Capítulo 26La confesión de Nikolái
Luego, al recordar ese instante, a Raskólnikov se le representaba todo de esa manera.
El ruido que se oyó tras la puerta aumentó de pronto rápidamente, y la puerta se entreabrió un poco.
—¿Qué pasa? —gritó contrariado Porfiri Petróvich—. Si advertí…
Por un instante no hubo respuesta, pero se veía que tras la puerta había varias personas y que parecían estar empujando a alguien.
—Pero ¿qué pasa ahí? —repitió inquieto Porfiri Petróvich.
—Han traído a un detenido, Nikolái —se oyó una voz.
—¡No hace falta! ¡Fuera! ¡Que espere!... ¿Por qué se ha metido aquí? ¡Qué desorden! —gritó Porfiri, precipitándose hacia la puerta.
—Es que él… —empezó a decir de nuevo la misma voz y de pronto se interrumpió.
No más de dos segundos se produjo una verdadera lucha; luego de pronto fue como si alguien hubiera empujado a otro con fuerza, y tras ello un hombre muy pálido dio un paso directamente al despacho de Porfiri Petróvich.
El aspecto de este hombre a primera vista era muy extraño. Miraba fijamente al frente, pero como si no viera a nadie. En sus ojos brillaba la resolución, pero al mismo tiempo una palidez mortal cubría su rostro, como si lo hubieran llevado a la ejecución. Sus labios, totalmente blanquecidos, temblaban levemente.
Era muy joven todavía, vestido como un hombre del pueblo, de estatura mediana, delgado, con el pelo cortado en círculo, con rasgos finos, como secos. El hombre al que inesperadamente había empujado fue el primero en arrojarse tras él en la habitación y consiguió agarrarlo por el hombro: era un escolta; pero Nikolái sacudió el brazo y se zafó de él una vez más.
En la puerta se aglomeró un grupo de curiosos. Algunos intentaban entrar. Todo lo descrito ocurrió casi en un instante.
—¡Fuera, todavía es pronto! ¡Esperad, hasta que os llamen!... ¿Por qué lo han traído antes? —murmuraba extremadamente contrariado, como desconcertado, Porfiri Petróvich. Pero Nikolái se puso de pronto de rodillas.
—¿Qué haces? —gritó Porfiri asombrado.
—¡Soy culpable! ¡Mi pecado! ¡Yo soy el asesino! —pronunció de pronto Nikolái, como algo ahogado, pero con voz bastante fuerte.
Durante unos diez segundos continuó el silencio, como si a todos les hubiera dado un pasmo; incluso el escolta retrocedió y ya no se acercó a Nikolái, sino que se retiró maquinalmente hacia la puerta y se quedó inmóvil.
—¿Qué dices? —exclamó Porfiri Petróvich, saliendo de su momentáneo estupor.
—Yo… soy el asesino… —repitió Nikolái, tras guardar silencio un poco.
—¿Cómo… tú…? ¿Cómo…? ¿A quién has matado?
Porfiri Petróvich, evidentemente, se había perdido.
Nikolái guardó silencio de nuevo un poco.
—A Aliona Ivánovna y a su hermanita, Lizaveta Ivánovna, yo… las maté… con un hacha. Me vino una oscuración… —añadió de pronto y volvió a callar. Seguía de rodillas.
Porfiri Petróvich permaneció unos instantes como meditando, pero de pronto dio un respingo y agitó las manos hacia los testigos no invitados. Éstos desaparecieron al instante y la puerta se cerró. Luego miró a Raskólnikov, que estaba en un rincón mirando salvajemente a Nikolái, y se dirigió hacia él, pero de pronto se detuvo, lo miró, trasladó enseguida su mirada a Nikolái, luego otra vez a Raskólnikov, luego otra vez a Nikolái y de pronto, como arrastrado, se lanzó de nuevo sobre Nikolái.
—¡¿Por qué te me adelantas con eso de la oscuración?! —le gritó casi con rabia—. Yo aún no te he preguntado: si te vino o no te vino una oscuración… ¡habla: tú mataste?
—Yo soy el asesino… doy mi declaración… —pronunció Nikolái.
—¡Eh! ¿Con qué mataste?
—Con un hacha. La preparé.
—¡Eh, tiene prisa! ¿Solo?
Nikolái no entendió la pregunta.
—¿Mataste solo?
—Solo. Y Mitka no tiene culpa y es ajeno a todo eso.
—¡No te apresures con Mitka! ¡Eh!... Pero ¿cómo, vamos, cómo bajaste corriendo entonces por la escalera? ¡Si los porteros os encontraron a los dos!
—Eso fue para despistar… entonces… corrí con Mitka —respondió Nikolái como apresurándose y preparado de antemano.
—¡Así que eso es! —gritó furioso Porfiri—. ¡No dice palabras propias! —murmuró como para sí y de pronto volvió a ver a Raskólnikov.
Evidentemente, se había enfrascado tanto con Nikolái que por un instante incluso se había olvidado de Raskólnikov. Ahora de pronto recobró el sentido, incluso se turbó…
—¡Rodión Románovich, padrecito! Perdóneme… así no puede ser… haga el favor… aquí no tiene nada que hacer… yo mismo… vea, qué sorpresas… ¡haga el favor!...
Y tomándolo de la mano, le señaló la puerta.
—Parece que no esperaba esto —dijo Raskólnikov, que por supuesto aún no comprendía nada con claridad, pero ya había conseguido reanimarse mucho.
—Y usted tampoco, padrecito, no esperaba. ¡Mire cómo le tiembla la mano! Je, je.
—Y usted también tiembla, Porfiri Petróvich.
—Y yo también tiemblo; no esperaba…
Ya estaban en la puerta. Porfiri esperaba impaciente a que pasara Raskólnikov.
—¿Y la sorpresita no me la mostrará? —dijo de pronto Raskólnikov.
—Habla, y en su boca todavía los dientes castañetean unos contra otros, je, je. Es un hombre irónico. Bueno, hasta la vista.
—A mi modo de ver, adiós.
—Como Dios quiera, como Dios quiera —murmuró Porfiri con una sonrisa que se torcía de algún modo.
Al pasar por la oficina, Raskólnikov notó que muchos lo miraban fijamente. En el recibidor, entre la multitud, consiguió distinguir a los dos porteros de aquella casa, a los que había llamado entonces de noche al cuartel. Estaban allí esperando algo. Pero apenas salió a la escalera, de pronto oyó tras de sí de nuevo la voz de Porfiri Petróvich. Al volverse, vio que aquél lo alcanzaba, todo jadeante.
—Una palabrita, Rodión Románovich; en cuanto a todo lo demás, como Dios quiera, pero de todas formas por pura formalidad tendré que preguntarle sobre ciertas cosas… así que todavía nos veremos, así es.
Y Porfiri se detuvo ante él con una sonrisa.
—Así es —añadió una vez más.
Podía suponerse que aún quería decirle algo, pero de algún modo no lo pronunciaba.
—Y usted, Porfiri Petróvich, discúlpeme por lo de antes… me acaloré —empezó Raskólnikov, que ya se había reanimado del todo, hasta el irresistible deseo de fanfarronear.
—Nada, nada… —replicó Porfiri casi con alegría—. Yo mismo… Tengo un carácter venenoso, lo confieso, lo confieso. Pero ya nos veremos. Si Dios quiere, así que muy, muy a menudo nos veremos…
—¿Y nos conoceremos definitivamente? —dijo Raskólnikov.
—Y nos conoceremos definitivamente —asintió Porfiri Petróvich y, entornando los ojos, lo miró muy serio—. ¿Ahora va al santo?
—A un funeral.
—Ah, sí, a un funeral. Cuide su salud, su salud…
—No sé qué desearle por mi parte —dijo Raskólnikov, que ya había empezado a bajar la escalera, pero de pronto se volvió otra vez hacia Porfiri—. Le desearía mayores éxitos, pero vea, qué cómica es su función.
—¿Por qué cómica? —enseguida aguzó el oído Porfiri Petróvich, que también se había vuelto para irse.
—Pues cómo no, a este pobre Mikólka seguramente lo habrá atormentado y torturado, psicológicamente, a su manera, hasta que confesó; día y noche, seguramente, le demostró: «Tú eres el asesino, tú eres el asesino…», y ahora que ya ha confesado, empezará otra vez a desmembrarlo: «Mientes, dicen, tú no eres el asesino. No puedes serlo. No dices palabras propias.» Pues entonces, ¿cómo no va a ser cómica su función?
—Je, je, je. ¿Así que ha notado que le he dicho ahora a Nikolái que «no dice palabras propias»?
—¿Cómo no notarlo?
—Je, je. Es ingenioso, ingeniosísimo. Lo nota todo. Una mente verdaderamente juguetona. Y la cuerda cómica también la toca… je, je. Dicen que de los escritores, Gógol tenía ese rasgo en el más alto grado.
—Sí, Gógol.
—Sí, Gógol… hasta el más agradable encuentro.
—Hasta el más agradable encuentro…
Raskólnikov fue directamente a casa. Estaba tan desconcertado y confundido que, cuando llegó a casa y se tiró en el diván, estuvo un cuarto de hora sentado, sólo descansando y tratando de reunir un poco sus pensamientos. Acerca de Nikolái ni siquiera intentó razonar: sentía que estaba atónito; que en la confesión de Nikolái había algo inexplicable, asombroso, que ahora no podía comprender de ninguna manera. Pero la confesión de Nikolái era un hecho real. Las consecuencias de ese hecho se le hicieron enseguida claras: la mentira no podía dejar de descubrirse, y entonces volverían a ir por él. Pero al menos hasta ese momento era libre y debía hacer algo por sí mismo sin falta, porque el peligro era inminente.
Pero ¿hasta qué punto? La situación empezaba a aclararse. Recordando, a grandes rasgos, en conjunto, toda su escena anterior con Porfiri, no pudo evitar estremecerse de nuevo de horror. Por supuesto, aún no conocía todos los objetivos de Porfiri, no podía comprender todos sus cálculos anteriores. Pero se había mostrado parte del juego, y por supuesto nadie mejor que él podía comprender cuán terrible había sido para él esa «jugada» en el juego de Porfiri. Un poco más, y se habría delatado completamente, ya de hecho. Conociendo la morbosidad de su carácter y habiéndolo captado y penetrado certeramente desde la primera mirada, Porfiri había actuado aunque de manera demasiado decidida, casi con seguridad. No hay duda, Raskólnikov ya se había comprometido demasiado antes también, pero aún no se había llegado a los hechos; todo era todavía relativo. Pero ¿era así, sin embargo, así lo comprendía todo ahora? ¿No se equivocaba? ¿A qué resultado exactamente tendía hoy Porfiri? ¿Realmente había tenido algo preparado hoy? ¿Y qué exactamente? ¿Realmente esperaba algo o no? ¿Cómo exactamente se habrían separado hoy, si no hubiera surgido la inesperada catástrofe con Nikolái?
Porfiri había mostrado casi todo su juego; por supuesto, había arriesgado, pero lo había mostrado, y (así le parecía a Raskólnikov) si realmente Porfiri hubiera tenido algo más, también lo habría mostrado. ¿Qué era esa «sorpresa»? ¿Una burla, acaso? ¿Significaba algo o no? ¿Podía ocultarse bajo eso algo parecido a un hecho, a una acusación positiva? ¿El hombre de ayer? ¿Dónde se había metido? ¿Dónde había estado hoy? Porque si Porfiri tenía algo positivo, entonces seguramente estaba relacionado con el hombre de ayer…
Estaba sentado en el diván, con la cabeza inclinada hacia abajo, apoyado en las rodillas y cubriendo el rostro con las manos. El temblor nervioso continuaba aún en todo su cuerpo. Finalmente se levantó, cogió la gorra, pensó y se dirigió hacia la puerta.
De algún modo presentía que, al menos por hoy, podía considerarse casi con seguridad a salvo. De pronto sintió en su corazón casi alegría: tenía ganas de ir cuanto antes donde Katerina Ivánovna. Al funeral, por supuesto, llegaría tarde, pero al banquete llegaría a tiempo, y allí, enseguida, vería a Sonia.
Se detuvo, pensó, y en sus labios se esbozó una sonrisa enfermiza.
—¡Hoy! ¡Hoy! —repetía para sí—. Sí, ¡hoy mismo! Así debe ser…
Apenas iba a abrir la puerta cuando de pronto ésta empezó a abrirse sola. Tembló y retrocedió. La puerta se abría lenta y silenciosamente, y de pronto apareció una figura: la del hombre de ayer salido de la tierra.
El hombre se detuvo en el umbral, miró en silencio a Raskólnikov y dio un paso en la habitación. Era exactamente igual que ayer, la misma figura, vestido igual, pero en su rostro y su mirada se había producido un fuerte cambio: ahora miraba de algún modo apesadumbrado y, tras quedarse un poco quieto, suspiró profundamente. Sólo faltaba que pusiera la palma en la mejilla y torciera la cabeza hacia un lado para parecerse completamente a una vieja.
—¿Qué quiere? —preguntó Raskólnikov, lívido.
El hombre guardó silencio y de pronto se inclinó profundamente ante él, casi hasta el suelo. Al menos tocó el suelo con el dedo de la mano derecha.
—¿Qué hace? —exclamó Raskólnikov.
—Soy culpable —dijo quedamente el hombre.
—¿De qué?
—De malos pensamientos.
Ambos se miraron.
—Me ofendí. Cuando usted vino entonces, quizá ebrio, y llamó a los porteros al cuartel y preguntó por la sangre, me ofendió que lo dejaran en vano y lo tomaran por borracho. Y tanto me ofendió que perdí el sueño. Y recordando la dirección, ayer vinimos aquí y preguntamos…
—¿Quién vino? —interrumpió Raskólnikov, empezando a recordar al instante.
—Yo, o sea, lo ofendí a usted.
—¿Así que es de esa casa?
—Sí, estaba allí, entonces mismo en el portal con ellos, ¿o lo ha olvidado? Allí mismo tenemos nuestro oficio, desde siempre. Somos peleteros, pequeños burgueses, trabajamos a domicilio… y sobre todo me ofendí…
Y de pronto a Raskólnikov le vino claramente a la memoria toda la escena de anteayer bajo el portal; recordó que además de los porteros había allí entonces varias personas más, había mujeres. Recordó una voz que proponía llevarlo directamente al cuartel. El rostro del que hablaba no podía recordarlo e incluso ahora no lo reconocía, pero recordaba que entonces incluso le había respondido algo, se había vuelto hacia él…
Así que con esto se resolvía todo aquel horror de ayer. Lo más terrible era pensar que realmente casi se había perdido, casi se había arruinado a causa de una circunstancia tan insignificante. Así que, aparte del alquiler del piso y las conversaciones sobre la sangre, este hombre no podía contar nada. Así que también Porfiri no tenía nada, aparte de ese delirio, ningún hecho, excepto la psicología, que es de doble filo, nada positivo. Así que si no aparecían más hechos (y no debían aparecer ya, ¡no debían, no debían!), entonces… ¿entonces qué podían hacerle? ¿Con qué podían inculparlo definitivamente, incluso si lo arrestaban? Y así, Porfiri sólo ahora, sólo en este momento se había enterado del piso, y hasta ahora no lo sabía.
—¿Fue usted quien le dijo hoy a Porfiri… que yo había ido allí? —gritó, golpeado por una idea repentina.
—¿A qué Porfiri?
—Al juez de instrucción.
—Yo se lo dije. Los porteros no quisieron ir entonces, así que fui yo.
—¿Hoy?
—Un minuto antes que usted. Y oí todo, todo, cómo lo atormentaba.
—¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
—Pues allí mismo, detrás de su tabique, todo el tiempo estuve sentado.
—¿Cómo? ¿Así que usted era la sorpresa? Pero ¿cómo pudo ocurrir esto? ¡Por favor!
—Al ver yo —empezó el pequeño burgués— que los porteros no querían ir con mis palabras, porque, dicen, ya es tarde, y a lo mejor se enfada de que no hayamos ido en ese momento, me ofendí y perdí el sueño, y empecé a averiguar. Y cuando me enteré ayer, hoy fui. La primera vez que vine no estaba. Una hora después volví y no me recibieron, a la tercera vez que vine me dejaron pasar. Empecé a exponerle todo tal como fue, y empezó a saltar por la habitación y se golpeaba el pecho con el puño: «¿Qué hacen conmigo, bandidos», dice. «Si hubiera sabido tal cosa, lo habría hecho traer con escolta.» Luego salió corriendo, llamó a alguien y se puso a hablar con él en un rincón, y luego otra vez vino a mí y empezó a preguntar y a reñir. Y me reprochó mucho; y yo le conté todo y le dije que con mis palabras de ayer usted no se atrevió a responderme nada y que no me reconoció. Y empezó él otra vez a correr, y se golpeaba el pecho, y se enfadaba, y corría, y cuando informaron de usted, pues, dice, métete detrás del tabique, siéntate ahí, no te muevas, oigas lo que oigas, y él mismo me llevó una silla y me encerró; puede, dice, que te llame a preguntar. Y cuando trajeron a Nikolái, entonces me sacó, después de usted: todavía, dice, te voy a necesitar y te voy a preguntar más…
—¿Y a Nikolái lo interrogó en tu presencia?
—Cuando lo sacaron a usted, me sacó a mí enseguida, y a Nikolái empezó a interrogar.
El pequeño burgués se detuvo y de pronto volvió a inclinarse, tocando el suelo con el dedo.
—Perdóneme por la calumnia y por mi rencor.
—Dios te perdona —respondió Raskólnikov, y apenas pronunció esto, el pequeño burgués se inclinó ante él, pero ya no hasta el suelo sino por la cintura, se volvió lentamente y salió de la habitación. «Todo es de doble filo, ahora todo es de doble filo», se repetía Raskólnikov y salió de la habitación más animado que nunca.
«Ahora todavía lucharemos», dijo con una sonrisa rencorosa, bajando la escalera. La rabia se dirigía a sí mismo: con desprecio y vergüenza recordaba su «cobardía».
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