Capítulo 34Raskólnikov busca a Svidrigáilov
Se apresuraba hacia donde estaba Svidrigáilov. Qué podía esperar de aquel hombre, ni él mismo lo sabía. Pero en aquel hombre se ocultaba alguna clase de poder sobre él. Una vez que lo hubo reconocido ya no podía quedarse tranquilo, y ahora además había llegado el momento.
Por el camino una pregunta lo atormentaba especialmente: ¿había estado Svidrigáilov en casa de Porfiri?
Por lo que podía juzgar y en lo que juraría: ¡no, no había estado! Pensó una y otra vez, recordó toda la visita de Porfiri, reflexionó: no, no había estado, ¡claro que no había estado!
Pero si todavía no había estado, ¿iría o no iría donde Porfiri?
Por ahora le parecía que no iría. ¿Por qué? Ni eso habría podido explicarlo, pero aunque hubiera podido explicarlo, no se habría quebrado mucho la cabeza con eso ahora. Todo aquello lo atormentaba, y al mismo tiempo era como si no estuviera para eso. Cosa extraña, quizá nadie lo creería, pero de algún modo se preocupaba débil, distraídamente por su suerte actual, inmediata. Lo atormentaba algo distinto, mucho más importante, extraordinario —que se refería a él mismo y no a otro, pero algo distinto, algo principal. Además, sentía un cansancio moral sin límites, aunque su razón en esta mañana trabajaba mejor que en todos estos últimos días.
Y es que, ¿valía ahora la pena, después de todo lo que había sido, intentar vencer todas estas nuevas miserables dificultades? ¿Valía la pena, por ejemplo, intentar intrigar para que Svidrigáilov no fuera donde Porfiri; estudiar, averiguar, perder el tiempo con alguien como Svidrigáilov?
¡Oh, cómo le fastidiaba todo aquello!
Y sin embargo se apresuraba igualmente hacia donde estaba Svidrigáilov; ¿acaso no esperaba algo nuevo de él, indicaciones, una salida? ¡Es que uno se agarra hasta de una brizna! ¿No sería el destino, no sería algún instinto lo que los unía? Tal vez fuera solo cansancio, desesperación; tal vez no necesitaba a Svidrigáilov sino a alguien distinto, y Svidrigáilov solo se había cruzado ahí. ¿Sonia? Pero, ¿para qué iría ahora donde Sonia? ¿Para pedirle otra vez sus lágrimas? Además Sonia le daba miedo. Sonia representaba una sentencia implacable, una decisión sin cambio. Allí —o el camino de ella, o el de él. Especialmente en este instante no estaba en condiciones de verla. No, ¿no sería mejor probar con Svidrigáilov: qué era aquello? Y no podía dejar de reconocer en su interior que en efecto aquel le era necesario desde hacía tiempo ya para algo.
Bueno, pero entonces, ¿qué podía haber de común entre ellos? Ni siquiera la villanía podría ser igual en ambos. Aquel hombre además era muy desagradable, evidentemente en extremo corrompido, sin duda astuto y engañoso, quizá muy malo. Circulaban tales historias sobre él. Cierto, se ocupaba de los hijos de Katerina Ivánovna; pero quién sabe para qué y qué significa eso. Aquel hombre tenía siempre alguna intención y proyectos.
En todos estos días le rondaba constantemente a Raskólnikov otro pensamiento que lo inquietaba terriblemente, aunque hasta intentaba expulsarlo de sí, ¡tan pesado le resultaba! Pensaba a veces: Svidrigáilov había andado rondándolo y ahora sigue rondándolo; Svidrigáilov se enteró de su secreto; Svidrigáilov tenía planes contra Dunia. ¿Y si los sigue teniendo ahora? Casi con seguridad puede decirse que sí. ¿Y si ahora, conociendo su secreto y obteniendo así poder sobre él, quiere emplearlo como arma contra Dunia?
Este pensamiento a veces, incluso en sueños, lo atormentaba, pero era la primera vez que se le aparecía de forma tan consciente y clara, como ahora, cuando iba hacia donde estaba Svidrigáilov. Solo este pensamiento ya lo sumía en una cólera sombría. En primer lugar, entonces ya todo cambiaría, incluso en su propia situación: habría que revelar enseguida el secreto a Dúnechka. Habría, tal vez, que entregarse a sí mismo para apartar a Dúnechka de algún paso imprudente. ¿La carta? Esta mañana Dunia había recibido alguna carta. ¿De quién podría ella recibir cartas en Petersburgo? (¿Acaso de Lujin?) Cierto, allí estaba vigilando Razumijin; pero Razumijin no sabía nada. Tal vez habría que revelárselo también a Razumijin. Raskólnikov pensó en eso con repugnancia.
«En cualquier caso hay que ver a Svidrigáilov lo antes posible —decidió por fin para sí—. Gracias a Dios, aquí no se necesitan tanto los detalles como la esencia del asunto; pero si, si tan solo es capaz, si Svidrigáilov está intrigando algo contra Dunia, entonces…»
Raskólnikov estaba tan cansado de todo este tiempo, de todo este mes, que ya no podía resolver ahora tales cuestiones de otra forma que con una sola decisión: «Entonces lo mataré», pensó en fría desesperación. Una sensación pesada le oprimía el corazón; se detuvo en medio de la calle y empezó a mirar alrededor: ¿por qué camino iba y adónde había llegado? Se encontraba en la Perspectiva —ski, a unos treinta o cuarenta pasos de la plaza del Heno, que acababa de pasar. Toda la segunda planta de la casa de la izquierda estaba ocupada por una taberna. Todas las ventanas estaban abiertas de par en par; la taberna, a juzgar por las figuras que se movían en las ventanas, estaba atestada. En la sala resonaban canciones, sonaba un clarinete, un violín, y retumbaba un tambor turco. Se oían chillidos de mujer. Ya iba a volver atrás, preguntándose por qué había girado hacia la Perspectiva —ski, cuando de pronto, en una de las ventanas de la esquina, abiertas de la taberna, vio sentado junto a la misma ventana, ante una mesa de té, con una pipa en los dientes, a Svidrigáilov. Esto lo golpeó terriblemente, hasta el horror. Svidrigáilov lo observaba y lo examinaba en silencio y, lo que también golpeó enseguida a Raskólnikov, parecía estar a punto de levantarse para irse sigilosamente antes de ser notado. Raskólnikov enseguida simuló como si tampoco lo hubiera notado y mirara, pensativo, a otro lado, mientras seguía observándolo con el rabillo del ojo. El corazón le latía inquieto. Así era en efecto: Svidrigáilov, evidentemente, no quería ser visto. Apartó la pipa de los labios y ya quería esconderse; pero, al levantarse y apartar la silla, probablemente notó de pronto que Raskólnikov lo veía y lo observaba. Entre ellos ocurrió algo parecido a la escena de su primer encuentro en casa de Raskólnikov, cuando dormía. Una sonrisa pícara apareció en el rostro de Svidrigáilov y se fue ensanchando cada vez más. Ambos sabían que uno y otro se veían y se observaban mutuamente. Por fin, Svidrigáilov rompió a reír a carcajadas.
—¡Bueno, bueno! ¡Entra pues, si quieres; estoy aquí! —gritó desde la ventana.
Raskólnikov subió a la taberna.
Lo encontró en una habitación trasera muy pequeña, de una sola ventana, contigua a la gran sala, donde sobre veinte mesitas, entre gritos de un coro desesperado de cantores, bebían té comerciantes, funcionarios y una multitud de toda clase de gente. Desde algún sitio llegaba el golpeteo de bolas de billar. Sobre la mesita delante de Svidrigáilov había una botella de champán empezada y una copa llena hasta la mitad de vino. En la habitación se encontraban también un muchacho organillero, con un pequeño organillo de mano, y una chica sana, de mejillas rojas, con una falda de rayas recogida y sombrero tirolés con cintas, una cantante de unos dieciocho años, que, a pesar de la canción coral de la otra habitación, cantaba al acompañamiento del organillero, con una contralto bastante ronca, una canción vulgar…
—¡Bueno, basta! —la interrumpió Svidrigáilov al entrar Raskólnikov.
La chica enseguida se interrumpió y se quedó en espera respetuosa. Había cantado su vulgaridad rimada con un matiz algo serio y respetuoso en el rostro.
—¡Eh, Filip, una copa! —gritó Svidrigáilov.
—No voy a beber vino —dijo Raskólnikov.
—Como quieras, no es para ti. Bebe, Katia. Hoy no necesitarás nada más, vete. —Le llenó una copa entera de vino y sacó un billetito amarillo. Katia se bebió la copa de un trago, como beben vino las mujeres, es decir, sin apartar los labios, en veinte tragos, tomó el billete, besó a Svidrigáilov la mano, que él dejó besar muy seriamente, y salió de la habitación, y tras ella se arrastró también el chiquillo con el organillo. Ambos habían sido traídos de la calle. Svidrigáilov no llevaba ni una semana en Petersburgo, y ya todo alrededor de él estaba en un pie patriarcal. El lacayo de la taberna, Filip, también era ya «conocido» y se mostraba servil. La puerta de la sala se cerraba; Svidrigáilov estaba en esta habitación como en su casa y pasaba en ella, tal vez, días enteros. La taberna era sucia, ruin y ni siquiera de nivel medio.
—Iba a verte y te buscaba —empezó Raskólnikov—, pero ¿por qué ahora giré de pronto hacia la Perspectiva —ski desde la plaza del Heno? Nunca giro aquí ni entro. Giro desde la plaza del Heno hacia la derecha. Y además el camino hacia ti no es por aquí. Apenas giré, y ahí estás tú. ¡Qué extraño!
—¿Por qué no dices directamente: es un milagro?
—Porque tal vez sea solo casualidad.
—¡Qué pliegue tienen todos estos! —rió Svidrigáilov—. No se confiesan, aunque por dentro crean en el milagro. Tú mismo dices que «tal vez» sea solo casualidad. Y no te imaginas qué cobardes son todos aquí respecto a su propia opinión, ¡Rodión Románovich! No hablo de ti. Tú tienes tu propia opinión y no has tenido miedo de tenerla. Por eso despertaste mi curiosidad.
—¿Nada más?
—Pues con eso ya basta.
Svidrigáilov estaba, evidentemente, en estado de excitación, pero apenas un poquito; había bebido en total solo media copa de vino.
—Me parece que viniste a verme antes de enterarte de que yo era capaz de tener eso que llamas una opinión propia —observó Raskólnikov.
—Bueno, entonces era otra cosa. Cada uno tiene sus pasos. Y respecto al milagro te diré que parece que has dormido estos últimos dos o tres días. Yo mismo te indiqué esta taberna y no había ningún milagro en que vinieras directamente; yo mismo te expliqué todo el camino, te conté el lugar donde está y las horas en que puedes encontrarme aquí. ¿Recuerdas?
—Lo olvidé —respondió Raskólnikov con sorpresa.
—Lo creo. Te lo dije dos veces. La dirección se grabó en tu memoria mecánicamente. Giraste aquí mecánicamente y, sin embargo, estrictamente siguiendo la dirección, sin saberlo tú mismo. Yo, incluso al decírtelo entonces, no esperaba que me entendieras. Te delatas demasiado, Rodión Románovich. Y además: estoy convencido de que en Petersburgo mucha gente, al andar, habla sola. Es una ciudad de medio locos. Si tuviéramos ciencias, los médicos, juristas y filósofos podrían hacer sobre Petersburgo investigaciones preciosísimas, cada uno según su especialidad. Rara vez se encuentran tantas influencias sombrías, ásperas y extrañas sobre el alma del hombre como en Petersburgo. ¡Solo las influencias climáticas ya valen algo! Y sin embargo es el centro administrativo de toda Rusia, y su carácter debe reflejarse en todo. Pero no se trata ahora de eso, sino de que ya varias veces te he observado de lado. Sales de casa, aún mantienes la cabeza erguida. A los veinte pasos ya la bajas, cruzas las manos atrás. Miras y, evidentemente, ya no ves nada ni delante ni a los lados. Por fin empiezas a mover los labios y a hablar solo, y a veces liberas una mano y declamar, por fin te detienes en medio del camino durante largo rato. Eso está muy mal. Tal vez alguien más te note aparte de mí, y eso no te conviene. A mí, en esencia, me da igual, y no voy a curarte, pero tú, desde luego, me entiendes.
—¿Y sabes que me siguen? —preguntó Raskólnikov, mirándolo con atención.
—No, no sé nada —respondió Svidrigáilov, como con sorpresa.
—Pues entonces déjame en paz —murmuró Raskólnikov frunciendo el ceño.
—Muy bien, te dejaré en paz.
—Mejor dime, si vienes aquí a beber y tú mismo me indicaste dos veces que viniera aquí contigo, ¿por qué ahora, cuando miraba por la ventana desde la calle, te escondías y querías irte? Lo noté muy bien.
—¡Je, je! ¿Y por qué tú, cuando yo estaba en tu umbral aquella vez, yacías en tu sofá con los ojos cerrados y fingías que dormías, cuando no dormías en absoluto? Lo noté muy bien.
—Yo pude tener… razones… tú mismo lo sabes.
—Y yo pude tener mis razones, aunque tú no las conozcas.
Raskólnikov apoyó el codo derecho en la mesa, sostuvo desde abajo su barbilla con los dedos de la mano derecha y se quedó mirando fijamente a Svidrigáilov. Contempló durante un minuto su rostro, que siempre lo había impresionado también antes. Era un rostro extraño, parecido a una máscara: blanco, sonrosado, con labios sonrosados, rojos, con barba rubia muy clara y con un pelo rubio aún bastante espeso. Los ojos eran de un azul demasiado intenso, y su mirada de algún modo demasiado pesada e inmóvil. Había algo terriblemente desagradable en aquel rostro hermoso y extraordinariamente joven, a juzgar por los años. La ropa de Svidrigáilov era elegante, veraniega, ligera, especialmente presumía de ropa interior. En el dedo llevaba un enorme anillo con una piedra cara.
—¿De veras tengo que ocuparme también de ti? —dijo de pronto Raskólnikov, saliendo con convulsa impaciencia directamente a descubierto—, aunque tal vez seas el hombre más peligroso, si quieres hacer daño, pero yo no quiero romperme más. Te mostraré enseguida que no me aprecio tanto como tú probablemente piensas. Has de saber que vine a decirte directamente que si mantienes tu antiguo propósito respecto a mi hermana y si para ello piensas aprovecharte de algo de lo que ha salido a la luz últimamente, entonces te mataré antes de que me metas en la cárcel. Mi palabra es segura: sabes que soy capaz de cumplirla. Segundo, si quieres declararme algo —porque todo este tiempo me ha parecido que querías decirme algo—, entonces decláramelo pronto, porque el tiempo es valioso y tal vez muy pronto sea ya tarde.
—¿Adónde vas con tanta prisa? —preguntó Svidrigáilov, mirándolo con curiosidad.
—Cada uno tiene sus pasos —pronunció Raskólnikov sombría e impacientemente.
—Tú mismo acabas de invitar a la sinceridad, y a la primera pregunta te niegas a responder —observó Svidrigáilov con una sonrisa—. Te parece siempre que tengo algunos objetivos, y por eso me miras con desconfianza. Bueno, es completamente comprensible en tu situación. Pero por mucho que desee tratar contigo, no voy a tomarme el trabajo de convencerte de lo contrario. Dios mío, el juego no vale la vela, y además no tenía intención de hablarte de nada en especial.
—¿Entonces para qué te hacía tanta falta? Pues tú rondabas a mi alrededor.
—Pues simplemente como sujeto curioso de observación. Me gustó lo fantástico de tu situación, ¡he ahí qué! Además, eres hermano de una persona que me interesaba mucho, y por fin, de esa misma persona en su momento oí terriblemente mucho y a menudo sobre ti, de lo cual concluí que tienes mucha influencia sobre ella; ¿no es suficiente? ¡Je, je, je! Sin embargo, confieso, tu pregunta es para mí muy compleja, y me resulta difícil responderte. Bueno, por ejemplo, viniste ahora a verme no solo por un asunto, sino en busca de algo nuevo, ¿no es cierto? ¿No es cierto? —insistió Svidrigáilov con una sonrisa pícara—. Bueno, imagínate pues después de esto que yo mismo, aún viniendo aquí, en el vagón, contaba contigo, que tú también me dirías algo nuevo y que de ti lograría tomar prestado algo. ¡Mira qué ricos somos!
—¿Tomar prestado qué?
—¿Qué voy a decirte? ¿Acaso sé qué? ¿Ves en qué tabernucha paso todo el tiempo, y esto me encanta, es decir, no es que me encante, pero hay que sentarse en algún sitio. Bueno, toma a esta pobre Katia, ¿la viste?… Bueno, si yo fuera, por ejemplo, al menos un glotón, un gastrónomo de club, pero es que mira lo que puedo comer. (Señaló con el dedo al rincón, donde sobre una mesita, en un plato de hojalata, estaban los restos de un filete horrible con patatas.) Por cierto, ¿has comido? Yo me he comido algo y no quiero más. Vino, por ejemplo, no bebo nada. Aparte de champán, ninguno, y de champán solo una copa en toda la velada, y hasta eso me duele la cabeza. Lo he pedido ahora para animarme, porque me voy a algún sitio, y me ves en una disposición de ánimo especial. Por eso hace un rato me escondí como un escolar, porque pensé que me estorbarías; pero parece (sacó el reloj) que puedo pasar una hora contigo; ahora son las cuatro y media. ¿Lo creerás?, si al menos fuera algo: bueno, terrateniente, bueno, padre, bueno, ulano, fotógrafo, periodista… nada, ninguna especialidad. A veces hasta aburre. De veras, pensaba que me dirías algo nuevo.
—Pero quién eres tú y para qué has venido aquí.
—¿Quién soy yo? Ya lo sabes: noble, serví dos años en la caballería, después anduve así aquí por Petersburgo, después me casé con Marfa Petrovna y viví en el campo. ¡He ahí mi biografía!
—Pareces jugador, ¿no?
—No, qué jugador soy. Fullero, no jugador.
—¿Y fuiste fullero?
—Sí, fui fullero.
—¿Qué, te pegaban?
—Sucedía. ¿Y qué?
—Bueno, entonces podían retarte a duelo… y en general, anima.
—No te contradigo y además no soy maestro en filosofar. Te confieso que aquí vine más bien pronto por las mujeres.
—¿Apenas enterrada Marfa Petrovna?
—Bueno, sí —sonrió Svidrigáilov con conquistadora sinceridad—. ¿Y qué? Parece que encuentras algo malo en que hable así de las mujeres.
—¿Es decir, encuentro o no encuentro algo malo en el libertinaje?
—¡En el libertinaje! Bueno, ahí vas. Y sin embargo, por orden responderé primero sobre las mujeres en general; sabes que estoy dispuesto a charlar. Dime, ¿para qué voy a contenerme? ¿Para qué dejar a las mujeres, si al menos soy aficionado a ellas? Al menos es una ocupación.
—¿Así que aquí solo esperas el libertinaje?
—Bueno, ¿y qué, y qué si el libertinaje? Se les ha dado con el libertinaje. Pero al menos amo la pregunta directa. En ese libertinaje, al menos, hay algo constante, basado incluso en la naturaleza y no sujeto a la fantasía, algo en forma de carbón siempre encendido en la sangre que interrumpe, eternamente incendiando, que además durante mucho tiempo, y con los años, tal vez, no se apague tan pronto. Admite tú mismo, ¿acaso no es una ocupación en su género?
—¿De qué alegrarse? Es una enfermedad, y peligrosa.
—¡Ah, ahí vas! Estoy de acuerdo en que es una enfermedad, como todo lo que sobrepasa la medida —y aquí inevitablemente habrá que sobrepasar la medida—, pero es que eso, en primer lugar, en uno es de un modo, en otro de otro, y en segundo lugar, desde luego, en todo hay que guardar medida, cálculo, aunque sea bajo, pero qué se va a hacer. Sin esto, a ver si no habría que pegarse un tiro. Estoy de acuerdo en que un hombre decente está obligado a aburrirse, pero sin embargo…
—¿Y tú podrías pegarte un tiro?
—Bueno, mira —respondió Svidrigáilov con repugnancia—. Hazme el favor, no me hables de eso —añadió apresuradamente e incluso sin ninguna fanfarronería, que se había manifestado en todas sus palabras anteriores. Hasta el rostro pareció cambiar—. Confieso una debilidad imperdonable, pero qué voy a hacer: temo a la muerte y no me gusta cuando se habla de ella. ¿Sabes que soy en parte místico?
—¡Ah! ¡Los fantasmas de Marfa Petrovna! ¿Qué, siguen viniendo?
—Al diablo con ellos, no los menciones; en Petersburgo todavía no han venido; y al diablo con ellos —gritó con cierto aspecto irritado—. No, será mejor que hablemos de esto… aunque sin embargo… ¡Bah, poco tiempo tengo, no puedo quedarme mucho contigo, lástima! Tendría algo que comunicar.
—¿Qué tienes, una mujer?
—Sí, una mujer, bueno, un caso casual… no, no hablo de eso.
—¿Bueno, y la inmundicia de todo este ambiente ya no te hace efecto? ¿Ya has perdido la fuerza para detenerte?
—¿Y tú también pretendes tener fuerza? Je, je, je. Me has sorprendido hace un momento, Rodión Románovich, aunque sabía de antemano que sería así. ¡Tú me hablas de libertinaje y de estética! Tú eres Schiller, tú eres idealista. Todo eso, desde luego, así debe ser y habría que sorprenderse si fuera de otro modo, pero sin embargo de algún modo resulta igualmente extraño en la realidad… Ah, lástima que haya poco tiempo, porque tú mismo eres un sujeto sumamente curioso. Y por cierto, ¿te gusta Schiller? A mí me gusta terriblemente.
—Pero qué fanfarrón eres —pronunció Raskólnikov con cierta repugnancia.
—Bueno, Dios mío, no —respondió Svidrigáilov riendo—. Aunque sin embargo no discuto, que sea fanfarrón; pero ¿por qué no fanfarronear cuando es inofensivo? Viví siete años en el campo con Marfa Petrovna, y por eso, dando ahora con un hombre inteligente como tú —inteligente y en extremo curioso—, simplemente estoy contento de charlar, y además me he bebido esa media copa de vino y ya me ha subido un poquito a la cabeza. Y sobre todo, existe una circunstancia que me ha animado mucho, pero de la cual… callaré. ¿Adónde vas? —preguntó de pronto Svidrigáilov con susto.
Raskólnikov iba a levantarse. Se le hizo pesado, y sofocante, y de algún modo molesto haber venido aquí. Se convenció de que Svidrigáilov era el malvado más vacío y más insignificante del mundo.
—¡E-eh! Siéntate, quédate —suplicaba Svidrigáilov—. Pide que te traigan al menos té. Bueno, siéntate, no voy a decir tonterías, sobre mí mismo, es decir. Te contaré algo. ¿Quieres?, te contaré cómo una mujer, hablando en tu estilo, me «salvó». Hasta será una respuesta a tu primera pregunta, porque esa persona es tu hermana. ¿Puedo contarlo? Y además mataremos el tiempo.
—Cuenta, pero espero que tú…
—Oh, no te preocupes. Además, Avdotia Románovna, incluso en un hombre tan ruin y vacío como yo, solo puede inspirar el más profundo respeto.
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