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Capítulo 50De Demócrito y Heráclito

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 6 min de lectura

El juicio es un instrumento válido para todos los asuntos, y se mezcla en todo. Por eso, en los ensayos que hago aquí, utilizo toda clase de ocasiones. Si se trata de un tema que no entiendo en absoluto, precisamente en eso lo pongo a prueba, tanteando el vado desde muy lejos, y luego, al encontrarlo demasiado profundo para mi estatura, me quedo en la orilla. Y este reconocimiento de no poder ir más allá es un rasgo de su efecto, sí, de aquellos de los que más se jacta. A veces, con un tema vano y sin sustancia, intento ver si encuentra con qué darle cuerpo, y con qué sostenerlo y apuntalarlo. A veces lo paseo por un tema noble y trillado, en el cual no tiene nada que hallar por sí mismo, pues el camino está tan hollado que no puede más que seguir la huella ajena. Ahí su juego consiste en escoger la ruta que le parece mejor: y de mil senderos, dice que este o aquel ha sido el mejor elegido. Tomo de la fortuna el primer argumento: todos me son igualmente buenos, y nunca me propongo tratarlos enteros. Pues yo no veo el todo de nada. Y tampoco lo ven quienes nos prometen hacérnoslo ver. De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, tomo uno, ya sea para lamerlo solamente, ya para rozarlo, y a veces para pellizcarlo hasta el hueso. Le doy una estocada, no lo más amplia, sino lo más profunda que sé. Y prefiero con frecuencia aprehenderlas por algún brillo inusitado. Me arriesgaría a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara en mi incapacidad. Sembrando aquí una palabra, allí otra, muestras arrancadas de su pieza, dispersas, sin plan, sin promesa: no estoy obligado a hacer de ellas algo bueno, ni a atenerme a ellas yo mismo, sin variar, cuando me place, y entregarme a la duda y la incertidumbre, y a mi forma maestra, que es la ignorancia.

Todo movimiento nos revela. Esta misma alma de César que se muestra al ordenar y disponer la batalla de Farsalia, también se muestra al arreglar partidas ociosas y amorosas. Se juzga un caballo no solo al verlo maniobrar en una pista, sino también al verlo caminar al paso, e incluso al verlo en reposo en el establo.

Entre las funciones del alma, las hay humildes. Quien no la ve también por ahí no acaba de conocerla. Y quizá se la observe mejor cuando va a su paso sencillo. Los vientos de las pasiones la toman más en sus alturas elevadas, además de que se entrega por entero a cada materia y se ejercita en ella enteramente; y nunca trata más de una a la vez, y la trata no según ella, sino según sí misma. Las cosas, en sí mismas, tienen quizá sus pesos y medidas y condiciones; pero dentro, en nosotros, ella se las talla como le parece. La muerte es espantosa para Cicerón, deseable para Catón, indiferente para Sócrates. La salud, la conciencia, la autoridad, la ciencia, la riqueza, la belleza y sus contrarios se despojan a la entrada y reciben del alma nuevo ropaje y el tinte que le place: pardo, claro, verde, oscuro; agrio, dulce, profundo, superficial; y el que place a cada una de ellas. Pues no han acordado en común sus estilos, reglas y formas; cada una es reina en su dominio. Por ello, no busquemos más excusas en las cualidades externas de las cosas: a nosotros, a nosotros nos toca dar cuenta de ellas. Nuestro bien y nuestro mal dependen solo de nosotros. Ofrezcámosles nuestras ofrendas y nuestros votos, no a la fortuna: ella no puede nada sobre nuestras costumbres; al contrario, estas la arrastran tras de sí y la moldean a su forma.

¿Por qué no juzgaré a Alejandro en la mesa charlando y bebiendo en consecuencia? O si jugaba al ajedrez, ¿qué cuerda de su espíritu no toca y emplea este juego necio y pueril? Yo lo odio y lo huyo, porque no es suficientemente juego y nos divierte demasiado seriamente; me da vergüenza dedicarle la atención que bastaría para algo bueno. Él no estuvo más ocupado al organizar su glorioso paso a las Indias, ni aquel otro al resolver un paso del cual depende la salvación del género humano. Ved cuánto perturba nuestra alma este pasatiempo ridículo si todos sus nervios no se tensan. Cuán ampliamente da a cada uno licencia en esto para conocerse y juzgarse correctamente. No me veo ni me reconozco más universalmente en ninguna otra postura. ¿Qué pasión no se ejercita en ello? La cólera, el despecho, el odio, la impaciencia, y una vehemente ambición de vencer en una cosa en la cual sería más excusable ser ambicioso de ser vencido. Pues la excelencia rara y por encima de lo común sienta mal a un hombre de honor en cosa frívola. Lo que digo de este ejemplo se puede decir de todos los demás. Cada fragmento, cada ocupación del hombre lo acusa y lo muestra igualmente que otra.

Demócrito y Heráclito fueron dos filósofos, de los cuales el primero, encontrando vana y ridícula la condición humana, no salía en público más que con un semblante burlón y risueño; Heráclito, teniendo piedad y compasión de esta misma condición nuestra, llevaba el rostro continuamente triste y los ojos cargados de lágrimas.

«Uno reía cada vez que desde el umbral movía un solo pie y lo sacaba; el otro, por el contrario, lloraba».

Prefiero el primer temperamento, no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque es más desdeñoso y porque nos condena más que el otro; y me parece que nunca podremos ser suficientemente despreciados según nuestro mérito. La queja y la conmiseración están mezcladas con cierta estima de la cosa que se llora; las cosas de las que uno se burla, las estima sin valor. No creo que haya tanta desdicha en nosotros como vanidad, ni tanta malicia como necedad: no estamos tan llenos de mal como de vacuidad; no somos tan miserables como viles. Así Diógenes, que hacía tonterías aparte, haciendo rodar su tonel y mirando con desdén al gran Alejandro, estimándonos moscas o vejigas llenas de viento, era juez mucho más áspero y punzante, y por consiguiente más justo a mi parecer, que Timón, aquel que fue llamado el misántropo. Pues lo que se odia, se toma a pecho. Este nos deseaba el mal, estaba apasionado por el deseo de nuestra ruina, huía de nuestra conversación como peligrosa, de malvados y de naturaleza depravada; el otro nos estimaba tan poco que no podríamos ni perturbarlo ni alterarlo por nuestro contagio, nos dejaba la compañía no por temor, sino por desdén de nuestro trato; no nos estimaba capaces ni de hacer bien ni de hacer mal.

De la misma índole fue la respuesta de Estatilio, a quien Bruto habló para unirlo a la conspiración contra César: encontró justa la empresa, pero no encontró a los hombres dignos por los cuales uno debiera tomarse molestia alguna; conforme a la doctrina de Hegesías, quien decía que el sabio no debía hacer nada más que por sí mismo, puesto que solo él es digno de que se haga algo por él. Y conforme a la de Teodoro, que es injusto que el sabio se arriesgue por el bien de su país y que ponga en peligro la sabiduría por locos. Nuestra propia condición es tan ridícula como risible.

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