Capítulo 11Sobre los pronósticos
En cuanto a los oráculos, es cierto que mucho antes de la venida de Jesucristo habían empezado a perder su crédito; pues vemos que Cicerón se esfuerza por hallar la causa de su decadencia. Y estas palabras son suyas: «¿Por qué ya no se pronuncian oráculos en Delfos de este modo, no solo en nuestra época, sino desde hace mucho tiempo, de manera que nada puede ser más despreciable?». Pero en cuanto a los demás pronósticos que se leían en la anatomía de las bestias en los sacrificios, a la cual Platón atribuye en parte la constitución natural de los miembros internos de aquellas, en el pataleo de los pollos, en el vuelo de las aves —«Creemos que ciertas aves han nacido para el propósito de augurar las cosas»—, en los rayos, en el curso de los ríos —«Muchas cosas ven los arúspices, muchas prevén los augures, muchas se declaran por los oráculos, muchas por las profecías, muchas por los sueños, muchas por los prodigios»—, y otros sobre los cuales la antigüedad apoyaba la mayor parte de las empresas, tanto públicas como privadas; nuestra religión los ha abolido. Y aunque queden entre nosotros algunos medios de adivinación en los astros, en los espíritus, en las formas del cuerpo, en los sueños y en otros lugares: notable ejemplo de la enloquecida curiosidad de nuestra naturaleza, que se entretiene anticipando las cosas futuras, como si no tuviese bastante que hacer con digerir las presentes:
«¿Por qué, rector del Olimpo, has querido añadir este cuidado a los mortales preocupados, que conozcan por funestos presagios las desgracias venideras? Sea súbito todo lo que preparas, sea ciega la mente de los hombres ante el destino futuro, permíteles esperar a quien teme».
«Ni siquiera es útil saber lo que ha de suceder; pues es miserable angustiarse sin lograr nada»; sin embargo, es de mucha menor autoridad. Por eso el ejemplo de Francisco, marqués de Saluzzo, me ha parecido notable: pues siendo lugarteniente del rey Francisco en su ejército de allende los montes, infinitamente favorecido por nuestra corte, y obligado al rey por el mismo marquesado, que había sido confiscado a su hermano; por lo demás, sin que se presentase ocasión de hacerlo, contradiciendo incluso su afecto, se dejó tan fuertemente espantar, según se ha comprobado, por los hermosos pronósticos que entonces se hacían correr por todas partes en favor del emperador Carlos V, y en nuestro desfavor (sobre todo en Italia, donde estas locas profecías habían encontrado tanto lugar que en Roma se entregó gran suma de dinero al cambio por esta opinión de nuestra ruina), que después de haberse lamentado a menudo con sus allegados de los males que veía inevitablemente preparados para la corona de Francia y para los amigos que tenía allí, se rebeló y cambió de bando: con gran perjuicio suyo, no obstante, fuese cual fuese la constelación. Pero se condujo en ello como hombre combatido por diversas pasiones: pues teniendo ciudades y fuerzas en su mano, el ejército enemigo bajo Antonio de Leva a tres pasos de él, y nosotros sin sospecha de su acción, estaba en su mano hacer peor de lo que hizo. Pues por su traición no perdimos ni hombre ni ciudad salvo Fossan; aun así después de haberla disputado largo tiempo.
«El Dios prudente oculta el desenlace del tiempo futuro en noche tenebrosa, y ríe si el mortal se inquieta más allá de lo permitido. Aquel poderá vivir dueño de sí y dichoso a quien le sea dado decir cada día: he vivido; mañana el padre ocupe el cielo con negra nube o con sol puro. El ánimo alegre en el presente odie ocuparse de lo que está más allá».
Y quienes creen esta palabra en sentido contrario la creen equivocadamente. «Estas cosas se corresponden de tal modo que si existe la adivinación, existen los dioses; y si existen los dioses, existe la adivinación». Mucho más sabiamente Pacuvio:
«Pues a esos que entienden la lengua de las aves, y saben más por el hígado ajeno que por el suyo, considero que hay que oírlos más que escucharlos».
Este arte tan celebrado de adivinar de los toscanos nació así. Un labrador penetrando profundamente la tierra con su reja vio surgir de ella a Tages, semidiós de rostro infantil pero de senil prudencia. Todos acudieron allí, y sus palabras y ciencia fueron recogidas y conservadas durante muchos siglos, conteniendo los principios y medios de este arte. Nacimiento conforme a su progreso. Yo preferiría con mucho regir mis asuntos por la suerte de los dados que por esos sueños. Y en verdad, en todas las repúblicas se ha dejado siempre buena parte de autoridad a la suerte. Platón, en la república que forja a discreción, le atribuye la decisión de varios efectos de importancia, y quiere entre otras cosas que los matrimonios se hagan por suerte entre los buenos. Y da tanto peso a esta elección fortuita que ordena que los niños que nazcan de ella sean criados en el país; los que nazcan de los malos sean expulsados de él; sin embargo, si alguno de estos desterrados llegase por casualidad a mostrar al crecer alguna buena esperanza de sí, que pueda ser llamado de vuelta, y exiliar también a aquel de entre los retenidos que muestre poca esperanza en su adolescencia. Veo a quienes estudian y glosan sus almanaques, y nos alegan su autoridad en las cosas que suceden.
A tanto decir, forzoso es que digan tanto la verdad como la mentira. «Pues ¿quién hay que, tirando todo el día, no acierte alguna vez?». No los estimo en nada mejores por verlos acertar en alguna ocasión. Habría más certeza si hubiese regla y verdad en mentir siempre. Además, nadie lleva registro de sus desaciertos, puesto que son ordinarios e infinitos; y se hace valer sus adivinaciones porque son raras, increíbles y prodigiosas. Así respondió Diágoras, que fue llamado el Ateo, estando en Samotracia, a quien le dijo, mostrándole en el templo muchos exvotos y cuadros de quienes habían escapado del naufragio: «Y bien, tú que piensas que los dioses descuidan las cosas humanas, ¿qué dices de tantos hombres salvados por su gracia?». «Así se hace —respondió él—: aquellos no están pintados los que quedaron ahogados, en número mucho mayor». Cicerón dice que solo Jenófanes de Colofón entre todos los filósofos que han reconocido a los dioses ha intentado desarraigar toda clase de adivinación. Tanto menos es de maravillar, pues, si hemos visto a veces, en su perjuicio, a algunas de nuestras almas principales detenerse en estas vanidades. Quisiera haber conocido con mis propios ojos esas dos maravillas: el libro de Joaquín, abad calabrés, que predecía todos los papas futuros, sus nombres y formas; y aquel de León el Emperador que predecía los emperadores y patriarcas de Grecia.
Esto he conocido con mis propios ojos: que en las confusiones públicas, los hombres asombrados por su fortuna van refugiándose, como en toda superstición, en buscar en el cielo las causas y amenazas antiguas de su desgracia; y tienen en ello tan extraña suerte en mi tiempo que me han persuadido de que, así como es un entretenimiento de espíritus agudos y ociosos, quienes están adiestrados en esta sutileza de plegarlos y desenvolverlos serían capaces de hallar en todos los escritos todo cuanto busquen en ellos. Pero sobre todo les presta buen juego el hablar oscuro, ambiguo y fantástico del jerga profético, al cual sus autores no dan ningún sentido claro, a fin de que la posteridad pueda aplicarle el que le plazca. El demon de Sócrates era quizá cierta impulsión de voluntad que se le presentaba sin el consejo de su razonamiento. En un alma bien depurada como la suya, y preparada por continuo ejercicio de sabiduría y de virtud, es verosímil que estas inclinaciones, aunque temerarias e indigestas, fuesen siempre importantes y dignas de ser seguidas. Cada uno siente en sí alguna imagen de tales agitaciones de una opinión pronta, vehemente y fortuita. Me corresponde a mí darles alguna autoridad, yo que doy tan poca a nuestra prudencia. Y he tenido de igualmente débiles en razón y violentas en persuasión o en disuasión, que era lo más ordinario en Sócrates, a las cuales me dejé llevar tan útil y felizmente que podrían ser juzgadas como conteniendo algo de inspiración divina.
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