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Capítulo 3Nuestros afectos nos arrastran más allá de nosotros

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 13 min de lectura

Quienes acusan a los hombres de ir siempre con la boca abierta tras las cosas futuras, y nos enseñan a apoderarnos de los bienes presentes y a asentarnos en ellos, como si no tuviéramos ningún dominio sobre lo que está por venir, e incluso mucho menos del que tenemos sobre lo que ya pasó, tocan el más común de los errores humanos: si se atreven a llamar error a algo hacia lo que la propia naturaleza nos encamina para el servicio de la continuación de su obra, imprimiéndonos, como tantas otras, esta imaginación falsa, más celosa de nuestra acción que de nuestro conocimiento. Nunca estamos en casa, siempre estamos más allá. El miedo, el deseo, la esperanza nos lanzan hacia el futuro, y nos roban el sentimiento y la consideración de lo que es, para entretenernos con lo que será, incluso cuando ya no estemos. Calamitosus est animus futuri anxius.

Este gran precepto se alega a menudo en Platón: Haz tu tarea y conócete. Cada uno de estos dos miembros envuelve en general todo nuestro deber, y también envuelve a su compañero. Quien tuviera que hacer su tarea vería que su primera lección es conocer lo que es y lo que le es propio. Y quien se conoce ya no toma el quehacer ajeno por el suyo: se ama y se cultiva antes que cualquier otra cosa, rechaza las ocupaciones superfluas y los pensamientos y propósitos inútiles. Así como la locura, aunque se le conceda lo que desea, no quedará contenta, la sabiduría está contenta con lo que es presente y nunca se disgusta consigo misma. Epicuro dispensa a su sabio de la previsión y el cuidado del porvenir.

Entre las leyes que conciernen a los difuntos, esta me parece muy sólida: la que obliga a que las acciones de los príncipes sean examinadas después de su muerte. Ellos son compañeros, si no amos de las leyes: lo que la justicia no pudo ejercer sobre sus cabezas, es justo que lo ejerza sobre su reputación y los bienes de sus sucesores, cosas que a menudo preferimos a la vida. Es una costumbre que aporta comodidades singulares a las naciones donde se observa, y deseable para todos los buenos príncipes, que tienen motivo para quejarse de que se trate la memoria de los malvados como la suya. Debemos la sumisión y obediencia por igual a todos los reyes, pues atañe a su cargo; pero la estima, como el afecto, solo la debemos a su virtud. Concedamos al orden político soportarlos pacientemente, aunque sean indignos; ocultar sus vicios; ayudar con nuestra recomendación a sus acciones indiferentes, mientras su autoridad necesita nuestro apoyo. Pero una vez terminado nuestro trato, no es razón negar a la justicia y a nuestra libertad la expresión de nuestros verdaderos resentimientos, y especialmente negar a los buenos súbditos la gloria de haber servido reverente y fielmente a un amo cuyas imperfecciones les eran tan bien conocidas, privando a la posteridad de un ejemplo tan útil. Y quienes, por respeto a alguna obligación privada, defienden inicuamente la memoria de un príncipe reprochable, hacen justicia particular a expensas de la justicia pública. Tito Livio dice con razón que el lenguaje de los hombres criados bajo la monarquía está siempre lleno de vanas ostentaciones y falsos testimonios, ensalzando cada uno indiferentemente a su rey hasta el límite extremo de valor y grandeza soberana. Se puede reprobar la magnanimidad de aquellos dos soldados que respondieron a Nerón en su propia cara: uno, preguntado por él sobre por qué le tenía mala voluntad, dijo: «Te amaba cuando lo valías; pero desde que te has convertido en parricida, incendiario, histrión y cochero, te odio como te mereces». El otro, preguntado por qué quería matarlo, respondió: «Porque no encuentro otro remedio a tus continuos crímenes». Pero los testimonios públicos y universales que después de su muerte se han dado, y se darán para siempre, sobre él y todos los malvados como él, acerca de sus tiránicos y viles comportamientos, ¿quién con sano entendimiento puede reprobarlos?

Me desagrada que en una política tan santa como la lacedemonia se mezclara una ceremonia tan fingida con la muerte de los reyes. Todos los confederados y vecinos, y todos los ilotas, hombres, mujeres, mezclados, se cortaban la frente en señal de duelo y decían en sus gritos y lamentaciones que aquel, fuera quien fuese, era el mejor rey de todos los suyos, atribuyendo al rango el elogio que pertenecía al mérito, y lo que pertenece al primer mérito lo daban al último y postrero rango.

Aristóteles, que lo examina todo, se pregunta sobre la frase de Solón: que nadie antes de morir puede ser llamado feliz. ¿Puede ser llamado feliz aquel mismo que ha vivido y ha muerto a su gusto, si su fama va mal, si su posteridad es miserable? Mientras nos movemos, nos llevamos por anticipación adonde nos place; pero estando fuera del ser, no tenemos ninguna comunicación con lo que es. Y sería mejor decir a Solón que, entonces, ningún hombre es jamás feliz, puesto que solo lo es después de que ya no existe.

quisquam Vix radicitus è vita se tollit, et eiicit: Sed facit esse sui quiddam super inscius ipse, Nec remouet salis à proiecto corpore sese, et Vindicat.

Bertrand du Guesclin murió en el asedio del castillo de Rancon, cerca de Puy en Auvernia: los sitiados, tras rendirse, quedaron obligados a llevar las llaves de la plaza sobre el cuerpo del difunto. Bartolomeo d'Alviano, general del ejército de los venecianos, murió al servicio de sus guerras en Brescia, y habiéndose llevado su cuerpo de vuelta a Venecia por el Veronés, tierra enemiga, la mayor parte de los de su ejército eran del parecer de pedir salvoconducto para el paso a los de Verona: pero Teodoro Trivulzio se opuso, y prefirió pasarlo por la fuerza, a riesgo del combate: no siendo conveniente, decía, que quien en vida jamás había tenido miedo de sus enemigos, muerto hiciera demostración de temerlos. En efecto, en materia semejante, según las leyes griegas, quien solicitaba al enemigo un cuerpo para inhumarlo renunciaba a la victoria, y ya no le era permitido erigir trofeo: para aquel a quien se le solicitaba, era título de triunfo. Así perdió Nicias la ventaja que había ganado limpiamente sobre los corintios: y a la inversa, Agesilao aseguró la que le había sido adquirida de forma muy dudosa sobre los beocios.

Estos rasgos podrían encontrarse extraños, si no fuera costumbre admitida de todo tiempo no solo extender el cuidado de nosotros más allá de esta vida, sino también creer que muy a menudo los favores celestes nos acompañan a la tumba y se prolongan en nuestros restos. De lo cual hay tantos ejemplos antiguos, dejando aparte los nuestros, que no es necesario que me extienda en ello. Eduardo I, rey de Inglaterra, habiendo comprobado en las largas guerras entre él y Roberto, rey de Escocia, cuánta ventaja daba su presencia a sus asuntos, obteniendo siempre la victoria en lo que emprendía en persona, al morir obligó a su hijo mediante solemne juramento a que, una vez fallecido, hiciera hervir su cuerpo para desprender su carne de los huesos, la cual mandó enterrar: y en cuanto a los huesos, que los conservara para llevarlos consigo y en su ejército todas las veces que tuviera que hacer la guerra contra los escoceses: como si el destino hubiera unido fatalmente la victoria a sus miembros. Jan Žižka, que perturbó Bohemia en defensa de los errores de Wyclif, quiso que lo desollaran tras su muerte y que con su piel hicieran un tambor para llevar a la guerra contra sus enemigos: estimando que ello ayudaría a continuar las ventajas que había tenido en las guerras por él conducidas contra ellos. Ciertos indios llevaban así al combate contra los españoles los huesos de uno de sus capitanes, en consideración a la suerte que había tenido en vida. Y otros pueblos en este mismo mundo arrastran a la guerra los cuerpos de los hombres valientes que han muerto en sus batallas, para que les sirvan de buena fortuna y de aliento. Los primeros ejemplos solo reservan a la tumba la reputación adquirida por sus acciones pasadas: pero estos últimos quieren además mezclar en ella el poder de actuar.

El hecho del capitán Bayard es de mejor composición, el cual, sintiéndose herido de muerte por un arcabuzazo en el cuerpo, aconsejado de retirarse de la refriega, respondió que no comenzaría al final de su vida a dar la espalda al enemigo: y habiendo combatido cuanto tuvo de fuerza, sintiéndose desfallecer y escurrirse del caballo, ordenó a su mayordomo que lo acostara al pie de un árbol, pero que fuera de tal manera que muriera con el rostro vuelto hacia el enemigo: como hizo.

Debo añadir este otro ejemplo tan notable para esta consideración como ninguno de los precedentes. El emperador Maximiliano, bisabuelo del rey Felipe que existe ahora, fue príncipe dotado de muchas grandes cualidades, y entre otras de una belleza corporal singular: pero entre estos humores tenía este tan contrario al de los príncipes que, para despachar los asuntos más importantes, hacen su trono de su silla agujereada: es que no tuvo jamás criado de cámara tan íntimo a quien permitiera verlo en su guardarropa; se ocultaba para orinar, tan religiosamente como una doncella en no descubrir ni a médico ni a quien fuera las partes que se acostumbra tener ocultas. Yo, que tengo la boca tan desvergonzada, sin embargo por complexión estoy tocado de este pudor: si no es por gran persuasión de la necesidad o del placer, apenas comunico a los ojos de persona alguna los miembros y acciones que nuestra costumbre ordena cubrir; sufro en ello más coerción de la que estimo propia de un hombre, y sobre todo de un hombre de mi profesión: pero él llegó a tal superstición que ordenó por palabras expresas de su testamento que le ataran calzones cuando estuviera muerto. Debía añadir por codicilo que quien se los pusiera tuviera los ojos vendados. La ordenanza que Ciro hace a sus hijos, de que ni ellos ni otro vean y toquen su cuerpo después de que el alma se haya separado de él, la atribuyo a alguna devoción suya: pues tanto su historiador como él, entre sus grandes cualidades, sembraron a lo largo del curso de su vida un singular cuidado y reverencia por la religión.

Este cuento me disgustó, que me contó un grande de un pariente mío, hombre bastante conocido tanto en paz como en guerra. Es que muriendo muy viejo en su corte, atormentado por dolores extremos de la piedra, empleó todas sus últimas horas en un cuidado vehemente de disponer el honor y la ceremonia de su entierro: y conminó a toda la nobleza que lo visitaba a darle palabra de asistir a su cortejo fúnebre. A este príncipe mismo, que lo vio en estos últimos momentos, le hizo una instante súplica de que su casa fuera mandada a acudir; empleando muchos ejemplos y razones para probar que era cosa que correspondía a un hombre de su clase: y pareció expirar contento habiendo obtenido esta promesa y ordenado a su gusto la distribución y orden de su aparato. Apenas he visto vanidad tan perseverante.

Esta otra curiosidad contraria, en la que tampoco me falta ejemplo doméstico, me parece hermana de esta: la de preocuparse y apasionarse en este último momento por regular su cortejo a alguna particular e inusitada parsimonia, a un criado y una linterna. Veo alabar ese humor y la ordenanza de Marco Emilio Lépido, que prohibió a sus herederos emplear para él las ceremonias que se acostumbraban en tales cosas. ¿Es acaso todavía templanza y frugalidad evitar el gasto y el placer cuyo uso y conocimiento nos es imperceptible? He ahí una fácil reforma y de poco coste. Si fuera necesario ordenar algo al respecto, sería de opinión que en ello, como en todas las acciones de la vida, cada cual remitiera la regla al grado de su fortuna. Y el filósofo Licón prescribe sabiamente a sus amigos que pongan su cuerpo donde consideren mejor: y en cuanto a las exequias, que las hagan ni superfluas ni mezquinas. Yo dejaría puramente que la costumbre ordenara esta ceremonia, y me remitiría a la discreción de los primeros a cuyo cargo cayera. «Todo este asunto debe ser despreciado en nosotros, no descuidado en los nuestros». Y santamente se dice por un santo: «El cuidado del funeral, la condición de la sepultura, la pompa de las exequias, son más bien consuelos de los vivos que auxilios de los muertos». Por ello Sócrates a Critón, que en la hora de su fin le pregunta cómo quiere ser enterrado, responde: «Como queráis». Si tuviera que ocuparme de ello más adelante, encontraría más gallardo imitar a quienes emprenden vivos y respirando gozar del orden y honor de su sepultura, y que se complacen en ver en mármol su imagen muerta. ¡Felices quienes saben regocijar y gratificar su sentido mediante la insensibilidad, y vivir de su muerte!

Poco falta para que entre en odio irreconciliable contra toda dominación popular, aunque me parece la más natural y equitativa: cuando recuerdo esta inhumana injusticia del pueblo ateniense de hacer morir sin remisión, y sin siquiera querer oírlos en sus defensas, a esos bravos capitanes que venían de vencer contra los lacedemonios la batalla naval cerca de las islas Arginusas, la más disputada y más fuerte batalla que los griegos hayan dado jamás en el mar con sus fuerzas: porque después de la victoria habían seguido las ocasiones que la ley de la guerra les presentaba, antes que detenerse a recoger e inhumar a sus muertos. Y vuelve esta ejecución más odiosa el hecho de Diomedon. Este es uno de los condenados, hombre de notable virtud tanto militar como política: el cual, adelantándose para hablar después de haber oído la sentencia de su condena y encontrando solo entonces tiempo de audiencia pacífica, en lugar de emplearlo en bien de su causa y en descubrir la evidente iniquidad de una conclusión tan cruel, solo representó una preocupación por la conservación de sus jueces: rogando a los dioses que volvieran este juicio en bien de ellos: y a fin de que, por falta de cumplir los votos que él y sus compañeros habían hecho en reconocimiento de tan ilustre fortuna, no atrajesen sobre ellos la ira de los dioses, advirtiéndoles cuáles eran esos votos. Y sin decir otra cosa y sin regatear, se encaminó de inmediato valerosamente al suplicio.

La fortuna algunos años después los castigó con el mismo pan mojado. Pues Cabrias, capitán general de su ejército de mar, habiendo vencido en el combate contra Polis, almirante de Esparta, en la isla de Naxos, perdió el fruto enteramente neto y satisfactorio de su victoria, muy importante para sus asuntos, por no incurrir en la desgracia de este ejemplo y por no perder unos pocos cuerpos muertos de sus amigos que flotaban en el mar, dejó navegar en salvación a un mundo de enemigos vivos, que después les hicieron pagar bien cara esta importuna superstición.

«¿Preguntas en qué lugar yacerás después de la muerte? Donde yacen los que no han nacido».

Este otro devuelve el sentimiento de reposo a un cuerpo sin alma,

«Que no tenga sepulcro donde ser acogido, puerto del cuerpo: donde, cesada la vida humana, el cuerpo descanse de los males».

Tal como la naturaleza nos hace ver que muchas cosas muertas tienen aún relaciones ocultas con la vida. El vino se altera en las bodegas según determinados cambios de las estaciones de su viña. Y la carne de venado cambia de estado en los saladeros y de sabor, según las leyes de la carne viva, según se dice.

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