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Capítulo 45De la batalla de Dreux

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 2 min de lectura

Hubo muchísimos sucesos extraordinarios en nuestra batalla de Dreux: pero quienes no favorecen demasiado la reputación del señor de Guisa sostienen voluntariamente que no puede excusarse de haber hecho alto y temporizado con las fuerzas que comandaba, mientras se destrozaba al señor Condestable, jefe del ejército, junto con la artillería: y que habría valido más arriesgarse atacando al enemigo por el flanco, que aguardando la ventaja de verlo por la retaguardia, sufrir una pérdida tan grande. Pero además de que el resultado lo demostró, quien lo debata sin pasión me confesará fácilmente, a mi juicio, que el objetivo y la meta, no solo de un capitán, sino de cada soldado, debe apuntar a la victoria en general; y que ninguna circunstancia particular, por mucho interés que haya en ello, debe desviarlo de ese punto. Filopemén, en un encuentro con Macanidas, habiendo enviado por delante para trabar escaramuza una buena tropa de arqueros y gente de tiro, y habiéndolos derrotado el enemigo, que se entretuvo en perseguirlos a rienda suelta y avanzó tras su victoria a lo largo de la batalla donde estaba Filopemén, aunque sus soldados se inquietaron por ello, no fue de la opinión de moverse de su sitio ni de presentarse al enemigo para socorrer a sus hombres: sino que habiéndolos dejado perseguir y despedazar ante sus ojos, comenzó la carga contra el batallón enemigo de hombres de a pie, cuando vio que quedaba completamente abandonado por su caballería; y aunque eran lacedemonios, dado que los atacó en el momento en que, teniéndolo todo ganado, comenzaban a desorganizarse, los venció fácilmente, y hecho esto se puso a perseguir a Macanidas.

Este caso es muy similar al del señor de Guisa. En aquella áspera batalla de Agesilao contra los beocios, que Jenofonte, que estuvo allí, dice ser la más ruda que jamás viera, Agesilao rechazó la ventaja que la fortuna le presentaba, de dejar pasar el batallón de los beocios y cargar contra ellos por la retaguardia, por muy segura que fuera la victoria que preveía, estimando que eso tenía más de arte que de valentía; y para mostrar su destreza con un maravilloso ardor de coraje, escogió más bien atacarlos de frente: pero también fue muy golpeado y herido, y obligado finalmente a desembarazarse y adoptar el partido que había rechazado al comienzo, haciendo que sus hombres se abrieran para dar paso a aquel torrente de beocios: luego, cuando hubieron pasado, dándose cuenta de que marchaban en desorden, como quienes creían estar ya fuera de todo peligro, los hizo seguir y cargar por los flancos: pero ni así pudo ponerlos en franca huida; sino que se retiraron paso a paso, mostrando siempre los dientes, hasta que se pusieron a salvo.

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