Clasicalia
InicioCrimen y castigoCapítulo 40
40 / 41

Capítulo 40Siberia y el destino de Raskólnikov

Crimen y castigo · Fiódor Dostoievski · 16 min de lectura

Siberia. A orillas de un río ancho y desierto se levanta una ciudad, uno de los centros administrativos de Rusia; en la ciudad hay una fortaleza, en la fortaleza una prisión. En la prisión lleva ya nueve meses recluido un condenado a trabajos forzados de segunda categoría, Rodión Raskólnikov. Desde el día de su crimen ha pasado casi año y medio.

El proceso judicial de su caso transcurrió sin grandes dificultades. El criminal sostuvo su declaración firme, exacta y claramente, sin confundir las circunstancias, sin atenuarlas en su favor, sin deformar los hechos, sin olvidar el más mínimo detalle. Relató hasta el último trazo todo el proceso del asesinato: aclaró el misterio de la prenda (la tablilla de madera con la tira metálica) que resultó estar en manos de la vieja asesinada; contó detalladamente cómo tomó las llaves a la asesinada, describió esas llaves, describió el baúl y lo que contenía; enumeró incluso algunos de los objetos sueltos que había en él; aclaró el enigma del asesinato de Lizaveta; contó cómo vino y llamó Koch, y tras él el estudiante, transmitiendo todo lo que hablaron entre sí; cómo él, el criminal, bajó luego por la escalera y oyó los gritos de Nikólka y Mitka; cómo se escondió en el piso vacío, fue a casa, y en conclusión indicó la piedra en el patio, en la Perspectiva Voznesenski, bajo el portón, bajo la cual fueron hallados los objetos y el monedero. En una palabra, el caso quedó claro. Los investigadores y los jueces se sorprendieron mucho, entre otras cosas, de que hubiera escondido el monedero y los objetos bajo la piedra sin aprovecharlos, y sobre todo de que no solo no recordaba en detalle todos los objetos que él mismo había robado, sino que hasta se equivocaba en el número. La circunstancia, precisamente, de que ni una sola vez abrió el monedero y ni siquiera sabía cuánto dinero había exactamente en él, pareció increíble (en el monedero resultó haber trescientos diecisiete rublos en plata y tres monedas de veinte kopeks; por el largo tiempo de estar bajo la piedra algunos de los billetes superiores, los más grandes, se habían deteriorado extraordinariamente). Durante mucho tiempo se esforzaron por averiguar: ¿por qué precisamente el acusado mentía en esta única circunstancia, cuando en todo lo demás confesaba voluntaria y verazmente? Por fin, algunos (especialmente de entre los psicólogos) admitieron incluso la posibilidad de que efectivamente no había mirado en el monedero, y por eso no sabía qué había en él, y, sin saberlo, así lo llevó bajo la piedra, pero de esto mismo concluyeron también que el crimen no pudo ocurrir de otra manera que bajo un trastorno mental temporal, por así decirlo, bajo una monomanía enfermiza de asesinato y robo, sin fines ulteriores ni cálculos de provecho. Aquí, oportunamente, vino a contribuir la más reciente y moderna teoría del trastorno mental temporal, que tan a menudo se intenta aplicar en nuestro tiempo a ciertos criminales. Además, el antiguo estado hipocondríaco de Raskólnikov fue declarado con exactitud por muchos testigos, el doctor Zosímov, sus antiguos compañeros, la patrona, la criada. Todo esto contribuyó fuertemente a la conclusión de que Raskólnikov no se parecía del todo a un asesino, bandido y ladrón común, sino que aquí había algo distinto. Para mayor fastidio de quienes defendían esta opinión, el criminal mismo casi no intentó defenderse; a las preguntas definitivas: qué fue exactamente lo que pudo inclinarlo al homicidio y qué lo impulsó a cometer el robo, respondió muy claramente, con la más basta exactitud, que la causa de todo fue su mala situación, su pobreza y su desamparo, el deseo de afianzar los primeros pasos de su carrera vital con ayuda, al menos, de tres mil rublos, que calculaba encontrar en la asesinada. Se decidió al asesinato a consecuencia de su carácter ligero y cobarde, irritado, además, por las privaciones y los fracasos. A las preguntas de qué fue exactamente lo que lo impulsó a presentarse con la confesión, respondió directamente que el arrepentimiento sincero. Todo esto era ya casi burdo...

La sentencia, sin embargo, resultó más clemente de lo que cabía esperar, juzgando por el crimen cometido, y, quizá, precisamente porque el criminal no solo no quiso justificarse, sino que hasta manifestaba el deseo de acusarse aún más a sí mismo. Todas las circunstancias extrañas y particulares del caso fueron tomadas en cuenta. El estado enfermo y desdichado del criminal antes de cometer el crimen no fue objeto de la menor duda. El hecho de que no aprovechó lo robado se contó en parte como acción del arrepentimiento despertado, en parte como estado no del todo sano de sus facultades mentales en el momento de cometer el crimen. La circunstancia del asesinato fortuito de Lizaveta sirvió incluso de ejemplo que reforzaba este último supuesto: ¡un hombre comete dos asesinatos y al mismo tiempo olvida que la puerta está abierta! Por fin, la confesión espontánea, en el momento mismo en que el caso se había enmarañado extraordinariamente a consecuencia de la falsa declaración contra sí mismo del fanático desalentado (Nikolái) y, además, cuando del verdadero criminal no solo no había pruebas claras, sino que ni siquiera existían sospechas (Porfiri Petróvich cumplió plenamente su palabra), todo esto contribuyó definitivamente a suavizar la suerte del acusado.

Aparecieron, además, por completo inesperadamente otras circunstancias que favorecían fuertemente al acusado. El antiguo estudiante Razumijin desenterró de alguna parte informes y presentó pruebas de que el criminal Raskólnikov, durante su estancia en la universidad, con sus últimos medios ayudó a un compañero suyo pobre y tísico de la universidad y prácticamente lo mantuvo durante medio año. Cuando aquel murió, cuidó del padre viejo y decrépito que quedó vivo del compañero fallecido (que mantenía y alimentaba a su padre con su trabajo casi desde los trece años), colocó por fin a este anciano en el hospital, y cuando aquel también murió, lo enterró. Todos estos informes tuvieron cierta influencia favorable en la decisión del destino de Raskólnikov. La antigua patrona suya, madre de la difunta prometida de Raskólnikov, la viuda Zarnitsina, atestiguó también que cuando aún vivían en otra casa, en las Cinco Esquinas, Raskólnikov durante un incendio, de noche, sacó de un piso, ya en llamas, a dos niños pequeños, y resultó quemado en ello. Este hecho fue cuidadosamente investigado y bastante bien atestiguado por muchos testigos. En una palabra, terminó con que el criminal fue condenado a trabajos forzados de segunda categoría, por un plazo de solo ocho años, en atención a la confesión espontánea y algunas circunstancias atenuantes de la culpa.

Ya al comienzo del proceso la madre de Raskólnikov cayó enferma. Dunia y Razumijin encontraron la posibilidad de llevársela de Petersburgo durante todo el tiempo del juicio. Razumijin eligió una ciudad en el ferrocarril y a poca distancia de Petersburgo, para poder seguir regularmente todas las circunstancias del proceso y al mismo tiempo ver lo más frecuentemente posible a Avdotia Románovna. La enfermedad de Pulqueria Aleksándrovna era algo extraña, nerviosa y acompañada de algo parecido al trastorno mental, si no completamente, al menos en parte. Dunia, al regresar del último encuentro con su hermano, encontró a su madre ya del todo enferma, con fiebre y delirando. Esa misma tarde se puso de acuerdo con Razumijin sobre qué responder exactamente a su madre en sus preguntas sobre el hermano, e incluso inventó junto con él, para la madre, toda una historia sobre el viaje de Raskólnikov a algún lugar lejano, a la frontera de Rusia, por un encargo privado, que le proporcionaría por fin tanto dinero como fama. Pero los asombró que Pulqueria Aleksándrovna no preguntó sobre nada de esto ni entonces ni después. Al contrario, ella misma tenía toda una historia sobre la súbita partida del hijo; con lágrimas contaba cómo había venido a despedirse de ella; daba a entender con alusiones que solo a ella le eran conocidas muchas circunstancias muy importantes y misteriosas y que Rodia tenía muchos enemigos muy poderosos, de modo que necesitaba hasta esconderse. En cuanto a su futura carrera, también le parecía indudable y brillante, cuando pasaran ciertas circunstancias hostiles; aseguraba a Razumijin que su hijo sería con el tiempo hasta un hombre de Estado, lo que demostraba su artículo y su brillante talento literario. Este artículo lo leía sin cesar, lo leía a veces hasta en voz alta, casi dormía con él, y sin embargo casi no preguntaba dónde se encontraba ahora Rodia exactamente, a pesar incluso de que con ella visiblemente evitaban hablar de esto —lo que ya de por sí podía excitar sus recelos—. Comenzaron, por fin, a temer este extraño silencio de Pulqueria Aleksándrovna sobre ciertos puntos. Ella, por ejemplo, ni siquiera se quejaba de que no había cartas de él, mientras que antes, viviendo en su ciudad, solo vivía de la esperanza y la expectativa de recibir cuanto antes una carta del adorado Rodia. Esta última circunstancia era demasiado inexplicable e inquietaba fuertemente a Dunia; le venía el pensamiento de que la madre quizá presentía algo terrible en el destino del hijo y temía preguntar, para no enterarse de algo todavía más terrible. En cualquier caso, Dunia veía claramente que Pulqueria Aleksándrovna no estaba en un estado sano de razón.

Dos veces, sin embargo, ocurrió que ella misma dirigió la conversación de tal modo que resultaba imposible, al responderle, no mencionar dónde se encontraba ahora Rodia exactamente; cuando las respuestas tuvieron que salir inevitablemente insatisfactorias y sospechosas, se puso de pronto extraordinariamente triste, hosca y silenciosa, lo que duró mucho tiempo. Dunia vio por fin que era difícil mentir e inventar, y llegó a la conclusión definitiva de que era mejor callar por completo sobre ciertos puntos; pero cada vez más se hacía claro hasta la evidencia que la pobre madre sospechaba algo terrible. Dunia recordó, entre otras cosas, las palabras del hermano de que la madre había escuchado su delirio, en la noche víspera de aquel último día fatal, después de la escena con Svidrigáilov: ¿no habría oído algo entonces? A menudo, a veces después de varios días e incluso semanas de hosco, sombrío silencio y lágrimas mudas, la enferma se animaba de algún modo histérico y comenzaba de pronto a hablar en voz alta, casi sin callar, de su hijo, de sus esperanzas, del futuro... Sus fantasías eran a veces muy extrañas. La consolaban, le daban la razón (ella misma, quizá, veía claramente que le daban la razón y solo la consolaban), pero ella seguía hablando...

Cinco meses después de la confesión espontánea del criminal siguió su sentencia. Razumijin se vio con él en la prisión, cuando fue posible. Sonia también. Por fin siguió la separación; Dunia juró a su hermano que esta separación no era para siempre; Razumijin también. En la cabeza joven y ardiente de Razumijin se afianzó firmemente el proyecto de establecer en los próximos tres o cuatro años, en lo posible, al menos el comienzo de una futura fortuna, ahorrar al menos un poco de dinero y trasladarse a Siberia, donde la tierra es rica en todos los aspectos, y trabajadores, gente y capitales hay pocos; allí instalarse en la misma ciudad donde estará Rodia y... todos juntos comenzar una nueva vida. Al despedirse, todos lloraron. Raskólnikov en los últimos días estuvo muy pensativo, preguntó mucho sobre su madre, constantemente se preocupaba por ella. Hasta se atormentaba demasiado por ella, lo que inquietaba a Dunia. Al enterarse en detalle del estado enfermizo de su madre, se puso muy sombrío. Con Sonia estuvo por alguna razón especialmente poco hablador todo el tiempo. Sonia, con ayuda del dinero dejado por Svidrigáilov, ya hacía tiempo que se había preparado y dispuesto a seguir la partida de presos en la que él sería enviado. De esto nunca se mencionó ni una palabra entre ella y Raskólnikov; pero ambos sabían que así sería. En la última despedida sonrió extrañamente ante las ardientes aseveraciones de su hermana y de Razumijin sobre su feliz futuro, cuando saliera de los trabajos forzados, y predijo que el estado enfermizo de su madre terminaría pronto en desgracia. Él y Sonia por fin partieron.

Dos meses después Dúnechka se casó con Razumijin. La boda fue triste y tranquila. Entre los invitados estuvieron, sin embargo, Porfiri Petróvich y Zosímov. Todo el último tiempo Razumijin tuvo aspecto de hombre firmemente resuelto. Dunia creía ciegamente que él cumpliría todas sus intenciones, y no podía no creer: en este hombre se veía una voluntad de hierro. Entre otras cosas, volvió a asistir a las clases universitarias, para terminar el curso. En ambos se formaban constantemente planes del futuro; ambos contaban firmemente con trasladarse a Siberia dentro de cinco años sin falta. Hasta entonces confiaban allí en Sonia...

Pulqueria Aleksándrovna bendijo con alegría a su hija para el matrimonio con Razumijin; pero después de esta boda pareció ponerse aún más triste y preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumijin le comunicó, entre otras cosas, el hecho del estudiante y su decrépito padre y de que Rodia fue quemado e incluso enfermó, salvando de la muerte, el año pasado, a dos niños pequeños. Ambas noticias llevaron a Pulqueria Aleksándrovna, ya trastornada de razón, casi hasta un estado de éxtasis. Hablaba sin cesar de esto, entablaba conversación hasta en la calle (aunque Dunia la acompañaba constantemente). En los coches públicos, en las tiendas, atrapando a cualquier oyente, dirigía la conversación a su hijo, a su artículo, cómo ayudó al estudiante, fue quemado en el incendio y demás. Dúnechka ya no sabía cómo contenerla. Además del peligro de tal estado de ánimo extasiado y enfermizo, amenazaba también la desgracia de que alguien pudiera recordar el apellido Raskólnikov por el caso judicial que hubo y empezar a hablar de esto. Pulqueria Aleksándrovna incluso averiguó la dirección de la madre de los dos niños pequeños salvados del incendio y quería sin falta ir a verla. Por fin su inquietud creció hasta los límites extremos. A veces de pronto comenzaba a llorar, a menudo enfermaba y deliraba con fiebre. Una mañana declaró directamente que según sus cálculos Rodia debía llegar pronto, que recordaba que él, al despedirse de ella, mencionó que precisamente dentro de nueve meses había que esperarlo. Empezó a arreglarlo todo en el piso y a prepararse para el encuentro, empezó a arreglar la habitación destinada a él (la suya propia), a limpiar los muebles, lavar y poner cortinas nuevas y demás. Dunia se alarmó, pero calló e incluso la ayudó a arreglar la habitación para recibir al hermano. Después de un día de inquietud, pasado en continuas fantasías, en sueños alegres y lágrimas, por la noche enfermó y por la mañana ya tenía fiebre y deliraba. Se declaró la fiebre. Dos semanas después murió. En el delirio se le escapaban palabras por las cuales se podía concluir que sospechaba mucho más sobre el terrible destino de su hijo de lo que incluso se suponía.

Raskólnikov no supo durante mucho tiempo de la muerte de su madre, aunque la correspondencia con Petersburgo se estableció desde el mismo comienzo de su instalación en Siberia. Se organizó a través de Sonia, que puntualmente cada mes escribía a Petersburgo a nombre de Razumijin y puntualmente cada mes recibía respuesta de Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron al principio a Dunia y a Razumijin de algún modo secas e insatisfactorias; pero al final ambos encontraron que escribir mejor era imposible, porque de estas cartas como resultado se obtenía de todos modos la representación más completa y exacta del destino de su desdichado hermano. Las cartas de Sonia estaban llenas de la más ordinaria realidad, de la más simple y clara descripción de todo el entorno de la vida de presidio de Raskólnikov. Allí no había ni exposición de sus propias esperanzas, ni enigmas sobre el futuro, ni descripción de sus propios sentimientos. En lugar de intentos de aclarar su estado de ánimo y en general toda su vida interior estaban solo los hechos, es decir, sus propias palabras, noticias detalladas del estado de su salud, de qué deseó entonces en el encuentro, de qué le pidió, qué le encargó, y demás. Todas estas noticias se comunicaban con extraordinaria minuciosidad. La imagen del desdichado hermano al final se destacó por sí misma, se dibujó exacta y claramente; aquí no podía haber error, porque todos eran hechos veraces.

Pero poco de consolador podían sacar Dunia y su marido de estas noticias, especialmente al principio. Sonia comunicaba sin cesar que estaba constantemente hosco, poco hablador e incluso casi nada interesado en las noticias que ella le comunicaba cada vez de las cartas que recibía; que preguntaba a veces sobre su madre; y cuando ella, viendo que él ya adivinaba la verdad, le comunicó por fin su muerte, entonces, para sorpresa de ella, hasta la noticia de la muerte de su madre como que no lo afectó muy fuertemente, al menos así le pareció por la apariencia exterior. Comunicaba, entre otras cosas, que, a pesar de que él, por lo visto, estaba tan sumido en sí mismo y como encerrado de todos —a su nueva vida se había enfrentado muy directa y simplemente—; que comprendía claramente su situación, no esperaba nada mejor en lo inmediato, no tenía ninguna esperanza ligera (tan propia en su situación) y casi no se sorprendía de nada en medio del nuevo entorno que lo rodeaba, tan poco parecido a nada anterior. Comunicó que su salud era satisfactoria. Iba a los trabajos, de los cuales no se apartaba y a los cuales no se ofrecía. A la comida era casi indiferente, pero esta comida, excepto los domingos y días festivos, era tan mala, que por fin aceptó de ella, Sonia, con gusto algo de dinero, para tomar té diario; en cuanto a todo lo demás le pedía que no se preocupara, asegurando que todos estos cuidados por él solo le molestaban. Más adelante Sonia comunicaba que su alojamiento en la prisión era común con todos; el interior de sus barracas no lo había visto, pero concluía que allí era estrecho, repugnante y malsano; que él dormía en los tablones, poniendo bajo sí fieltro, y no quería arreglarse nada más. Pero que vivía tan burdamente y pobremente no era en absoluto por ningún plan o intención preconcebidos, sino así simplemente por desatención e indiferencia exterior a su destino. Sonia escribía directamente que él, especialmente al principio, no solo no se interesaba en sus visitas, sino que hasta se molestaba con ella, era poco hablador e incluso grosero con ella, pero que al final estas visitas se convirtieron para él en costumbre e incluso casi en necesidad, de modo que se entristecía mucho cuando ella estuvo unos días enferma y no pudo visitarlo. Se veía con él los días festivos en la puerta de la prisión o en el cuerpo de guardia, adonde lo llamaban a verla por unos minutos; los días laborables en los trabajos, adonde ella iba a verlo, o en los talleres, o en las fábricas de ladrillos, o en los cobertizos a orillas del Irtish. De sí misma Sonia informaba que había logrado adquirir en la ciudad hasta algunos conocidos y protecciones; que se ocupaba de costura, y como en la ciudad casi no había modista, se había vuelto hasta necesaria en muchas casas; solo que no mencionaba que a través de ella también Raskólnikov había recibido protección de las autoridades, que le aligeraban los trabajos, y demás. Por fin llegó la noticia (Dunia notó hasta cierta particular agitación y ansiedad en sus últimas cartas) de que él huía de todos, que en la prisión los presidiarios no lo querían; que callaba días enteros y se ponía muy pálido. De pronto, en la última carta, Sonia escribió que había enfermado muy gravemente y yacía en el hospital, en la sala de presos...

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/crimen-y-castigo/capitulo-40-siberia-y-el-destino-de-raskolnikov/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Crimen y castigo» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.