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Capítulo 33La confesión de Porfiri Petróvich

Crimen y castigo · Fiódor Dostoievski · 27 min de lectura

—¡Pues estos cigarrillos! —comenzó por fin Porfiri Petróvich, terminando de encender y recuperando el aliento—. ¡Son perjudiciales, puro daño, pero no puedo dejarlo! Toso, me raspa la garganta y tengo dificultad para respirar. Soy cobarde, ¿sabe?, el otro día fui a ver a B—n —a cada enfermo lo examina como mínimo media hora—; pues se rió al mirarme: me golpeteó, me auscultó... «El tabaco», dice, «entre otras cosas, no le conviene; tiene los pulmones dilatados». Bueno, ¿y cómo lo dejo? ¿Con qué lo sustituyo? No bebo, ahí está todo el problema, je-je-je, que no bebo, ése es el problema. Porque todo es relativo, Rodión Románovich, todo es relativo.

«¿Qué es esto, acaso vuelve a su vieja retórica oficial?», pensó Raskólnikov con repugnancia. De pronto recordó toda la escena reciente de su último encuentro, y entonces aquella sensación afluó como una ola a su corazón.

—Y el otro día pasé por aquí por la tarde, ¿sabe?; ni siquiera lo supo —continuó Porfiri Petróvich, mirando la habitación—. Entré en la habitación, en ésta misma. También, como hoy, pasaba por aquí... «Déjame», pensé, «devolverle la visitita». Entré, y la habitación estaba abierta de par en par; eché un vistazo, esperé, y ni siquiera le avisé a su criada... Me fui. ¿No cierra con llave?

El rostro de Raskólnikov se ensombrecía cada vez más. Porfiri parecía adivinar sus pensamientos.

—Vine a explicarme, querido Rodión Románovich, a explicarme. Debo y estoy obligado a darle una explicación —continuó con una sonrisa e incluso golpeó levemente con la palma la rodilla de Raskólnikov, pero casi en ese mismo instante su rostro adoptó de pronto una expresión seria y preocupada; hasta pareció ensombrecerse de tristeza, para sorpresa de Raskólnikov. Nunca había visto ni sospechado en él semejante rostro—. La última vez ocurrió entre nosotros una escena extraña, Rodión Románovich. También en nuestro primer encuentro ocurrió entre nosotros una escena extraña; pero entonces... Bueno, ahora todo va junto. Mire: puede que yo haya resultado muy culpable ante usted; lo siento. ¿Recuerda cómo nos separamos?: le cantaban los nervios y le temblaban las corvas, y a mí me cantaban los nervios y me temblaban las corvas. Y ¿sabe?, hasta resultó entre nosotros de algún modo indecente, no como caballeros. Y sin embargo, somos caballeros; es decir, en cualquier caso, antes que nada caballeros; esto hay que entenderlo. Porque ¿recuerda hasta dónde llegamos?... Fue del todo indecoroso.

«¿Qué es esto, por quién me toma?», se preguntaba Raskólnikov con asombro, levantando la cabeza y mirando a Porfiri con ojos muy abiertos.

—Decidí que ahora nos conviene más actuar con franqueza —continuó Porfiri Petróvich, echando un poco la cabeza hacia atrás y bajando los ojos, como si no quisiera ya turbar con su mirada a su antigua víctima y como si desdeñara sus antiguos procedimientos y artimañas—. Sí, tales sospechas y tales escenas no pueden prolongarse mucho. Nos salvó entonces Nikólka, de lo contrario yo no sé hasta dónde habríamos llegado. Ese maldito pequeño burgués estaba sentado entonces detrás del tabique —¿puede imaginárselo?—. Por supuesto, usted ya lo sabe; y yo mismo sé que luego fue a verle; pero lo que usted supuso entonces no fue así: no mandé a buscar a nadie y todavía no había dispuesto nada. Pregúntese por qué no había dispuesto. ¿Y cómo decirlo?: aquello me golpeó entonces como un martillazo. Y apenas si ordené que fueran por el portero. (Al portero, seguro, lo notó al pasar.) Entonces me pasó por la cabeza una idea, así, rápida, como un relámpago; estaba ya firmemente convencido entonces, Rodión Románovich, ¿comprende? «Vaya», pensé, «aunque deje escapar una cosa por un tiempo, en cambio agarraré otra por la cola... lo mío, al menos lo mío, no lo dejaré escapar». Es usted muy irritable, Rodión Románovich, por naturaleza; incluso demasiado, considerando todas las demás cualidades fundamentales de su carácter y de su corazón, de las cuales me halago con la esperanza de haber comprendido en parte. Bueno, por supuesto, incluso entonces yo podía razonar que no siempre sucede así, que se levante un hombre y le suelte todo de golpe. Esto sucede, aunque sea, especialmente cuando se saca a un hombre de sus últimas reservas de paciencia, pero, en cualquier caso, es raro. Esto también yo podía razonarlo. «No», pensé, «me haría falta aunque sea un rasguito. Aunque sea el más pequeño rasguito, pero uno solo, con tal de que se pueda tomar con las manos, de que sea una cosa, y no sólo esta psicología». Porque, pensaba, si un hombre es culpable, entonces, desde luego, se puede, en cualquier caso, esperar de él algo sustancial; es lícito incluso contar con el resultado más inesperado. Contaba entonces con su carácter, Rodión Románovich, más que nada con su carácter. Tenía muchas esperanzas puestas entonces en usted.

—Pero usted... pero ¿por qué ahora habla así todo el tiempo? —murmuró por fin Raskólnikov, sin comprender bien siquiera la pregunta—. ¿De qué habla? —se perdía para sus adentros—. ¿Acaso de verdad me considera inocente?

—¿Qué por qué hablo así? Vine a explicarme, así que lo considero un deber sagrado. Quiero exponerle todo hasta el fondo, toda esta historia de aquel ensombrecimiento de entonces, por así decir. Le hice sufrir mucho, Rodión Románovich. No soy un monstruo. Comprendo también qué significa todo esto para un hombre abrumado, pero orgulloso, autoritario e impaciente, especialmente impaciente. En cualquier caso, lo considero a usted un hombre muy noble, e incluso con atisbos de magnanimidad, aunque no esté de acuerdo con todas sus convicciones, lo cual considero mi deber declarar de antemano, directa y con total sinceridad, pues ante todo no deseo engañar. Al conocerle, sentí apego por usted. Quizá se ría de mis palabras. Tiene derecho. Sé que no le caí bien desde el primer momento, porque, en esencia, no había por qué caerle bien. Pero piense lo que quiera, ahora deseo, por mi parte, borrar por todos los medios la impresión producida y demostrar que también yo soy un hombre con corazón y conciencia. Lo digo sinceramente.

Porfiri Petróvich se detuvo con dignidad. Raskólnikov sintió una oleada de un nuevo temor. La idea de que Porfiri lo considerara inocente comenzó de pronto a asustarlo.

—Contar todo en orden, cómo empezó aquello entonces de pronto, apenas es necesario —continuó Porfiri Petróvich—. Creo que hasta es superfluo. Y además, dudo que pudiera hacerlo. Porque ¿cómo explicarlo detalladamente? Primero fueron los rumores. Sobre qué clase de rumores fueron y de quién y cuándo... y por qué motivo, propiamente, llegó el asunto hasta usted, eso también, creo, es superfluo. Para mí personalmente empezó con una casualidad, con una casualidad del todo casual, que en grado sumo podía haber sido y podía no haber sido... ¿Cuál? Hm, creo que tampoco hace falta hablar de eso. Todo eso, tanto los rumores como la casualidad, confluyeron entonces en mí en una sola idea. Lo reconozco abiertamente, porque si he de reconocer, que sea en todo: yo fui el primero entonces que caí sobre usted. Esas, supongamos, marcas de la vieja en las cosas y demás, y demás... todo eso es una tontería. Se puede enumerar un centenar de esas cosas. Tuve también ocasión entonces de enterarme en detalle de la escena en la oficina del barrio, también por casualidad, y no así de pasada, sino por el relato de un narrador especial, capital, que, sin saberlo él mismo, se metió de forma asombrosa en esa escena. Porque todo esto es una cosa tras otra, una cosa tras otra, Rodión Románovich, querido. Bueno, ¿cómo no iba yo a girarme en determinada dirección? De cien conejos nunca saldrá un caballo, de cien sospechas nunca saldrá una prueba, mire lo que dice un proverbio inglés, pero eso es sólo la razón, y hay que vérselas con las pasiones, con las pasiones, porque el investigador también es un ser humano. Entonces me acordé también de su artículo, en la revista, ¿recuerda?, todavía en su primera visita hablamos en detalle de él. Yo entonces me burlé, pero fue para provocarlo a que continuara. Repito, es usted muy impaciente y enfermo, Rodión Románovich. Que es usted audaz, arrogante, serio y... que ha sentido, ha sentido mucho, todo eso yo ya lo sabía desde hace tiempo. Me son conocidas todas esas sensaciones, y leí su artículo como algo conocido. Fue concebido en noches de insomnio y en el arrobamiento, con latidos y golpes del corazón, con entusiasmo reprimido. Y es peligroso este entusiasmo reprimido y orgulloso en la juventud. Yo entonces me burlé, pero ahora le diré que me encanta en general, es decir, como aficionado, este primer ensayo juvenil y ardiente de la pluma. Humo, niebla, una cuerda que vibra en la niebla. Su artículo es absurdo y fantástico, pero en él destella tanta sinceridad, en él hay un orgullo juvenil e incorruptible, en él hay audacia de desesperación; es un artículo sombrío, pero eso es bueno. Leí su artículo, pero lo dejé, y... al dejarlo entonces, pensé: «Bueno, con este hombre no va a ir así». Bien, entonces, ¿cómo, dígame ahora, después de tal antecedente no iba a dejarme llevar por lo subsiguiente? ¡Ah, Dios mío! ¿Acaso estoy diciendo algo? ¿Acaso estoy afirmando ahora algo? Entonces sólo me fijé. ¿Qué hay aquí?, pensé. No hay nada, es decir, absolutamente nada, y, puede que sea en grado sumo nada. Y dejarme llevar así a mí, al investigador, es del todo impropio: ahí tengo a Nikólka entre manos, y ya con hechos... ¡piense lo que quiera, pero son hechos! Y él también aporta su psicología; hay que ocuparse de él; porque aquí hay un asunto de vida o muerte. ¿Por qué le explico todo esto ahora? Para que sepa y no me acuse con su inteligencia y corazón de mi malicioso comportamiento de entonces. No fue malicioso, lo digo sinceramente, je-je. ¿Usted qué cree: que yo no fui entonces con un registro domiciliario? Fui, fui, je-je, fui cuando usted aquí estaba enfermo en la cama. No oficialmente y no con mi persona, pero fui. Hasta el último pelo de su apartamento fue inspeccionado, por las primeras huellas incluso; pero... umsonst. Pienso: ahora este hombre vendrá, vendrá él mismo, y muy pronto; si es culpable, entonces vendrá sin falta. Otro no vendrá, pero éste vendrá. ¿Y recuerda cómo el señor Razumijin empezó a soltárselo? Nosotros lo arreglamos con el fin de agitarlo a usted, por eso incluso difundimos el rumor intencionadamente, para que él se lo soltara, y el señor Razumijin es un hombre de esos que no pueden contener la indignación. Al señor Zamiótov le golpeó ante todo su ira y su audacia abierta: bueno, ¿cómo es posible que de pronto suelte en una taberna «¡Yo maté!»? Demasiado audaz, demasiado atrevido, y si, pensé, es culpable, entonces es un luchador terrible. Eso fue lo que pensé entonces. Le esperaba. Le esperaba con todas mis fuerzas, pero usted simplemente aplastó a Zamiótov y... bueno, el caso es que toda esta maldita psicología tiene dos filos. Pues bien, le esperaba, miro, y Dios me lo concede: ¡viene! Me golpeó así el corazón. ¡Eh! Bueno, ¿por qué vino entonces? Y la risa, la risa suya, cuando entró entonces, ¿recuerda?, bueno, es que lo adiviné todo como a través de un cristal, pero si no le hubiera esperado de ese modo especial, en su risa no habría notado nada. Eso es lo que significa estar en un determinado estado de ánimo. Y el señor Razumijin entonces... ¡ah!, la piedra, la piedra, ¿recuerda la piedra, aquella debajo de la cual están escondidas las cosas? Pues la veo como si estuviera en alguna parte allí, en un huerto... en un huerto, ¿verdad?, le dijo a Zamiótov, y después a mí, en la segunda vez. Y cuando empezamos entonces a repasar su artículo, cuando empezó a exponer... cada palabra suya se acepta de doble modo, como si debajo se sentara otra. Bueno, pues así, Rodión Románovich, llegué hasta los últimos pilares, y me golpeé la frente, y recobré el sentido. «No», digo, «¿qué hago yo? Porque si se quiere, todo esto», digo, «hasta el último detalle se puede explicar al revés, e incluso saldrá más natural». ¡Fue un tormento! «No», pensé, «mejor sería que tuviera un rasguito»... Y cuando me enteré entonces de las campanillas, quedé incluso paralizado, hasta me recorrió un temblor. «Bueno», pensé, «ahí está el rasguito. ¡Es eso!» Y ya no razonaba entonces, simplemente no quise. Habría dado mil rublos en ese momento, de mi propio bolsillo, para verlo con mis propios ojos: cómo usted entonces caminó cien pasos junto al pequeño burgués, después de que él le dijera «asesino» a la cara, y no se atrevió a preguntarle nada durante cien pasos enteros... Bueno, ¿y aquel frío en la médula espinal? ¿Y esas campanillas, en la enfermedad, en el semidelírio? Así pues, Rodión Románovich, ¿qué le extraña después de eso que yo jugara entonces con usted esas bromas? ¿Y por qué vino usted mismo en ese preciso momento? Es que también a usted alguien como que lo empujó, palabra de honor, y si no nos hubiera separado Nikólka, entonces... ¿Y a Nikólka lo recuerda entonces? ¿Lo recuerda bien? Porque aquello fue un trueno. ¡Fue un trueno que estalló de una nube, un rayo! Bueno, ¿y cómo lo recibí yo? ¡Al rayo ese ni un ápice le creí, lo vio usted mismo! ¿Y adónde? Ya después, después de usted, cuando él empezó a responder muy y muy coherentemente a ciertos puntos, de modo que yo mismo me sorprendí, ¡entonces tampoco le creí ni un kopek! Eso es lo que significa haberse consolidado como el diamante. No, pensé, morgen früh. ¿Qué Nikólka puede haber aquí?

—Razumijin me estuvo diciendo hace un momento que usted ahora también acusa a Nikolái y que usted mismo le aseguró a Razumijin...

Se le cortó la respiración y no terminó. Escuchaba con una agitación indecible cómo el hombre que lo había calado hasta el fondo se retractaba de sí mismo. Temía creer y no creía. En las palabras todavía ambiguas buscaba y atrapaba ávidamente algo más preciso y definitivo.

—¡El señor Razumijin! —exclamó Porfiri Petróvich, como si se alegrara de la pregunta del Raskólnikov que hasta entonces había callado—. ¡Je-je-je! Sí, al señor Razumijin había que quitarlo de en medio: cuando hay dos contentos, el tercero sobra. El señor Razumijin no es eso, además es una persona ajena, vino corriendo hacia mí completamente pálido... Bueno, pero Dios con él, ¿para qué meterlo aquí? Y respecto a Nikólka, ¿le gustaría saber qué clase de tipo es, tal como yo lo entiendo? Primero, es todavía un niño menor de edad, y no es que sea un cobarde, sino una especie como de artista. En serio, no se ría de que yo lo describa así. Es inocente y receptivo a todo. Tiene corazón; es un fantaseador. Sabe cantar, sabe bailar, sabe contar cuentos, dicen, de modo que de otros sitios vienen a escucharlo. E iba a la escuela, y se reía hasta caerse porque alguien le mostraba un dedito, y se emborrachaba hasta perder el sentido, no por libertinaje, sino así, a rachas, cuando le daban de beber, todavía como un niño. Y entonces robó, pero ni él mismo lo sabía; porque «si lo recogí del suelo, ¿qué robo es?» ¿Y sabe que es de los viejos creyentes, e incluso no es que sea de los viejos creyentes, sino simplemente sectario; en su familia hubo fugitivos, y él mismo estuvo hace poco, dos años enteros, en el campo, bajo la guía espiritual de un staretz. Todo esto me lo enteré por Nikólka y por los de Zaraisk. ¡Y adónde! Simplemente quería huir al desierto. Tenía celo, rezaba de noche a Dios, leía libros viejos «verdaderos» y se los leía hasta el agotamiento. San Petersburgo influyó mucho en él, especialmente el sexo femenino, bueno, y el vino. Es receptivo, y al staretz, y todo, lo olvidó. Sé que un pintor de aquí se encariñó con él, iba a verlo, y entonces se presentó este caso. Bueno, se asustó... ¡quiso ahorcarse! ¡Huir! ¿Qué hacer con la noción que ha pasado al pueblo sobre nuestra jurisprudencia? A alguno le da miedo incluso la palabra «Juzgarán». ¿Quién tiene la culpa? Ya veremos qué dicen los nuevos tribunales. ¡Ojalá Dios quiera! Bueno, en la cárcel debió de acordarse ahora del staretz honrado; la Biblia también apareció de nuevo. ¿Sabe usted, Rodión Románovich, qué significa para algunos de ellos «sufrir»? No es por alguien, sino así simplemente «hay que sufrir»; aceptar el sufrimiento, significaría, y de las autoridades... tanto mejor. En mi época estuvo en la cárcel un preso muy humilde un año entero, en la estufa por las noches leía toda la Biblia, bueno, y se la leyó, ¿sabe?, se la leyó, sí, de tal modo que, sin ton ni son, agarró un ladrillo y se lo tiró al jefe, sin ninguna ofensa de su parte. ¿Y cómo lo tiró?: intencionadamente a un arshín de distancia, para no causar ningún daño. Bueno, es sabido cuál es el fin de un preso que ataca con un arma a la autoridad: y «aceptó, significaría, el sufrimiento». Así que ahora sospecho que Nikólka quiere «aceptar el sufrimiento» o algo por el estilo. Esto lo sé con seguridad, incluso por los hechos. Sólo que él mismo no sabe que yo lo sé. ¿Qué, no admite acaso que de ese pueblo puedan salir personas fantásticas? ¡Y en masa! Ahora el staretz volvió a actuar, especialmente después de la soga se acordó. Pero además, él mismo me contará todo, vendrá. ¿Cree que aguantará? ¡Espere, todavía se retractará! A cada hora espero que venga a negar su declaración. Yo llegué a tomar cariño a este Nikólka y lo investigo a fondo. ¿Y qué cree? ¡Je-je! A ciertos puntos me respondió muy coherentemente, obviamente recibió información necesaria, se preparó hábilmente; bueno, pero en otros puntos simplemente metió la pata, no sabe nada de nada, no está enterado, y ni siquiera sospecha que no está enterado. No, padrecito Rodión Románovich, aquí no es Nikólka. Aquí es un asunto fantástico, sombrío, un asunto contemporáneo, un caso de nuestro tiempo, cuando se ha enturbiado el corazón humano; cuando se cita la frase de que la sangre «refresca»; cuando toda la vida se predica en el confort. Aquí hay ensoñaciones de libros, aquí hay un corazón irritado teóricamente; aquí se ve decisión para el primer paso, pero decisión de tipo especial... se decidió, pero como si cayera de una montaña o se lanzara desde una campanario, y al crimen fue como si no hubiera ido con sus propias piernas. Olvidó cerrar la puerta tras de sí, pero mató, mató a dos, según la teoría. Mató, pero no supo llevarse el dinero, y lo que alcanzó a agarrar, lo metió bajo una piedra. No le bastó con sufrir el tormento cuando estuvo sentado detrás de la puerta, y en la puerta golpeaban y la campanilla sonaba... no, después, ya en el apartamento vacío, en semidelírio, fue a recordar esa campanilla, quiso experimentar de nuevo aquel frío en la médula espinal... Bueno, eso, supongamos, en la enfermedad, pero ahí está esto también: mató, pero se considera a sí mismo un hombre honrado, desprecia a la gente, anda como un ángel pálido... no, ¿qué Nikólka hay aquí?, querido Rodión Románovich, ¡aquí no es Nikólka!

Estas últimas palabras, después de todo lo dicho antes y que tanto se parecía a una retractación, fueron demasiado inesperadas. Raskólnikov se estremeció entero, como traspasado.

—Entonces... ¿quién... mató? —preguntó sin poder contenerse, con voz sofocada. Porfiri Petróvich hasta se echó hacia atrás en el respaldo de la silla, como si él mismo estuviera tan inesperadamente sorprendido de la pregunta.

—¿Cómo quién mató?... —repitió, como no dando crédito a sus oídos—. Pues usted mató, Rodión Románovich. Usted mató... —añadió casi en un susurro, con voz totalmente convencida.

Raskólnikov se levantó de un salto del diván, permaneció de pie unos segundos y volvió a sentarse, sin decir palabra. De pronto pequeñas convulsiones recorrieron todo su rostro.

—El labio de nuevo se le estremece, como entonces —murmuró Porfiri Petróvich casi con compasión—. Me parece, Rodión Románovich, que me entendió mal —añadió tras un breve silencio—; por eso se sorprendió tanto. Vine precisamente para decirlo ya todo y llevar el asunto a campo abierto.

—Yo no maté —susurró Raskólnikov, como niños pequeños asustados cuando los atrapan en el lugar del crimen.

—No, fue usted, Rodión Románovich, fue usted, y no hay nadie más —susurró Porfiri, severa y convencidamente.

Ambos callaron, y el silencio duró hasta extrañamente largo, unos diez minutos. Raskólnikov se apoyó en la mesa y en silencio se alborotaba el cabello con los dedos. Porfiri Petróvich permanecía quieto y esperaba. De pronto Raskólnikov miró a Porfiri con desprecio.

—Otra vez con lo de antes, Porfiri Petróvich. Siempre con los mismos procedimientos: ¿cómo no se le cansan, en serio?

—¡Eh, basta!, ¿qué procedimientos me importan ahora? Otra cosa sería si hubiera aquí testigos; pero nosotros estamos solos, susurrando. Ve usted mismo que no vine para perseguirlo y atraparlo como a una liebre. Reconozca o no... en este momento me da lo mismo. Para mí estoy convencido sin usted.

—Entonces, ¿por qué vino? —preguntó irritado Raskólnikov—. Le hago la pregunta de antes: si me considera culpable, ¿por qué no me lleva a la cárcel?

—Bueno, ahí está la pregunta. Le responderé por puntos: en primer lugar, prenderlo así directamente no me conviene.

—¿Cómo que no le conviene? Si está convencido, entonces debe...

—¡Eh!, ¿y qué si estoy convencido? Todo esto por ahora son mis sueños. ¿Y para qué voy a darle un respiro allá? Usted mismo lo sabe, puesto que lo pide. Por ejemplo, le traigo al pequeño burgués para acusarlo, y usted le dirá: «¿Estabas borracho o no? ¿Quién me vio contigo? Yo simplemente te tomé por borracho, y tú estabas borracho», bueno, ¿qué le diré entonces, sobre todo cuando su versión es más verosímil que la de él, porque en su declaración sólo hay psicología... lo que a su jeta ni siquiera le sienta bien... mientras que usted da en el clavo, porque el desgraciado bebe, y bebe mucho, y eso es demasiado conocido. Y yo mismo le reconocí francamente, ya varias veces, que esta psicología tiene dos filos y que el segundo filo es mayor y mucho más verosímil, y que, aparte de esto, por ahora no tengo nada contra usted. Y aunque lo voy a encerrar de todos modos e incluso yo mismo vine aquí (totalmente contra las normas) a anunciárselo todo de antemano, también le digo directamente (tampoco según las normas) que no me conviene. Bueno, en segundo lugar, vine porque...

—Bueno sí, ¿en segundo lugar? —Raskólnikov todavía jadeaba.

—Porque, como ya le declaré antes, me considero obligado a darle una explicación. No quiero que me tenga por un monstruo, sobre todo porque estoy sinceramente bien dispuesto hacia usted, créalo o no. En consecuencia, en tercer lugar, vine a hacerle una propuesta abierta y directa: que se entregue confesando. Le será infinitamente más ventajoso, y a mí también me conviene... porque me quitaré un peso de encima. Bueno, ¿es franco de mi parte o no?

Raskólnikov pensó un minuto.

—Escuche, Porfiri Petróvich, usted mismo dice que es sólo psicología, pero sin embargo se metió en las matemáticas. Bueno, ¿y si ahora se equivoca usted mismo?

—No, Rodión Románovich, no me equivoco. Tengo un rasguito. Este rasguito lo encontré ya entonces; el Señor me lo envió.

—¿Qué rasguito?

—No diré cuál, Rodión Románovich. Y, en cualquier caso, ahora no tengo ya derecho a seguir aplazándolo; lo encerraré. Así que razone: ahora me da igual, y por consiguiente es únicamente por usted. ¡Palabra de honor, será mejor, Rodión Románovich!

Raskólnikov sonrió malignamente.

—Eso no sólo es ridículo, sino hasta desvergonzado. Bueno, aunque yo fuera culpable (cosa que no digo en absoluto), bueno, ¿con qué fin iba a ir a entregarme confesando, cuando usted mismo dice que iré a parar con usted allí, al reposo?

—¡Eh, Rodión Románovich!, no crea del todo en las palabras; puede que no sea del todo el reposo. Después de todo, esto es sólo teoría, y además mía, ¿y qué autoridad soy yo para usted? Puede que incluso yo mismo le esté ocultando algo ahora. No puedo soltárselo todo así de golpe, je-je. Segundo asunto: ¿qué ventaja? ¿Acaso sabe qué rebaja de pena le corresponderá por esto? ¿Acaso sabe en qué momento se entrega, en qué momento? ¡Piénselo bien! Cuando otro ya ha tomado sobre sí el crimen y ha enredado todo el asunto. Y yo, le juro por Dios mismo, lo arreglaré y dispondrá «allá» de tal manera que su entrega parecerá completamente inesperada. Destruiremos del todo esta psicología, convertiré en nada todas las sospechas sobre usted, de modo que su crimen parecerá una especie de oscurecimiento mental, porque, en conciencia, eso es lo que es. Soy un hombre honrado, Rodión Románovich, y cumpliré mi palabra.

Raskólnikov calló tristemente y bajó la cabeza; pensó largo rato y finalmente sonrió de nuevo, pero su sonrisa era ya mansa y triste:

—¡Eh, no hace falta! —dijo, como si ya no se ocultara del todo ante Porfiri—. ¡No vale la pena! ¡No necesito para nada su rebaja!

—¡Bueno, de eso precisamente tenía miedo! —exclamó Porfiri con ardor y como involuntariamente—. Precisamente de eso tenía miedo, de que no necesite nuestra rebaja.

Raskólnikov lo miró triste e impresivamente.

—¡Eh!, no desprecie la vida —continuó Porfiri—; todavía hay mucha por delante. ¿Cómo que no necesita rebaja, cómo que no la necesita? ¡Es usted un hombre impaciente!

—¿Qué habrá mucho por delante?

—¡De vida! ¿Qué clase de profeta es usted, cuánto sabe? Busque y hallará. Quizá Dios lo espera precisamente en esto. Y además no es para siempre, la cadena.

—Habrá rebaja... —se rió Raskólnikov.

—¿Qué, acaso se asustó de la vergüenza burguesa? Puede que sí se haya asustado, pero usted mismo no lo sabe... porque es joven. Pero de todos modos no debería tener miedo ni allá vergüenza de entregarse confesando.

—¡E-eh, al diablo! —susurró Raskólnikov con desprecio y repugnancia, como si no quisiera ni hablar. Quiso levantarse otra vez, como si quisiera salir a alguna parte, pero volvió a sentarse con visible desesperación.

—Eso es, ¡al diablo! Ha perdido la fe y piensa que le adulo groseramente; pero ¿cuánto ha vivido usted todavía? ¿Cuánto entiende? Inventó una teoría, y le dio vergüenza que fracasara, que resultó no muy original. Resultó vil, es verdad, pero usted no es un desgraciado sin remedio. ¡Nada de eso! Por lo menos no se engañó mucho tiempo a sí mismo, llegó de golpe hasta los últimos pilares. Yo lo tengo a usted por uno de esos a los que aunque les saquen las tripas, permanecerá de pie mirando con una sonrisa a sus torturadores... si encuentra fe o a Dios. Bueno, encuéntrelos, y vivirá. En primer lugar, hace tiempo que necesita cambiar de aires. ¿Qué?, el sufrimiento también es algo bueno. Sufra. Quizá Nikólka tenga razón en que quiere sufrir. Sé que no cree... pero no filosofe astutamente; entréguese a la vida directamente, sin razonar; no se preocupe... lo sacará directamente a la orilla y lo pondrá en pie. ¿A qué orilla? ¿Y yo qué sé? Sólo creo que todavía tiene mucho que vivir. Sé que toma mis palabras ahora como un sermón aprendido de memoria; pero quizá después las recuerde, le servirán alguna vez; por eso las digo. Todavía es bueno que sólo haya matado a la viejecita. De haber inventado otra teoría, quizá habría hecho algo cien millones de veces más monstruoso. Todavía debe agradecer a Dios; ¿cómo sabe?: quizá Dios lo está preservando para algo. Y tenga un corazón grande y tema menos. ¿Tiene miedo de la gran tarea que se le presenta? No, ahí sería vergonzoso tener miedo. Ya que dio ese paso, ahora manténgase firme. Aquí está la justicia. Cumpla lo que exige la justicia. Sé que no cree, pero, palabra de honor, la vida lo sacará adelante. Después le gustará. Ahora sólo necesita aire, aire, ¡aire!

Raskólnikov hasta se estremeció.

—Pero ¿quién es usted? —exclamó—. ¿Qué clase de profeta es usted? Desde la altura de qué serena grandeza me profiere proféticas sentencias filosóficas.

—¿Quién soy? Soy un hombre acabado, nada más. Un hombre, quizá, que siente y compadece, quizá que sabe algo, pero ya completamente acabado. Pero usted es otra cosa; Dios le tiene preparada la vida (¿y quién sabe, quizá la suya también pase como humo, no será nada). Bueno, ¿qué importa que vaya a parar a otra categoría de personas? No lamentará la comodidad, ¿usted, con su corazón? ¿Qué importa que quizá nadie lo vea durante mucho tiempo? No es cuestión de tiempo, sino de usted mismo. Conviértase en sol, y todos lo verán. Ante todo, el sol debe ser sol. ¿De qué se sonríe otra vez?: ¿de que sea yo tan Schiller? Y apuesto que supone que ahora le estoy adulando. Bueno, ¿qué?, quizá efectivamente le esté adulando, je-je-je. Quizá no deba creerme al pie de la letra, Rodión Románovich, quizá ni siquiera deba creerme nunca del todo... ése es mi carácter, estoy de acuerdo; sólo añadiré esto: hasta qué punto soy un hombre ruin y hasta qué punto soy honrado, creo que puede juzgarlo usted mismo.

—¿Cuándo piensa arrestarme?

—Bueno, puedo dejarle andar todavía día y medio o dos. Piénselo, queridito, rece a Dios. De verdad que le conviene, palabra de honor, le conviene.

—¿Y si me escapo? —preguntó Raskólnikov con una extraña sonrisa.

—No se escapará. Un mujik se escaparía, un sectario de moda se escaparía... un lacayo de pensamiento ajeno... porque basta mostrarle la punta del dedo, como al alférez Dyrka, para que crea toda la vida en lo que sea. Pero usted ya no cree en su teoría... ¿con qué se escaparía? ¿Y qué haría fugado? La fuga es desagradable y difícil, y a usted ante todo le hace falta vida y una posición definida, aire correspondiente; bueno, ¿y acaso allá estará su aire? Si se escapa, volverá usted mismo. No puede prescindir de nosotros. Y si lo encierro en la cárcel... bueno, estará un mes, bueno, dos, bueno, tres, y entonces de pronto, recuerde mis palabras, se entregará usted mismo, e incluso de modo inesperado para usted mismo. Una hora antes no sabrá siquiera que va a entregarse confesando. Hasta estoy convencido de que «decidirá aceptar el sufrimiento»; ahora no me cree, pero se quedará en eso. Porque el sufrimiento, Rodión Románovich, es algo grande; no mire que estoy gordo, no importa, pero lo sé; no se ría de esto, hay una idea en el sufrimiento. Nikólka quizá tenga razón. No, no se escapará, Rodión Románovich.

Raskólnikov se levantó y tomó su gorra. Porfiri Petróvich también se levantó.

—¿Va a dar un paseo? La tarde será buena, con tal de que no haya tormenta. Aunque, por otra parte, mejor si refresca...

También él tomó su gorra.

—Por favor, Porfiri Petróvich, no se meta en la cabeza —pronunció Raskólnikov con severa insistencia— que le he confesado hoy. Es usted un hombre extraño, y lo escuché por pura curiosidad. Pero no le he confesado nada... Recuérdelo.

—Bueno sí, ya lo sé, lo recordaré... mire, hasta tiembla. No se preocupe, queridito; hágase su voluntad. Pasee un poco; sólo que no se puede pasear demasiado. En cualquier caso tengo todavía un rueguito para usted —añadió bajando la voz—; es delicadito, pero importante; si, es decir, por si acaso (cosa en la que, sin embargo, no creo y lo considero a usted totalmente incapaz), si por casualidad... bueno, por si acaso, por cualquier casualidad... le entraran ganas en estas cuarenta o cincuenta horas de terminar el asunto de otro modo, de manera fantástica... levantar la mano contra sí mismo (suposición absurda, bueno, pero perdónemela), entonces deje una nota breve pero circunstanciada. Así, dos líneas, sólo dos líneas, y mencione la piedra: será más noble. Bueno, hasta la vista... Buenos pensamientos, buenos comienzos.

Porfiri salió, como encorvado y como evitando mirar a Raskólnikov. Raskólnikov se acercó a la ventana y con irritada impaciencia esperó el tiempo en que, según sus cálculos, aquél saldría a la calle y se alejara. Luego salió él mismo apresuradamente de la habitación.

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