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Capítulo 53Sobre una frase de César

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 2 min de lectura

Si nos dedicáramos a veces a considerarnos a nosotros mismos, y el tiempo que empleamos en fiscalizar a los demás y en conocer las cosas que están fuera de nosotros lo empleáramos en sondear nuestro propio interior, percibiríamos fácilmente cuán débiles y defectuosas son todas las piezas que componen nuestra entera estructura. ¿No es acaso un testimonio singular de imperfección el no poder asentar nuestro contento en cosa alguna, y que incluso por deseo e imaginación esté fuera de nuestro alcance elegir lo que nos hace falta? De ello da buen testimonio esa gran disputa que siempre ha habido entre los filósofos para hallar el bien supremo del hombre, y que todavía dura y durará eternamente, sin resolución y sin acuerdo.

«Mientras está ausente lo que ansiamos, eso parece superar todo lo demás; después, cuando conseguimos otra cosa, aquello es lo que ansiamos. Y una sed igual nos domina.»

Sea lo que sea lo que cae en nuestro conocimiento y disfrute, sentimos que no nos satisface, y vamos boquiabiertos tras las cosas futuras e ignoradas, porque las presentes no nos sacian. No es, a mi juicio, porque no tengan bastante con qué saciarnos, sino porque las asimos con una presa enferma y desordenada.

«Pues cuando vio que ya casi todo lo que el uso reclama para vivir estaba preparado para los mortales, y que los hombres abundaban en riquezas, honor y alabanza, y se enorgullecían de la buena reputación de sus hijos, y sin embargo ninguno tenía en casa menos angustia en el corazón, y el ánimo se veía obligado a servir a incesantes quejas, comprendió entonces que era el vaso mismo el que causaba el vicio, y que por culpa de este se corrompía en su interior todo cuanto de fuera llegaba como bien y provecho.»

Nuestro apetito es irresoluto e incierto: no sabe retener nada ni disfrutar de nada como es debido. El hombre, creyendo que el vicio reside en las cosas que posee, se llena y se alimenta de otras cosas que desconoce y que no conoce, sobre las cuales deposita sus deseos y sus esperanzas, las toma en honor y reverencia: como dice César: «Es vicio común de la naturaleza que confiemos más en las cosas invisibles, ocultas y desconocidas, y que por ellas nos aterroricemos con mayor vehemencia.»

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