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Capítulo 6La hora de las negociaciones peligrosa

Ensayos, libro I · Michel de Montaigne · 4 min de lectura

Sin embargo, vi recientemente en mi vecindad de Mussidan que quienes fueron desalojados por la fuerza por nuestro ejército, y otros de su partido, gritaban como si hubiera habido traición, porque durante las gestiones de acuerdo, y mientras el tratado aún continuaba, se les había sorprendido y aniquilado. Cosa que quizá habría tenido apariencia de tal en otro siglo; pero, como acabo de decir, nuestras costumbres están enteramente alejadas de esas reglas: y no debe esperarse confianza de unos a otros mientras no se haya puesto el último sello de obligación; y aun entonces hay bastante de qué ocuparse. Y siempre ha sido consejo arriesgado confiar a la licencia de un ejército victorioso la observancia de la palabra que se ha dado a una ciudad que acaba de rendirse mediante una composición suave y favorable, y dejar en el calor del momento la entrada libre a los soldados. Lucio Emilio Régilo, pretor romano, habiendo perdido su tiempo intentando tomar por la fuerza la ciudad de Focea, dada la singular proeza de los habitantes al defenderse bien, pactó con ellos recibirlos como amigos del pueblo romano y entrar como en ciudad confederada, quitándoles todo temor de acción hostil. Pero habiendo introducido con él a su ejército para hacerse ver con más pompa, no estuvo en su poder, por mucho esfuerzo que empleara, contener a sus gentes: y vio ante sus ojos saquear buena parte de la ciudad; los derechos de la avaricia y de la venganza suplantando los de su autoridad y de la disciplina militar.

Cleómenes decía que cualquier mal que se pudiera hacer a los enemigos en guerra estaba por encima de la Justicia y no sujeto a ella, tanto ante los dioses como ante los hombres: y habiendo hecho tregua con los argivos por siete días, la tercera noche después fue a atacarlos a todos dormidos y los derrotó, alegando que en su tregua no se había hablado de las noches; pero los dioses vengaron esta pérfida sutileza. Durante el parlamento, y mientras se confiaban en sus seguridades, la ciudad de Casilino fue tomada por sorpresa. Y eso sin embargo en el siglo tanto de los más justos capitanes como de la más perfecta milicia romana; pues no está dicho que en tiempo y lugar no sea permitido aprovecharnos de la tontería de nuestros enemigos, como hacemos de su cobardía. Y ciertamente la guerra tiene naturalmente muchos privilegios razonables en perjuicio de la razón. Y aquí falla la regla «neminem id agere, ut ex alterius praedetur inscitia». Pero me asombra la extensión que Jenofonte les da, tanto por las palabras como por diversos hechos de su perfecto emperador: autor de maravilloso peso en tales cosas, como gran capitán y filósofo de los primeros discípulos de Sócrates; y no consiento en absoluto con la medida de su dispensa. El señor de Aubigny, asediando Capua, y tras haber hecho una furiosa batería, el señor Fabricio Colonna, capitán de la ciudad, habiendo comenzado a parlamentar desde lo alto de un bastión, y haciendo sus gentes una guardia más floja, los nuestros se apoderaron de él y lo hicieron pedazos todo.

Y de memoria más reciente, en Ivoy, el señor Julián Romero, habiendo cometido ese paso en falso de salir a parlamentar con el señor condestable, encontró a su regreso su plaza tomada. Pero para que no nos vayamos sin revancha, el marqués de Pescara, asediando Génova, donde el duque Octaviano Fregoso mandaba bajo nuestra protección, y habiendo sido llevado el acuerdo entre ellos tan adelante que se lo tenía por hecho, en el momento de la conclusión, los españoles se habían deslizado dentro y actuaron como en una victoria plena; y después en Ligny en Barrois, donde el conde de Brienne mandaba, habiéndolo asediado el emperador en persona, y habiendo salido Bertheville, lugarteniente de dicho conde, a parlamentar, durante el parlamento la ciudad se encontró tomada.

«Fue siempre el vencer cosa loable, venzas sea por fortuna o por ingenio», dicen ellos; pero el filósofo Crisipo no habría sido de esa opinión, y yo tampoco. Pues decía que quienes corren en competencia deben bien emplear todas sus fuerzas en la velocidad, pero no les es en absoluto lícito poner la mano sobre su adversario para detenerlo, ni tenderle la pierna para hacerlo caer. Y más generosamente aún aquel gran Alejandro, a Poliperconte, que le aconsejaba servirse de la ventaja que la oscuridad de la noche le daba para asaltar a Darío: «De ningún modo», dijo, «no me corresponde buscar victorias robadas: malo me fortunae poeniteat, quam victoriae pudeat».

«Y tampoco se dignó abatir a Orodes en su huida, ni herirlo a ciegas lanzándole el venablo: le salió al encuentro cara a cara, y varón contra varón se enfrentó, superior no por ardid, sino por fuerza de armas».

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