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Capítulo 31Que hay que mezclarse sobriamente en juzgar las ordenanzas divinas

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

El verdadero campo y objeto de la impostura son las cosas desconocidas: porque en primer lugar la extrañeza misma les da crédito, y luego, al no estar sometidas a nuestros discursos ordinarios, nos quitan el medio de combatirlas. Por esta razón, dice Platón, es mucho más fácil satisfacer hablando de la naturaleza de los Dioses que de la naturaleza de los hombres: porque la ignorancia de los oyentes ofrece una hermosa y amplia carrera, y toda libertad, al manejo de una materia oculta. De ahí resulta que nada se cree tan firmemente como lo que menos se sabe, ni hay gente tan segura como los que nos cuentan fábulas, como Alquimistas, Pronosticadores, Astrólogos judiciarios, Quirománticos, Médicos, id genus omne. A los cuales añadiría gustosamente, si me atreviera, un montón de gente, intérpretes y fiscalizadores ordinarios de los designios de Dios, que se dedican a encontrar las causas de cada accidente, y a ver dentro de los secretos de la voluntad divina los motivos incomprensibles de sus obras. Y aunque la variedad y discordancia continua de los acontecimientos los rechace de rincón en rincón, y de Oriente a Occidente, no dejan sin embargo de seguir su pelota, y con el mismo lápiz pintar el blanco y el negro. En una nación india hay esta loable observancia: cuando les va mal en algún encuentro o batalla, piden públicamente perdón al Sol, que es su Dios, como por una acción injusta: atribuyendo su ventura o desventura a la razón divina, y sometiéndole su juicio y discurso.

A un cristiano le basta creer que todas las cosas vienen de Dios; recibirlas con reconocimiento de su divina e inescrutable sabiduría; por tanto, tomarlas en buena parte, cualquiera que sea el aspecto con que le sean enviadas. Pero encuentro malo lo que veo en uso, de buscar afirmar y apoyar nuestra religión por la prosperidad de nuestras empresas. Nuestra creencia tiene bastantes otros fundamentos, sin autorizarla por los acontecimientos. Pues el pueblo acostumbrado a estos argumentos plausibles, y propiamente de su gusto, corre peligro, cuando los acontecimientos se vuelven a su vez contrarios y desventajosos, de que se le tambalee su fe. Como en las guerras en que estamos por la Religión, aquellos que tuvieron la ventaja en el encuentro de la Roche-l'Abeille, haciendo gran fiesta de este suceso, y sirviéndose de esta fortuna como cierta aprobación de su partido: cuando vienen después a excusar sus desgracias de Montcontour y de Jarnac, en que son varas y castigos paternales, si no tienen un pueblo del todo a su merced, le hacen sentir bastante fácilmente que es sacar dos harinas de un saco, y de una misma boca soplar el calor y el frío. Valdría más alimentarlo con los verdaderos fundamentos de la verdad. Es una hermosa batalla naval la que se ha ganado estos meses pasados contra los Turcos, bajo la conducta de don Juan de Austria: pero bien le ha placido a Dios hacer ver otras veces otras como esas a nuestras expensas.

En suma, es difícil reducir las cosas divinas a nuestra balanza, sin que sufran merma en ella. Y quien quisiera dar razón de que Arrio y León su Papa, jefes principales de esta herejía, murieron en diversos tiempos, de muertes tan parecidas y tan extrañas (pues retirados de la disputa por dolor de vientre al retrete, ambos rindieron allí súbitamente el alma) y exagerar esta venganza divina por la circunstancia del lugar, bien podría añadir todavía la muerte de Heliogábalo, que también fue matado en un retrete. ¿Pero qué? Ireneo se encuentra comprometido en la misma fortuna. Dios, queriendo enseñarnos que los buenos tienen otra cosa que esperar, y los malos otra cosa que temer, que las fortunas o infortunios de este mundo: los maneja y aplica según su disposición oculta; y nos quita el medio de sacar de ello neciamente nuestro provecho. Y se burlan de ellos quienes quieren prevalerse de ello según la razón humana. Nunca dan una estocada sin recibir dos. San Agustín hace una hermosa prueba de ello sobre sus adversarios. Es un conflicto que se decide por las armas de la memoria, más que por las de la razón. Hay que contentarse con la luz que al Sol le place comunicarnos por sus rayos, y quien alce sus ojos para tomar una más grande en su cuerpo mismo, que no encuentre extraño, si como pena de su presunción pierde allí la vista. Quis hominum potest scire consilium Dei? aut quis poterit cogitare, quid velit Dominus?

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