Capítulo 37La última noche de Svidrigáilov
Toda esa tarde hasta las diez la pasó en diversos figones y cloacas, yendo de uno a otro. En algún sitio apareció también Katia, que volvió a cantar otra canción lacayuna sobre cómo alguien, «un canalla y un tirano»,
Empezó a besar a Katia.
Svidrigáilov convidaba a Katia, y al organillero, y a los cantores, y a los criados, y a dos escribientes cualquiera. Con estos escribientes se lió, en realidad, porque los dos tenían narices torcidas: uno con la nariz torcida hacia la derecha, y el otro hacia la izquierda. Esto impresionó a Svidrigáilov. Al final lo arrastraron a un jardín de recreo, donde pagó por ellos y por la entrada. En este jardín había un abeto delgaducho de tres años y tres arbustos. Además, habían construido una «estación», en realidad un despacho de bebidas, pero allí se podía conseguir también té, y aparte había varias mesas verdes y sillas. Un coro de pésimos cantores y un alemán de Múnich borracho, una especie de payaso con la nariz roja pero por alguna razón extraordinariamente lúgubre, entretenían al público. Los escribientes se pelearon con otros escribientes cualquiera y estuvieron a punto de armar una riña. Svidrigáilov fue elegido por ellos como juez. Ya llevaba un cuarto de hora arbitrándolos, pero gritaban tanto que no había la menor posibilidad de entender nada. Lo más probable era que uno de ellos había robado algo e incluso logró venderlo allí mismo a un judío que pasaba por ahí; pero, habiéndolo vendido, no quiso compartir con su compañero. Resultó al final que el objeto vendido era una cucharita de té perteneciente a la estación. En la estación echaron en falta la cucharita, y el asunto empezó a tomar proporciones engorrosas. Svidrigáilov pagó la cucharita, se levantó y salió del jardín. Eran alrededor de las diez. En todo ese tiempo él no había bebido ni una sola gota de vino y en la estación solo había pedido un té, y eso más bien por guardar las formas. Mientras tanto, la tarde era sofocante y lúgubre. A las diez empezaron a acumularse por todas partes unas nubes espantosas; retumbó el trueno, y la lluvia se desplomó como una catarata. El agua no caía en gotas, sino en chorros enteros que azotaban la tierra. Los relámpagos brillaban a cada instante, y se podía contar hasta cinco durante cada resplandor. Calado hasta los huesos, llegó a casa, se encerró, abrió su escritorio, sacó todo su dinero y rompió dos o tres papeles. Luego, metiéndose el dinero en el bolsillo, quiso cambiarse de ropa, pero, mirando por la ventana y escuchando la tormenta y la lluvia, hizo un gesto con la mano, tomó el sombrero y salió sin cerrar el piso. Fue directamente a casa de Sonia. Ella estaba en casa.
No estaba sola; a su alrededor había cuatro niños pequeños de los Kapernáumov. Sofía Semiónovna les daba té. Recibió a Svidrigáilov en silencio y respetuosamente, miró con sorpresa su ropa empapada, pero no dijo ni una palabra. Los niños, en cambio, todos huyeron enseguida con un terror indescriptible.
Svidrigáilov se sentó junto a la mesa y le pidió a Sonia que se sentara a su lado. Ella se dispuso tímidamente a escuchar.
—Puede que me vaya a América, Sofía Semiónovna —dijo Svidrigáilov—, y como probablemente nos vemos por última vez, he venido a hacer unos cuantos arreglos. Bueno, ¿vio usted hoy a esa señora? Sé lo que le dijo, no hace falta repetirlo. (Sonia hizo un movimiento y se ruborizó.) Esa gente tiene una manera conocida. En cuanto a sus hermanitas y a su hermanito, realmente ya están colocados, y el dinero que les corresponde lo he entregado yo, a cada uno, bajo recibos, donde corresponde, en manos seguras. Tome, en todo caso, estos recibos, por si acaso. Aquí tiene, ¡tómelos! Bueno, ahora esto está terminado. Aquí tiene tres bonos del cinco por ciento, en total tres mil rublos. Tómelos para usted, para usted misma, y que esto quede entre nosotros, para que nadie sepa, pase lo que pase que oiga por ahí. Los va a necesitar, porque, Sofía Semiónovna, vivir como antes… es una porquería, y además usted ya no tiene ninguna necesidad.
—He recibido tantos beneficios de usted, y los huérfanos, y la difunta —se apresuró a decir Sonia—, que si hasta ahora le he agradecido tan poco, entonces… no crea…
—Eh, basta, basta.
—Y este dinero, Arkadi Ivánovich, se lo agradezco mucho, pero ahora no lo necesito. Siempre puedo ganarme la vida yo sola, no lo tome por ingratitud: si usted es tan benefactor, este dinero…
—Para usted, para usted, Sofía Semiónovna, y, por favor, sin tantas palabras, porque ni siquiera tengo tiempo. Y lo va a necesitar. Rodión Románovich tiene dos caminos: o una bala en la sien, o por el camino de Vladímir. (Sonia lo miró salvajemente y tembló.) No se preocupe, lo sé todo, de él mismo, y no soy un charlatán; a nadie se lo diré. Hizo usted bien en aconsejarlo entonces para que se entregara y lo dijera. Será mucho más ventajoso para él. Bueno, si resulta lo del camino de Vladímir, irá por él, y ¿usted lo seguirá? ¿Verdad que sí? ¿Verdad? Bueno, si es así, significa que le hará falta el dinero. Le hará falta para él, ¿comprende? Dándoselo a usted, es lo mismo que dárselo a él. Además, ¿no prometió usted pagarle la deuda a Amalia Ivánovna? Lo oí. ¿Por qué es tan imprudente, Sofía Semiónovna, contrayendo todos esos contratos y obligaciones? Era Katerina Ivánovna la que quedó debiendo a esa alemana, no usted, así que al diablo con la alemana. Así no se vive en este mundo. Bueno, si alguna vez alguien le pregunta —mañana o pasado mañana— sobre mí o acerca de mí (y le preguntarán), no mencione que vine hoy a verla y de ningún modo muestre el dinero ni diga que yo se lo di a nadie. Bueno, ahora adiós. (Se levantó de la silla.) Salude de mi parte a Rodión Románich. Por cierto: guarde el dinero mientras tanto en casa del señor Razumijin. ¿Conoce al señor Razumijin? Claro que lo conoce. Es un tipo decente. Lléveselo mañana o… cuando llegue el momento. Y hasta entonces escóndalo bien.
Sonia también se levantó de un salto y lo miró asustada. Le daba muchas ganas de decirle algo, de preguntarle algo, pero en los primeros minutos no se atrevía, y tampoco sabía cómo empezar.
—¿Cómo va a… cómo va a salir ahora con semejante lluvia?
—Bueno, disponerse a ir a América y tener miedo de la lluvia, ¡je, je! Adiós, querida, Sofía Semiónovna. Viva y viva mucho, será útil a los demás. Por cierto… dígale al señor Razumijin que le mando saludos. Dígaselo tal cual: Arkadi, dígale, Ivánovich Svidrigáilov manda saludos. Y sin falta.
Salió, dejando a Sonia en el asombro, en el susto y en una sospecha confusa y pesada.
Resultó después que esa misma tarde, hacia las doce, hizo todavía otra visita sumamente excéntrica e inesperada. La lluvia seguía sin cesar. Completamente mojado, entró a las once y veinte en el piso diminuto de los padres de su prometida, en la isla Vasílievski, en la Tercera Línea, en el Pequeño Prospecto. Le costó que le abrieran y al principio provocó un gran revuelo; pero Arkadi Ivánovich, cuando quería, era un hombre con modales sumamente encantadores, de modo que la primera suposición (aunque, por lo demás, bastante aguda) de los juiciosos padres de la prometida de que Arkadi Ivánovich probablemente ya se había emborrachado tanto en alguna parte que ni se acordaba de sí mismo, cayó enseguida por sí sola. Sacaron al extenuado padre en una silla de ruedas hacia Arkadi Ivánovich la bondadosa y juiciosa madre de la prometida y, según su costumbre, inmediatamente se puso a hacerle preguntas por rodeos. (Esta mujer nunca hacía preguntas directas, sino que siempre ponía en práctica primero sonrisas y frotarse las manos, y luego, si había que enterarse de algo de manera indudable y exacta, por ejemplo: ¿cuándo le gustaría a Arkadi Ivánovich fijar la boda?, entonces empezaba con las preguntas más curiosas y casi ávidas sobre París y la vida cortesana de allí y solo después llegaba en su debido orden a la Tercera Línea de la isla Vasílievski.) En otro momento todo esto, por supuesto, habría inspirado mucho respeto, pero esta vez Arkadi Ivánovich se mostró de algún modo especialmente impaciente y pidió de plano ver a la prometida, aunque ya le habían informado al principio de que la prometida ya se había acostado. Por supuesto, la prometida apareció. Arkadi Ivánovich le comunicó directamente que por el momento debía irse de Petersburgo por un asunto sumamente importante, y por eso le traía quince mil rublos en plata, en diversos bonos, rogándole que los aceptara como un regalo suyo, puesto que desde hacía tiempo tenía intención de hacerle este pequeño regalo antes de la boda. La conexión lógica particular entre el regalo y la marcha inmediata, y la necesidad imprescindible de venir para ello bajo la lluvia y a medianoche, por supuesto, no quedaba explicada de ningún modo con estas aclaraciones, pero el asunto, sin embargo, salió muy bien. Hasta los ahs y ohs necesarios, las preguntas y los asombros, resultaron de algún modo extraordinariamente moderados y contenidos; en cambio, se expresó el agradecimiento más ardiente, reforzado incluso con las lágrimas de la madre más juiciosa. Arkadi Ivánovich se levantó, se echó a reír, besó a la prometida, le acarició la mejilla, confirmó que pronto vendría, y, al notar en sus ojos no solo curiosidad infantil, sino también una pregunta muy seria y muda, reflexionó, la besó por segunda vez y enseguida se molestó sinceramente en el alma por el hecho de que el regalo iría a ser guardado de inmediato bajo llave por la más juiciosa de las madres. Salió dejando a todos en un estado extraordinariamente excitado. Pero la bondadosa mamá enseguida, en voz baja y a toda prisa, aclaró algunas de las dudas más importantes, a saber, que Arkadi Ivánovich era un hombre grande, un hombre con negocios y con contactos, un rico… Dios sabe lo que pasa por su cabeza, se le antojó marcharse, se le antojó dar el dinero, pues no hay por qué asombrarse. Por supuesto, es extraño que esté empapado, pero los ingleses, por ejemplo, son todavía más excéntricos, y además toda esta gente de alta sociedad no se preocupa por lo que digan de ellos y no tienen ceremonias. Puede que hasta se presente así a propósito, para demostrar que no le tiene miedo a nadie. Y lo principal, no decir ni una palabra de esto a nadie, porque Dios sabe qué puede salir todavía de todo esto, y hay que guardar el dinero cuanto antes bajo llave, y, desde luego, lo mejor de todo esto es que Fedosia se quedó en la cocina, y, sobre todo, de ningún modo, de ningún modo, de ningún modo hay que comunicar nada a esa bribona de Rösslich, etcétera, etcétera. Se quedaron susurrando hasta las dos. La prometida, sin embargo, se fue a dormir mucho antes, asombrada y un poco triste.
Mientras tanto, Svidrigáilov, exactamente a medianoche, cruzaba el puente —ov en dirección al lado de Petersburgo. La lluvia había cesado, pero soplaba el viento. Empezó a tiritar y durante un minuto, con cierta curiosidad especial e incluso interrogante, miró el agua negra de la pequeña Nevá. Pero pronto le pareció que hacía mucho frío estar de pie sobre el agua; se dio vuelta y se dirigió al prospecto —. Caminó por el interminable prospecto — durante mucho tiempo, casi media hora, tropezando más de una vez en la oscuridad con el pavimento de madera, pero sin dejar de buscar con curiosidad algo a la derecha del prospecto. En algún sitio, hacia el final del prospecto, se había fijado al pasar hacía poco, en una posada de madera, pero amplia, y su nombre, según recordaba, era algo así como Adrianópolis. No se equivocó en sus cálculos: en semejante descampado esta posada era un punto tan destacado que era imposible no encontrarla, ni siquiera en medio de la oscuridad. Era un largo edificio de madera ennegrecida, en el que, a pesar de la hora tardía, todavía brillaban luces y se advertía cierto movimiento. Entró y le pidió un cuarto a un harapiento que lo encontró en el pasillo. El harapiento, tras mirar a Svidrigáilov, se sacudió y enseguida lo condujo a un cuarto apartado, sofocante y estrecho, en algún lugar al final del pasillo, en un rincón, bajo la escalera. Pero no había otro; todos estaban ocupados. El harapiento lo miraba interrogante.
—¿Hay té? —preguntó Svidrigáilov.
—Se puede, señor.
—¿Qué más hay?
—Ternera, señor, vodka, señor, entremeses, señor.
—Trae ternera y té.
—¿Y no necesita nada más? —preguntó incluso con cierta perplejidad el harapiento.
—¡Nada, nada!
El harapiento se fue, completamente decepcionado.
«Debe de ser un buen sitio —pensó Svidrigáilov—, ¿cómo es que no lo conocía? Yo también, probablemente, tengo aspecto de volver de algún café cantante, pero de haber tenido ya en el camino algún percance… Sin embargo, es curioso quién se aloja y pernocta aquí…»
Encendió la vela y examinó el cuarto con más detalle. Era un cuartucho tan pequeño que casi no cabía Svidrigáilov, de una sola ventana; la cama muy sucia, la mesa común pintada y la silla ocupaban casi todo el espacio. Las paredes parecían ensambladas con tablas forradas con papeles deshilachados, tan polvorientos y desgarrados que ya se podía adivinar el color (amarillo), pero ya no era posible distinguir ningún dibujo. Una parte de la pared y el techo estaban cortados en diagonal, como es común en las buhardillas, pero aquí sobre ese corte pasaba una escalera. Svidrigáilov puso la vela, se sentó en la cama y se sumió en sus pensamientos. Pero un murmullo extraño e incesante, que a veces se elevaba casi hasta el grito, en el cuartucho vecino, llamó finalmente su atención. Ese murmullo no cesaba desde que él había entrado. Escuchó: alguien regañaba y casi con lágrimas reprochaba a otro, pero se oía solo una voz. Svidrigáilov se levantó, tapó la vela con la mano, y enseguida brilló una rendija en la pared; se acercó y se puso a mirar. El cuarto, algo más grande que el suyo, tenía dos huéspedes. Uno de ellos sin levita, con la cabeza extraordinariamente rizada y con el rostro rojo e inflamado, estaba de pie en posición oratoria, con las piernas abiertas para mantener el equilibrio, y, golpeándose el pecho con la mano, reprochaba patéticamente al otro por ser un mendigo y por no tener ni siquiera un puesto, por haberlo él sacado del fango y por poder echarlo cuando quisiera, y que todo esto lo veía solo el dedo del Altísimo. El amigo reprochado estaba sentado en una silla y tenía el aspecto de un hombre que desea muchísimo estornudar pero que de ningún modo lo consigue. De vez en cuando, con mirada borreguil y turbia, miraba al orador, pero evidentemente no tenía ni idea de qué se trataba y es dudoso que oyera algo siquiera. Sobre la mesa ardía una vela casi consumida, había una garrafa de vodka casi vacía, copas, pan, vasos, pepinos y vajilla con té bebido hacía ya mucho. Después de examinar atentamente este cuadro, Svidrigáilov se apartó indiferente de la rendija y se sentó de nuevo en la cama.
El harapiento, que regresó con el té y la ternera, no pudo contenerse y volvió a preguntar: «¿no hace falta algo más?», y, al recibir otra vez una respuesta negativa, se fue definitivamente. Svidrigáilov se abalanzó sobre el té para calentarse y bebió un vaso, pero no pudo comer ni un bocado, por haber perdido completamente el apetito. Evidentemente empezaba a tener fiebre. Se quitó el abrigo y el saco, se envolvió en la manta y se tumbó en la cama. Estaba contrariado: «habría sido mejor estar sano en esta ocasión», pensó y sonrió. En el cuarto hacía un calor sofocante, la vela ardía turbianiente, afuera soplaba el viento, en un rincón rascaba un ratón, y en toda la habitación olía como a ratones y a algo de cuero. Estaba tumbado y como si soñara: un pensamiento sucedía a otro. Parecía que le hubiera gustado muchísimo aferrar su imaginación a algo en particular. «Bajo la ventana debe de haber algún jardín —pensó—, susurran los árboles; ¡cómo detesto el susurro de los árboles de noche, en la tormenta y en la oscuridad, una sensación desagradable!» Y recordó que cuando hace poco pasaba junto al parque Petrovski, incluso pensó en él con repugnancia. Recordó de paso también el puente —ov, y la pequeña Nevá, y de nuevo pareció sentir frío, como hacía poco, cuando estaba sobre el agua. «Nunca en mi vida he amado el agua, ni siquiera en los paisajes —volvió a pensar y de pronto sonrió otra vez ante una idea extraña—: Pues parece que ahora debería darme igual todo esto de la estética y la comodidad, y resulta que me he vuelto quisquilloso, como un animal que elige irremediablemente un sitio para sí… en un caso parecido. ¡Debería haber pasado antes por el Petrovski! Seguro que me pareció oscuro, frío, ¡je, je! Como si necesitara sensaciones agradables… Por cierto, ¿por qué no apago la vela? (La apagó.) Los vecinos se han acostado —pensó, al no ver luz en la rendija de antes—. Pues bien, Marfa Petrovna, ahora sí que podría visitarme: está oscuro, el lugar es apropiado, y el momento es original. Pero resulta que precisamente ahora no vendrá…»
De repente recordó por alguna razón cómo hacía poco, una hora antes de ejecutar su plan con Dúnechka, le recomendó a Raskólnikov que la confiara a la protección de Razumijin. «Lo cierto es que quizá lo dije más por mi propia provocación, tal como adivinó Raskólnikov. Pero vaya bribón este Raskólnikov. Ha cargado mucho sobre sí. Puede llegar a ser un gran bribón con el tiempo, cuando se le salga toda la tontería, pero ahora tiene demasiadas ganas de vivir. En lo que se refiere a ese punto, esta gente son unos canallas. Bueno, al diablo con él, que haga lo que quiera, a mí qué me importa.»
No lograba dormirse. Poco a poco la imagen de Dúnechka de hacía poco empezó a surgir ante él, y de pronto un escalofrío le recorrió el cuerpo. «No, ahora hay que dejar esto —pensó, volviendo en sí—, hay que pensar en otra cosa. Extraño y gracioso: nunca he sentido un gran odio por nadie, ni siquiera he deseado especialmente vengarme, y eso es mal signo, ¡mal signo! Tampoco me gustaba discutir y no me acaloraba… también es mal signo. Y cuántas cosas le prometí hacía poco… ¡uf, demonio! Pero quizá me habría moldeado de algún modo…» Volvió a callarse y apretó los dientes: otra vez la imagen de Dúnechka apareció ante él tal como estaba cuando, tras disparar la primera vez, se asustó terriblemente, bajó el revólver y, lívida, lo miraba, de tal forma que él tuvo tiempo de agarrarla dos veces, y ella ni siquiera habría levantado la mano para defenderse si él mismo no se lo hubiera recordado. Recordó que en ese instante fue como si sintiera lástima por ella, como si el corazón se le hubiera oprimido… «¡Eh! ¡Al diablo! Otra vez estos pensamientos, ¡hay que dejar todo esto, dejarlo!…»
Ya empezaba a quedarse dormido; el temblor febril se calmaba; de pronto fue como si algo corriera bajo la manta por su brazo y por su pierna. Se estremeció: «¡Uf, demonio, seguro que es un ratón! —pensó—, dejé la ternera sobre la mesa…» Le daba muchísima pereza destaparcse, levantarse, pasar frío, pero de pronto algo volvió a rozarle desagradablemente la pierna; se arrancó la manta y encendió la vela. Temblando del frío febril, se agachó a examinar la cama… no había nada; sacudió la manta, y de pronto un ratón saltó sobre la sábana. Se lanzó a atraparlo; pero el ratón no se bajaba de la cama, sino que centelleaba en zigzag en todas direcciones, se escurría de entre sus dedos, le corría por el brazo y de pronto se metió bajo la almohada; él tiró la almohada, pero en un instante sintió que algo le saltaba al pecho, le rozaba el cuerpo, y ya estaba en su espalda, bajo la camisa. Tembló nerviosamente y se despertó. En el cuarto estaba oscuro, él yacía en la cama, envuelto, como antes, en la manta, bajo la ventana aullaba el viento. «¡Qué porquería!», pensó con fastidio.
Se levantó y se sentó en el borde de la cama, de espaldas a la ventana. «Mejor no dormir en absoluto», decidió. De la ventana, sin embargo, venía el frío y la humedad; sin levantarse, se echó encima la manta y se envolvió en ella. No encendió la vela. No pensaba en nada, ni quería pensar; pero los ensueños surgían uno tras otro, destellaban fragmentos de pensamientos, sin principio ni final y sin conexión. Como si cayera en una duermevela. ¿El frío, la oscuridad, la humedad, el viento que aullaba bajo la ventana y que mecía los árboles, despertaban en él cierta inclinación y deseo fantásticos y obstinados?… pero empezó a vérsele todo en flores. Se imaginó un paisaje delicioso; un día luminoso, cálido, casi caluroso, un día festivo, día de la Trinidad. Una rica y lujosa casa de campo en estilo inglés, toda cubierta de arriates perfumados de flores, rodeada de canteros que iban alrededor de toda la casa; el porche, enredado de plantas trepadoras, rodeado de canteros de rosas; una escalera luminosa y fresca, cubierta con una alfombra lujosa, adornada con flores raras en jarrones chinos. Se fijó especialmente en los jarrones con agua, en las ventanas, en ramos de narcisos blancos y delicados, inclinados sobre sus tallos verde brillante, gordos y largos, con un aroma intenso y perfumado. No quería ni apartarse de ellos, pero subió la escalera y entró en una gran sala alta, y otra vez allí y también por todas partes, en las ventanas, alrededor de las puertas abiertas a la terraza, en la misma terraza, por todas partes había flores. Los suelos estaban cubiertos con hierba recién cortada y perfumada, las ventanas estaban abiertas, aire fresco, ligero y fresco penetraba en el cuarto, los pajarillos piaban bajo las ventanas, y en medio de la sala, sobre mesas cubiertas con paños de satén blanco, había un ataúd. Este ataúd estaba forrado con granadina blanca y ribeteado con un volante blanco y denso. Guirnaldas de flores lo rodeaban por todos lados. Toda cubierta de flores yacía en él una niña, con un vestido blanco de tul, con las manos cruzadas y apretadas contra el pecho, como si estuvieran talladas en mármol. Pero su pelo suelto, pelo de rubia clara, estaba mojado; una corona de rosas rodeaba su cabeza. El perfil severo y ya rígido de su rostro también era como si estuviera tallado en mármol, pero la sonrisa en sus labios pálidos estaba llena de cierta aflicción no infantil, ilimitada, y de una gran queja. Svidrigáilov conocía a esta niña; no había ni imagen ni velas encendidas junto a este ataúd y no se oían oraciones. Esta niña era una suicida, una ahogada. Tenía apenas catorce años, pero era ya un corazón destrozado, y se destruyó a sí misma, ofendida por una afrenta que había horrorizado y asombrado a esa joven conciencia infantil, que había inundado con vergüenza inmerecida su alma angelicalmente pura y le había arrancado un último grito de desesperación, no escuchado, sino canallescamente ultrajado en la noche oscura, en las tinieblas, en el frío, en la húmeda llovizna, cuando aullaba el viento…
Svidrigáilov volvió en sí, se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Buscó a tientas el pestillo y abrió la ventana. El viento irrumpió furiosamente en su estrecho cuartucho y como con escarcha helada le cubrió el rostro y el pecho, cubierto solo con la camisa. Bajo la ventana debía de haber realmente algo así como un jardín y, al parecer, también de recreo; probablemente de día aquí también cantaban los cantores y se servía té en las mesas. Ahora de los árboles y los arbustos volaban al interior gotas de lluvia, estaba oscuro como en una bodega, de tal modo que apenas se podían distinguir solo unas manchas oscuras que señalaban los objetos. Svidrigáilov, agachándose y apoyando los codos en el alféizar, miraba ya hacía cinco minutos sin despegar la vista en esa penumbra. En medio de las tinieblas y la noche retumbó un cañonazo, luego otro.
«Ah, la señal. El agua sube —pensó—, por la mañana inundará las partes más bajas, las calles, anegará los sótanos y las bodegas, flotarán las ratas de los sótanos, y entre la lluvia y el viento la gente empezará, maldiciendo, mojados, a arrastrar su basura a los pisos superiores… ¿Qué hora será ahora?» Y apenas pensó esto, en algún sitio cerca, haciendo tic-tac y como apresurándose con todas sus fuerzas, un reloj de pared dio las tres. «¡Ajá, pues dentro de una hora ya amanecerá! ¿A qué espero? Saldré ahora mismo, iré directamente al Petrovski: allí en algún sitio elegiré un arbusto grande, todo empapado por la lluvia, de tal modo que apenas rozarlo con el hombro millones de gotas bajarán sobre la cabeza…» Se apartó de la ventana, la cerró, encendió la vela, se puso el chaleco, el abrigo, se caló el sombrero y salió con la vela al pasillo para buscar en algún sitio al harapiento que dormía en un cuartucho entre toda clase de trastos y cabos de vela, pagarle el cuarto y salir de la posada. «¡El mejor momento, no se puede elegir mejor!»
Estuvo mucho tiempo recorriendo todo el pasillo largo y estrecho sin encontrar a nadie, y ya se disponía a gritar en voz alta, cuando de pronto en un rincón oscuro, entre un armario viejo y una puerta, distinguió un objeto extraño, algo que parecía estar vivo. Se agachó con la vela y vio a un niño… una niña de unos cinco años, no más, con el vestidito empapado como un trapo de fregar, temblando y llorando. Parecía no asustarse de Svidrigáilov, pero lo miraba con asombro torpe con sus grandes ojitos negros y de vez en cuando sollozaba, como hacen los niños que han llorado mucho pero ya han parado e incluso se han consolado, y que sin embargo, de vez en cuando, vuelven a sollozar. El rostro de la niña estaba pálido y demacrado; estaba aterida de frío, pero «¿cómo ha llegado hasta aquí? Significa que se ha escondido aquí y no ha dormido en toda la noche». Empezó a interrogarla. La niña de pronto se animó y rápidamente empezó a parlotearle algo en su lenguaje infantil. Había algo sobre «mamá» y que «mamá pegá», sobre una taza que había «loto» (roto). La niña hablaba sin parar; de todos esos relatos se podía adivinar, más o menos, que era una niña no querida, cuya madre, alguna cocinera siempre borracha, probablemente de esta misma posada, la golpeaba y asustaba; que la niña había roto la taza de mamá y que se asustó tanto que huyó la tarde anterior; estuvo seguramente mucho tiempo escondida en algún sitio del patio, bajo la lluvia, finalmente se coló aquí, se escondió tras el armario y pasó toda la noche en el rincón, llorando, temblando por la humedad, por la oscuridad y por el miedo de que ahora la golpearían mucho por todo esto. La tomó en brazos, fue a su cuarto, la sentó en la cama y empezó a desvestirla. Sus zapatitos rotos, en el pie descalzo, estaban tan mojados como si hubieran pasado toda la noche en un charco. Tras desvestirla, la acostó en la cama, la tapó y la envolvió completamente con la manta, hasta la cabeza. Enseguida se durmió. Habiendo terminado todo, volvió a sumirse sombríamente en sus pensamientos.
«Vaya, ¡cómo se me ha ocurrido meterme en esto! —decidió de pronto con una sensación pesada y rabiosa—. ¡Qué tontería!» Fastidiado, tomó la vela para ir y buscar al harapiento como fuera y largarse de allí cuanto antes. «¡Eh, mocosa!», pensó con una maldición, abriendo ya la puerta, pero volvió una vez más para mirar si la niña dormía y cómo dormía. Levantó con cuidado la manta. La niña dormía un sueño profundo y dichoso. Se había calentado bajo la manta, y el color ya se había extendido por sus mejillas pálidas. Pero extrañamente: este color se marcaba como más intenso y vivo de lo que podría ser el rubor infantil normal. «Es rubor febril», pensó Svidrigáilov, «es como rubor de vino, como si le hubieran dado de beber un vaso entero. Los labios rojos como que arden, resplandecen; pero ¿qué es esto?» De pronto le pareció que las largas pestañas negras se estremecían y parpadeaban, como si se levantaran, y que de debajo de ellas asomaba un ojo astuto, agudo, de algún modo no infantilmente guiñador, como si la niña no durmiera y fingiera. Sí, así es: sus labios se entreabren en una sonrisa; las comisuras de los labios se estremecen, como si todavía se contuviera. Pero ya ha dejado de contenerse completamente; es ya risa, risa evidente; algo descarado, provocador, brilla en ese rostro completamente no infantil; es depravación, es el rostro de una camelia, el rostro descarado de una camelia venal francesa. Ahora, sin ocultarse ya, se abren los dos ojos: envuelven a Svidrigáilov con una mirada ardiente y desvergonzada, lo llaman, se ríen… Había algo infinitamente repugnante y ofensivo en esa risa, en esos ojos, en toda esa porquería en el rostro de un niño. «¡Cómo! ¿De cinco años?… —susurró Svidrigáilov en un horror verdadero—. Esto… ¿qué es esto?» Pero ahora ella ya se vuelve hacia él con todo el rostro encendido, extiende los brazos… «¡Ah, maldita!», gritó Svidrigáilov horrorizado, alzando la mano sobre ella… Pero en ese mismo instante se despertó.
Estaba en la misma cama, también envuelto en la manta; la vela no estaba encendida, y en las ventanas ya blanqueaba el día pleno.
«¡Pesadillas toda la noche!» Se levantó con rabia, sintiendo que estaba completamente molido; los huesos le dolían. Afuera había una niebla completamente densa y no se podía ver nada. Eran casi las cinco; ¡se había quedado dormido! Se levantó y se puso el saco y el abrigo, todavía húmedos. Palpando el revólver en el bolsillo, lo sacó y arregló el fulminante; luego se sentó, sacó del bolsillo una libreta y en la primera página, la más visible, escribió en grande unas cuantas líneas. Tras releerlas, se quedó pensativo, apoyado sobre la mesa. El revólver y la libreta estaban allí mismo, junto al codo. Unas moscas despiertas se pegaban a la porción intacta de ternera que estaba allí mismo sobre la mesa. Las estuvo mirando largo rato y, finalmente, con la mano derecha libre empezó a cazar una mosca. Se esforzó mucho tiempo en ello, pero de ningún modo lograba atraparla. Al final, pescándose a sí mismo en esta ocupación interesante, volvió en sí, se estremeció, se levantó y salió decididamente de la habitación. Un minuto después estaba en la calle.
Una niebla lechosa y densa yacía sobre la ciudad. Svidrigáilov se dirigió por el resbaladizo y sucio pavimento de madera hacia la pequeña Nevá. Se le aparecían el agua de la pequeña Nevá crecida durante la noche, la isla Petrovski, los senderos mojados, la hierba mojada, los árboles y arbustos mojados y, por fin, aquel mismo arbusto… Con fastidio empezó a examinar las casas para pensar en otra cosa. No se cruzaba ningún transeúnte ni cochero por el prospecto. Lúgubremente y suciamente miraban las casitas de madera de color amarillo brillante con las contraventanas cerradas. El frío y la humedad le calaban todo el cuerpo, y empezó a tiritar. De vez en cuando se topaba con letreros de tiendas y verduleros y cada uno lo leía cuidadosamente. Ya había terminado el pavimento de madera. Había llegado ya a la altura de una casa grande de piedra. Una perrita sucia y temblorosa, con el rabo entre las piernas, le cruzó el camino. Un borracho muerto de frío, con capote, yacía boca abajo a lo ancho de la acera. Lo miró y siguió adelante. Una torre alta de vigilancia relampagueó a su izquierda. «¡Bah! —pensó—, pues aquí hay un sitio, ¿para qué ir al Petrovski? Al menos ante un testigo oficial…» Casi sonrió ante este nuevo pensamiento y giró hacia la calle —. Allí estaba la casa grande con la torre. Junto al portón grande y cerrado de la casa había de pie, apoyándose con el hombro en él, un hombrecillo envuelto en un abrigo gris de soldado y con un casco de Aquiles de cobre. Con mirada soñolienta y fría echó una ojeada a Svidrigáilov que se acercaba. En su rostro se veía aquella aflicción melancólica secular que tan agriamente se ha impreso en todos los rostros sin excepción de la tribu judía. Ambos, Svidrigáilov y Aquiles, se contemplaron en silencio durante un tiempo. A Aquiles finalmente le pareció un desorden que un hombre no estuviera borracho y se quedara de pie ante él a tres pasos, lo mirara fijamente y no dijera nada.
—A, qué eso vos acá querer aquí —pronunció, sin moverse todavía ni cambiar de posición.
—Nada, hermanito, ¡buenos días! —respondió Svidrigáilov.
—Acá no lugar.
—Yo, hermanito, me voy a países extranjeros.
—¿A países extranjeros?
—A América.
—¿A América?
Svidrigáilov sacó el revólver y amartilló el gatillo. Aquiles alzó las cejas.
—A, qué, eso, estas clomas (bromas) acá no lugar.
—¿Y por qué no habría de ser el lugar?
—Porque no lugar.
—Bueno, hermanito, da lo mismo. Es un buen lugar; si te preguntan, responde que me fui, que dicen, a América.
Acercó el revólver a su sien derecha.
—A acá no poder, acá no lugar —se despertó Aquiles, dilatando cada vez más las pupilas.
Svidrigáilov apretó el gatillo.
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