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Capítulo 20De la fuerza de la imaginación

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 21 min de lectura

«Una fuerte imaginación produce el suceso», dicen los doctos.

Yo soy de los que sienten un muy gran poder de la imaginación. Todos son golpeados por ella, pero algunos quedan trastornados. Su impresión me atraviesa; y mi arte consiste en escaparle, por falta de fuerza para resistirla. Yo viviría solo con la ayuda de personas sanas y alegres. La vista de las angustias ajenas me angustia materialmente: y mi sentimiento ha usurpado a menudo el sentimiento de un tercero. Un tosedor continuo irrita mi pulmón y mi garganta. Visito con más desgana a los enfermos con quienes el deber me compromete, que a aquellos de los que me ocupo menos, y a los que considero menos. Me apodero del mal que estudio, y lo alojo en mí. No encuentro extraño que ella dé tanto las fiebres como la muerte a quienes la dejan actuar y le aplauden. Simon Thomas era un gran médico de su tiempo. Recuerdo que encontrándome un día en Toulouse en casa de un rico anciano pulmonar, y tratando con él de los medios para su curación, le dijo que uno de ellos era darme ocasión de gozar con su compañía; y que fijando sus ojos en la frescura de mi rostro, y su pensamiento en esa alegría y vigor que rebosaban de mi adolescencia: y llenando todos sus sentidos de ese estado floreciente en que yo estaba entonces, su constitución podría mejorar con ello: pero olvidó decir que la mía podría también empeorar. Galo Vibio esforzó tanto su alma en comprender la esencia y los movimientos de la locura, que arrancó su juicio de su sitio, de modo que nunca más pudo reponerlo: y podía jactarse de haberse vuelto loco por sabiduría. Hay quienes de miedo se adelantan a la mano del verdugo; y aquel a quien desataban para leerle su gracia, se encontró rígido y muerto sobre el cadalso por el solo golpe de su imaginación. Sudamos, temblamos, palidecemos y enrojecemos con las sacudidas de nuestras imaginaciones; y tumbados en la cama sentimos nuestro cuerpo agitado por su impulso, a veces hasta expirar. Y la juventud ardiente se calienta tanto en su arnés completamente dormida, que satisface en sueños sus deseos amorosos.

«De modo que, como si todo hubiera acabado realmente, derraman a menudo ingentes oleadas y ensucian la ropa».

Y aunque no sea nuevo ver crecer durante la noche cuernos a quien no los tenía al acostarse: sin embargo, el suceso de Cipo, rey de Italia, es memorable, quien por haber asistido durante el día con gran pasión al combate de los toros, y haber tenido en sueños toda la noche cuernos en la cabeza, los produjo en su frente por la fuerza de la imaginación. La pasión dio al hijo de Creso la voz que la naturaleza le había negado. Y Antíoco contrajo la fiebre por la belleza de Estratónice demasiado vivamente impresa en su alma. Plinio dice haber visto a Lucio Cositio, de mujer cambiado en hombre el día de sus bodas. Pontano y otros relatan metamorfosis parecidas acontecidas en Italia en estos siglos pasados: y por vehemente deseo de él y de su madre.

El muchacho cumplió los votos que había formulado siendo la doncella Ifis. Pasando por Vitry-le-François pude ver a un hombre al que el obispo de Soissons había puesto en la confirmación el nombre de Germain, a quien todos los habitantes de allí habían conocido y visto como muchacha, hasta la edad de veintidós años, llamada Marie. A esa hora estaba muy barbudo, y viejo, y no se había casado. Haciendo, según dice, algún esfuerzo al saltar, sus miembros viriles se manifestaron: y todavía se usa entre las muchachas de allí una canción por la cual se advierten unas a otras de no dar grandes zancadas, por miedo a volverse muchachos, como Marie Germain. No es tan sorprendente que esta clase de accidente se dé con frecuencia: pues si la imaginación puede en tales cosas, está tan continuamente y tan vigorosamente vinculada a este asunto, que para no recaer tan a menudo en el mismo pensamiento y rigor del deseo, le resulta más conveniente incorporar, de una vez por todas, esta parte viril en las muchachas. Algunos atribuyen a la fuerza de la imaginación las cicatrices del rey Dagoberto y de san Francisco. Se dice que a veces los cuerpos se elevan de su lugar. Y Celso cuenta de un sacerdote que arrebataba su alma en tal éxtasis, que el cuerpo quedaba largo rato sin respiración y sin sensibilidad.

San Agustín nombra a otro, al que bastaba hacerle oír gritos lastimeros y plañideros: de inmediato desfallecía y se transportaba tan vivamente fuera de sí, que de nada servía zarandearlo, y aullar, y pellizcarlo, y quemarlo, hasta que resucitaba: entonces decía haber oído voces, pero como viniendo de lejos: y se daba cuenta de sus quemaduras y magulladuras. Y que esto no fuese una obstinación fingida contra su sensibilidad, lo mostraba el que no tenía mientras tanto ni pulso ni aliento. Es verosímil que el principal crédito de las visiones, de los encantamientos y de tales efectos extraordinarios provenga del poder de la imaginación, actuando principalmente contra las almas del vulgo, más blandas. Les han prendido tanto la creencia, que piensan ver lo que no ven. Todavía estoy en la duda de que esas divertidas ataduras con que nuestro mundo se ve tan enredado que no se habla de otra cosa, sean voluntariamente impresiones de la aprensión y del miedo. Pues yo sé por experiencia que tal persona de quien puedo responder como de mí mismo, en quien no podía caber sospecha alguna de debilidad, y tampoco de encantamiento, habiendo oído relatar a un compañero suyo el cuento de una falla extraordinaria en que había caído en el momento en que menos la necesitaba, encontrándose en parecida ocasión, el horror de ese cuento le vino de golpe a golpear tan rudamente la imaginación, que corrió una fortuna parecida.

Y de ahí en adelante estuvo sujeto a recaer en ello: ese vil recuerdo de su inconveniente lo atormentaba y tiranizaba. Encontró algún remedio a esa fantasía por medio de otra fantasía. Es que confesando él mismo, y proclamando de antemano, esta su sujeción, la tensión de su alma se aliviaba, en que, al presentar este mal como esperado, su obligación se aminoraba, y le pesaba menos. Cuando tuvo permiso, a su elección (su pensamiento desenredado y relajado, su cuerpo encontrándose en su debido estado) de hacerlo entonces primeramente probar, tomar y sorprender al conocimiento de otro, se curó del todo. A quien una vez se le ha sido capaz, no se le es más incapaz, salvo por justa debilidad. Esta desgracia solo es de temer en las empresas donde nuestra alma se encuentra desmedidamente tensa de deseo y de respeto; y especialmente donde las ocasiones se presentan imprevistas y urgentes. No hay modo de recobrarse de este desorden. Conozco a quien le ha servido llevar el cuerpo mismo medio saciado por otro lado, para adormecer el ardor de esta furia, y quien por la edad se encuentra menos impotente, por ser menos potente: y a tal otro, a quien también le ha servido que un amigo lo haya asegurado de estar provisto de una contrabatería de encantamientos seguros para preservarlo.

Vale más que diga cómo fue. Un conde de muy buena familia, con quien yo tenía gran intimidad, casándose con una bella dama que había sido cortejada por tal que asistía a la fiesta, ponía en gran inquietud a sus amigos: y especialmente a una vieja dama su parienta, que presidía aquellas bodas y las celebraba en su casa, temerosa de esas hechicerías: lo cual me hizo saber. Le rogué que se descansara en mí. Tenía yo por fortuna en mis cofres cierta piececita de oro plana, donde estaban grabadas algunas figuras celestes, contra la insolación, y para quitar el dolor de cabeza, alojándola convenientemente sobre la costura del cráneo: y para mantenerla allí, estaba cosida a una cinta apropiada para atar bajo la barbilla. Fantasía hermana de aquella de que hablamos, Jacques Peletier, viviendo en mi casa, me había hecho ese presente singular. Pensé en sacar de ello algún uso, y dije al conde que podría correr fortuna como los otros, habiendo allí hombres capaces de querer procurársela; pero que con toda confianza se fuera a acostar: que yo le haría un favor de amigo: y no escatimaría en su necesidad un milagro que estaba en mi poder: con tal de que sobre su honor me prometiera guardarlo muy fielmente en secreto. Solamente que, cuando hacia la noche fueran a llevarle el refrigerio, si le había ido mal, me hiciera tal señal.

Tenía el alma y las orejas tan golpeadas, que se encontró atado por el desorden de su imaginación: y me hizo su señal a la hora susodicha. Le dije entonces al oído que se levantara, con pretexto de echarnos, y tomara riéndose la bata de noche que yo llevaba puesta (éramos de estatura muy cercana) y se vistiera con ella, mientras hubiera ejecutado mi orden, que fue: Cuando hubiéramos salido, que se retirara a orinar: dijera tres veces tales palabras: e hiciera tales movimientos. Que en cada una de esas tres veces ciñera la cinta que yo le ponía en la mano, y colocara bien cuidadosamente la medalla que estaba adherida a ella sobre sus riñones: la figura en tal postura. Hecho esto, habiendo en la última vez apretado bien esa cinta para que no pudiera desatarse ni moverse de su lugar, con toda seguridad volviera a lo suyo: y no olvidara echar mi bata sobre su lecho, de manera que los cubriera a ambos. Estas ceremonias son lo principal del efecto. Nuestro pensamiento no puede liberarse de que medios tan extraños no provengan de alguna ciencia oculta. Su inanidad les da peso y reverencia. En suma, fue cierto que mis caracteres resultaron más venéreos que solares, más en acción que en prohibición. Fue un humor pronto y curioso el que me llevó a tal efecto, alejado de mi naturaleza. Soy enemigo de las acciones sutiles y fingidas: y odio la astucia en mis manos, no solo recreativa, sino también provechosa. Si la acción no es viciosa, el camino lo es.

Amasis, rey de Egipto, se casó con Laódice, bellísima joven griega; y él, que en todo lo demás se mostraba buen compañero, se halló corto a la hora de gozar de ella, y amenazó con matarla, creyendo que se trataba de algún sortilegio. Como en las cosas que dependen de la fantasía, ella lo remitió a la devoción: y habiendo hecho sus votos y promesas a Venus, él se encontró divinamente restablecido desde la primera noche después de sus oblaciones y sacrificios. Ahora bien, ellas se equivocan al recibirnos con esos ademanes amenazadores, quejumbrosos y huidizos, que nos apagan mientras nos encienden. La nuera de Pitágoras decía que la mujer que se acuesta con un hombre debe dejar con su ropa la vergüenza, y retomarla con su ropa. El alma del asaltante, turbada por diversas alarmas, se pierde fácilmente. Y a quien la imaginación le ha hecho sufrir una vez esta vergüenza (y solo se la hace sufrir en los primeros encuentros, en la medida en que estos son más ardientes y ásperos; y también porque en este primer conocimiento que uno da de sí, se teme mucho más fallar) habiendo empezado mal, entra en fiebre y despecho por este accidente, que le dura en las ocasiones siguientes. Los casados, teniendo todo el tiempo para ellos, no deben ni apresurar ni tantear su empresa si no están listos. Y vale más fallar indecentemente al estrenar el lecho nupcial, lleno de agitación y de fiebre, esperando una y otra ocasión más privada y menos alarmada, que caer en una perpetua miseria por haberse espantado y desesperado ante el primer rechazo. Antes de la posesión tomada, el paciente debe, por intentos ligeros y diversos, ensayarse y ofrecerse, sin empecinarse y obstinarse en convencerse definitivamente a sí mismo. Quienes saben que sus miembros son por naturaleza dóciles, que se preocupen solamente de controlar su fantasía.

Con razón se señala la indócil libertad de este miembro, que se presenta tan inoportunamente cuando no lo necesitamos, y falla tan inoportunamente cuando más lo necesitamos: y disputa la autoridad tan imperiosamente con nuestra voluntad, rechazando con tanta fiereza y obstinación nuestras solicitaciones mentales y manuales. Sin embargo, respecto a que se censure su rebelión y se extraiga prueba de su condenación, si él me hubiera pagado para defender su causa, quizá yo pondría en sospecha a nuestros otros miembros, sus compañeros, de haberle armado por bella envidia, por la importancia y dulzura de su uso, esta querella apostada, y de haber mediante complot armado al mundo contra él, cargándolo malignamente solo con su falta común. Pues os doy a pensar si hay una sola de las partes de nuestro cuerpo que no niegue a nuestra voluntad a menudo su operación, y que a menudo no se ejerza contra nuestra voluntad: cada una tiene pasiones propias que las despiertan y duermen sin nuestro permiso. ¿Cuántas veces testimonian los movimientos forzados de nuestro rostro los pensamientos que manteníamos secretos, y nos traicionan ante los presentes? Esta misma causa que anima a este miembro anima también, sin nuestro conocimiento, el corazón, el pulmón y el pulso: la visión de un objeto agradable esparciendo imperceptiblemente en nosotros la llama de una emoción placentera. ¿Acaso solo estos músculos y estas venas se elevan y se bajan sin el consentimiento no solo de nuestra voluntad, sino también de nuestro pensamiento? No mandamos a nuestros cabellos erizarse, ni a nuestra piel estremecerse de deseo o de miedo. La mano se lleva a menudo adonde no la enviamos. La lengua se paraliza, y la voz se congela a su hora. Incluso cuando no teniendo qué freír se lo prohibiríamos gustosamente, el apetito de comer y de beber no deja de apoderar las partes que le están sujetas, ni más ni menos que ese otro apetito: y nos abandona igualmente, fuera de propósito, cuando le place.

Los órganos que sirven para descargar el vientre tienen sus propias dilataciones y compresiones, al margen y en contra de nuestra voluntad, como aquellos destinados a descargar los riñones. Y lo que, para dar autoridad al poder de nuestra voluntad, san Agustín alega haber visto en alguien que mandaba a su trasero tantos pedos como quería, y que Vives supera con otro ejemplo de su tiempo, de pedos organizados que seguían el tono de las voces que se les pronunciaban, no supone en absoluto una obediencia pura de este miembro. Pues ¿hay alguno habitualmente más indiscreto y tumultuoso? Además, conozco uno tan turbulento y rebelde que hace cuarenta años que obliga a su dueño a peer de un tirón y con una constancia irremitente, y así lo lleva a la muerte. Y pluguiera a Dios que solo lo supiera por las historias, cuántas veces nuestro vientre, por negarnos un solo pedo, nos conduce hasta las puertas de una muerte muy angustiosa; y que el emperador que nos dio libertad para peer por todas partes nos hubiera dado también el poder para hacerlo. Pero nuestra voluntad, en nombre de cuyos derechos formulamos este reproche, ¿con cuánta más verosimilitud podemos tacharla de rebelión y sedición por su desorden y desobediencia? ¿Quiere ella siempre lo que nosotros querríamos que quisiera? ¿No quiere a menudo lo que le prohibimos querer, y con evidente daño para nosotros? ¿Se deja guiar acaso más que aquellos por las conclusiones de nuestra razón?

En fin, diré en favor de mi defendido que se digne considerar que, en este asunto, estando su causa inseparablemente unida a un consorte e indistintamente, solo se dirigen contra él, sin embargo, con argumentos y cargos que no pueden corresponder a dicho consorte. Pues el efecto de este es ciertamente invitar inoportunamente a veces, pero negarse, jamás; e invitar además tácita y tranquilamente. Por tanto se ve la animosidad y la ilegalidad manifiesta de los acusadores. Sea como sea, protesto que, por mucho que los abogados y jueces querellen y sentencien, la naturaleza seguirá entretanto su curso; y no habría sino obrado con razón si hubiera dotado a este miembro de algún privilegio particular. Autor de la única obra inmortal de los mortales. Obra divina según Sócrates; y Amor deseo de inmortalidad, y demonio inmortal él mismo. Tal vez alguno, por este efecto de la imaginación, deja aquí las escrófulas que su compañero se lleva a España. Por eso en tales cosas se acostumbra a pedir un alma preparada. ¿Por qué practican los médicos de antemano la creencia de su paciente, con tantas falsas promesas de su curación, si no es para que el efecto de la imaginación supla el engaño de su pócima? Saben que uno de los maestros de este oficio les dejó escrito que se habían encontrado hombres a quienes la sola vista de la medicina les hacía efecto. Y todo este capricho se me ha venido ahora a la mano con motivo del relato que me hacía un criado boticario de mi difunto padre, hombre simple y suizo, nación poco vanidosa y mentirosa: haber conocido durante mucho tiempo a un comerciante en Tolosa enfermizo y sujeto a la piedra que necesitaba a menudo lavativas, y se las hacía prescribir diversamente por los médicos, según la ocasión de su mal; cuando se las traían, no se omitía nada de las formas acostumbradas; a menudo palpaba si estaban demasiado calientes; allí estaba él acostado, dado vuelta, y todas las aproximaciones hechas, salvo que no se hacía ninguna inyección. El boticario se retiraba después de esta ceremonia, el paciente acomodado como si verdaderamente hubiera recibido la lavativa, sentía el mismo efecto que quienes las reciben. Y si el médico no encontraba la operación suficiente, le daba dos o tres más de la misma forma. Mi testigo jura que, para ahorrar el gasto, pues las pagaba como si las hubiera recibido, habiendo probado la mujer de este enfermo alguna vez poner solo agua tibia, el efecto descubrió el engaño; y por haber encontrado aquellas inútiles, fue necesario volver al primer modo.

Una mujer, creyendo haber tragado un alfiler con su pan, gritaba y se atormentaba como si tuviera un dolor insoportable en la garganta, donde creía sentirlo detenido; pero como no había ni hinchazón ni alteración por fuera, un hombre hábil, habiendo juzgado que no era sino fantasía y opinión nacida de algún trozo de pan que le había pinchado al pasar, la hizo vomitar y arrojó a escondidas en lo que ella devolvió un alfiler torcido. Esta mujer, creyendo haberlo devuelto, se sintió súbitamente liberada de su dolor. Sé de un caballero que, habiendo agasajado en su casa a una buena compañía, se jactó tres o cuatro días después por vía de broma, pues no era verdad, de haberles hecho comer un gato en pastel: de lo cual una damisela del grupo sintió tal horror que, cayendo en un gran trastorno de estómago y fiebre, fue imposible salvarla.

Los animales mismos se ven, como nosotros, sujetos a la fuerza de la imaginación: testigos los perros, que se dejan morir de pena por la pérdida de sus amos; los vemos también ladrar y agitarse en sueños, relinchar los caballos y debatirse.

Pero todo esto puede atribuirse a la estrecha costura del espíritu y el cuerpo que se comunican entre sí sus fortunas. Es otra cosa que la imaginación actúe a veces no solo contra su propio cuerpo, sino contra el cuerpo de otro. Y así como un cuerpo transmite su mal a su vecino, como se ve en la peste, en la viruela y en el mal de ojos, que se contagian de uno a otro:

«Cuando los ojos miran a los dañados, ellos mismos resultan dañados: y muchas cosas dañan a los cuerpos por transmisión»,

igualmente la imaginación, sacudida con vehemencia, lanza dardos que pueden ofender el objeto extraño. La antigüedad sostuvo que ciertas mujeres en Escitia, animadas y encorajinadas contra alguien, lo mataban con la sola mirada. Las tortugas y los avestruces incuban sus huevos con la sola vista, señal de que tienen alguna virtud eyaculatoria. Y en cuanto a los hechiceros, se dice que tienen ojos ofensivos y dañinos.

«No sé qué ojo me fascina los tiernos corderos». Son para mí malos garantes los magos. En todo caso, vemos por experiencia que las mujeres transmiten a los cuerpos de los hijos que llevan en el vientre las marcas de sus fantasías: testigo de ello aquella que engendró al moro. Y fue presentada a Carlos, rey de Bohemia y emperador, una muchacha de los alrededores de Pisa toda velluda y erizada, de quien su madre decía haber sido concebida así a causa de una imagen de san Juan Bautista colgada en su lecho. Con los animales ocurre lo mismo: testigo de ello las ovejas de Jacob, y las perdices y liebres que la nieve vuelve blancas en las montañas. Se vio hace poco en mi casa a un gato acechando un pájaro en lo alto de un árbol, y habiendo fijado la mirada firmemente el uno contra el otro durante un rato, el pájaro dejarse caer como muerto entre las patas del gato, ya fuera embriagado por su propia imaginación, o atraído por alguna fuerza atractiva del gato. Quienes gustan de la cetrería han oído contar la historia del halconero que, fijando obstinadamente su mirada contra un milano en el aire, apostaba a que, por la sola fuerza de su mirada, lo haría bajar, y lo hacía, según se dice.

Pues las historias que tomo prestadas las remito a la conciencia de aquellos de quienes las tomo. Los razonamientos son míos, y se sostienen por la prueba de la razón, no de la experiencia; cada cual puede añadir sus ejemplos, y quien no los tenga, que no deje de creer que los hay en abundancia, dado el número y variedad de los sucesos. Si yo no comento bien, que otro comente por mí. También en el estudio que trato, de nuestras costumbres y movimientos, los testimonios fabulosos, con tal de que sean posibles, sirven como los verdaderos. Sucedido o no sucedido, en Roma o en París, a Juan o a Pedro, es siempre un giro de la capacidad humana del cual soy útilmente advertido por este relato. Lo veo, y saco provecho de ello, tanto en sombra como en cuerpo. Y en las diversas lecciones que tienen a menudo las historias, tomo para mí la que es más rara y memorable. Hay autores cuyo fin es contar los acontecimientos. El mío, si yo supiera lograrlo, sería hablar sobre lo que puede suceder. Está justamente permitido a las escuelas suponer semejanzas cuando no las tienen. Yo no hago así, sin embargo, y supero en esto, en religión supersticiosa, toda fe histórica. En los ejemplos que traigo aquí de lo que he leído, oído, hecho o dicho, me he prohibido osar alterar hasta las más ligeras e inútiles circunstancias; mi conciencia no falsifica ni un ápice; mi ignorancia, no lo sé.

Sobre este asunto, entro a veces en el pensamiento de que podría convenir bastante bien a un teólogo, a un filósofo y a tales gentes de exquisita y exacta conciencia y prudencia escribir la historia. ¿Cómo pueden empeñar su fe sobre una fe popular? ¿Cómo responder de los pensamientos de personas desconocidas, y dar por dinero contante sus conjeturas? De acciones con diversos miembros que ocurren en su presencia, se negarían a dar testimonio bajo juramento ante un juez. Y no hay hombre tan familiar de cuyas intenciones emprendan responder plenamente. Tengo por menos arriesgado escribir las cosas pasadas que las presentes, en tanto que el escritor solo tiene que dar cuenta de una verdad prestada. Algunos me invitan a escribir los asuntos de mi tiempo, estimando que los veo con una mirada menos herida de pasión que otro, y más de cerca, por el acceso que la fortuna me ha dado a los jefes de diversos partidos. Pero no dicen que ni por la gloria de Salustio tomaría yo esa molestia: enemigo jurado de la obligación, de la asiduidad, de la constancia; que nada hay tan contrario a mi estilo como una narración extensa. Me corto tan a menudo por falta de aliento. No tengo ni composición ni explicación que valga. Ignorante más allá de un niño de las frases y vocablos que sirven para las cosas más comunes.

Por tanto he decidido decir lo que sé decir, acomodando la materia a mi fuerza. Si tomara algo que me guiara, mi medida podría fallar a la suya. Que mi libertad, siendo tan libre, habría publicado juicios, a mi propio parecer incluso, y según razón, ilegítimos y punibles. Plutarco nos diría de buena gana acerca de lo que ha hecho que es obra de otros; que sus ejemplos sean en todo y por todo verídicos; que sean útiles para la posteridad y presentados con un lustre que nos ilumine hacia la virtud, que eso es su obra. No es peligroso, como en una droga medicinal, en un relato antiguo, que sea así o asá.

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