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Capítulo 9Los objetos bajo la piedra

Crimen y castigo · Fiódor Dostoievski · 21 min de lectura

«Pero ¿y si ya hubo registro? ¿Y si los encuentro ahora mismo en mi casa?»

Pero ahí estaba su habitación. Nada y nadie; nadie había entrado. Ni siquiera Nastasia había tocado nada. Pero, ¡Señor! ¿Cómo pudo dejar antes todas esas cosas en ese agujero?

Se precipitó hacia el rincón, metió la mano bajo el papel de la pared y empezó a sacar los objetos y a llenar con ellos los bolsillos. Resultaron ser ocho en total: dos cajitas con pendientes o algo por el estilo —no miró bien—; luego cuatro pequeños estuches de tafilete. Una cadenita estaba simplemente envuelta en papel de periódico. Algo más en papel de periódico, al parecer una condecoración…

Lo repartió todo en distintos bolsillos, en el abrigo y en el que quedaba intacto del pantalón, a la derecha, procurando que no se notase. También se llevó la cartera junto con los objetos. Después salió de la habitación, esta vez incluso dejándola completamente abierta de par en par.

Caminaba rápido y firme, y aunque sentía que estaba destrozado, conservaba la conciencia. Tenía miedo de la persecución, tenía miedo de que dentro de media hora, dentro de un cuarto de hora ya se emitiera, tal vez, la orden de seguirlo; por lo tanto, costara lo que costara, había que esconder los cabos antes de tiempo. Había que arreglárselas mientras aún le quedaran aunque fueran pocas fuerzas y aunque fuera algo de raciocinio… ¿Pero adónde ir?

Eso ya estaba decidido desde hacía tiempo: «Tirarlo todo al canal, y los cabos al agua, y asunto terminado». Así lo había resuelto ya durante la noche, en el delirio, en aquellos momentos en que, lo recordaba, varias veces estuvo a punto de levantarse e ir: «cuanto antes, cuanto antes, y deshacerse de todo». Pero deshacerse resultó muy difícil.

Ya llevaba media hora, o quizá más, deambulando por la orilla del canal de Catalina, y varias veces había mirado las escaleras que bajaban al canal, cuando las encontraba. Pero ni pensar se podía en cumplir el propósito: o había balsas junto a las escaleras y en ellas lavanderas lavando ropa, o había botes amarrados, y por todas partes la gente hormigueaba, y además desde las orillas, desde todos lados, se podía ver, notar: resultaba sospechoso que una persona bajara a propósito, se detuviera y arrojara algo al agua. ¿Y si los estuches no se hundían, sino que flotaban? Por supuesto que sí. Todo el mundo lo vería. Y ya de por sí todos lo miraban al cruzarse, lo observaban, como si no tuvieran otra cosa que hacer más que ocuparse de él. «¿Por qué será así, o quizá a mí me lo parece?», pensaba.

Por fin se le ocurrió que tal vez sería mejor ir a alguna parte del Neva. Allí había menos gente, y sería más discreto, y en cualquier caso más cómodo, y sobre todo estaba más lejos de estos lugares. Y de pronto se sorprendió: ¿cómo es que había andado media hora entera en angustia y zozobra, y en lugares peligrosos, y no se le había ocurrido esto antes? ¿Y por qué había perdido media hora entera en un asunto tan absurdo, sólo porque así se había decidido en sueños, en el delirio? Se estaba volviendo extraordinariamente distraído y olvidadizo y lo sabía. Decididamente había que darse prisa.

Se dirigió hacia el Neva por la Perspectiva V. Pero por el camino le vino de pronto otra idea: «¿Para qué al Neva? ¿Para qué al agua? ¿No sería mejor ir a algún lugar muy lejano, de nuevo aunque sea a las Islas, y allí en algún sitio, en un lugar solitario, en el bosque, bajo un arbusto, enterrarlo todo y quizá marcar el árbol?» Y aunque sentía que no estaba en condiciones de reflexionar todo esto con claridad y sensatez en ese momento, la idea le pareció infalible.

Pero tampoco le estaba destinado llegar a las Islas, y ocurrió otra cosa: al salir de la Perspectiva V. a la plaza, de pronto vio a la izquierda una entrada a un patio, rodeado completamente por paredes ciegas. A la derecha, justo al entrar por el portón, se extendía muy adentro del patio la pared ciega sin pintar de una casa vecina de cuatro pisos. A la izquierda, paralela a la pared ciega y también justo desde el portón, iba una valla de madera, unos veinte pasos hacia el fondo del patio, y luego torcía a la izquierda. Era un espacio cerrado y aislado donde yacían algunos materiales. Más allá, en lo profundo del patio, asomaba por encima de la valla el ángulo de un cobertizo bajo, tiznado, de piedra, evidentemente parte de algún taller. Allí, seguro, había algún establecimiento, de carruajes o de cerrajería, o algo por el estilo; por todas partes, casi desde el mismo portón, había mucho polvo de carbón ennegrecido. «¡He aquí dónde tirar esto y largarse!», se le ocurrió de pronto. No viendo a nadie en el patio, atravesó el portón y justo vio, enseguida cerca del portón, adosado a la valla un canalón (como se suele hacer en estas casas donde hay muchos obreros, arteles, cocheros, etc.), y sobre el canalón, ahí mismo en la valla, había escrita con tiza la agudeza habitual en tales casos: «Aquí parar coche prohibido». Así que tanto mejor, ya que ninguna sospecha de que había entrado y se había detenido. «¡Aquí tirarlo todo de una vez en algún montón y largarse!»

Después de mirar alrededor una vez más, ya había metido la mano en el bolsillo, cuando de pronto junto al muro exterior, entre el portón y el canalón, donde toda la distancia era de un arshín de ancho, vio una piedra grande sin desbastar, de tal vez pud y medio de peso, apoyada directamente contra el muro de piedra de la calle. Tras ese muro estaba la calle, la acera, se oía el ir y venir de los transeúntes, que aquí siempre eran muchos; pero tras el portón nadie podía verlo, a menos que alguien entrara desde la calle, lo cual, por otra parte, muy bien podía ocurrir, así que había que darse prisa.

Se inclinó sobre la piedra, la agarró con fuerza por la parte superior, con ambas manos, reunió todas sus fuerzas y volteó la piedra. Bajo la piedra se formó un pequeño hueco; enseguida empezó a arrojar en él todo lo que llevaba en el bolsillo. La cartera quedó en la parte superior, y aun así en el hueco todavía quedaba espacio. Después volvió a agarrar la piedra, de un solo giro la volteó sobre el lado de antes, y quedó exactamente en su lugar anterior, acaso un poco, apenas un poco más alta. Pero recogió tierra y la apretó por los bordes con el pie. No se notaba nada.

Entonces salió y se dirigió hacia la plaza. De pronto una alegría intensa, casi insoportable, como antes en la comisaría, se apoderó de él por un instante. «¡Los cabos están escondidos! ¿Y a quién, a quién se le puede ocurrir buscar bajo esa piedra? Tal vez lleve ahí desde que construyeron la casa y permanecerá otro tanto. Y aunque la encuentren: ¿quién pensará en mí? ¡Todo ha terminado! ¡No hay pruebas!» —y se echó a reír. Sí, recordó después que se había echado a reír con una risa nerviosa, menuda, inaudible, larga, y que estuvo riéndose, sin parar de reír, todo el tiempo que atravesaba la plaza. Pero cuando pisó el bulevar K., donde tres días antes se había topado con aquella niña, su risa cesó de repente. Otros pensamientos le asaltaron la cabeza. De pronto le pareció también que ahora le resultaba terriblemente repugnante pasar junto al banco en el que entonces, tras la marcha de la niña, se había sentado y reflexionado, y terriblemente penoso también sería volver a encontrarse con aquel bigotudo al que entonces había dado veinte kopeks: «¡Que lo lleve el diablo!»

Caminaba mirando alrededor distraído y colérico. Todos sus pensamientos giraban ahora en torno a un punto principal cualquiera —y él mismo sentía que realmente era ese el punto principal y que ahora, precisamente ahora, se había quedado a solas con ese punto principal—, y que era incluso la primera vez después de estos dos meses.

«¡Al diablo con todo! —pensó de pronto en un arrebato de rabia inagotable—. Bueno, empezó, pues empezó, al diablo con ella y con la vida nueva! ¡Señor, qué estúpido es esto!.. ¡Y cuánto mentí y actué miserablemente hoy! ¡Cómo adulé y coqueteé antes con ese maldito Ilia Petróvich de forma repugnante! Aunque, por otra parte, eso también es una tontería. ¡Me importan un comino todos ellos, y que haya adulado y coqueteado! ¡No se trata de eso en absoluto! ¡No se trata de eso en absoluto!..»

De pronto se detuvo; una pregunta nueva, completamente inesperada y extraordinariamente simple lo desconcertó de golpe y lo asombró amargamente:

«Si realmente todo este asunto se hizo conscientemente, y no como un tonto, si realmente tenías un objetivo definido y firme, ¿cómo es que hasta ahora ni siquiera has mirado dentro de la cartera y no sabes qué conseguiste, por lo que aceptaste todos los tormentos e iniciaste conscientemente una acción tan vil, repugnante, baja? Pero si ahora mismo querías arrojarla al agua, la cartera, junto con todos los objetos, que tampoco has visto aún… ¿Cómo se explica eso?»

Sí, así era; todo era así. Él, por otra parte, ya lo sabía antes, y no era en absoluto una pregunta nueva para él; y cuando por la noche se decidió tirarlo al agua, se decidió sin ninguna vacilación ni objeción, sino como si así debiera ser, como si de otro modo fuera imposible… Sí, él lo sabía todo y lo recordaba todo; pero casi había sido decidido ya ayer, en el mismo momento en que estaba sentado sobre el baúl y sacaba los estuches de él… ¡Pues así era!..

«Es porque estoy muy enfermo —decidió sombrío por fin—, yo mismo me he atormentado y martirizado, y no sé lo que hago… Y ayer, y anteayer, y todo este tiempo me he estado martirizando… Me curaré y… no me martirizaré… ¿Y si no me curo del todo? ¡Señor! ¡Cómo me tiene todo esto harto!..» Caminaba sin detenerse. Deseaba terriblemente distraerse de algún modo, pero no sabía qué hacer y qué emprender. Una sensación nueva, invencible, se apoderaba de él cada vez más casi a cada minuto: era una especie de repugnancia infinita, casi física, hacia todo lo que encontraba y lo rodeaba, obstinada, rabiosa, odiosa. Le repugnaban todos los que se cruzaba con él —repugnantes eran sus rostros, su forma de andar, sus movimientos. Simplemente habría escupido a alguien, lo habría mordido, al parecer, si alguien le hubiera dirigido la palabra…

Se detuvo de pronto cuando salió a la orilla del Pequeño Neva, en la isla Vasílievski, junto al puente. «Aquí vive, en esta casa —pensó—. ¡Cómo es esto, acaso he venido yo mismo a casa de Razumijin! De nuevo la misma historia, como entonces… Pero muy curioso, sin embargo: ¿vine yo mismo o simplemente caminaba y me desvié aquí? Da lo mismo; dije… hace tres días… que iría a verlo al día siguiente de aquello, pues bien, ¡iré! Como si no pudiera visitarlo ahora…»

Subió hasta donde Razumijin al quinto piso.

Este estaba en casa, en su cuartucho, y en ese momento ocupado, escribiendo, y él mismo le abrió. Hacía unos cuatro meses que no se veían. Razumijin estaba sentado en su casa con una bata desgarrada hasta los harapos, en zapatillas sobre los pies descalzos, despeinado, sin afeitar y sin lavar. En su rostro se expresó sorpresa.

—¡¿Qué te pasa?! —gritó, examinando de pies a cabeza al camarada que entraba; luego guardó silencio y silbó.

—¿De verdad estás tan mal? Pero tú, hermano, has superado al nuestro —añadió, mirando los harapos de Raskólnikov—. Pero siéntate, debes estar cansado, ¿no? —y cuando este se desplomó en el diván turco de hule, que estaba aún peor que el suyo propio, Razumijin notó de pronto que su huésped estaba enfermo.

—Pero estás gravemente enfermo, ¿lo sabes? —Empezó a tomarle el pulso; Raskólnikov retiró la mano.

—No hace falta —dijo—, vine… esto es lo que pasa: no tengo ninguna lección… quería… aunque, por otra parte, no necesito ninguna lección en absoluto…

—¿Sabes qué? ¡Estás delirando! —observó Razumijin, que lo observaba atentamente.

—No, no deliro… —Raskólnikov se levantó del diván. Al subir donde Razumijin, no había pensado en que tendría, por tanto, que encontrarse cara a cara con él. Pero ahora, en un instante, comprendió ya por experiencia que lo que menos deseaba en ese momento era encontrarse cara a cara con quien fuera en el mundo entero. Toda la bilis se le subió. Casi se ahogó de rabia contra sí mismo en cuanto traspasó el umbral de Razumijin.

—¡Adiós! —dijo de pronto y se dirigió a la puerta.

—Pero espera, espera, ¡bicho raro!

—¡No hace falta!.. —repitió, retirando otra vez la mano.

—Entonces ¿para qué diablos viniste? ¿Acaso has perdido el juicio? Esto es… casi ofensivo. No te voy a dejar ir así.

—Bueno, escucha: vine a verte, porque, aparte de ti, no conozco a nadie que pudiera ayudar… empezar… porque eres el más bondadoso de todos, es decir, el más sensato, y puedes reflexionar… Pero ahora veo que no necesito nada, ¿oyes?, nada en absoluto… ningún servicio ni participación… Yo mismo… solo… ¡Bueno, basta! ¡Déjame en paz!

—¡Pero espera un minuto, deshollinador! ¡Estás completamente loco! Haz lo que quieras, por mí. Mira: yo tampoco tengo lecciones, y al diablo con ellas, pero hay en el Mercadillo un librero, Jeruvímov, que ya es toda una lección en sí mismo. Ahora no lo cambiaría ni por cinco lecciones de comerciantes. Hace unas edicioncitas y saca unos libritos de ciencias naturales, —¡y cómo se venden! ¡Los títulos solos ya valen algo! Tú siempre afirmaste que yo era tonto; ¡por Dios, hermano, hay gente más tonta que yo! Ahora también se ha metido en la tendencia; él mismo no entiende ni jota, pero yo, naturalmente, lo animo. Aquí tienes dos pliegos y pico de texto alemán —en mi opinión, la charlatanería más tonta: en una palabra, se examina si la mujer es un ser humano o no lo es. Y, por supuesto, se demuestra solemnemente que lo es. Jeruvímov prepara esto en relación con la cuestión femenina; yo traduzco; él extenderá estos dos pliegos y medio hasta seis, le pondremos un título pomposo de media página y lo lanzaremos a cincuenta kopeks. ¡Saldrá bien! Me pagan seis rublos por pliego de traducción, así que por todo me corresponderán unos quince rublos, y ya tomé seis rublos por adelanto. Cuando terminemos esto, empezaremos a traducir sobre las ballenas, luego de la segunda parte de las «Confesiones» también hemos señalado unos chismes de lo más aburridos que traduciremos; alguien le dijo a Jeruvímov que Rousseau es en su género un Radíschev. Yo, naturalmente, no lo contradigo, al diablo con él. Bueno, ¿quieres traducir el segundo pliego de «¿Es la mujer un ser humano?»? Si quieres, toma ahora mismo el texto, toma plumas, toma papel —todo es del establecimiento— y toma tres rublos: así que como yo tomé por adelantado por toda la traducción, por el primer y el segundo pliego, entonces, por tanto, tres rublos corresponden directamente a tu parte. Y cuando termines el pliego recibirás otros tres rublos. Y otra cosa más, por favor, no lo consideres de mi parte como un servicio. Al contrario, apenas entraste, ya calculé en qué me serás útil. En primer lugar, soy malo en ortografía, y en segundo lugar, a veces en alemán simplemente flojo, así que en su mayor parte compongo de mi cosecha y solo me consuelo con que así sale aún mejor. Bueno, pero quién sabe, tal vez no salga mejor, sino peor… ¿Aceptas o no?

Raskólnikov en silencio tomó los pliegos alemanes del artículo, tomó los tres rublos y, sin decir palabra, salió. Razumijin lo miró con sorpresa. Pero llegando ya a la primera línea, Raskólnikov de pronto dio media vuelta, subió de nuevo donde Razumijin y, poniendo sobre la mesa tanto los pliegos alemanes como los tres rublos, de nuevo sin decir palabra, se marchó.

—Pero ¿tienes delirium tremens o qué? —bramó Razumijin, que por fin se había enfurecido—. ¿Qué comedias estás montando? Hasta me has desconcertado… ¿Para qué viniste después de esto, diablos?

—No necesito… traducciones… —murmuró Raskólnikov, ya bajando la escalera.

—Entonces ¿qué diablos necesitas? —gritó Razumijin desde arriba. Este guardó silencio y siguió bajando.

—¡Oye! ¿Dónde vives?

No hubo respuesta.

—Bueno, pues que te lleve el di-a-a-blo!..

Pero Raskólnikov ya salía a la calle. En el puente de Nicolás tuvo que volver en sí completamente a consecuencia de un incidente muy desagradable para él. El cochero de un coche lo azotó sólidamente con el látigo en la espalda, por haberse metido casi bajo los caballos, a pesar de que el cochero le había gritado tres o cuatro veces. El golpe del látigo lo enfureció tanto que, saltando hacia la barandilla (no se sabe por qué caminaba por el mismísimo centro del puente, donde van los carruajes, y no donde caminan), rechinó y chasqueó los dientes rabiosamente. Alrededor, naturalmente, resonaron risas.

—¡Y con razón!

—Algún granuja.

—Es sabido, se hace el borracho a propósito y se mete bajo las ruedas; y luego tú responde por él.

—De eso viven, señor mío, de eso viven…

Pero en el momento en que estaba junto a la barandilla y todavía miraba sin sentido y rabiosamente tras el coche que se alejaba, frotándose la espalda, de pronto sintió que alguien le ponía dinero en la mano. Miró: una comercianta de edad, con cofia y zapatos de cabra, y con ella una muchacha, con sombrerito y sombrilla verde, probablemente su hija. «Toma, padrecito, por amor de Cristo». Él tomó el dinero y ellas pasaron de largo. Veinte kopeks. Por la ropa y el aspecto bien podían haberlo tomado por un mendigo, por un auténtico recolector de limosnas en la calle, y a la donación de veinte kopeks enteros él, seguramente, la debía al golpe del látigo, que las enterneció.

Apretó los veinte kopeks en la mano, caminó unos diez pasos y se volvió de cara al Neva, en dirección al palacio. El cielo estaba sin la menor nube, y el agua casi azul, algo que en el Neva ocurre tan raramente. La cúpula de la catedral, que desde ningún punto se perfila mejor que mirándola desde aquí, desde el puente, sin llegar unos veinte pasos a la capilla, resplandecía así, y a través del aire limpio se podían distinguir claramente incluso cada uno de sus adornos. El dolor del látigo se había calmado, y Raskólnikov se olvidó del golpe; un pensamiento inquieto y no del todo claro lo ocupaba ahora exclusivamente. Estuvo parado mirando a lo lejos larga y atentamente; este lugar le resultaba especialmente conocido. Cuando iba a la universidad, solía —con mayor frecuencia, al volver a casa— ocurrirle, tal vez un centenar de veces, detenerse precisamente en este mismo lugar, contemplar atentamente este panorama verdaderamente magnífico y casi cada vez sorprenderse de una impresión suya vaga e irresoluble. Siempre soplaba sobre él un frío inexplicable desde este panorama magnífico; un espíritu mudo y sordo llenaba para él esta vista suntuosa… Se asombraba cada vez de su impresión sombría y enigmática y aplazaba el desciframiento de ella, no confiando en sí mismo, para el futuro. Ahora, de pronto, recordó con nitidez estas preguntas y perplejidades anteriores suyas, le pareció que no por casualidad las recordaba ahora. Ya el solo hecho de haberse detenido en el mismo lugar que antes le pareció extraño y asombroso, como si realmente imaginara que podía pensar ahora en lo mismo que antes, e interesarse por los mismos temas y cuadros de antes por los que se interesaba… incluso tan recientemente. Hasta casi le pareció cómico y al mismo tiempo le oprimió el pecho hasta el dolor. En alguna profundidad, abajo, en algún lugar apenas visible bajo sus pies, se le apareció ahora todo ese pasado anterior, y los pensamientos anteriores, y las tareas anteriores, y los temas anteriores, y las impresiones anteriores, y todo este panorama, y él mismo, y todo, todo… Parecía que volaba hacia arriba a algún lugar, y todo desaparecía ante sus ojos… Haciendo un movimiento involuntario con la mano, de pronto sintió en su puño los veinte kopeks apretados. Abrió la mano, miró atentamente la moneda, se balanceó y la arrojó al agua; luego dio media vuelta y se fue a casa. Le pareció que en ese momento se había cortado a sí mismo con unas tijeras de todos y de todo.

Llegó a su casa ya al atardecer, por tanto, había estado caminando unas seis horas en total. Por dónde y cómo volvió, no recordaba nada de eso. Después de desvestirse y temblando entero, como un caballo exhausto, se acostó en el diván, se cubrió con el capote y enseguida se quedó inconsciente…

Despertó en pleno crepúsculo con un grito terrible. ¡Dios, qué clase de grito era ese! Nunca antes había oído ni visto tales sonidos antinaturales, tal aullido, alarido, chirrido, lágrimas, golpes e insultos. Ni siquiera podía imaginarse tal brutalidad, tal frenesí. Aterrorizado, se incorporó y se sentó en su cama, desfalleciendo y atormentándose a cada instante. Pero las peleas, alaridos e insultos se volvían cada vez más fuertes. Y entonces, para su mayor asombro, de pronto distinguió la voz de su patrona. Aullaba, chillaba y se lamentaba, apresurándose, precipitándose, dejando escapar las palabras de tal manera que no se podía distinguir de qué suplicaba —por supuesto, de que dejaran de golpearla, porque la golpeaban sin piedad en la escalera. La voz del que golpeaba se volvió tan horrible por la rabia y la furia, que ya solo jadeaba, pero el que golpeaba también decía algo, y también rápido, incomprensiblemente, apresurándose y ahogándose. De pronto Raskólnikov se estremeció como una hoja: reconoció esa voz; era la voz de Ilia Petróvich. ¡Ilia Petróvich aquí y golpeando a la patrona! ¡La golpea con los pies, le golpea la cabeza contra los escalones, —eso está claro, se oye por los sonidos, por los alaridos, por los golpes! ¿Qué es esto, el mundo se ha vuelto del revés, acaso? Se oía cómo en todos los pisos, por toda la escalera se congregaba una multitud, se oían voces, exclamaciones, subían, llamaban, golpeaban puertas, acudían corriendo. «Pero ¿por qué, por qué, y cómo es esto posible!», repetía, pensando seriamente que se había vuelto completamente loco. Pero no, oye demasiado claramente… Pero, por tanto, también vendrán a verlo ahora mismo, si es así, «porque… seguramente, todo esto es por aquello… por lo de ayer… ¡Señor!» Quiso cerrar el pestillo, pero la mano no se levantó… ¡y además era inútil! El miedo, como hielo, envolvió su alma, lo atormentó, lo paralizó… Pero por fin todo este estruendo, que había durado seguramente unos diez minutos, empezó a amainar gradualmente. La patrona gemía y se quejaba, Ilia Petróvich todavía amenazaba y maldecía… Pero por fin, al parecer, también él calló; ya no se lo oye; «¡no es posible que se haya ido! ¡Señor!» Sí, ahí se va también la patrona, todavía con gemidos y llanto… ahí se cerró de golpe la puerta de ella… Ahí la multitud se dispersa de la escalera por los apartamentos —exclaman, discuten, se llaman, ora elevando la voz hasta el grito ora bajándola hasta el susurro. Debían ser muchos; casi toda la casa había acudido. «Pero, Dios, ¿es todo esto posible? ¿Y para qué, para qué vino aquí?»

Raskólnikov cayó sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo cerrar los ojos; permaneció tendido media hora en tal sufrimiento, en tal sensación insoportable de terror ilimitado, como nunca antes había experimentado. De pronto una luz brillante iluminó su habitación: entró Nastasia con una vela y un plato de sopa. Después de mirarlo atentamente y distinguir que no dormía, puso la vela sobre la mesa y empezó a extender lo traído: pan, sal, plato, cuchara.

—Seguro que no has comido desde ayer. Te has pasado el día entero deambulando, y te golpea la fiebre.

—Nastasia… ¿por qué golpeaban a la patrona?

Ella lo miró fijamente.

—¿Quién golpeó a la patrona?

—Ahora mismo… hace media hora, Ilia Petróvich, el ayudante del inspector, en la escalera… ¿Por qué la golpeó así? y… ¿para qué vino?..

Nastasia lo examinó en silencio y con el ceño fruncido y lo miró así largo rato. Él empezó a sentirse muy incómodo por ese examen, incluso con miedo.

—Nastasia, ¿por qué callas? —pronunció por fin tímidamente, con voz débil.

—Es la sangre —respondió ella, por fin, en voz baja y como hablando para sí.

—¿Sangre?.. ¿Qué sangre?.. —murmuró él, palideciendo y retirándose hacia la pared. Nastasia continuó mirándolo en silencio.

—Nadie golpeó a la patrona —pronunció de nuevo con voz severa y decidida. Él la miraba, apenas respirando.

—Yo mismo lo oí… no dormía… estaba sentado —pronunció aún más tímidamente—. Estuve escuchando largo rato… Vino el ayudante del inspector… Todos acudieron a la escalera, desde todos los apartamentos…

—Nadie vino. Es la sangre en ti que grita. Eso es cuando no tiene salida y empieza a coagularse ya en el hígado, ahí empieza a aparecer en visiones… ¿Vas a comer o qué?

Él no respondió. Nastasia seguía parada sobre él, lo miraba fijamente y no se iba.

—Dame de beber… Nastásiushka.

Ella bajó y regresó en dos minutos con agua en una jarra de barro blanca; pero él ya no recordó lo que pasó después. Solo recordó cómo bebió un sorbo de agua fría y derramó de la jarra sobre el pecho. Luego sobrevino la inconsciencia.

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