Capítulo 17Del miedo
Quedé atónito, se me erizaron los cabellos y la voz se me pegó a la garganta.
No soy buen naturalista (como dicen) y apenas sé por qué mecanismos actúa en nosotros el miedo, pero el caso es que se trata de una pasión extraña: y los médicos dicen que no hay ninguna otra que arrebate más rápidamente nuestro juicio de su debido asiento. En verdad, he visto a mucha gente volverse insensata de miedo: y en los más serenos es cierto que, mientras dura su acceso, engendra terribles cegueras. Dejo aparte a la gente común, a quien el miedo representa ora bisabuelos salidos de la tumba envueltos en su sudario, ora hombres lobo, duendes y quimeras. Pero incluso entre los soldados, donde debería encontrar menos cabida, ¿cuántas veces ha transformado un rebaño de ovejas en escuadrón de corazas? ¿Cañas y juncos en hombres de armas y lanceros? ¿Nuestros amigos en nuestros enemigos? ¿Y la cruz blanca en roja? Cuando el señor de Borbón tomó Roma, un portaestandarte que estaba de guardia en el barrio de San Pedro fue presa de tal pavor ante la primera alarma, que por el hueco de una ruina se lanzó, estandarte en mano, fuera de la ciudad directo hacia los enemigos, creyendo dirigirse hacia el interior de la ciudad; y apenas al final, viendo a la tropa del señor de Borbón disponerse para socorrerlo, estimando que se trataba de una salida que hacían los de la ciudad, se dio cuenta y, dando media vuelta, volvió a entrar por el mismo hueco por el que había salido, más de trescientos pasos adelante en el campo.
No le fue tan afortunadamente al enseña del capitán Iulle, cuando Saint-Paul fue tomada de nosotros por el conde de Bures y el señor du Reu. Pues estando tan perdido de espanto que se lanzó con su estandarte fuera de la ciudad por una cañonera, fue hecho pedazos por los asaltantes. Y en ese mismo sitio, fue memorable el miedo que oprimió, asió y heló tan fuertemente el corazón de un gentilhombre, que cayó muerto rígido en tierra en la brecha, sin herida alguna. Parecida locura impulsa a veces a toda una multitud. En uno de los encuentros de Germánico contra los germanos, dos gruesas tropas tomaron de pavor dos rutas opuestas, una huía de donde la otra partía. Ora nos da alas en los talones, como a los dos primeros: ora nos clava los pies y los traba: como se lee del emperador Teófilo, que en una batalla que perdió contra los agarenos, quedó tan atónito y tan paralizado, que no podía decidirse a huir: adeò pauor etiam auxilia formidat: hasta que Manuel, uno de los principales jefes de su ejército, habiéndolo zarandeado y sacudido, como para despertarlo de un profundo sueño, le dijo: Si no me sigues te mataré: pues más vale que pierdas la vida, que si siendo prisionero vinieras a perder el Imperio.
Entonces expresa su máxima fuerza, cuando para su servicio nos arroja a la valentía que ha sustraído a nuestro deber y a nuestro honor. En la primera batalla campal que los romanos perdieron contra Aníbal, bajo el cónsul Sempronio, una tropa de unos diez mil hombres de a pie, que sintió espanto, no viendo por dónde dar paso a su cobardía, fue a lanzarse a través del grueso de los enemigos: al cual atravesó con un esfuerzo maravilloso, con gran mortandad de cartagineses: comprando una huida vergonzosa al mismo precio que habría tenido una gloriosa victoria. Es aquello de lo que tengo más miedo que el miedo. También supera en acritud a todos los demás accidentes. ¿Qué afección puede ser más áspera y más justa que la de los amigos de Pompeyo, que estaban en su nave, espectadores de aquella horrible matanza? Sin embargo, el miedo de las velas egipcias, que comenzaban a aproximárseles, la sofocó de tal manera, que se ha notado que solo se dedicaron a apremiar a los marineros a darse prisa y a salvarse a golpes de remo; hasta que llegados a Tiro, libres de temor, tuvieron ocasión de volver su pensamiento a la pérdida que acababan de sufrir, y dar rienda suelta a las lamentaciones y a las lágrimas, que aquella otra pasión más fuerte había suspendido.
Tum pauor sapientiam omnem mihi ex animo expectorat. A quienes han sido bien golpeados en algún combate de guerra, aún heridos y ensangrentados, se les hace volver bien al día siguiente a la carga. Pero a aquellos que han concebido algún buen miedo de los enemigos, no les harías ni siquiera mirarlos de frente. Quienes están en temor acuciante de perder sus bienes, de ser exiliados, de ser subyugados, viven en continua angustia, pierden el comer, el beber y el reposo. Mientras que los pobres, los desterrados, los siervos, viven a menudo tan alegremente como los demás. Y tantas personas que, por la impaciencia de las punzadas del miedo, se han ahorcado, ahogado y precipitado, nos han enseñado bien que es todavía más molesto e insoportable que la muerte. Los griegos reconocen otra especie de miedo, que está más allá del error de nuestro discernimiento: que viene, dicen, sin causa aparente y por un impulso celestial. Pueblos enteros se ven a menudo golpeados por él, y ejércitos enteros. Tal fue aquel que llevó a Cartago una maravillosa desolación. No se oían sino gritos y voces aterradas: se veía a los habitantes salir de sus casas, como ante la alarma; y atacarse, herirse y matarse unos a otros, como si fueran enemigos que vinieran a ocupar su ciudad. Todo estaba en desorden y en furor: hasta que mediante oraciones y sacrificios apaciguaron la ira de los dioses. Ellos llaman a esto terrores pánicos.
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