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Capítulo 28Veintinueve sonetos de Étienne de La Boétie, a Madame de Grammont condesa de Guissen

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 18 min de lectura

Señora, no os ofrezco nada mío, bien porque ya es vuestro, bien porque no encuentro en ello nada digno de vos. Pero he querido que estos versos, dondequiera que se vean, lleven vuestro nombre en cabeza, por el honor que les supondrá tener por guía a esa gran Corisanda de Andoins. Este presente me ha parecido apropiado para vos, tanto más cuanto que hay pocas damas en Francia que juzguen mejor y se sirvan más a propósito que vos de la poesía; y además no hay ninguna que pueda hacerla viva y animada como vos lo hacéis por esos bellos y ricos acordes con que, entre un millón de otras bellezas, la naturaleza os obsequió: Señora, estos versos merecen que los estiméis, pues estaréis de acuerdo conmigo en que no han salido de Gascuña otros que tuvieran más invención y gentileza, y que atestigüen haber salido de mano más rica. Y no entréis en celos porque no tengáis sino el resto de lo que hace tiempo hice imprimir bajo el nombre del señor de Foix, vuestro buen pariente: pues ciertamente estos tienen un no sé qué más vivo y más ardiente, ya que los hizo en su más verde juventud, y acalorado por una bella y noble pasión que os contaré, señora, un día al oído. Los otros fueron hechos después, cuando andaba en busca de su matrimonio, en favor de su esposa, y sintiendo ya un no sé qué de frialdad marital. Y yo soy de los que sostienen que la poesía no sonríe en ningún otro sitio como lo hace en un tema juguetón y desatado.

SonetoI

Perdón amor, perdón, oh Señor te consagro

el resto de mis años, mi voz y mis escritos,

mis sollozos, mis suspiros, mis lágrimas y mis gritos:

nada, nada poseer de nadie, que no sea de ti reconocido.

Ay cómo de mí, mi fortuna se burla.

De ti no hace mucho tiempo, amor, me he reído.

He fallado, lo veo, me rindo, estoy preso.

He guardado demasiado mi corazón, ahora lo reniego.

Si por guardarlo he retrasado tu victoria,

no lo trates peor por ello, más grande es tu gloria.

Y si al primer golpe no me has abatido,

piensa que un buen vencedor nacido para ser grande,

a su nuevo prisionero, cuando de un golpe se rinde,

lo aprecia y lo ama más, si ha combatido bien.

SonetoII

Es amor es amor, es él solo, lo siento;

pero el amor más vivo, el veneno más fuerte,

al que jamás un pobre corazón haya abierto la puerta.

Este cruel no ha puesto una sola de sus flechas penetrantes,

sino arco, flechas y carcaj, y él mismo entero dentro de mis sentidos.

Aún no hace un mes que mi libertad está muerta,

que llevo este veneno mortal en mis venas.

Y ya he perdido el corazón y el juicio.

¿Y qué? ¿si este amor creciera en la misma medida

en que se concibe dentro de mí con tan gran tormento?

Oh crece, si puedes crecer, y mejora creciendo.

Te alimentas de lágrimas, lágrimas te prometo.

Y para refrescarte, suspiros para siempre.

Pero que el mal más grande sea al menos al nacer.

SonetoIII

Ya está, corazón mío, dejemos la libertad.

¿De qué serviría ya la defensa,

sino de aumentar la pena y la ofensa?

Ya no soy fuerte, como lo fui.

La razón estuvo un tiempo de mi lado,

ahora sublevada quiere que piense

que hay que servir, y tomar como recompensa

que nunca nadie fue atado por tal nudo.

Si hay que rendirse, entonces es el momento,

cuando ya no se tiene la razón de nuestro lado.

Veo que el amor, sin que yo lo merezca,

sin ningún derecho, viene a apoderarse de mí;

y veo que aún es necesario a ese gran Rey,

cuando se equivoca, que la razón le sirva.

SonetoIV

Era entonces, cuando los calores pasados,

el sucio Otoño en las cubas va pisando,

la uva gorda bajo el pie escurriendo.

Que mis dolores fueron comenzados.

El campesino bate sus gavillas amontonadas,

y a los sótanos sus mosto hirviente rodando,

y de los frutales su otoño sacudiendo,

se venga entonces de las penas adelantadas.

¿Sería acaso un presagio dado

de que mi esperanza ya está cosechada?

No ciertamente, no. Pero con certeza pienso,

tendré, si bien entiendo de adivinar,

si algo se puede pronosticar del tiempo,

algún gran fruto de mi larga esperanza.

SonetoV

He visto sus ojos penetrantes, he visto su rostro claro:

(Nadie jamás mira a los dioses sin su daño)

Frío, sin corazón me dejó su ojo victorioso,

Completamente aturdido por el golpe de su luz poderosa.

Como uno sorprendido de noche en el campo cuando relampaguea

Asombrado, palidece si la flecha de los cielos

Silbando pasa cerca de él, y le cierra los ojos,

Tiembla, y ve, paralizado, a Júpiter en cólera.

Dime Señora, de verdad, dime si tus ojos verdes

No son aquellos que se dice que el amor mantiene cubiertos?

Los tenías, creo, la vez que te vi,

Al menos recuerdo que me pareció entonces

Que el amor, de golpe, cuando por primera vez te vi,

Desató sobre mí tanto su arco como su mirada.

SonetoVI

Eso dice más de uno de mí, de qué se queja tanto,

perdiendo sus mejores años en cosa tan ligera?

¿Por qué tiene que gritar tanto, si todavía espera?

Y si no espera nada, ¿por qué no está contento?

Cuando era libre y sano yo decía lo mismo.

Pero ciertamente ése no tiene la razón entera,

sino que tiene el corazón corrompido por algún rigor fiero,

si se queja de mi queja, y mi mal no comprende.

El amor de golpe me hiere con cien dolores,

y luego me advierten que no grite.

No soy tan vanidoso que agrande mi mal

a fuerza de hablar: si pueden librarme de él,

dejo los sonetos, dejo el canto.

Quien me prohíbe el duelo, que ése me cure.

SonetoVII

Cuando me atrevo a cantar tu alabanza, a veces me aventuro,

sin osar expresar tu gran nombre en mis versos,

sondeando lo menos profundo de ese ancho mar,

tiemblo de perderme en él, y me aseguro en las orillas.

Temo que alabándote mal te haga una ofensa.

Pero el pueblo asombrado de oírte estimar tanto,

ardiendo por conocerte, intenta nombrarte,

y buscando tu santo nombre así a la ventura,

deslumbrado no alcanza a ver cosa tan clara,

y no te encuentra ese populacho grosero,

que teniendo un solo medio, no ve ese que está ahí:

es que si puede escoger, hecha la comparación

de las perfectas del mundo, una la más perfecta,

entonces si tiene voz, que grite osadamente ahí está.

SonetoVIII

Cuándo llegará ese día en que tu nombre pase de verdad

por Francia, en mis versos? ¿Cuántas y cuántas veces

se apresura mi corazón por ello, me pican los dedos?

A menudo en mis escritos él mismo toma su lugar.

A mi pesar te escribo, a mi pesar te borro.

Cuando vuelva Astrea y la fe y el derecho,

entonces gozoso tu nombre se mostrará al mundo.

Ahora es en este tiempo que debes ocultarlo,

es en este tiempo maligno una gran vergüenza.

Así que señora, mientras tanto tú serás mi Dordoña.

Sin embargo déjame, déjame poner tu nombre.

Ten piedad del tiempo, si te pongo a la luz del día,

si el tiempo se conoce a sí mismo, entonces te lo prometo,

entonces será dorado, si es que alguna vez debe serlo.

SonetoIX

Oh, entre tus bellezas, qué hermosa es tu constancia.

Es ese corazón seguro, ese valor constante,

es, entre tus virtudes, lo que tanto se aprecia:

pues ¿qué hay más hermoso que una amistad fiel?

Ahora bien, no reproches nada a tu hermana infiel,

a Vesere tu hermana: ella va desviándose

siempre flotando insegura en su curso inconstante.

¿Ves cómo a su antojo los vientos juegan con ella?

Y no te arrepientas por derecho de primogenitura

de haber elegido ya la constancia como herencia.

La misma estirpe dio la amistad soberana

de los buenos gemelos, de los cuales uno al otro cede

del cielo y del infierno la mitad de su parte,

y el amor difamado de la demasiado bella Helena.

SonetoX

Te veo bien, mi Dordoña, todavía vas humilde:

Te da vergüenza mostrarte gascona en Francia.

Si del arroyo de Sorga ahora se habla tanto,

él también estuvo alguna vez igual de bajo.

¿Ves al pequeño Loir cómo apresura el paso?

¿Cómo ya se cuenta entre los más grandes?

¿Cómo marcha altivo con un curso más veloz

al lado del Meno, y no se queja de ello?

Un solo Olivier d'Arne injertado a orillas del Loira

lo hace correr más bravo y le da su gloria.

Deja, déjame hacer. Y un día, mi Dordoña,

si adivino bien, te conocerán mejor:

y el Garona, y el Ródano, y esos otros grandes dioses

sentirán algo de envidia, y quizá vergüenza.

SonetoXI

Tú que oyes mis suspiros, no seas riguroso conmigo

si vierto mis lágrimas aparte, todas mías.

Si mi amor no sigue en su dolor diverso

del florentino transido los lamentos lánguidos,

ni tampoco de Catulo, el juguetón enamorado,

que el corazón de su dama traspasa acariciándolo,

ni el sabio amor del griego de Mevania Propercio:

ellos no aman por mí, yo no amo por ellos.

Quien pueda limitar sus dolores a los de otro,

ese podrá imitar las quejas de otro:

cada uno siente su tormento, y sabe lo que padece.

Cada uno habló de amor según lo entendió.

Yo digo lo que mi corazón, lo que mi mal me dicta.

Ama poco quien ama con medida.

SonetoXII

¿Qué? ¿Qué es esto? ¡Oh vientos, oh nubes, oh tormenta!

Justo ahora, cuando acercándome a ella

veo los bosques, los montes, las hondonadas cortando,

arrojáis sobre mí la rabia de agosto.

Ahora mi corazón se inflama aún más.

Id, id a asustar al mercader

que va buscando tesoros dentro del mar:

no es así como se me abate el ánimo.

Cuando oigo los vientos, su tempestad y sus gritos,

de su malicia, en mi corazón me río.

¿Piensan acaso hacerme rendir por eso?

Haga el cielo lo peor, y el aire también:

quiero, quiero, y lo declaro así,

si hay que morir, morir como Leandro.

SonetoXIII

Vosotros que aún no sabéis amar,

ahora escuchándome hablar de mi Leandro,

o nunca, debéis aprenderlo aquí.

Si algo de bueno tenéis en el corazón.

Se atrevió moviendo sus brazos lavados,

armado de amor, a defenderse contra el agua,

que quiso tomar a la hija como tributo.

Habiendo salvado al hermano y al carnero.

Una tarde vencido por las olas rigurosas,

viendo ya, este valiente enamorado,

que el agua dueña lo voltea a su antojo:

Hablando a las olas, les lanzó esta voz:

Perdonadme ahora que voy,

y guardadme la muerte para cuando regrese.

SonetoXIV

Oh corazón ligero, oh valor mal seguro.

¿Piensas que puedo soportarte más?

Oh bondad hueca, oh malicia encubierta,

Belleza traidora, dulzura venenosa.

¿Eras entonces siempre hermana de tu hermana?

¿Y yo, demasiado simple, tenía que servir

de prueba? ¿Y entender tarde

tu hablar doble y tus cantos de cazadora?

Desde el día en que empecé a amarte,

habría vencido las olas del mar.

¿Qué puedo esperar ya de ahora en adelante?

¿Cómo podría estar contento contigo?

¿Quién enseñará a tu corazón a ser constante,

si el mío no puede enseñárselo?

SonetoXV

No soy yo a quien se engaña así:

que emplee sus tretas con algún niño,

que no tiene gusto, que no entiende nada de lo que oye.

Yo sé amar, yo sé odiar también.

Conténtate con haberme hasta ahora

cerrado los ojos, es hora de que yo vea:

y que desde hoy, cansado y avergonzado esté

de haber empleado mal mi tiempo y mi cuidado.

¿Te atreverías, habiéndome tratado así,

a hablarme alguna vez de lealtad?

Te complaces en mi dolor extremo:

me prohíbes sentir mi tormento:

y sin embargo quieres que muera amándote.

Si no siento, ¿cómo quieres que ame?

SonetoXVI

¿Lo he dicho? ¡ay! ¿lo he soñado?

¿O si de verdad he dicho semejante blasfemia?

Si una lengua falsa, es necesario que el honor de ella

sea vengado de mí, por mí, sobre mí,

Mi corazón en tu casa, oh señora, está alojado:

Dale ahí algún tormento nuevo:

Hazle sufrir alguna pena cruel:

Hazle, hazle todo, salvo darle permiso de partir.

Pero serás tú (lo sé) demasiado humana,

y no podrás ver largo tiempo mi pena.

Mas un hecho tal, ¿hay que perdonarlo?

Al menos en voz alta me desdigo

de mis sonetos, y me desmiento,

por esas dos falsedades, quinientos versos verdaderos te doy.

SonetoXVII

Si mi razón ha podido reponerse en mí,

si ahora puedo recuperarme,

si tengo juicio, si soy más hombre,

te lo agradezco, oh carta bienaventurada.

¿Quién me habría, ay, quién me habría podido reconocer

cuando enloquecido, vencido por mis tormentos,

perseguía blasfemando contra mi señora?

De lejos, avergonzado, te vi entonces aparecer.

Oh papel santo, entonces volví en mí,

y hacia ti devotamente vine.

Te levantaría un altar por este hecho,

para que se vieran los trazos de esa mano divina.

Pero ningún hombre es digno de verlos,

ni yo tampoco, si ella no me hubiera hecho digno.

SonetoXVIII

Estaba a punto de incurrir para siempre en alguna afrenta.

Acalorado de cólera mi ánimo ardía.

Mi débil voz temblaba al compás de mi furia,

despreciaba a los dioses, y también a mi dama.

Entonces ella desde lejos arroja un mensaje en mi llama

y lo sentí de golpe cómo me rehacía,

cómo ante él mi furia al instante se iba,

cómo me devolvía, vencedor, en su lugar mi alma.

Entre vosotros, que de mí estas maravillas oís,

¿qué me decís de ella? y os ruego que veáis

si así como yo hago debo adorarla.

¿Qué milagros en mí pensáis que hace ella

con su ojo todopoderoso, o con un rayo de su rostro,

cuando tanto hicieron en mí las huellas de sus dedos?

SonetoXIX

Temblaba ante ella, y esperaba, paralizado,

para vengar mi falta alguna sentencia justa,

conforme yo mismo con el peso de mi ofensa,

cuando me dice: vete, te acepto con misericordia.

Que mi alabanza de ahora en adelante sea proclamada en todas partes:

emplea en ello tus años, y desde hoy piensa

en enriquecer con mi nombre a nuestra Francia con tus versos,

cubre con versos tu falta, y págame así.

Vamos pues, mi pluma, hay que, para gozar de mi pena,

recorrer su grandeza con una vena más amplia.

Pero mira su ojo, que no nos abandone.

Sin sus ojos, nuestros espíritus morirían languideciendo.

Ellos nos dan el corazón, nos dan el sentido.

Para cobrarse de mí, tiene que darme.

SonetoXX

Oh vosotros malditos sonetos, vosotros que tuvisteis la audacia

de tocar a mi dama: oh malignos y perversos,

reproche de las Musas, y vergüenza de mis versos:

si yo os hice alguna vez, si debo hacerme

ese agravio de confesar que sois de mi linaje,

entonces para vosotros no se abrieron los arroyos

de Apolo el dorado, de las musas de ojos verdes,

sino que os recibió al nacer Tisífone en su lugar.

Si tengo alguna parte en la posteridad

quiero que uno y otro sean desheredados de ella.

Y si al fuego vengador no os entrego ahora mismo,

es para difamaros, vivid miserables, vivid,

vivid ante los ojos de todos, privados de todo honor

porque es para castigaros que ahora os perdono.

SonetoXXI

No tengan más, amigos míos, no tengan más ese deseo

de que deje de amar, déjenme obstinado,

vivir y morir así, puesto que está ordenado.

Mi amor es el hilo del cual pende mi vida.

Así me lo dijo el hada, así en Eagria

hizo a Meleagro destinado al amor,

y encendió su leño a la hora en que nació,

y dijo, tú y este fuego, manténganse juntos.

Ella lo dijo así, y el fin ordenado

siguió después el hilo de ese destino,

el leño (según dicen) fue consumido por el fuego,

y desde entonces (gran prodigio) en un mismo instante

se vio de golpe, del miserable amante

la vida y el tizón irse en humo.

SonetoXXII

Cuando miro asombrado tus ojos conquistadores,

veo dentro a las claras toda mi esperanza escrita,

veo dentro al amor, él mismo que me sonríe,

y me muestra encantador la dicha que me guarda.

Pero cuando a veces me arriesgo a hablarte,

es entonces que mi esperanza reseca se agota.

Y de reconocer jamás tu ojo, que me alimenta,

con una sola palabra de sabor, cruel, no tienes intención.

Si tus ojos son para mí, ahora mira lo que digo,

son esos, nada más, a quienes me rendí.

Dios mío qué batalla se libra en ti misma,

si tu boca y tus ojos quieren desmentirse.

Más vale, mi dulce tormento, más vale separarlos,

y que yo tome al pie de la letra la promesa de tus ojos.

SonetoXXIII

Son tus ojos cortantes los que me dan el coraje

Veo saltar dentro la alegre libertad,

Y mi pequeño arquero, que lleva a su lado

La bella desenvoltura y el placer voluble.

Pero después, el rigor de tu triste lenguaje

Me muestra dentro de tu corazón la altiva honestidad.

Y condenado veo la dura castidad,

Allí gravemente sentada y la virtud salvaje,

Así mi tiempo diverso pasa entre estas olas.

Ahora su ojo me llama, ahora su boca me rechaza.

Ay, en esta lucha, cuánto he soportado.

Y cuando se piensa tener de amor alguna seguridad,

Sin cesar noche y día en servirla pienso,

Ni aún de mi mal, puedo estar seguro.

SonetoXXIV

Ahora sí lo digo bien, mi esperanza ha muerto.

Ahora se acabó mi tranquilidad y mi bien.

Mi mal es claro: ahora veo bien,

me he desposado con el dolor que llevo.

Todo me acosa, nada me consuela,

todo me abandona y de ella no recibo nada,

salvo siempre algún nuevo sostén

que vuelve mi pena y mi dolor más fuertes.

Lo que espero es un día obtener

algunos suspiros de la gente del porvenir:

alguien dirá sobre mí con piedad:

Su dama y él nacieron destinados,

igualmente a morir obstinados,

una en rigor, y el otro en amor.

SonetoXXV

He vivido tanto, miserable, en mi languidez,

que ya he visto romperse, y aún sigo vivo,

mi esperanza arrebatada ante mis ojos,

contra el escollo de su fiera dureza.

¿De qué me ha servido la prolongación de tantos años?

Ella no está saciada de mi pena:

se ríe de ella, y no tiene otro deseo

que mantener mi mal en pleno vigor.

Así tendré, desdichado en el amor,

siempre un corazón, siempre un nuevo tormento.

Siento bien que ya me falta el aliento,

a punto de abandonar la vida bajo el peso:

¿qué se podría hacer sino lo que hago?

Aguijoneado por el mal, me obstino en mi pena.

SonetoXXVI

Ya que así son mis duras destinadas,

saciaré, si puedo, mi aflicción.

Si tengo mal, ella también lo quiere.

Cumpliré mis penas ordenadas.

Ninfas del bosque que habéis quedado atónitas

de mis dolores, espero alguna piedad,

¿qué pensáis? ¿puedo durar así,

si a mis males no se les da tregua?

Ahora si alguna se inclina a escucharme,

oíd por Dios lo que ahora adivino.

El día está cerca en que mis fuerzas ya vanas

no podrán dar más abasto a mi tormento.

Esta es mi esperanza, si muero amando,

entonces, creo, faltaré a mis penas.

SonetoXXVII

Cuando se cansa, de cansarme mi pena,

Amor con un bien refrescando mi mal,

acaricia en el corazón muerto mi herida languideciente,

alimenta mi mal, y le hace tomar aliento,

entonces concibo alguna vana esperanza:

pero enseguida, ese duro tirano, si siente

que mi esperanza se refuerza creciendo,

para sofocarla, cien tormentos me trae

aún frescos: entonces me veo culpándome

de haber sido rebelde a mi tormento.

Viva el mal, oh dioses, que me devora,

viva a su gusto mi tormento riguroso.

Oh bienaventurado, y bienaventurado aún

quien sin descanso es siempre desdichado.

SonetoXXVIII

Si contra el amor no tengo otra defensa

me quejaré, mis versos lo maldecirán,

y después de mí las rocas repetirán

el daño que hace a mi dura constancia.

Ya que de él soporto esta ofensa,

al menos en voz alta mis rimas lo dirán,

y nuestros nietos, cuando me lean,

ultrajándolo, me harán la venganza.

Habiendo perdido todo el sosiego que tenía,

será poco que pierda mi voz

si se sabe la amargura de mi triste angustia.

Y aquel que me hizo esta herida,

sentirá, por duro que sea su corazón,

alguna piedad, pero no misericordia.

SonetoXXIX

Ya relucía el bendito día

en que la naturaleza al mundo te debía,

cuando de los tesoros que te reservaba

su gran llave te fue abandonada.

Tomaste la gracia a ti sola destinada,

saqueaste tantas bellezas como ella tenía:

tanto que ella, orgullosa, cuando te ve

queda a veces ella misma asombrada.

Tu mano de tomar al fin se contentó:

pero la naturaleza aún te presentó,

para enriquecerte, esta tierra donde estamos.

No tomaste nada: pero en tu interior te ríes de ello,

sintiéndote bien por haber tomado bastante

para ser aquí reina del corazón de los hombres.

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