Capítulo 42De la desigualdad que hay entre nosotros
Plutarco dice en algún lugar que no encuentra tanta distancia de bestia a bestia como encuentra de hombre a hombre. Habla de la capacidad del alma y de las cualidades internas. A decir verdad, yo encuentro tan lejos de Epaminondas, tal como lo imagino, hasta tal hombre que conozco, digo capaz de sentido común, que añadiría de buena gana a Plutarco y diría que hay más distancia de tal a tal hombre que la que hay de tal hombre a tal bestia:
«¡Ay, qué diferencia hay de un hombre a otro!» Y que hay tantos grados de espíritus como brazas hay de aquí al cielo, e igualmente innumerables. Pero respecto a la estimación de los hombres, es maravilla que, salvo nosotros, ninguna cosa se estime sino por sus propias cualidades. Alabamos a un caballo porque es vigoroso y diestro,
«Así alabamos al caballo veloz, al que en la palma fácil hierve la victoria y se exalta en el ronco circo»,
no por su arnés; a un lebrel, por su rapidez, no por su collar; a un ave, por su ala, no por sus ataduras y cascabeles. ¿Por qué, pues, no estimamos a un hombre por lo que es suyo? Tiene un gran séquito, un hermoso palacio, tanto crédito, tanta renta: todo eso está alrededor de él, no en él. No compras gato por liebre: si negocias un caballo, le quitas las cubiertas, lo ves desnudo y al descubierto. O si está cubierto, como se los presentaba antiguamente a los príncipes para venderlos, es por las partes menos necesarias, a fin de que no te entretengas con la belleza de su pelo o la anchura de su grupa, y que te detengas principalmente a considerar las patas, los ojos y el casco, que son los miembros más útiles.
«Esta es la costumbre de los reyes: cuando compran caballos, los examinan cubiertos; no sea que si la apariencia, como a menudo, hermosa se apoya en pie débil, induzca al comprador boquiabierto, porque hermosas ancas, porque cabeza breve, cerviz erguida».
¿Por qué al estimar a un hombre lo estimáis todo envuelto y empaquetado? Él no nos muestra más que las partes que no son en absoluto suyas, y nos oculta aquellas por las cuales únicamente podemos juzgar verdaderamente su valor. Es el precio de la espada lo que buscáis, no el de la vaina: no daríais por ella quizá ni un cuarto si la hubierais desenvainado. Hay que juzgarlo por sí mismo, no por sus atavíos. Y como dice muy graciosamente un antiguo: ¿Sabéis por qué lo estimáis grande? Contáis en ello la altura de sus chapines. La base no forma parte de la estatua. Medidlo sin sus zancos. Que deje a un lado sus riquezas y honores, que se presente en camisa. ¿Tiene el cuerpo apropiado para sus funciones, sano y ágil? ¿Qué alma tiene? ¿Es bella, capaz y afortunadamente provista de todas sus partes? ¿Es rica de lo suyo o de lo ajeno? ¿Tiene la fortuna algo que ver en ello? Si con los ojos abiertos aguarda las espadas desnudas; si no le importa por dónde le salga la vida, por la boca o por el gaznate; si está reposada, ecuánime y satisfecha: eso es lo que hay que ver, y juzgar por ahí las extremas diferencias que hay entre nosotros. ¿Es él
«sabio y dueño de sí mismo, a quien ni la pobreza ni la muerte ni las cadenas aterran; capaz de refrenar los deseos, de despreciar los honores; fuerte y en sí mismo todo pulido y redondo, para que nada externo pueda por lo liso detenerse, contra quien siempre se estrella en vano la fortuna»?
Un hombre tal está quinientas brazas por encima de los reinos y los ducados: él mismo es para sí su imperio.
«El sabio, ¡por Pólux!, forja él mismo su fortuna». ¿Qué le queda por desear?
«¿No vemos que la naturaleza no ladra sino para que, separado el dolor del cuerpo, goce con la mente de un sentido placentero, alejado del cuidado y del miedo?»
Comparad con él la turba de nuestros hombres, estúpida, baja, servil, inestable y continuamente flotando en la tormenta de las diversas pasiones que la empujan y rechazan, dependiendo toda de otros: hay más alejamiento que del cielo a la tierra; y sin embargo la ceguera de nuestra costumbre es tal que hacemos poco o ningún caso de ello.
Mientras que si consideramos a un campesino y a un rey, a un noble y a un villano, a un magistrado y a un hombre privado, a un rico y a un pobre, se presenta de inmediato a nuestros ojos una extrema disparidad, que no son diferentes por decirlo así más que en sus calzas. En Tracia, el rey se distinguía de su pueblo de una manera curiosa y bien exagerada. Tenía una religión aparte; un dios todo para él, que no pertenecía a sus súbditos adorar: era Mercurio. Y él desdeñaba a los suyos, Marte, Baco, Diana. Sin embargo no son más que pinturas, que no causan ninguna diferencia esencial. Pues como los actores de comedia, los veis sobre el tablado hacer gesto de duque y de emperador, pero poco después se han vuelto criados y pobres mozos de cuerda, que es su condición natural y originaria; así también el emperador, cuya pompa os deslumbra en público:
«Por cierto, las grandes esmeraldas se engastan en oro con verde luz, y la vestidura de púrpura marina se desgasta asiduamente y bebe el sudor de Venus al ejercitarla»,
vedlo detrás del telón, no es más que un hombre común, y quizá más vil que el menor de sus súbditos. «Aquel es feliz en su interior: la de este es felicidad dorada». La cobardía, la irresolución, la ambición, el despecho y la envidia lo agitan como a cualquier otro:
«Pues ni los tesoros ni el lictor consular apartan los míseros tumultos de la mente y los cuidados que vuelan alrededor de los techos artesonados»;
y el cuidado y el temor lo tienen agarrado por la garganta en medio de sus ejércitos.
«Y verdaderamente los miedos de los hombres y los cuidados que los siguen, no temen el estruendo de las armas ni las fieras flechas, y audazmente se mezclan entre reyes y potentados, y no reverencian el fulgor del oro».
¿La fiebre, la jaqueca y la gota lo perdonan más que a nosotros? Cuando la vejez le caiga sobre los hombros, ¿los arqueros de su guardia lo librarán de ella? Cuando el terror de la muerte lo traspase, ¿se tranquilizará con la asistencia de los gentilhombres de su cámara? Cuando esté en celos y capricho, ¿nuestras reverencias lo calmarán? Este dosel de cama todo hinchado de oro y perlas no tiene ninguna virtud para apaciguar las torceduras de un agudo cólico.
«Ni las ardientes fiebres se apartan más rápidamente del cuerpo si yaces sobre tapices bordados y púrpura rojiza, que si has de acostarte en vestidura plebeya».
Los aduladores del gran Alejandro le hacían creer que era hijo de Júpiter: un día, estando herido, mirando correr la sangre de su llaga, dijo: «Y bien, ¿qué decís de esto? ¿No es esta una sangre bermeja y puramente humana? No es de la pasta de la que Homero hace manar de la herida de los dioses». Hermodoro el poeta había hecho versos en honor de Antígono, donde lo llamaba hijo del Sol; y él al contrario: «Aquel —dijo— que vacía mi silla perforada, sabe bien que no es nada de eso».
Es un hombre para todos los guisos. Y si de por sí es un hombre mal nacido, el imperio del universo no podrá componerlo,
«Que las muchachas lo rapten; que cuanto pise se vuelva rosa».
¿Qué importa eso, si es un alma grosera y estúpida? La voluptuosidad misma y la dicha no se perciben sin vigor y sin espíritu.
«Estas cosas son según el ánimo de quien las posee. Para quien sabe usarlas, son bienes; para quien no las usa correctamente, males».
Los bienes de la fortuna, tales como son, aún hace falta tener el sentimiento propio para saborearlos. Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices.
«No la casa y el fundo, no el montón de bronce y oro, apartaron las fiebres del cuerpo enfermo del amo, ni los cuidados del alma; es menester que esté bien el poseedor que piensa usar bien de las cosas amontonadas. A quien desea o teme, así le aprovechan la casa o los bienes como a un legañoso las pinturas, los fomentos a la podagra».
Es un necio, su gusto es romo y embotado; no goza de ello más que un acatarrado de la dulzura del vino griego, o que un caballo de la riqueza del arnés con el que lo han ataviado. Así como Platón dice que la salud, la belleza, la fuerza, las riquezas y todo lo que se llama bien, es igualmente mal para el injusto como bien para el justo, y el mal al revés. Y luego, cuando el cuerpo y el alma están en mal estado, ¿para qué sirven esas comodidades externas? Visto que el menor pinchazo de alfiler y pasión del alma es suficiente para quitarnos el placer de la monarquía del mundo. Al primer apretón que le da la gota, por mucho que sea señor y majestad,
«Todo de plata fundido, todo de oro», ¿pierde acaso el recuerdo de sus palacios y de sus grandezas? Si está encolerizado, ¿su principado le impide enrojecer, palidecer, rechinar los dientes como un loco? Ahora bien, si es un hombre hábil y bien nacido, la realeza añade poco a su felicidad:
«Si tu vientre está bien, si tu costado y tus pies también, nada más grande podrán añadirte las riquezas regias».
Ve que todo eso no es sino engaño y trampa. Sí, tal vez sea de la opinión del rey Seleuco: que quien supiese el peso de un cetro, no se dignaría recogerlo cuando lo encontrase en el suelo; lo decía por las grandes y penosas cargas que tocan a un buen rey. Ciertamente no es poca cosa tener que gobernar a otros, cuando para gobernarnos a nosotros mismos se presentan tantas dificultades. En cuanto a mandar, que parece tan dulce, considerando la imbecilidad del juicio humano y la dificultad de elegir en cosas nuevas y dudosas, soy muy de la opinión de que es mucho más fácil y más placentero seguir que guiar, y que es un gran reposo del espíritu no tener que seguir más que un camino trazado y responder solo de uno mismo:
«De modo que es mucho mejor obedecer tranquilo que querer gobernar las cosas con el mando».
A lo que se añade que Ciro decía que no correspondía mandar al hombre que no valiese más que aquellos a quienes manda. Pero el rey Hierón, en Jenofonte, dice aún más: que en cuanto al disfrute de las voluptuosidades mismas, los reyes están en peor condición que los particulares, porque la comodidad y la facilidad les quitan el agridulce aguijón que nosotros encontramos en ellas.
«El amor abundante y demasiado poderoso se nos vuelve hastío, y como un manjar dulce daña al estómago».
¿Creemos que los niños de coro sienten gran placer en la música? La saciedad se la vuelve más bien fastidiosa. Los festines, las danzas, las mascaradas, los torneos alegran a quienes no los ven a menudo y han deseado verlos; pero para quien los tiene por costumbre, el gusto se vuelve insulso y desagradable; y las damas no excitan a quien disfruta de ellas hasta hartarse. Quien no se da tiempo de tener sed no puede sentir placer al beber. Las farsas de los saltimbanquis nos regocijan, pero a los comediantes les sirven de fastidio. Y que sea así lo prueba esto: es delicia para los príncipes, es su fiesta, poder a veces disfrazarse y descender a la forma de vida baja y popular.
«A menudo son gratas a los príncipes las mudanzas, y las cenas sin tapices ni púrpura bajo el modesto techo de los pobres les desplegaron la frente preocupada».
Nada hay tan molesto, tan hastiado como la abundancia. ¿Qué apetito no se desalentaría al ver trescientas mujeres a su merced, como las tiene el Gran Señor en su serrallo? ¿Y qué apetito y aspecto de caza se había reservado aquel de sus antepasados que nunca iba al campo con menos de siete mil halconeros? Y además de esto, creo que ese brillo de grandeza aporta no leves incomodidades al disfrute de los placeres más dulces: están demasiado iluminados y demasiado expuestos. Y no sé por qué se les exige más ocultar y encubrir su falta. Pues lo que para nosotros es indiscreción, el pueblo juzga que en ellos es tiranía, desprecio y desdén de las leyes. Y además de la inclinación al vicio, parece que añaden aún el placer de pisotear y someter bajo sus pies las observancias públicas. De hecho Platón, en su Gorgias, define como tirano a aquel que tiene licencia en una ciudad para hacer todo lo que le place. Y a menudo por esa causa, la exhibición y publicación de su vicio hiere más que el vicio mismo. Cada cual teme ser espiado y vigilado: ellos lo son hasta en sus semblantes y en sus pensamientos; todo el pueblo estima tener derecho e interés en juzgarlos. Además de que las manchas se agrandan según la eminencia y claridad del lugar donde están situadas, y que una señal y una verruga en la frente parecen más que una cicatriz en cualquier otra parte.
He ahí por qué los poetas fingen los amores de Júpiter conducidos bajo otro rostro que el suyo: y de tantas prácticas amorosas que le atribuyen, no hay más que una sola, me parece, en que se encuentre en su grandeza y majestad. Pero volvamos a Hierón: relata también cuántas incomodidades siente en su realeza por no poder ir y viajar en libertad, estando como prisionero dentro de los límites de su país; y que en todas sus acciones se encuentra envuelto en una fastidiosa aglomeración. De hecho, al ver a los nuestros completamente solos a la mesa, asediados por tantos habladores y mirones desconocidos, he sentido a menudo más piedad que envidia. El rey Alfonso decía que los asnos estaban en eso en mejor condición que los reyes: sus amos los dejan pastar a su gusto, mientras que los reyes no pueden obtener eso de sus servidores. Y jamás se me ha venido a la imaginación que fuese alguna notable comodidad en la vida de un hombre de entendimiento tener una veintena de vigilantes en su silla agujereada; ni que los servicios de un hombre que tiene diez mil libras de renta, o que ha tomado Casal o defendido Siena, le sean más cómodos y aceptables que los de un buen criado bien experimentado. Las ventajas principescas son casi ventajas imaginarias.
Cada grado de fortuna tiene alguna imagen de principado. César llamaba reyezuelos a todos los señores con justicia en la Francia de su tiempo. De hecho, salvo el nombre de Señor, se va muy lejos con nuestros reyes. Y ved en las provincias alejadas de la corte, tomemos Bretaña por ejemplo, el tren, los súbditos, los oficiales, las ocupaciones, el servicio y ceremonia de un señor retirado y casero, criado entre sus criados; y ved también el vuelo de su imaginación: nada hay más real; oye hablar de su amo una vez al año, como del rey de Persia; y no lo reconoce sino por algún viejo parentesco que su secretario guarda en registro. A decir verdad nuestras leyes son bastante libres; y el peso de la soberanía no toca a un gentilhombre francés apenas dos veces en su vida. La sujeción esencial y efectiva no concierne entre nosotros más que a aquellos que se ofrecen a ella, y que gustan de honrarse y enriquecerse por tal servicio: pues quien quiere recogerse en su hogar y sabe conducir su casa sin querella y sin pleitos, es tan libre como el Dux de Venecia. «La servidumbre domina a pocos, son más los que dominan a la servidumbre». Pero sobre todo Hierón aprecia el verse privado de toda amistad y sociedad mutua, en la cual consiste el más perfecto y dulce fruto de la vida humana.
Pues ¿qué testimonio de afecto y de buena voluntad puedo sacar de aquel que me debe, quiera o no, todo cuanto puede? ¿Puedo hacer estimación de su humilde hablar y cortés reverencia, siendo que no está en su mano negármela? El honor que recibimos de quienes nos temen no es honor: esos respetos se deben a la realeza, no a mí.
«Este es el mayor bien de un reino: que el pueblo se ve obligado a soportar las acciones de su señor, y también a alabarlas».
¿Acaso no veo que el rey malvado, el buen rey, aquel a quien se odia, aquel a quien se ama, tanto tiene uno como otro: con las mismas apariencias, la misma ceremonia, fue servido mi predecesor, y lo será mi sucesor? Si mis súbditos no me ofenden, no es testimonio de ninguna buena afección: ¿por qué lo he de tomar en ese sentido, cuando no podrían hacerlo aunque quisieran? Nadie me sigue por la amistad que haya entre él y yo: pues no puede tejerse amistad allí donde hay tan poca relación y correspondencia. Mi altura me ha sacado del trato con los hombres: hay demasiada disparidad y desproporción. Me siguen por apariencia y por costumbre, o más bien que a mí a mi fortuna, para acrecentar la suya. Todo lo que me dicen y hacen no es más que fingimiento, estando su libertad refrenada por todas partes por el gran poder que tengo sobre ellos: no veo nada a mi alrededor que no esté cubierto y enmascarado. Sus cortesanos elogiaban un día al emperador Juliano por hacer buena justicia: me enorgullecería de buen grado, dijo él, de esas alabanzas, si vinieran de personas que se atrevieran a acusar o censurar mis acciones contrarias, cuando las hubiera. Todas las verdaderas comodidades que tienen los príncipes les son comunes con los hombres de mediana fortuna.
Es cosa de dioses montar caballos alados y alimentarse de ambrosía: no tienen otro sueño ni otro apetito que el nuestro; su acero no es de mejor temple que aquel con el que nosotros nos armamos; su corona no los cubre ni del sol ni de la lluvia. Diocleciano, que llevaba una tan reverenciada y tan afortunada, la renunció para retirarse al placer de una vida privada: y algún tiempo después, requiriendo la necesidad de los asuntos públicos que volviera a asumir el cargo, respondió a quienes se lo pedían: no intentaríais persuadirme de eso si hubierais visto el buen orden de los árboles que yo mismo he plantado en mi casa, y los hermosos melones que he sembrado allí. En opinión de Anacarsis, el estado más feliz de una sociedad sería aquel donde, siendo todas las demás cosas iguales, la precedencia se midiera por la virtud, y el rechazo por el vicio. Cuando el rey Pirro emprendía pasar a Italia, Cíneas, su sabio consejero, queriendo hacerle sentir la vanidad de su ambición, le preguntó: Y bien, señor, ¿con qué fin preparáis esta gran empresa? Para hacerme dueño de Italia, respondió él al instante: ¿Y luego?, continuó Cíneas, una vez hecho eso. Pasaré, dijo el otro, a la Galia y a España: ¿Y después? Iré a subyugar África, y por último, cuando haya puesto el mundo bajo mi dominación, descansaré y viviré contento y a mis anchas. Por Dios, señor, replicó entonces Cíneas, decidme, ¿qué os impide estar ahora mismo, si queréis, en ese estado? ¿Por qué no os instaláis desde esta hora donde decís aspirar, y os ahorráis tanto trabajo y peligro como ponéis en medio?
Sin duda porque no sabía bien cuál era el límite de poseer, y hasta dónde crece el verdadero placer.
Voy a cerrar este pasaje con un verso antiguo que encuentro singularmente hermoso para este propósito:
Cada cual se forja su fortuna con sus costumbres.
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