Capítulo 38De la soledad
Dejemos aparte esta larga comparación entre la vida solitaria y la activa. Y en cuanto a esa hermosa expresión con que se encubren la ambición y la avaricia, que no hemos nacido para nosotros mismos sino para el bien público, remitámonos con audacia a quienes están en la danza; y que examinen su conciencia para ver si, al contrario, los cargos, las dignidades y todo ese trajín del mundo no se buscan más bien para sacar del bien público su provecho particular. Los malos medios por los que se buscan en nuestro siglo muestran bien que el fin no vale gran cosa. Respondamos a la ambición que es ella misma quien nos da gusto por la soledad. Pues ¿qué huye tanto como la compañía? ¿Qué busca tanto como tener codos libres? Hay manera de obrar bien y mal en todas partes. Sin embargo, si es cierta la sentencia de Bías, de que la peor parte es la más numerosa, o lo que dice el Eclesiastés, que de mil no hay ni uno bueno:
«Raros son los buenos: apenas hay tantos como puertas de Tebas o bocas del rico Nilo»,
el contagio es muy peligroso entre la multitud. Hay que imitar a los viciosos o bien odiarlos. Ambas cosas son peligrosas: parecerse a ellos porque son muchos, u odiar a muchos porque son diferentes. Y los mercaderes que van por mar tienen razón en cuidar que quienes se embarcan en la misma nave no sean disolutos, blasfemos ni malvados, considerando tal compañía desafortunada. Por eso Bías, graciosamente, a quienes cruzaban con él el peligro de una gran tormenta y llamaban al auxilio de los dioses, les dijo: «Callaos, no sea que adviertan que estáis aquí conmigo». Y en un ejemplo más apremiante: Albuquerque, virrey en la India de Manuel, rey de Portugal, en un extremo peligro de tormenta marina, tomó sobre sus hombros a un muchacho joven con el solo fin de que, en la compañía de su peligro, la inocencia de este le sirviera de garantía y de recomendación ante el favor divino para ponerlo a salvo. No es que el sabio no pueda vivir contento en todas partes, incluso solo en medio de la multitud de un palacio; pero si puede elegir, huirá, dice, hasta de su vista. Soportará eso si es necesario, pero si está en su mano, elegirá esto otro. No le parece suficiente haberse librado de los vicios si todavía tiene que enfrentarse con los de los demás. Carondas castigaba como malos a quienes eran convictos de frecuentar malas compañías. No hay nada tan poco sociable y tan sociable como el hombre: lo uno por su vicio, lo otro por su naturaleza. Y Antístenes no me parece haber satisfecho a quien le reprochaba su trato con los malvados, al decir que los médicos viven entre los enfermos. Pues si bien sirven a la salud de los enfermos, deterioran la suya propia por el contagio, la vista continua y la práctica de las enfermedades. Ahora bien, el fin, creo yo, es en todo caso el mismo: vivir con más holgura y a gusto. Pero no siempre se busca bien el camino. A menudo se piensa haber abandonado los asuntos, pero solo se los ha cambiado. Apenas hay menos tormento en el gobierno de una familia que en el de un Estado entero. Dondequiera que el alma esté ocupada, lo está por entero. Y aunque las ocupaciones domésticas sean menos importantes, no por ello son menos importunas. Además, por habernos librado de la corte y del mercado, no nos hemos librado de los principales tormentos de nuestra vida.
«La razón y la prudencia, no el lugar que manda sobre el vasto mar, alejan las inquietudes».
La ambición, la avaricia, la irresolución, el miedo y las concupiscencias no nos abandonan por cambiar de país:
«Y tras el jinete se sienta la negra inquietud». Nos siguen a menudo hasta los claustros y las escuelas de filosofía. Ni los desiertos, ni las rocas excavadas, ni el cilicio, ni los ayunos nos desenredan de ellas:
«La flecha mortal permanece clavada en el costado». Le decían a Sócrates que alguien no había mejorado en nada con su viaje: «Lo creo bien», dijo, «se había llevado consigo mismo».
«¿Por qué cambiamos de tierras calentadas por otro sol? ¿Qué desterrado de su patria huye también de sí mismo?»
Si uno no descarga primero su alma del peso que la oprime, el movimiento la aplastará más; como en un navío, las cargas estorban menos cuando están asentadas. Haces más mal que bien al enfermo haciéndole cambiar de sitio. Metes la enfermedad en un saco al removerla, como las estacas se hunden más hondo y se afirman al sacudirlas y agitarlas. Por lo cual no basta con haberse apartado del pueblo; no basta con cambiar de lugar, hay que apartarse de las condiciones populares que están en nosotros; hay que separarse y recobrarse a uno mismo.
«Dirás que he roto ya las cadenas: pero como el perro que lucha y arranca el nudo, sin embargo, cuando huye, arrastra del cuello un largo trozo de cadena».
Nos llevamos nuestros grilletes con nosotros. No es una libertad entera, todavía volvemos la vista hacia lo que hemos dejado; tenemos la fantasía llena de ello.
«Si el pecho no está purificado, ¿qué combates y qué peligros tendremos entonces que afrontar a nuestro pesar? ¡Cuántos agudos deseos desgarran al hombre preocupado por las inquietudes! ¡Y cuántos temores igualmente! ¿Y la soberbia, la inmundicia y la petulancia, cuántos desastres causan? ¿Y el lujo y la pereza?»
Nuestro mal está en el alma: ahora bien, ella no puede escapar de sí misma,
«El culpable es el alma, que nunca se escapa de sí misma». Así pues, hay que traerla de vuelta y retirarla en sí. Esa es la verdadera soledad, y puede gozarse en medio de las ciudades y las cortes de los reyes; pero se goza más cómodamente aparte. Ahora bien, puesto que emprendemos vivir solos y pasarnos sin compañía, hagamos que nuestro contento dependa de nosotros: desprendámonos de todos los lazos que nos atan a los demás; ganemos sobre nosotros el poder de vivir verdaderamente solos, y vivir en ello a gusto. Estilpón, habiendo escapado del incendio de su ciudad, donde había perdido mujer, hijos y hacienda, al verlo Demetrio Poliorcetes en medio de tan gran ruina de su patria con el rostro sin espanto, le preguntó si no había tenido pérdidas; respondió que no, y que gracias a Dios nada había perdido de lo suyo. Es lo que el filósofo Antístenes decía graciosamente: que el hombre debía proveerse de provisiones que flotaran sobre el agua y pudieran escapar nadando del naufragio. Ciertamente, el hombre de entendimiento no ha perdido nada si se tiene a sí mismo. Cuando la ciudad de Nola fue arruinada por los bárbaros, Paulino, que era su obispo, habiéndolo perdido todo y siendo su prisionero, rogaba así a Dios: «Señor, guárdame de sentir esta pérdida, pues tú sabes que aún no han tocado nada de lo que es mío». Las riquezas que lo hacían rico y los bienes que lo hacían bueno estaban todavía intactos. Eso es lo que significa elegir bien los tesoros que pueden liberarse de la injuria, y esconderlos en un lugar adonde nadie vaya y que no pueda ser traicionado sino por nosotros mismos. Hay que tener mujeres, hijos, bienes y sobre todo salud, quien pueda, pero no apegarse a ellos de manera que nuestra dicha dependa de ello. Hay que reservarse una trastienda completamente nuestra, completamente libre, en la cual establezcamos nuestra verdadera libertad y principal refugio y soledad. En esta hay que mantener nuestro trato ordinario, de nosotros con nosotros mismos, y tan privado que ningún conocimiento o comunicación de cosa extraña encuentre lugar allí; discurrir y reír en ella como sin mujer, sin hijos y sin bienes, sin séquito y sin criados, a fin de que cuando llegue la ocasión de su pérdida, no nos resulte nuevo pasarnos sin ellos. Tenemos un alma que puede volverse sobre sí misma; puede hacerse compañía, tiene con qué atacar y con qué defender, con qué recibir y con qué dar: no temamos en esta soledad hundirnos en una ociosidad tediosa,
«En la soledad sé para ti mismo una multitud.» La virtud se basta a sí misma: sin disciplina, sin palabras, sin actos. De nuestras mil acciones habituales, ni una sola nos concierne a nosotros. Ese al que ves trepando por las ruinas de ese muro, furioso y fuera de sí, blanco de tantos arcabuzazos; y ese otro lleno de cicatrices, aterido y pálido de hambre, decidido a reventar antes que abrirle la puerta; ¿crees que están ahí por ellos mismos? Por alguien a quien quizá nunca vieron, y que no se preocupa en absoluto por lo que hacen, sumido entretanto en la ociosidad y los placeres. Ese otro, flemático, legañoso y mugriento, que ves salir después de medianoche de un despacho, ¿crees que busca entre los libros cómo hacerse mejor persona, más feliz y más sabio? Nada de eso. Morirá allí, o enseñará a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la ortografía correcta de una palabra latina. ¿Quién no cambiaría voluntariamente la salud, el reposo y la vida por la reputación y la gloria? La moneda más inútil, vana y falsa que existe en nuestra práctica. Nuestra propia muerte no nos asustaba lo bastante, carguemos además con la de nuestras mujeres, nuestros hijos y nuestros criados. Nuestros asuntos no nos daban bastante trabajo, tomemos encima atormentarnos y quebrarnos la cabeza con los de nuestros vecinos y amigos.
«¡Bah! ¿Puede alguien proponerse o procurarse algo que le sea más querido que él mismo?»
La soledad me parece tener más sentido y razón en aquellos que han dado al mundo su edad más activa y floreciente, según el ejemplo de Tales. Ya se ha vivido bastante para los demás, vivamos para nosotros al menos este resto de vida: traigamos de vuelta hacia nosotros y hacia nuestra comodidad nuestros pensamientos y nuestras intenciones. No es poca cosa hacer con seguridad el propio retiro; nos ocupa bastante sin mezclar allí otras empresas. Ya que Dios nos da tiempo para disponer nuestra partida, preparémonos para ella; hagamos el equipaje; despidámonos a tiempo de la compañía; liberémonos de esas garras violentas que nos comprometen en otra parte y nos alejan de nosotros. Hay que desatar esas obligaciones tan fuertes: y en adelante amar esto y aquello, pero no desposarse más que con uno mismo. Es decir, que lo demás sea nuestro, pero no unido y pegado de tal manera que no se pueda desprender sin desollarnos y arrancarnos junto con ello algún pedazo de lo nuestro. La mayor cosa del mundo es saber ser de uno mismo. Ya es tiempo de desligarnos de la sociedad, puesto que no podemos aportarle nada. Y quien no puede prestar, que se abstenga de pedir prestado. Nuestras fuerzas nos fallan: retirémoslas y concentrémoslas en nosotros. Quien pueda renunciar y cancelar en sí los deberes de tantas amistades y de la compañía, que lo haga.
En esta decadencia que lo vuelve inútil, pesado e importuno a los demás, que se guarde de ser importuno para sí mismo, y pesado e inútil. Que se mime y cuide, y sobre todo que se gobierne, respetando y temiendo su razón y su conciencia, de modo que no pueda, sin vergüenza, tropezar en su presencia. «Pues es raro que cada cual se respete a sí mismo lo bastante.» Sócrates dice que los jóvenes deben hacerse instruir; los hombres, ejercitarse en hacer el bien; los viejos, retirarse de toda ocupación civil y militar, viviendo a su discreción, sin obligación a ningún cargo determinado. Hay temperamentos más apropiados que otros para estos preceptos del retiro. Aquellos que tienen la aprehensión blanda y laxa, y un afecto y voluntad delicados, que no se someten ni se emplean fácilmente, de los cuales soy yo, tanto por condición natural como por razonamiento, se plegarán mejor a este consejo que las almas activas y ocupadas, que lo abarcan todo y se comprometen en todo, que se apasionan por todas las cosas, que se ofrecen, se presentan y se entregan en toda ocasión. Hay que servirse de estas comodidades accidentales y externas a nosotros en tanto nos son agradables, pero sin hacer de ellas nuestro fundamento principal. No lo es, ni la razón ni la naturaleza lo quieren.
¿Por qué, contra sus leyes, someteremos nuestra satisfacción al poder de otros? Anticipar también los accidentes de la fortuna, privarse de las comodidades que tenemos a mano, como muchos han hecho por devoción, y algunos filósofos por razonamiento, servirse a sí mismos de criados, dormir en el suelo duro, sacarse los ojos, arrojar las riquezas al río, buscar el dolor (aquellos para, mediante el tormento de esta vida, alcanzar la beatitud de otra; estos para, habiéndose situado en el escalón más bajo, ponerse a salvo de una nueva caída) es acción de una virtud excesiva. Las naturalezas más rígidas y fuertes hagan de su retiro algo glorioso y ejemplar.
«Alabo lo seguro y modesto cuando faltan recursos, bastante fuerte entre las cosas viles; pero cuando algo mejor y más abundante se presenta, digo que estos son los sabios, y que solo viven bien aquellos cuyo dinero se ve fundado en casas de campo relucientes.»
Para mí hay bastante que hacer sin llegar tan lejos. Me basta, bajo el favor de la fortuna, prepararme para su disfavor, y representarme, estando a gusto, el mal que ha de venir, tanto como la imaginación puede alcanzar; del mismo modo que nos acostumbramos a las justas y torneos, y fingimos la guerra en plena paz. No considero al filósofo Arcesilao menos virtuoso por haberle sabido usar utensilios de oro y plata según le permitía la condición de su fortuna; y lo estimo más que si se hubiera despojado de ellos, porque usó de ellos moderada y generosamente. Veo hasta qué límites llega la necesidad natural: y considerando al pobre mendigo en mi puerta, a menudo más alegre y más sano que yo, me pongo en su lugar: intento calzar mi alma con su forma. Y recorriendo así los demás ejemplos, aunque piense que la muerte, la pobreza, el desprecio y la enfermedad pisan mis talones, me resuelvo fácilmente a no entrar en pavor por lo que uno menor que yo soporta con tanta paciencia. Y no quiero creer que la bajeza del entendimiento pueda más que el vigor, o que los efectos del razonamiento no puedan llegar a los efectos de la costumbre. Y sabiendo cuán poco importan estas comodidades accesorias, no dejo, en pleno disfrute, de suplicar a Dios como mi suprema petición que me haga estar contento conmigo mismo y con los bienes que nacen de mí. Veo jóvenes vigorosos que llevan no obstante en sus cofres una provisión de píldoras para servirse de ellas cuando el catarro los apremiе; el cual temen tanto menos cuanto que piensan tener el remedio a mano. Así hay que hacer: y también, si uno se siente sujeto a alguna enfermedad más fuerte, proveerse de esos medicamentos que adormecen y duermen la parte afectada. La ocupación que hay que elegir para semejante vida debe ser una ocupación no penosa ni tediosa; de otro modo en vano habríamos decidido venir a buscar allí el sosiego. Esto depende del gusto particular de cada uno. El mío no se acomoda en absoluto a la administración doméstica. Quienes la aman deben entregarse a ella con moderación.
«Procuren que las cosas se les sometan, no someterse ellos a las cosas.» Es, por lo demás, un oficio servil la administración doméstica, como la llama Salustio. Tiene partes más excusables, como el cuidado de los jardines que Jenofonte atribuye a Ciro. Y se puede encontrar un término medio entre ese cuidado bajo y vil, tenso y lleno de solicitud, que se ve en los hombres que se sumergen del todo en él, y esa profunda y extrema negligencia que deja todo al abandono, que se ve en otros:
«El ganado de Demócrito devora sus campos y cultivos mientras su alma, sin cuerpo, viaja veloz por tierras extrañas.» Pero escuchemos el consejo que da el joven Plinio a Cornelio Rufo, su amigo, sobre este tema de la soledad: «Te aconsejo en ese retiro pleno y abundante donde estás, que dejes a tu gente ese bajo y abyecto cuidado de la administración doméstica, y te dediques al estudio de las letras, para sacar de ellas algo que sea enteramente tuyo.» Se refiere a la reputación; de un humor parecido al de Cicerón, que dice querer emplear su soledad y descanso de los asuntos públicos en procurarse, mediante sus escritos, una vida inmortal.
«¿Hasta ese punto tu saber no es nada, a menos que otro sepa que tú lo sabes?» Parece razonable, puesto que se habla de retirarse del mundo, que se mire fuera de él. Estos no lo hacen sino a medias. Disponen bien su partida para cuando ya no estén: pero el fruto de su propósito pretenden obtenerlo todavía entonces, del mundo, ausentes, por una ridícula contradicción. La imaginación de aquellos que por devoción buscan la soledad, llenando su corazón de la certeza de las promesas divinas en la otra vida, está mucho más sanamente ordenada. Se proponen a Dios, objeto infinito en bondad y en poder. El alma tiene con qué saciar allí sus deseos, en toda libertad. Las aflicciones, los dolores, les resultan provechosos, empleados en la adquisición de una salud y alegría eternas. La muerte, deseable: paso a un estado tan perfecto. La aspereza de sus reglas queda enseguida suavizada por la costumbre: y los apetitos carnales, rechazados y adormecidos por su negativa: pues nada los mantiene sino el uso y el ejercicio. Este único fin, de una vida futura felizmente inmortal, merece lealmente que abandonemos las comodidades y dulzuras de esta vida nuestra. Y quien pueda inflamar su alma con el ardor de esta fe viva y esperanza, real y constantemente, se construye en la soledad una vida voluptuosa y deliciosa, por encima de cualquier otra clase de vida.
Ni el fin pues ni el medio de este consejo me satisfacen: recaemos siempre de fiebre en calentura. Esta ocupación de los libros es tan penosa como cualquier otra; y tan enemiga de la salud, que debe ser considerada principalmente. Y no hay que dejarse adormecer por el placer que se encuentra en ella: es ese mismo placer el que pierde al administrador, al avaro, al voluptuoso y al ambicioso. Los sabios nos enseñan suficientemente a guardarnos de la traición de nuestros apetitos; y a discernir los verdaderos placeres y enteros, de los placeres mezclados y abigarrados con más pena. Pues la mayoría de los placeres, dicen ellos, nos acarician y abrazan para estrangularnos, como hacían los ladrones que los egipcios llamaban Philistas: y si el dolor de cabeza nos viniese antes de la embriaguez, nos guardaríamos de beber demasiado; pero la voluptuosidad, para engañarnos, marcha delante y nos oculta su séquito. Los libros son placenteros: pero si de su frecuentación perdemos al fin la alegría y la salud, nuestras mejores partes, dejémoslos. Soy de los que piensan que su fruto no puede contrapesar esta pérdida. Como los hombres que se sienten debilitados desde hace mucho tiempo por alguna indisposición, se entregan al fin a la merced de la medicina; y se hacen prescribir por arte ciertas reglas de vida, para no transgredirlas más: así también aquel que se retira hastiado y disgustado de la vida común, debe formar esta según las reglas de la razón; ordenarla y disponerla por premeditación y reflexión. Debe haber tomado licencia de toda especie de trabajo, cualquier apariencia que tenga; y huir en general de las pasiones, que impiden la tranquilidad del cuerpo y del alma; y elegir el camino que está más según su temperamento:
«Que cada cual sepa ir por su vía.» En las tareas domésticas, en el estudio, en la caza y en todo otro ejercicio, hay que llegar hasta los últimos límites del placer; y guardarse de comprometerse más allá, donde la pena comienza a mezclarse. Hay que reservar de quehacer y de ocupación, solamente lo que se necesita para mantenernos en forma y para protegernos de las incomodidades que acarrea consigo el otro extremo de una ociosa molicie adormecida. Hay ciencias estériles y espinosas, y la mayoría forjadas para la muchedumbre: hay que dejarlas a quienes están al servicio del mundo. A mí solo me gustan los libros o placenteros y fáciles, que me acarician; o aquellos que me consuelan y aconsejan para regular mi vida y mi muerte.
«Deslizarme silencioso entre los bosques saludables, cuidando de cuanto es digno del sabio y del hombre bueno.»
Las gentes más sabias pueden forjarse un reposo totalmente espiritual, teniendo el alma fuerte y vigorosa. Yo, que la tengo común, necesito ayudarme a sostenerme por las comodidades corporales. Y habiendo la edad hurtado pronto aquellas que estaban más a mi gusto, instruyo y aguzo mi apetito en las que quedan más adecuadas a esta otra estación. Hay que retener con todos nuestros dientes y nuestras garras el uso de los placeres de la vida, que los años nos arrancan de las manos, unos tras otros:
«Recojamos las dulzuras, es nuestro lo que vives, ceniza y manes y fábula serás.»
Ahora bien, en cuanto al fin que Plinio y Cicerón nos proponen, el de la gloria, está muy lejos de mi cuenta. El humor más contrario al retiro es la ambición. La gloria y el reposo son cosas que no pueden alojarse en la misma morada: por lo que veo, estos solo tienen los brazos y las piernas fuera de la muchedumbre; su alma, su intención, permanece comprometida más que nunca.
«Entonces, vejestorio, ¿recoges manjares para oídos ajenos?» Solo se han echado atrás para saltar mejor, y para con un movimiento más fuerte dar una estocada más viva en la tropa. ¿Te place ver cómo tiran corto por un grano? Pongamos en la balanza el consejo de dos filósofos, y de dos sectas muy diferentes, que escriben uno a Idomeneo, el otro a Lucilio, sus amigos, para retirarlos del manejo de los negocios y las grandezas a la soledad. Habéis, les dicen, vivido nadando y flotando hasta el presente, venid a morir al puerto. Habéis dado el resto de vuestra vida a la luz, dad esto a la sombra. Es imposible dejar las ocupaciones si no dejáis su fruto; por esta causa despojaos de toda preocupación de nombre y de gloria. Hay peligro de que el resplandor de vuestras acciones pasadas no os ilumine demasiado y os siga hasta vuestra guarida. Dejad con las otras voluptuosidades, aquella que viene de la aprobación de los demás. Y en cuanto a vuestra ciencia y suficiencia, no os importe, no perderá su efecto si valéis más vosotros mismos. Acordaos de aquel a quien, cuando se le preguntaba para qué se esforzaba tanto en un arte que no podía llegar al conocimiento de mucha gente: «Tengo bastante con pocos, respondió, tengo bastante con uno, tengo bastante con ninguno.»
Decía verdad: tú y un compañero sois teatro suficiente el uno para el otro, o tú para ti mismo. Que el pueblo te sea uno, y uno te sea todo el pueblo. Es una ambición cobarde querer obtener gloria de la propia ociosidad y de la propia reclusión. Hay que hacer como los animales, que borran la huella en la puerta de su guarida. Ya no es lo que debéis buscar, que el mundo hable de vosotros, sino cómo debéis hablaros a vosotros mismos. Retiraos en vosotros, pero preparaos primero para recibiros allí: sería locura confiaros a vosotros mismos si no os sabéis gobernar. Hay manera de fallar en la soledad como en compañía: hasta que os hayáis hecho tal, ante quien no osarais cojear, y hasta que tengáis vergüenza y respeto de vosotros mismos, «que las imágenes honestas se presenten al alma»: presentaos siempre en la imaginación a Catón, Focio y Aristides, en cuya presencia los locos mismos ocultarían sus faltas, y establecedlos como interventores de todas vuestras intenciones. Si se descarrían, su reverencia os volverá a poner en el camino: os mantendrán en esta vía, de contentaros con vosotros mismos, de no tomar prestado nada sino de vosotros, de detener y afirmar vuestra alma en ciertas y limitadas consideraciones en las que pueda complacerse: y habiendo entendido los verdaderos bienes, de los que se disfruta a medida que se entienden, contentaos con ellos, sin deseo de prolongación de vida ni de nombre. He ahí el consejo de la filosofía verdadera y natural, no de una filosofía ostentosa y palabrera, como es la de los dos primeros.
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