Capítulo 1Por diversos medios se llega a un mismo fin
La manera más común de ablandar los corazones de aquellos a quienes hemos ofendido, cuando tienen la venganza en su mano y nos tienen a su merced, es conmoverlos por medio de la sumisión, a la conmiseración y a la piedad; sin embargo, la bravura, la constancia y la resolución, medios todos contrarios, han servido a veces para este mismo efecto. Eduardo, príncipe de Gales, aquel que gobernó durante tanto tiempo nuestra Guyana: personaje cuyas condiciones y fortuna poseen muchas notables cualidades de grandeza; habiendo sido muy gravemente ofendido por los habitantes de Limoges, y tomando su ciudad por la fuerza, no pudo ser detenido por los gritos del pueblo, de las mujeres y de los niños abandonados a la carnicería, que le pedían piedad gritando y arrojándose a sus pies: hasta que, siguiendo siempre adelante en la ciudad, divisó a tres gentilhombres franceses que con una audacia increíble resistían solos el empuje de su ejército victorioso. La consideración y el respeto de una virtud tan notable embotaron primero la punta de su cólera, y comenzó por estos tres a conceder misericordia a todos los demás habitantes de la ciudad. Scanderbeg, príncipe de Epiro, persiguiendo a uno de sus soldados para matarlo, y habiendo este soldado intentado por toda clase de humildad y de súplica apaciguarlo, se resolvió en última instancia a esperarlo con la espada en la mano: esta resolución suya detuvo en seco la furia de su amo, quien por haberlo visto tomar un partido tan honorable lo recibió en gracia. Este ejemplo podrá admitir otra interpretación de parte de aquellos que no hayan leído acerca de la prodigiosa fuerza y valentía de este príncipe. El emperador Conrado tercero, habiendo sitiado a Welf, duque de Baviera, no quiso condescender a condiciones más dulces, cualesquiera viles y cobardes satisfacciones que le ofrecieran, que permitir solamente a las nobles damas que estaban sitiadas con el duque salir con su honor a salvo, a pie, con lo que pudieran llevar sobre ellas. Ellas, con un corazón magnánimo, se decidieron a cargar sobre sus espaldas a sus maridos, sus hijos y al duque mismo. El emperador sintió tan gran placer al ver la gentileza de su valor que lloró de alegría, y amortiguó toda aquella acritud de enemistad mortal y capital que había albergado contra este duque, y desde entonces en adelante lo trató humanamente a él y a los suyos.
Uno y otro de estos dos medios me conquistarían fácilmente, pues tengo una maravillosa inclinación hacia la misericordia y la mansedumbre; tanto es así que, a mi parecer, me rendiría más naturalmente a la compasión que a la estima. Aun así, la piedad es una pasión viciosa para los estoicos: quieren que se socorra a los afligidos, pero no que se flaquee y se compadezca con ellos. Ahora bien, estos ejemplos me parecen más apropiados, en la medida en que se ven estas almas asaltadas y puestas a prueba por estos dos medios, resistir uno sin inmutarse y doblegarse bajo el otro. Puede decirse que ablandar el corazón a la conmiseración es efecto de la facilidad, la bondad y la molicie; de donde resulta que las naturalezas más débiles, como las de las mujeres, los niños y el vulgo, son más propensas a ello; pero haber desdeñado las lágrimas y los llantos para rendirse únicamente a la reverencia de la santa imagen de la virtud, esto es efecto de un alma fuerte e inflexible, que tiene en afecto y en honor un vigor varonil y obstinado. Sin embargo, en las almas menos generosas, el asombro y la admiración pueden hacer nacer un efecto parecido; testigo el pueblo tebano, que habiendo llevado a juicio de acusación capital a sus capitanes por haber continuado su cargo más allá del tiempo que les había sido prescrito y preordenado, absolvió con toda pena a Pelópidas, que se doblaba bajo el peso de tales acusaciones y no empleaba para protegerse sino ruegos y súplicas; y por el contrario, Epaminondas, que vino a relatar magníficamente las cosas hechas por él y a reprocharlas al pueblo de manera altiva y arrogante, no tuvo el pueblo el corazón de tomar siquiera las balotas en la mano, y se retiró la asamblea alabando grandemente la alteza del valor de este personaje.
Dionisio el Viejo, después de largas y extremas dificultades, habiendo tomado la ciudad de Regio, y en ella al capitán Pitón, gran hombre de bien que la había defendido tan obstinadamente, quiso sacar de ello un trágico ejemplo de venganza. Le dijo primero cómo el día anterior había hecho ahogar a su hijo y a todos los de su parentela. A lo cual Pitón respondió solamente que ellos eran por ello un día más felices que él. Después lo hizo desnudar y apoderarse de él por los verdugos, y arrastrarlo por la ciudad azotándolo muy ignominiosa y cruelmente, y además cargándolo de palabras felones y contumeliosas. Pero él mantuvo el valor siempre constante, sin perderse. Y con un rostro firme, iba por el contrario recordando en voz alta la honorable y gloriosa causa de su muerte, por no haber querido entregar su patria en manos de un tirano, amenazándolo con un próximo castigo de los dioses. Dionisio, leyendo en los ojos de la tropa de su ejército que, en lugar de animarse con las bravatas de este enemigo vencido, al desprecio de su jefe y de su triunfo, se iba ablandando por el asombro de una virtud tan rara y se disponía a amotinarse, e incluso a arrebatar a Pitón de entre las manos de sus sargentos, hizo cesar ese martirio y en secreto lo mandó ahogar en el mar.
Ciertamente, es un sujeto maravillosamente vano, diverso y ondulante el hombre; es difícil fundar en él un juicio constante y uniforme. He aquí que Pompeyo perdonó a toda la ciudad de los mamertinos, contra la cual estaba muy animado, en consideración de la virtud y magnanimidad del ciudadano Zenón, que se cargaba solo con la culpa pública y no pedía otra gracia que llevar solo la pena. Y el huésped de Sila, habiendo usado de semejante virtud en la ciudad de Perusa, no ganó nada, ni para sí ni para los otros.
Y directamente contra mis primeros ejemplos, el más audaz de los hombres y tan clemente con los vencidos, Alejandro, forzando después de muchas grandes dificultades la ciudad de Gaza, encontró a Betis, que allí mandaba, de cuyo valor había sentido durante ese sitio pruebas maravillosas, entonces solo, abandonado por los suyos, sus armas destrozadas, todo cubierto de sangre y heridas, combatiendo aún en medio de varios macedonios que lo atacaban por todas partes; y le dijo, todo picado por una victoria tan costosa, pues entre otros daños había recibido dos heridas frescas en su persona: «No morirás como has querido, Betis; ten por seguro que tendrás que sufrir todas las clases de tormentos que se puedan inventar contra un cautivo». El otro, con un semblante no solamente seguro, sino arrogante y altivo, se mantuvo sin decir palabra ante estas amenazas. Entonces Alejandro, viendo su obstinación en callarse: «¿Ha doblado una rodilla? ¿Se le ha escapado alguna voz suplicante? Verdaderamente venceré este silencio; y si no puedo arrancarle palabra, le arrancaré al menos gemidos». Y convirtiendo su cólera en rabia, ordenó que le perforaran los talones e hizo que lo arrastraran así vivo, descuartizado y desmembrado, atado a la cola de un carro. ¿Sería que la fuerza de valor le era tan natural y común que, por no admirarla, la respetaba menos? ¿O que la estimaba tan propiamente suya que en esta altura no podía soportar verla en otro sin el despecho de una pasión envidiosa? ¿O que la impetuosidad natural de su cólera era incapaz de oposición? En verdad, si ella hubiera recibido freno, es de creer que en la toma y desolación de la ciudad de Tebas lo hubiera recibido: al ver cruelmente pasar a filo de espada a tantos hombres valientes, perdidos y sin tener ya medio de defensa pública. Pues fueron muertos seis mil, de los cuales ninguno fue visto ni huyendo ni pidiendo piedad; al contrario, buscando quién aquí, quién allá, por las calles, enfrentar a los enemigos victoriosos, provocándolos a hacerlos morir de una muerte honorable. Ninguno fue visto que no intentara en su último suspiro vengarse aún, y con las armas de la desesperación consolar su muerte en la muerte de algún enemigo. Mas no encontró la aflicción de su virtud piedad alguna, y no bastó la duración de un día para saciar su venganza. Esta carnicería duró hasta la última gota de sangre derramable, y no se detuvo sino en las personas desarmadas: ancianos, mujeres y niños, para sacar de ellos treinta mil esclavos.
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