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Capítulo 39Consideración sobre Cicerón

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 10 min de lectura

Un rasgo más sobre la comparación de estas parejas. Se extrae de los escritos de Cicerón, y de ese Plinio que poco se parece, en mi opinión, al temperamento de su tío, infinitos testimonios de naturaleza desmesuradamente ambiciosa: entre otros, que solicitaban a la vista de todo el mundo a los historiadores de su tiempo para que no los olvidasen en sus crónicas; y la fortuna, como por despecho, ha hecho durar hasta nosotros la vanidad de estas peticiones, y hace tiempo hizo perder esas historias. Pero esto supera toda bajeza de corazón en personas de tal rango: haber querido extraer alguna gloria principal de la charlatanería y de la verborrea, hasta el punto de emplear en ello las cartas privadas escritas a sus amigos; de manera que, habiendo algunas perdido su oportunidad para ser enviadas, las hacen sin embargo publicar con esta digna excusa: que no han querido perder su trabajo y desvelos. ¿No sienta bien a dos cónsules romanos, magistrados supremos de la república que gobernaba el mundo, emplear su ocio en ordenar y componer con gracia una bella misiva, para sacar de ello la reputación de entender bien la lengua de su nodriza? ¿Qué haría peor un simple maestro de escuela que se ganase así la vida? Si las hazañas de Jenofonte y de César no hubiesen superado con mucho su elocuencia, no creo que jamás las hubiesen escrito.

Buscaron recomendar no su decir, sino su hacer. Y si la perfección del bien hablar pudiese aportar alguna gloria apropiada a un gran personaje, ciertamente Escipión y Lelio no habrían resignado el honor de sus comedias, y todas las delicadezas y delicias de la lengua latina, a un esclavo africano. Pues que esa obra sea suya, su belleza y su excelencia lo sostienen bastante, y Terencio lo reconoce él mismo; y me disgustaría que me apartasen de esta creencia. Es una especie de burla y de injuria querer hacer valer a un hombre por cualidades inadecuadas a su rango, aunque sean por lo demás loables, y por cualidades también que no deben ser las suyas principales. Como quien alabase a un rey de ser buen pintor, o buen arquitecto, o aun buen arcabucero, o buen corredor de sortija. Estas alabanzas no hacen honor si no se presentan en tropel y siguiendo a aquellas que le son propias: a saber, la justicia y la ciencia de conducir a su pueblo en paz y en guerra. De esta manera honra a Ciro la agricultura, y a Carlomagno la elocuencia y el conocimiento de las buenas letras. He visto en mi tiempo, en términos más fuertes, a personajes que sacaban de escribir sus títulos y su vocación, renegar de su aprendizaje, corromper su pluma y afectar la ignorancia de cualidad tan vulgar, y que nuestro pueblo sostiene que apenas se encuentra en manos sabias, y preocuparse de ser recomendados por mejores cualidades. Los compañeros de Demóstenes en la embajada ante Filipo alababan a ese príncipe de ser hermoso, elocuente y buen bebedor: Demóstenes decía que eran alabanzas que correspondían mejor a una mujer, a un abogado, a una esponja, que a un rey.

«Que mande en la guerra sobre el enemigo, antes de ser indulgente con él cuando yace».

No es su profesión saber bien cazar o bien danzar,

«Otros defenderán causas, y describirán con el compás los movimientos del cielo, y dirán las estrellas resplandecientes; que éste sepa gobernar con su imperio a los pueblos».

Plutarco dice además que parecer tan excelente en estas actividades menos necesarias es producir contra uno mismo el testimonio de haber malgastado su tiempo libre y el estudio, que debía emplearse en cosas más necesarias y útiles. De modo que Filipo, rey de Macedonia, habiendo oído a ese gran Alejandro, su hijo, cantar en un banquete compitiendo con los mejores músicos, le dijo: «¿No te avergüenza cantar tan bien?». Y a ese mismo Filipo, un músico contra el cual discutía sobre su arte le dijo: «Ojalá que Dios no permita, señor, que te ocurra nunca tanta desgracia que entiendas estas cosas mejor que yo». Un rey debe poder responder como respondió Ifícrates al orador que lo presionaba en su invectiva de esta manera: «Y bien, ¿qué eres tú para hacerte tanto el valiente? ¿Eres hombre de armas, eres arquero, eres piquero?». «No soy nada de todo eso, pero soy quien sabe mandar a todos esos». Y Antístenes tomó como argumento del poco valor de Ismenias el hecho de que lo alabaran por ser excelente tocador de flauta. Yo bien sé que cuando oigo a alguien detenerse en el lenguaje de los Ensayos, preferiría que se callara. Eso no es tanto elevar las palabras como deprimir el sentido, tanto más punzantemente cuanto más oblicuamente. Aunque me equivoque si hay muchos otros que den más que aprovechar en la materia; y sea como sea, mal o bien, si ningún escritor la ha sembrado, ni mucho más material, ni al menos más denso, en su papel. Para ordenar más de ella, no amontono sino los encabezamientos. Si les agregara su continuación, multiplicaría varias veces este volumen. Y cuántas historias he esparcido que no dicen palabra, las cuales quien quisiera examinar un poco más curiosamente produciría infinitos Ensayos. Ni ellas ni mis alegaciones sirven siempre simplemente de ejemplo, de autoridad o de ornamento. No las miro solamente por el uso que saco de ellas. A menudo llevan, fuera de mi propósito, la semilla de una materia más rica y más audaz, y a menudo de soslayo, un tono más delicado, tanto para mí, que no quiero expresar más en este lugar, como para quienes encuentren mi aire. Volviendo a la virtud habladora, no encuentro gran diferencia entre no saber decir sino mal o no saber sino hablar bien. Non est ornamentum virile, concinnitas. Los sabios dicen que en lo que respecta al saber no hay sino la filosofía, y en lo que respecta a los efectos, sino la virtud, que generalmente sea propia de todos los grados y de todos los órdenes.

Hay algo parecido en esos otros dos filósofos, pues también prometen eternidad a las cartas que escriben a sus amigos. Pero es de otra manera, y acomodándose para un buen fin a la vanidad de otro. Pues les comunican que si el afán de darse a conocer a los siglos venideros y de la fama los retiene aún en el manejo de los asuntos y les hace temer la soledad y el retiro adonde ellos quieren llamarlos, que ya no se preocupen por ello: pues tienen bastante crédito con la posteridad para responderles que aunque no fuera sino por las cartas que les escriben, harán su nombre tan conocido y famoso como podrían hacerlo sus acciones públicas. Y además de esta diferencia, tampoco son cartas vacías y descarnadas que solo se sostengan por una delicada elección de palabras amontonadas y ordenadas con una justa cadencia, sino rellenas y llenas de bellos discursos de sabiduría, por los cuales uno se vuelve no más elocuente sino más sabio, y que nos enseñan no a hablar bien sino a obrar bien. Al diablo con la elocuencia que nos deja ganas de ella, no de las cosas. A menos que se diga que la de Cicerón, estando en tan extrema perfección, se da cuerpo a sí misma. Añadiré aún una anécdota que leemos de él a este propósito, para hacernos ver a simple vista su naturaleza. Tenía que hablar en público y estaba un poco apurado de tiempo para prepararse a su gusto: Eros, uno de sus esclavos, vino a avisarle que la audiencia se postergaba para el día siguiente: estuvo tan contento que le dio la libertad por esta buena noticia.

Sobre este tema de las cartas, quiero decir esta palabra: que es una obra en la cual mis amigos sostienen que puedo algo. Y habría tomado más voluntariamente esta forma para publicar mis divagaciones si hubiera tenido a quién hablar. Me hacía falta, como lo tuve en otro tiempo, cierto trato que me atrajera, que me sostuviera y me elevara. Porque negociar al viento, como otros, no sabría sino de sueño; ni forjar nombres vanos para entretener en cosa seria: enemigo jurado de toda especie de falsificación. Habría sido más atento y más seguro teniendo un destinatario fuerte y amigo que mirando los diversos rostros de un pueblo; y me equivoco si no me hubiera salido mejor. Tengo naturalmente un estilo cómico y privado. Pero es de una forma mía, inepta para las negociaciones públicas, como en todas las formas lo es mi lenguaje: demasiado apretado, desordenado, cortado, particular.

Y no me entiendo en cartas ceremoniales que no tienen otra sustancia que un bello ensartado de palabras corteses. No tengo ni la facultad ni el gusto de esos largos ofrecimientos de afección y de servicio. No creo tanto en ellos, y me desagrada decir mucho más allá de lo que creo. Está muy lejos del uso presente, pues nunca hubo tan abyecta y servil prostitución de presentaciones: la vida, el alma, devoción, adoración, siervo, esclavo, todas estas palabras corren allí tan vulgarmente que cuando quieren hacer sentir una voluntad más expresa y más respetuosa ya no tienen manera de expresarla.

Odio a muerte oler a adulador. Lo cual hace que me arroje naturalmente a un hablar seco, redondo y crudo, que tira para quien no me conoce por otra parte un poco hacia lo desdeñoso. Honro más a quienes honro menos, y donde mi alma camina con gran alegría olvido los pasos del continente, y me ofrezco mezquinamente y con orgullo a aquellos a quienes pertenezco, y me presento menos a quien más me he dado. Me parece que deben leerlo en mi corazón, y que la expresión de mis palabras perjudica mi concepción. Al dar la bienvenida, al despedirse, al agradecer, al saludar, al presentar mi servicio, y tales cumplidos verbosos de las leyes ceremoniales de nuestra civilidad, no conozco a nadie tan tontamente estéril de lenguaje como yo. Y nunca he sido encargado de hacer cartas de favor y recomendación sin que aquel para quien era las haya encontrado secas y flojas. Son grandes impresores de cartas los italianos; tengo, creo, cien volúmenes diversos. Las de Aníbal Caro me parecen las mejores. Si todo el papel que he garabateado en otro tiempo para las damas estuviera en existencia, cuando mi mano estaba verdaderamente arrebatada por mi pasión, se encontraría tal vez alguna página digna de ser comunicada a la juventud ociosa, embelesada con ese furor.

Escribo mis cartas siempre de prisa y tan precipitadamente que, aunque pinto insufriblemente mal, prefiero escribir con mi mano que emplear otra, pues no encuentro ninguna que pueda seguirme, y nunca las transcribo. He acostumbrado a los grandes que me conocen a soportar borrones y tachones, y un papel sin doblez y sin margen. Las que me cuestan más son las que valen menos. Desde que las arrastro es señal de que no estoy en ellas. Empiezo voluntariamente sin proyecto; el primer trazo produce el segundo. Las cartas de este tiempo están más en bordes y prefacios que en materia. Así como prefiero componer dos cartas que cerrar y doblar una, y confío siempre esta comisión a otro; de la misma manera, cuando la materia está acabada, daría voluntariamente a alguien la tarea de añadir esas largas arengas, ofertas y súplicas que alojamos al final, y deseo que algún nuevo uso nos exima de ello. Como también de inscribirlas con una leyenda de calidades y títulos, para no equivocarme en los cuales he dejado muchas veces de escribir, y especialmente a gentes de justicia y de finanzas. Tantas innovaciones de oficios, una dispensación y ordenación tan difícil de diversos nombres de honor, los cuales siendo tan caro comprados no pueden ser intercambiados u olvidados sin ofensa. Encuentro igualmente de mal gusto cargar con ellos el frente e inscripción de los libros que hacemos imprimir.

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