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Capítulo 32De huir de los placeres a costa de la vida

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 3 min de lectura

Yo había visto con claridad que la mayoría de las opiniones antiguas coincidían en esto: que es hora de morir cuando hay más mal que bien en vivir, y que conservar nuestra vida para nuestro tormento e incomodidad es ir contra las reglas mismas de la naturaleza, como dicen estas viejas máximas:

Vivir sin penas o morir dichosamente; hermoso es morir para quienes la vida trae ultraje. Mejor es no vivir que vivir miserablemente.

Pero llevar el desprecio de la muerte hasta tal grado que uno la emplee para alejarse de los honores, riquezas, grandezas y otros favores y bienes que llamamos de la fortuna; como si la razón no tuviera ya bastante trabajo persuadiéndonos de abandonarlos, sin añadir además esta nueva carga, eso no lo había visto ni ordenar ni practicar: hasta que este pasaje de Séneca cayó entre mis manos, en el cual, aconsejando a Lucilio, personaje poderoso y de gran autoridad cerca del Emperador, que cambiara esa vida voluptuosa y pomposa, y que se retirara de esa ambición del mundo hacia alguna vida solitaria, tranquila y filosófica: ante lo cual Lucilio alegaba algunas dificultades: Soy de la opinión, dice él, de que dejes esa vida, o la vida del todo: te aconsejo bien que sigas el camino más suave, y que desates antes que rompas lo que has mal anudado, con tal de que si no puede desatarse de otro modo, lo rompas. No hay hombre tan cobarde que no prefiera caer una vez, a permanecer siempre tambaleándose. Yo habría encontrado este consejo propio de la rudeza estoica: pero es más extraño que esté tomado de Epicuro, quien escribe a este propósito cosas muy parecidas a Idomeneo. Sin embargo, creo haber observado algún rasgo semejante entre los nuestros, pero con la moderación cristiana.

San Hilario, obispo de Poitiers, ese famoso enemigo de la herejía arriana, estando en Siria fue advertido de que Abra, su hija única, que había dejado aquí con su madre, era pretendida en matrimonio por los señores más destacados del país, como muchacha muy bien educada, bella, rica, y en la flor de su edad: le escribió, como vemos, que apartara su afecto de todos esos placeres y ventajas que le presentaban: que él le había encontrado en su viaje un partido mucho más grande y más digno, de un marido de muy otro poder y magnificencia, que le haría presentes de vestidos y de joyas de precio inestimable. Su designio era hacerle perder el apetito y el uso de los placeres mundanos, para unirla toda entera a Dios. Pero para eso, el medio más corto y más seguro le pareció ser la muerte de su hija, y no cesó por votos, plegarias y oraciones de hacer petición a Dios de que la sacara de este mundo y la llamara junto a sí: como sucedió: pues poco después de su regreso, ella le murió, de lo cual mostró una singular alegría. Este parece ir más allá que los otros, porque recurre a ese medio desde el primer momento, el cual ellos toman solo subsidiariamente, y además porque se trata de su hija única.

Pero no quiero omitir el final de esta historia, aunque no sea de mi propósito. La mujer de san Hilario habiendo entendido por él cómo la muerte de su hija se había producido por su designio y voluntad, y cuánta más dicha tenía por haber salido de este mundo que por estar en él, concibió una aprehensión tan viva de la beatitud eterna y celeste, que solicitó a su marido con extrema insistencia que hiciera lo mismo por ella. Y Dios, a sus plegarias comunes, habiéndola retirado junto a sí poco después, fue una muerte abrazada con singular contento común.

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