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Capítulo 30De los caníbales

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 26 min de lectura

Cuando el rey Pirro pasó a Italia, después de haber observado la disposición del ejército que los romanos le enviaban al encuentro, dijo: «No sé qué bárbaros son estos (pues los griegos llamaban así a todas las naciones extranjeras), pero la disposición de este ejército que veo no tiene nada de bárbara». Otro tanto dijeron los griegos de aquel que Flaminino hizo pasar a su país, y Filipo, viendo desde una colina el orden y distribución del campamento romano en su reino, bajo Publio Sulpicio Galba. Así es como hay que guardarse de aferrarse a las opiniones vulgares, y hay que juzgarlas por la vía de la razón, no por la voz común.

Tuve durante mucho tiempo conmigo a un hombre que había vivido diez o doce años en ese otro mundo que ha sido descubierto en nuestro siglo, en el lugar donde Villegagnon tomó tierra, al que llamó Francia Antártica. Este descubrimiento de un país infinito parece de gran importancia. No sé si puedo garantizar que en el futuro no se haga algún otro, pues tantos personajes más grandes que nosotros se han equivocado en este. Me temo que tenemos los ojos más grandes que el vientre, y más curiosidad que capacidad. Lo abarcamos todo, pero solo apretamos viento. Platón presenta a Solón contando haber aprendido de los sacerdotes de la ciudad de Sais en Egipto que en otro tiempo, antes del diluvio, hubo una gran isla llamada Atlántida, frente a la boca del estrecho de Gibraltar, que ocupaba más tierra que África y Asia juntas, y que los reyes de aquella región, que no solo poseían esta isla sino que se habían extendido por tierra firme hasta tal punto que dominaban lo ancho de África hasta Egipto y lo ancho de Europa hasta la Toscana, emprendieron marchar sobre Asia y sojuzgar todas las naciones que bordean el mar Mediterráneo hasta el golfo del mar Mayor; y para ello atravesaron las Españas, la Galia, Italia hasta Grecia, donde los atenienses les hicieron frente; pero que algún tiempo después, tanto los atenienses como ellos y su isla fueron engullidos por el diluvio. Es muy verosímil que aquel extremo estrago de agua haya producido cambios extraños en las moradas de la tierra, como se sostiene que el mar separó Sicilia de Italia:

«Estos lugares, dicen, antaño con violencia y vasta ruina se desgarraron, cuando antes una y otra tierra eran una sola»;

Chipre de Siria; la isla de Negroponto de tierra firme de Beocia; y unió en otros lugares las tierras que estaban divididas, rellenando de cieno y arena las zanjas de en medio.

«Y el pantano estéril durante mucho tiempo y apto para los remos alimenta ciudades vecinas y siente el pesado arado».

Pero no es muy probable que aquella isla sea este mundo nuevo que acabamos de descubrir, pues casi tocaba España, y sería un efecto increíble de inundación haberla alejado como está, más de mil doscientas leguas. Además de que las navegaciones de los modernos ya han descubierto casi por completo que esto no es una isla, sino tierra firme y continente con la India Oriental por un lado, y con las tierras que están bajo los dos polos por el otro; o si está separada de ellas, es por un estrecho e intervalo tan pequeños que no merece ser llamada isla por ello.

Parece que hay movimientos naturales, unos, otros febriles, en estos grandes cuerpos, como en los nuestros. Cuando considero la erosión que mi río Dordoña ha hecho en mi época hacia la orilla derecha de su descenso, y que en veinte años ha ganado tanto y socavado los cimientos de varios edificios, veo claramente que es una agitación extraordinaria, pues si hubiera ido siempre a ese ritmo, o debiera ir así en el futuro, la figura del mundo estaría trastornada. Pero les sobrevienen cambios. Unas veces se expanden por un lado, otras por otro, otras se contienen. No hablo de las inundaciones súbitas de las que manejamos las causas. En Médoc, a lo largo del mar, mi hermano señor de Arsac ve una tierra suya enterrada bajo las arenas que el mar vomita ante ella; aún se ve el tejado de algunos edificios; sus rentas y dominios se han convertido en pastos muy pobres. Los habitantes dicen que desde hace algún tiempo el mar avanza tan fuerte hacia ellos que han perdido cuatro leguas de tierra. Estas arenas son sus heraldos. Y vemos grandes montones de arenas movedizas que avanzan media legua delante de ella y ganan territorio.

El otro testimonio de la antigüedad al que se quiere relacionar este descubrimiento está en Aristóteles, al menos si ese pequeño librito de maravillas insólitas es suyo. Cuenta allí que ciertos cartagineses, habiéndose lanzado a través del mar Atlántico, fuera del estrecho de Gibraltar, y navegado largo tiempo, habían descubierto finalmente una gran isla fértil, toda cubierta de bosques y regada por grandes y profundos ríos, muy alejada de todas las tierras firmes; y que ellos, y otros después, atraídos por la bondad y fertilidad del terreno, se fueron allí con sus mujeres e hijos y comenzaron a establecerse. Los señores de Cartago, viendo que su país se despoblaba poco a poco, hicieron prohibición expresa, bajo pena de muerte, de que nadie fuera más allí, y expulsaron a estos nuevos habitantes, temiendo, según se dice, que con el paso del tiempo llegaran a multiplicarse de tal modo que los suplantaran a ellos mismos y arruinaran su estado. Esta narración de Aristóteles no concuerda más con nuestras tierras nuevas.

Este hombre que yo tenía era hombre simple y tosco, lo cual es una condición propia para dar testimonio verdadero. Pues las gentes refinadas observan con mucha más curiosidad, y más cosas, pero las glosan; y para hacer valer su interpretación y persuadir de ella, no pueden evitar alterar un poco la historia. Nunca te representan las cosas puras; las inclinan y enmascaran según el aspecto que les han visto; y para dar crédito a su juicio y atraerte a él, prestan voluntariamente por ese lado a la materia, la alargan y la amplifican. O hace falta un hombre muy fiel, o tan simple que no tenga con qué construir y dar verosimilitud a invenciones falsas, y que no haya desposado nada. El mío era tal; y además de eso me ha hecho ver en diversas ocasiones varios marineros y mercaderes que había conocido en ese viaje. Así que me contento con esta información, sin indagar lo que los cosmógrafos dicen de ello. Nos harían falta topógrafos que nos hicieran narración particular de los lugares donde han estado. Pero por tener esta ventaja sobre nosotros, de haber visto Palestina, quieren gozar del privilegio de contarnos noticias de todo lo demás del mundo. Yo querría que cada uno escribiera lo que sabe, y tanto como sabe de ello; no solo en esto, sino en todos los demás temas. Pues tal puede tener alguna ciencia o experiencia particular de la naturaleza de un río o de una fuente, que del resto no sabe sino lo que cualquiera sabe; sin embargo emprenderá, para hacer correr este pequeño retazo, escribir toda la física. De este vicio surgen muchas grandes incomodidades.

Ahora bien, encuentro, volviendo a mi propósito, que no hay nada de bárbaro y de salvaje en esta nación, según lo que me han contado, salvo que cada uno llama barbarie a lo que no es de su uso. Como de verdad no tenemos otro punto de mira de la verdad y de la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos del país donde estamos. Allí está siempre la perfecta religión, la perfecta política, el perfecto y cumplido uso de todas las cosas. Ellos son salvajes del mismo modo que llamamos salvajes a los frutos que la naturaleza por sí misma y por su marcha ordinaria ha producido, cuando en verdad son aquellos que hemos alterado con nuestro artificio y desviado del orden común los que deberíamos llamar más bien salvajes. En aquellos están vivas y vigorosas las verdaderas, más útiles y naturales virtudes y propiedades, que hemos bastardizado en estos, acomodándolas al placer de nuestro gusto corrompido. Y sin embargo el sabor mismo y la delicadeza se encuentran a nuestro mismo gusto excelentes, rivalizando con los nuestros, en diversos frutos de aquellas regiones, sin cultivo; no es razón que el arte gane la primacía sobre nuestra grande y poderosa madre naturaleza. Hemos recargado tanto la belleza y riqueza de sus obras con nuestras invenciones que la hemos ahogado del todo. Sin embargo, allí donde su pureza reluce, hace una maravillosa vergüenza a nuestras vanas y frívolas empresas.

«Y las hiedras vienen por sí mismas mejor, y el arbolillo surge más hermoso en las soledades, y los pájaros cantan más dulcemente sin ningún arte».

Todos nuestros esfuerzos ni siquiera pueden llegar a representar el nido del pájaro más pequeño, su estructura, su belleza y la utilidad de su uso: ni tampoco el tejido de la miserable araña. Todas las cosas, dice Platón, son producidas por la naturaleza, por la fortuna o por el arte. Las más grandes y más bellas por una u otra de las dos primeras: las menores e imperfectas por la última. Estas naciones me parecen, pues, bárbaras en este sentido: por haber recibido muy poca forma del espíritu humano, y estar todavía muy próximas a su ingenuidad original. Las leyes naturales aún las gobiernan, muy poco bastardizadas por las nuestras. Pero es en tal pureza, que a veces me pesa que no se haya tenido conocimiento de ello antes, en tiempos en que había hombres que hubieran sabido juzgarlas mejor que nosotros. Me pesa que Licurgo y Platón no lo hayan tenido: pues me parece que lo que vemos por experiencia en esas naciones sobrepasa no solamente todas las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro, y todas sus invenciones para fingir una condición feliz de los hombres, sino incluso la concepción y el deseo mismo de la filosofía. No han podido imaginar una ingenuidad tan pura y simple como la que vemos por experiencia; ni han podido creer que nuestra sociedad pudiera mantenerse con tan poco artificio y soldadura humana. Es una nación, diría yo a Platón, en la cual no hay ninguna especie de comercio; ningún conocimiento de letras; ninguna ciencia de números; ningún nombre de magistrado ni de superioridad política; ningún uso de servidumbre, de riqueza o de pobreza; ningunos contratos; ningunas sucesiones; ningunos repartos; ningunas ocupaciones que no sean ociosas; ningún respeto de parentesco que no sea común; ningunos vestidos; ninguna agricultura; ningún metal; ningún uso de vino o de trigo. Las palabras mismas que significan la mentira, la traición, la disimulación, la avaricia, la envidia, la detracción, el perdón, desconocidas. ¡Cuánto encontraría la república que él ha imaginado alejada de esta perfección!

«La naturaleza les dio primero estas costumbres.» Por lo demás, viven en una región muy agradable y de clima templado, de modo que, según me han dicho mis testigos, es raro ver allí a un hombre enfermo; y me han asegurado no haber visto a ninguno tembloroso, legañoso, desdentado o encorvado por la vejez. Están situados a lo largo del mar, y cerrados del lado de la tierra por grandes y altas montañas, teniendo entre medias unas cien leguas aproximadamente de extensión en anchura. Tienen gran abundancia de pescado y de carnes que no se parecen en nada a las nuestras; y las comen sin más preparación que cocerlas. El primero que llevó allí un caballo, aunque ya los había tratado en varios otros viajes, les causó tanto horror en aquella postura que lo mataron a flechazos antes de poder reconocerlo. Sus edificios son muy largos y pueden albergar a dos o tres cien personas, revestidos de corteza de grandes árboles, tocando la tierra por un extremo y sosteniéndose y apoyándose uno contra otro por el otro extremo, al modo de algunos de nuestros graneros cuya cubierta cuelga hasta el suelo y sirve de costado. Tienen madera tan dura que con ella cortan y hacen sus espadas y parrillas para cocer su carne. Sus camas son de un tejido de algodón, suspendidas del techo, como las de nuestros navíos, cada uno la suya, pues las mujeres duermen aparte de los maridos.

Se levantan con el sol y comen inmediatamente después de levantarse, para todo el día, pues no hacen otra comida que esa. No beben entonces, como dice Suidas de algunos otros pueblos de Oriente que bebían fuera de las comidas; ellos beben varias veces al día, y bastante. Su bebida está hecha de cierta raíz y es del color de nuestros vinos claretes. La beben solo tibia. Esta bebida no se conserva más de dos o tres días; tiene un sabor un poco picante, nada embriagador, saludable para el estómago y laxante para quienes no están acostumbrados; es una bebida muy agradable para quien está habituado. En lugar de pan usan cierta materia blanca, como cilantro confitado. Yo la he probado; su sabor es dulce y un poco insípido. Todo el día lo pasan bailando. Los más jóvenes van a cazar animales con arcos. Una parte de las mujeres se dedican mientras tanto a calentar su bebida, que es su principal ocupación. Hay algún anciano que por la mañana, antes de que se pongan a comer, predica en común a toda la comunidad del granero, paseándose de un extremo al otro y repitiendo una misma frase varias veces hasta que ha completado el recorrido, pues son edificios que tienen hasta cien pasos de longitud; solo les recomienda dos cosas: el valor contra los enemigos y el amor a sus mujeres.

Y nunca dejan de remarcar esta obligación, como estribillo, de que son ellas quienes les mantienen su bebida tibia y sazonada. Se ve en varios lugares, y entre otros en mi casa, la forma de sus camas, de sus cuerdas, de sus espadas y brazaletes de madera con que cubren sus muñecas en los combates, y de las grandes cañas abiertas por un extremo con cuyo sonido sostienen la cadencia de su danza. Están rasurados por completo y se afeitan el pelo mucho más pulcramente que nosotros, sin otra navaja que de madera o de piedra. Creen que las almas son eternas, y que las que han merecido bien de los dioses están alojadas en el lugar del cielo donde sale el sol; las malditas, del lado de Occidente. Tienen no sé qué sacerdotes y profetas que se presentan muy raramente al pueblo, teniendo su morada en las montañas. A su llegada se hace una gran fiesta y asamblea solemne de varios pueblos; cada granero, como lo he descrito, forma un pueblo, y están aproximadamente a una legua francesa uno del otro. Este profeta les habla en público, exhortándolos a la virtud y a su deber, pero toda su ciencia ética no contiene más que estos dos artículos: la resolución en la guerra y el afecto a sus mujeres. Este les pronostica las cosas futuras y los acontecimientos que deben esperar de sus empresas; los encamina o aparta de la guerra, pero con la condición de que si falla en adivinar bien y les sucede de otro modo de lo que les ha predicho, es cortado en mil pedazos si lo atrapan, y condenado por falso profeta.

Por esta razón, el que se ha equivocado una vez no se le ve más. Es don de Dios la adivinación; por eso debería ser una impostura punible abusar de ella. Entre los escitas, cuando los adivinos fallaban en el acierto, los acostaban encadenados de pies y manos sobre carretas llenas de brezo, tiradas por bueyes, en las que los quemaban. Quienes manejan cosas sujetas a la conducta de la suficiencia humana son excusables de hacer lo que pueden. Pero esos otros que vienen a engañarnos con las seguridades de una facultad extraordinaria que está fuera de nuestro conocimiento, ¿no hay que castigarlos por no mantener el efecto de su promesa y por la temeridad de su impostura? Tienen sus guerras contra las naciones que están al otro lado de sus montañas, más adentro en tierra firme, a las cuales van completamente desnudos, no teniendo otras armas que arcos o espadas de madera afiladas por un extremo, al modo de las puntas de nuestras lanzas. Es cosa asombrosa la firmeza de sus combates, que nunca terminan sino con muerte y efusión de sangre, pues de derrotas y de miedo no saben qué es. Cada uno trae como trofeo la cabeza del enemigo que ha matado y la cuelga a la entrada de su morada. Después de haber tratado largo tiempo bien a sus prisioneros, y con todas las comodidades que pueden imaginar, aquel que es el dueño hace una gran asamblea de sus conocidos.

Ata una cuerda a uno de los brazos del prisionero, por cuyo extremo lo tiene alejado algunos pasos, por miedo de ser herido por él, y da al más querido de sus amigos el otro brazo para que lo sujete del mismo modo; y ambos, en presencia de toda la asamblea, lo rematan a golpes de espada. Hecho esto, lo asan y lo comen en común, y envían trozos a aquellos de sus amigos que están ausentes. No es, como se piensa, para nutrirse de él, como hacían antiguamente los escitas; es para representar una venganza extrema. Y que es así lo prueba el hecho de que, habiendo advertido que los portugueses, que se habían aliado con sus adversarios, usaban otra clase de muerte contra ellos cuando los capturaban, que era enterrarlos hasta la cintura y disparar al resto del cuerpo gran cantidad de flechazos y colgarlos después, pensaron que esta gente del otro mundo (como los que habían sembrado el conocimiento de muchos vicios entre su vecindad y eran mucho más grandes maestros que ellos en toda clase de maldad) no adoptaban sin razón esta clase de venganza, y que debía de ser más cruel que la suya, por lo que comenzaron a abandonar su manera antigua para seguir esta. No lamento que observemos el horror bárbaro que hay en tal acción, pero sí que, juzgando acertadamente sus faltas, seamos tan ciegos a las nuestras.

Pienso que hay más barbarie en comer a un hombre vivo que en comerlo muerto, en desgarrar por tormentos y suplicios un cuerpo aún lleno de sensibilidad, hacerlo asar poco a poco, hacerlo morder y destrozar por los perros y los cerdos (como no solo lo hemos leído, sino visto de fresca memoria, no entre enemigos antiguos, sino entre vecinos y conciudadanos, y lo que es peor, bajo pretexto de piedad y de religión), que asarlo y comerlo después de que ha fallecido. Crisipo y Zenón, jefes de la secta estoica, han pensado ciertamente que no había ningún mal en servirse de nuestro cadáver para lo que fuese, según nuestra necesidad, y en sacar de él alimento, como nuestros ancestros, estando sitiados por César en la ciudad de Alesia, se resolvieron a soportar el hambre de aquel asedio con los cuerpos de los ancianos, de las mujeres y de otras personas inútiles para el combate.

«Se dice que los vascones, usando tales alimentos, prolongaron sus vidas.»

Y los médicos no temen usarla para toda clase de fines, para nuestra salud; ya sea aplicándola por dentro o por fuera. Pero jamás se halló opinión tan desatinada que excusase la traición, la deslealtad, la tiranía, la crueldad, que son nuestras faltas habituales. Podemos, pues, llamarlos bárbaros respecto a las reglas de la razón, pero no respecto a nosotros, que los superamos en toda clase de barbarie. Su guerra es completamente noble y generosa, y tiene tanta excusa y belleza como puede recibir esta enfermedad humana: no tiene otro fundamento entre ellos que la sola rivalidad por la virtud. No están en disputa por la conquista de nuevas tierras: porque disfrutan todavía de esa fertilidad natural que les provee sin trabajo y sin esfuerzo de todas las cosas necesarias, en tal abundancia, que no tienen necesidad de ampliar sus límites. Están aún en ese feliz punto de no desear más que lo que sus necesidades naturales les ordenan: todo lo que está más allá es superfluo para ellos. Se llaman generalmente entre sí hermanos los de la misma edad: hijos, los que están por debajo; y los ancianos son padres de todos los demás. Estos dejan a sus herederos en común esta plena posesión de bienes sin división, sin otro título que ese del todo puro que la naturaleza da a sus criaturas al traerlas al mundo.

Si sus vecinos pasan las montañas para venir a atacarlos, y ellos logran la victoria sobre ellos, la ganancia del vencedor es la gloria y la ventaja de haber quedado superior en valor y en virtud: porque por lo demás no tienen necesidad de los bienes de los vencidos, y vuelven a sus países, donde no carecen de ninguna cosa necesaria; ni carecen tampoco de esa gran cualidad de saber disfrutar felizmente de su condición y contentarse con ella. Otro tanto hacen estos a su vez. No piden a sus prisioneros otro rescate que la confesión y reconocimiento de haber sido vencidos. Pero no se encuentra ni uno en todo un siglo que no prefiera la muerte antes que ceder, ni por actitud ni de palabra, un solo punto de una grandeza de ánimo invencible. No se ve ninguno que no prefiera ser muerto y comido antes que solicitar siquiera no serlo. Los tratan con toda libertad, a fin de que la vida les sea aún más preciada: y habitualmente los mantienen con amenazas de su muerte futura, de los tormentos que tendrán que sufrir en ella, de los preparativos que se disponen para ese efecto, del descuartizamiento de sus miembros y del festín que se hará a costa suya. Todo esto se hace con la única finalidad de arrancar de su boca alguna palabra blanda o rebajada, o de darles ganas de huir; para ganar esa ventaja de haberlos atemorizado y haber quebrantado su firmeza. Porque, bien mirado, es en este solo punto donde consiste la verdadera victoria:

No hay victoria alguna como la que somete a los enemigos que se confiesan vencidos también en el alma.

Los húngaros, combatientes muy belicosos, no llevaban antaño su empeño más allá de haber rendido al enemigo a su merced. Pues una vez que habían arrancado esa confesión, lo dejaban marchar sin ofensa, sin rescate; salvo que a lo sumo le sacaban palabra de no armarse en adelante contra ellos. Bastantes ventajas ganamos sobre nuestros enemigos, que son ventajas prestadas, no nuestras. Es cualidad de un mozo de cuerda, no de la virtud, tener los brazos y las piernas más recias: la disposición es una cualidad muerta y corporal; es un golpe de fortuna hacer tropezar a nuestro enemigo y deslumbrarle los ojos con la luz del sol; es un truco de arte y de ciencia, y que puede darse en una persona cobarde y de nada, ser hábil en la esgrima. La estima y el precio de un hombre consiste en el corazón y en la voluntad: ahí reside su verdadero honor; la valentía es la firmeza, no de las piernas y de los brazos, sino del coraje y del alma; no consiste en el valor de nuestro caballo ni de nuestras armas, sino en el nuestro. Quien cae obstinado en su coraje, si succiderit, de genu pugnat. Quien ante algún peligro de muerte cercana no afloja un punto su seguridad, quien aún al entregar el alma mira a su enemigo con vista firme y desdeñosa, es vencido, no por nosotros, sino por la fortuna: es muerto, no vencido; los más valientes son a veces los más desgraciados.

También hay derrotas triunfantes que rivalizan con las victorias. Ni esas cuatro victorias hermanas, las más bellas que el sol haya visto jamás con sus ojos, de Salamina, de Platea, de Micala, de Sicilia, osaron nunca oponer toda su gloria junta a la gloria de la derrota del rey Leónidas y los suyos en el paso de las Termópilas. ¿Quién corrió nunca con una envidia más gloriosa y más ambiciosa hacia la ganancia del combate que el capitán Iscolas hacia la pérdida? ¿Quién más ingeniosamente y cuidadosamente se ha asegurado su salvación que él su ruina? Estaba encargado de defender cierto paso del Peloponeso contra los arcadios; para lo cual, viéndose del todo incapaz, vista la naturaleza del lugar y la desigualdad de fuerzas, y resolviendo que todo lo que se presentara a los enemigos tendría por necesidad que quedarse allí; por otra parte, estimando indigno de su propia virtud y magnanimidad, y del nombre lacedemonio, fallar en su encargo: tomó entre estos dos extremos un término medio, de tal suerte: los más jóvenes y dispuestos de su tropa los conservó para la protección y servicio de su país, y los envió de vuelta allá; y con aquellos cuya falta era menor, deliberó sostener ese paso y hacer que por su muerte los enemigos pagaran la entrada lo más cara que le fuera posible: como sucedió.

Pues estando pronto rodeado por todas partes por los arcadios, después de haber hecho una gran carnicería, él y los suyos fueron todos pasados a filo de espada. ¿Hay algún trofeo asignado para los vencedores que no se deba mejor a esos vencidos? El verdadero vencer tiene por su función el combate, no la salvación; y consiste el honor de la virtud en combatir, no en vencer.

Para volver a nuestra historia, tanto les falta a estos prisioneros rendirse por todo lo que se les hace, que al contrario, durante esos dos o tres meses que se les guarda, llevan un semblante alegre, apremian a sus amos para que se apresuren a ponerlos en esa prueba, los desafían, los injurian, les reprochan su cobardía y el número de batallas perdidas contra los suyos. Tengo una canción hecha por un prisionero donde hay este rasgo: que vengan valerosamente todos y se reúnan para cenar de él, pues comerán al mismo tiempo a sus padres y a sus abuelos, que han servido de alimento y de alimento a su cuerpo; estos músculos, dice, esta carne y estas venas, son los vuestros, pobres locos que sois; no reconocéis que la sustancia de los miembros de vuestros ancestros está todavía ahí: saboreádlos bien, encontraréis en ellos el gusto de vuestra propia carne; invención que no huele en absoluto a barbarie. Los que los pintan muriendo y que representan esa acción cuando los rematan, pintan al prisionero escupiendo a la cara de quienes lo matan y haciéndoles muecas. En verdad, no cesan hasta el último suspiro de desafiarlos y retarlos de palabra y de semblante. Sin mentir, comparados con nosotros, he aquí unos hombres bien salvajes: pues o tienen que serlo bien de verdad, o tenemos que serlo nosotros; hay una maravillosa distancia entre su forma y la nuestra.

Los hombres tienen allí varias mujeres, y tienen tanto mayor número cuanto mayor es su reputación de valentía. Es una belleza notable en sus matrimonios que el mismo celo que nuestras mujeres tienen para impedirnos la amistad y benevolencia de otras mujeres, las suyas lo tienen muy igual para procurársela. Estando más solícitas del honor de sus maridos que de ninguna otra cosa, buscan y ponen su diligencia en tener cuantas más compañeras puedan, puesto que es un testimonio de la virtud del marido. Las nuestras gritarán que es un milagro: no lo es. Es una virtud propiamente matrimonial, pero del más alto grado. Y en la Biblia, Lea, Raquel, Sara y las mujeres de Jacob proporcionaron sus bellas sirvientas a sus maridos, y Livia secundó los apetitos de Augusto, en su propio interés; y la mujer del rey Deyótaro, Estratonice, prestó no solamente al uso de su marido una muy bella joven doncella de cámara que la servía, sino que crió cuidadosamente a los hijos y les prestó apoyo para suceder en los estados de su padre.

Y para que no se piense que todo esto se hace por una simple y servil obligación a su usanza, y por la impresión de la autoridad de su antigua costumbre, sin discurso y sin juicio, y por tener el alma tan estúpida que no puede tomar otro partido, hay que aducir algunos rasgos de su suficiencia. Además de aquel que acabo de referir de una de sus canciones guerreras, tengo otra amorosa que comienza en este sentido: Culebra, detente, detente culebra, para que mi hermana calcule sobre el patrón de tu pintura la forma y la labor de un rico cordón que yo pueda dar a mi amada; así sea en todo tiempo tu belleza y tu disposición preferida a todas las otras serpientes. Este primer pareado es el estribillo de la canción. Pues bien, tengo bastante trato con la poesía para juzgar esto: que no solamente no hay nada de barbarie en esta imaginación, sino que es del todo anacreóntica. Su lengua, por lo demás, es una lengua dulce y que tiene el son agradable, cercano a las terminaciones griegas.

Tres de entre ellos, ignorando cuánto costará un día a su reposo y a su dicha el conocimiento de las corrupciones de acá, y que de ese trato nacerá su ruina, como yo presupongo que está ya avanzada (bien miserables por haberse dejado picar por el deseo de la novedad y haber abandonado la dulzura de su cielo para venir a ver el nuestro), estuvieron en Ruan en el tiempo en que el difunto rey Carlos noveno estaba allí; el rey les habló largo tiempo, se les hizo ver nuestra manera, nuestra pompa, la forma de una bella ciudad; tras eso, alguien les pidió su opinión y quiso saber de ellos qué habían encontrado más admirable; respondieron tres cosas, de las cuales he perdido la tercera, y lo siento mucho; pero aún tengo dos en memoria. Dijeron que encontraban en primer lugar muy extraño que tantos hombres grandes con barba, fuertes y armados, que estaban en torno al rey (es verosímil que hablaran de los suizos de su guardia), se sometieran a obedecer a un niño, y que no se escogiera más bien a alguno de entre ellos para mandar. En segundo lugar (tienen un modo de hablar tal que llaman a los hombres mitad los unos de los otros) que habían percibido que había entre nosotros hombres llenos y atestados de toda suerte de comodidades, y que sus mitades estaban mendigando a sus puertas, descarnados de hambre y de pobreza; y encontraban extraño cómo esas mitades necesitadas podían soportar una tal injusticia, que no tomaran a los otros del cuello o prendieran fuego a sus casas.

Hablé con uno de ellos muy largo tiempo, pero tenía un intérprete que me seguía tan mal y que estaba tan impedido para recibir mis ideas por su estupidez, que no pude sacar de él nada que valga. Cuando le pregunté qué fruto recibía de la superioridad que tenía entre los suyos, pues era un capitán y nuestros marineros lo llamaban rey, me dijo que era marchar el primero a la guerra; cuántos hombres lo seguían, me mostró un espacio de lugar para significar que era cuanto podía haber en tal espacio, podía ser cuatro o cinco mil hombres; si fuera de la guerra toda su autoridad expiraba, dijo que le quedaba esto: que cuando visitaba las aldeas que dependían de él, le trazaban senderos a través de los setos de sus bosques por donde pudiera pasar cómodamente. Todo eso no va demasiado mal: pero qué, no llevan calzas.

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