy noble resolución, de esperar sin miedo y sin inquietud, lo que pudiera acontecerle, abandonándose y confiándose a la guarda de los Dioses y de la fortuna. Pues ciertamente ese es el estado en que estaba cuando fue asesinado. Un extranjero habiendo dicho y publicado por todas partes que podría instruir a Dionisio, tirano de Siracusa, de un medio de sentir y descubrir con toda certeza, las tramas que sus súbditos maquinaran contra él, si quería darle una buena suma de dinero, Dionisio siendo advertido de ello, lo hizo llamar ante sí, para enterarse de un arte tan necesario para su conservación; este extranjero le dijo, que no había otro arte, sino que le hiciera entregar un talento, y se jactara de haber aprendido de él un singular secreto. Dionisio encontró buena esta invención, y le hizo contar seiscientos escudos. No era verosímil, que hubiera dado tan grande suma a un hombre desconocido, sino en recompensa de un muy útil aprendizaje, y servía esta reputación, para tener a sus enemigos en temor.

Por tanto los príncipes sabiamente publican los avisos que reciben de las maquinaciones que se traman contra su vida; para hacer creer que están bien advertidos, y que no se puede emprender nada sin que ellos sientan el viento. El Duque de Atenas hizo muchas torpezas en el establecimiento de su reciente tiranía sobre Florencia: pero esta la más notable, que habiendo recibido el primer aviso de los complots que ese pueblo tramaba contra él, por Mateo dicho Morozo, cómplice de ellos, lo hizo morir, para suprimir esa advertencia, y no hacer saber, que alguien en la ciudad se fastidiaba de su dominación. Me acuerdo haber leído en otro tiempo la historia de cierto romano, personaje de dignidad, que huía de la tiranía del Triunvirato, había escapado mil veces de las manos de los que lo perseguían, por la sutileza de sus invenciones. Ocurrió un día, que una tropa de jinetes, que tenía encargo de prenderlo, pasó muy junto a un matorral, donde se había escondido, y faltó poco para descubrirlo. Pero él en ese momento, considerando la pena y las dificultades, en las cuales había ya tan largo tiempo perseverado, para salvarse de las continuas y cuidadosas búsquedas, que se hacían de él por todas partes, el poco placer que podía esperar de semejante vida, y cuánto más le valía pasar de una vez el paso, que permanecer siempre en ese trance, él mismo los llamó de nuevo, y les delató su escondite, abandonándose voluntariamente a su crueldad, para librar a ellos y a sí mismo de una más larga pena.

Llamar a las manos enemigas, es un consejo un poco atrevido: pero creo yo, que aún valdría más tomarlo, que permanecer en la fiebre continua de un suceso, que no tiene ningún remedio. Pero puesto que las previsiones que se le pueden aportar están llenas de inquietud, y de incertidumbre, más vale con una hermosa seguridad prepararse para todo lo que pueda acontecer; y sacar algún consuelo de que no se está seguro de que acontezca.

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