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Capítulo 19La teoría de Raskólnikov

Crimen y castigo · Fiódor Dostoievski · 35 min de lectura

Aquel ya entraba en las habitaciones. Entró con tal aire como si estuviera haciendo un esfuerzo supremo por no reventar de risa. Tras él, con la cara completamente trastornada y furiosa, rojo como una peonía, larguirucho y torpe, entró el avergonzado Razumijin. Su rostro y toda su figura resultaban en aquel momento realmente ridículos y justificaban la risa de Raskólnikov. Raskólnikov, todavía sin ser presentado, hizo una reverencia al dueño de casa que estaba de pie en medio de la habitación mirándolos con gesto interrogativo, le tendió y estrechó la mano, todo ello con un esfuerzo visiblemente extraordinario por contener su alegría y al menos pronunciar dos o tres palabras para presentarse. Pero apenas había logrado adoptar una expresión seria y balbucear algo, cuando de pronto, como involuntariamente, volvió a mirar a Razumijin y entonces ya no pudo aguantar: la risa contenida estalló tanto más incontenible cuanto más fuertemente se había reprimido hasta entonces. La extraordinaria ferocidad con que recibía Razumijin aquella risa «cordial» daba a toda la escena un aspecto de alegría sincerísima y, sobre todo, de naturalidad. Razumijin, como adrede, contribuyó aún más.

—¡Ah, maldición! —rugió agitando el brazo, y justo golpeó una mesita redonda sobre la que estaba un vaso de té a medio beber. Todo salió volando y tintineó.

—¿Y por qué romper las sillas, señores, si es un perjuicio para el fisco? —gritó alegremente Porfiri Petróvich.

La escena se presentaba así: Raskólnikov terminaba de reír, sin soltar aún la mano del dueño de casa, pero, conociendo la medida, aguardaba el momento oportuno para concluir de manera más natural. Razumijin, definitivamente confundido por la caída de la mesita y el vaso roto, miró sombríamente los fragmentos, escupió y se volvió bruscamente hacia la ventana, donde se quedó de espaldas al público, con el rostro terriblemente ceñudo, mirando por la ventana sin ver nada. Porfiri Petróvich reía y deseaba reír, pero era evidente que necesitaba explicaciones. En un rincón, en una silla, estaba sentado Zamiótov, que se había medio levantado a la entrada de los visitantes y permanecía a la espera, con la boca abierta en una sonrisa, pero mirando toda la escena con perplejidad e incluso con cierta desconfianza, y a Raskólnikov incluso con algo de turbación. La presencia inesperada de Zamiótov desagradó vivamente a Raskólnikov.

«Esto también habrá que pensarlo», se dijo.

—Disculpe, por favor —comenzó, esforzándose por mostrarse confuso—. Raskólnikov…

—¡Por Dios, es un placer, señor, y qué agradable que hayan entrado así…! Y bien, ¿es que no quiere ni saludar? —señaló Porfiri Petróvich a Razumijin con la cabeza.

—Palabra de honor que no sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le dije solamente de camino que se parece a Romeo, y… y lo demostré, y nada más, me parece.

—¡Cerdo! —replicó Razumijin sin volverse.

—Significa que tuvo razones muy serias para enfadarse tanto por una sola palabrita —se rió Porfiri.

—¡Bah, tú! ¡Investigador! Bueno, al diablo con todos vosotros —soltó Razumijin y de pronto, echándose a reír él mismo, con el rostro alegre, como si nada hubiera pasado, se acercó a Porfiri Petróvich.

—¡Basta! Todos somos tontos; al grano: aquí está mi amigo, Rodión Románovich Raskólnikov; en primer lugar, ha oído hablar de ti y deseaba conocerte, y en segundo lugar, tiene un asuntillo que tratar contigo. ¡Vaya! ¡Zamiótov! ¿Tú aquí? ¿Cómo es eso? ¿Acaso os conocéis? ¿Desde cuándo os habéis hecho amigos?

«¿Y esto qué es?», pensó Raskólnikov inquieto.

Zamiótov pareció turbarse, pero no mucho.

—Ayer nos conocimos en tu casa —dijo con desenvoltura.

—Significa que Dios me libró del esfuerzo: la semana pasada me rogaba insistentemente, Porfiri, que de algún modo te lo presentara, y ya os habéis conocido sin mi ayuda… ¿Dónde tienes tabaco?

Porfiri Petróvich estaba en traje casero, en bata, con ropa interior muy limpia y en zapatillas gastadas. Era un hombre de unos treinta y cinco años, de estatura por debajo de la media, grueso e incluso barrigón, afeitado, sin bigote ni patillas, con el pelo cortado al rape en la cabeza grande y redonda, de algún modo especialmente abombada en el occipucio. Su rostro regordete, redondo y un poco respingón era de color enfermizo, amarillo oscuro, pero bastante animado e incluso burlón. Habría sido incluso bonachón si no molestara la expresión de los ojos, con cierto brillo líquido y acuoso, cubiertos por pestañas casi blancas, parpadeantes, como si guiñara a alguien. La mirada de aquellos ojos desentonaba extrañamente con toda la figura, que tenía en sí incluso algo de mujer, y le daba algo mucho más serio de lo que a primera vista se podía esperar de ella.

Porfiri Petróvich, en cuanto oyó que el visitante tenía un «asuntillo» con él, inmediatamente le rogó que se sentara en el diván, él mismo se acomodó en el otro extremo y clavó la vista en el visitante, con una expectativa inmediata de la exposición del asunto, con aquella atención intensa y demasiado seria que incluso resulta gravosa y turbadora desde el primer momento, especialmente por desconocimiento, y especialmente si lo que se expone, según la propia opinión, no está en absoluto en proporción con la atención extraordinariamente importante que se le dispensa. Pero Raskólnikov expuso su asunto en palabras breves y coherentes, claras y precisas, y quedó satisfecho de sí mismo de modo que incluso logró examinar bastante bien a Porfiri. Porfiri Petróvich tampoco apartó de él los ojos ni un instante durante todo el tiempo. Razumijin, acomodado enfrente, en la misma mesa, seguía la exposición del asunto con ardor e impaciencia, trasladando la mirada a cada momento de uno a otro y de vuelta, lo que ya resultaba un poco excesivo.

«¡Idiota!», se insultó para sí Raskólnikov.

—Debe presentar una declaración en la policía —respondió Porfiri con aire muy práctico—, en el sentido de que, habiéndose enterado de tal acontecimiento, es decir, de este asesinato, solicita, a su vez, que se informe al investigador encargado del caso de que tales objetos le pertenecen y que desea recuperarlos… o bien… pero, por lo demás, le escribirán.

—El caso es que yo, en este momento —Raskólnikov se esforzó cuanto pudo en mostrarse confuso—, no ando muy bien de dinero… y ni siquiera puedo esa nimiedad… Vea usted, deseaba ahora solamente declarar que esas cosas son mías, pero que cuando tenga el dinero…

—Es igual, señor —respondió Porfiri Petróvich, recibiendo fríamente las explicaciones sobre las finanzas—, aunque, si lo prefiere, puede escribirme directamente a mí, en el mismo sentido: que, habiéndome enterado de tal cosa y declarando que tales objetos son míos, solicito…

—¿Esto se puede hacer en papel simple? —se apresuró a interrumpir Raskólnikov, interesándose de nuevo por la parte financiera del asunto.

—¡Oh, en el más simple, señor! —Y de pronto Porfiri Petróvich lo miró de algún modo evidentemente burlón, entornando los ojos como guiñándole. Sin embargo, quizá sólo le pareció a Raskólnikov, porque duró apenas un instante. Al menos algo así hubo. Raskólnikov habría jurado que le había guiñado el ojo, Dios sabe por qué.

«¡Lo sabe!», relampagueó en él como un rayo.

—Perdone que le moleste con tales nimiedades —continuó algo desconcertado—, mis cosas valen en total cinco rublos, pero me son especialmente queridas como recuerdo de aquellos de quienes las recibí, y, lo confieso, cuando me enteré, me asusté mucho…

—Por eso te sobresaltaste tanto ayer, cuando le solté a Zósimov que Porfiri interrogaba a los que empeñaban cosas —metió baza Razumijin, con intención evidente.

Esto ya era insoportable. Raskólnikov no se contuvo y le lanzó una mirada furiosa con sus ojos negros ardientes de ira. Al instante recobró la compostura.

—Tú, hermano, parece que te burlas de mí —se dirigió a él con irritación hábilmente fingida—. Estoy de acuerdo en que quizá me preocupo demasiado por estas bagatelas, a tus ojos; pero no se me puede considerar por ello ni egoísta ni avaro, y, a mis ojos, estas dos insignificantes cositas pueden no ser en absoluto bagatelas. Ya te dije antes que ese reloj de plata, que no vale un kopek, es lo único que quedó de mi padre. Ríete de mí, pero ha venido mi madre —se volvió de pronto hacia Porfiri— y si se enterara —se volvió de nuevo rápidamente hacia Razumijin, esforzándose especialmente en que le temblara la voz— de que ese reloj se ha perdido, entonces, lo juro, se desesperaría. ¡Las mujeres!

—¡Pero no! ¡De ningún modo quise decir eso! ¡Todo lo contrario! —gritó Razumijin, apenado.

«¿Está bien? ¿Natural? ¿No he exagerado?», temblaba para sí Raskólnikov. «¿Por qué he dicho: "las mujeres"?».

—¿Y su madre ha venido? —inquirió Porfiri Petróvich por algún motivo.

—Sí.

—¿Cuándo ha sido, señor?

—Ayer por la tarde.

Porfiri guardó silencio, como reflexionando.

—Sus cosas no pueden haberse perdido en ningún caso —continuó tranquila y fríamente—. Hace tiempo que lo esperaba aquí.

Y como si nada hubiera pasado, se puso solícitamente a acercar el cenicero a Razumijin, que estaba esparciendo despiadadamente ceniza de cigarrillo sobre la alfombra. Raskólnikov se estremeció, pero Porfiri como si no mirara, todavía preocupado por el cigarrillo de Razumijin.

—¿Có-ómo? ¿Esperabas? ¿Pero es que sabías que él también empeñaba allí? —gritó Razumijin.

Porfiri Petróvich se dirigió directamente a Raskólnikov:

—Sus dos objetos, el anillo y el reloj, estaban envueltos bajo un mismo papel, y en el papel su nombre estaba marcado claramente con lápiz, así como la fecha del mes en que ella los recibió de usted…

—¿Cómo es que tiene tan buena memoria…? —sonrió torpemente Raskólnikov, esforzándose especialmente en mirarle directamente a los ojos; pero no pudo contenerse y de pronto añadió—: Lo digo porque, probablemente, hubo muchos empeñadores… de modo que le sería difícil recordarlos a todos… Y usted, por el contrario, los recuerda a todos con tanta precisión, y… y…

«¡Estúpido! ¡Débil! ¿Por qué he añadido esto?».

—Casi todos los empeñadores son ya conocidos, de modo que usted es el único que no se ha dignado presentarse —respondió Porfiri con un matiz apenas perceptible de burla.

—No me encontraba del todo bien.

—También lo oí, señor. Oí incluso que estuvo muy alterado por algo. Hasta ahora parece pálido.

—No estoy nada pálido… por el contrario, estoy completamente sano —cortó Raskólnikov con brusquedad y malevolencia, cambiando de pronto el tono. La ira bullía en él y no podía reprimirla—. «Y en la ira me delataré —relampagueó de nuevo en él—. Pero ¿por qué me atormentan?…».

—¡No del todo sano! —retomó Razumijin—. ¡Vaya que has dicho! Hasta ayer deliraba casi sin sentido… ¿Creerías, Porfiri, que apenas se tenía en pie, y en cuanto nos descuidamos, yo y Zósimov, ayer, se vistió y se escapó a escondidas y anduvo dando vueltas por ahí casi hasta medianoche, y todo esto en completo, te lo aseguro, delirio, ¿puedes imaginártelo? ¡Un caso extraordinario!

—¿Y de veras en completo delirio? ¡Dígame! —Porfiri movió la cabeza con un gesto como de mujer.

—¡Bah, tonterías! No le creas. Aunque, por lo demás, tú tampoco lo crees —se le escapó a Raskólnikov con demasiada rabia. Pero Porfiri Petróvich como si no hubiera oído aquellas extrañas palabras.

—Pues ¿cómo pudiste salir, si no estabas delirando? —se acaloró de pronto Razumijin—. ¿Para qué saliste? ¿Con qué fin…? Y ¿por qué precisamente a escondidas? ¿Tenías entonces algún sentido común? Ahora que ha pasado todo el peligro, ya te lo digo francamente.

—Ayer me fastidiaron muchísimo —se dirigió de pronto Raskólnikov a Porfiri con una sonrisa insolente y desafiante—, y me escapé de ellos para buscar un piso donde no me encontraran, y llevé un montón de dinero conmigo. El señor Zamiótov vio el dinero. Bueno, dígame, señor Zamiótov, ¿estaba yo cuerdo ayer o delirando? Resuelva la disputa, haga el favor.

Habría querido estrangular a Zamiótov en aquel momento. Su mirada y su silencio no le gustaban nada.

—En mi opinión, usted habló muy sensatamente, señor, e incluso con astucia, señor, solo que estaba demasiado irritable —declaró Zamiótov secamente.

—Y hoy me decía Nikodim Fómich —intervino Porfiri Petróvich— que se encontró con usted ayer, ya muy tarde, en la vivienda de un funcionario atropellado por caballos…

—¡Pues justamente ese funcionario! —retomó Razumijin—. Pero ¿no estuviste como un loco con el funcionario? ¡Le diste a la viuda tus últimos dineros para el entierro! Bueno, si querías ayudar, dale quince, dale veinte, deja al menos tres rublos para ti, ¡pero no, largaste así los veinticinco enteros!

—A lo mejor encontré un tesoro en alguna parte y tú no lo sabes. Pues por eso ayer me mostré tan generoso… El señor Zamiótov sabe que encontré un tesoro… Discúlpeme, por favor —se dirigió con los labios temblorosos a Porfiri—, que le molestemos media hora con estas nimiedades. Le cansamos, ¿verdad?

—¡Por Dios, señor, al contrario, al contrario! Si supiera cómo me interesa. Es curioso mirar y escuchar… y, lo confieso, estoy tan contento de que se haya dignado, por fin, presentarse…

—¡Pero sírvenos al menos té! Se me ha secado la garganta —exclamó Razumijin.

—¡Excelente idea! Quizá todos hagan compañía. Y ¿no queréis… algo más sustancioso antes del té?

—¡Lárgate!

Porfiri Petróvich salió a pedir el té.

Los pensamientos giraban como un torbellino en la cabeza de Raskólnikov. Estaba terriblemente irritado.

«Lo principal es que ni siquiera se ocultan, ni quieren hacer cumplidos. ¿Y con qué motivo, si no me conoces de nada, hablaste de mí con Nikodim Fómich? Significa que ya no quieren ocultar que me siguen como una jauría de perros. ¡Tan abiertamente me escupen a la cara! Bueno, pégame directamente, y no juegues como el gato con el ratón. No es cortés, Porfiri Petróvich, pero yo todavía, quizá, no lo permita, señor… Me levantaré y les soltaré a todos a la cara toda la verdad; ¡y veréis cómo os desprecio!…». Apenas pudo recobrar el aliento. «¿Y si solo me lo parece a mí? ¿Y si es un espejismo, y me equivoco en todo, me enfurezco por inexperiencia y no sé mantener mi papel ruin? Quizá todo sea sin intención. Todas sus palabras son corrientes, pero hay algo en ellas… Todo eso siempre se puede decir, pero hay algo. ¿Por qué dijo directamente "en su casa"? ¿Por qué añadió Zamiótov que hablé astutamente? ¿Por qué hablan en ese tono? Sí… el tono… Razumijin está aquí sentado, ¿por qué a él no le parece nada? A este inocente bobalicón nunca le parece nada. ¡Otra vez la fiebre!… ¿Me guiñó el ojo Porfiri hace un momento o no? Seguro que es una tontería; ¿para qué me guiñaría? ¿Quieren irritar mis nervios o me están provocando? ¿O todo es un espejismo, o saben!… Hasta Zamiótov está insolente… ¿Insolente Zamiótov? Zamiótov lo ha reconsiderado en una noche. Ya intuía que lo reconsideraría. Está aquí como en su casa, pero es la primera vez. Porfiri no lo considera un invitado, está sentado de espaldas a él. ¡Se han confabulado! Sin duda se han confabulado por mi culpa. Sin duda hablaban de mí antes de que llegáramos… ¿Saben lo del piso? ¡Que se aclare pronto!… Cuando dije que ayer me escapé a buscar piso, lo dejó pasar, no lo recogió… Y lo introduje astutamente eso del piso: luego me servirá… ¡En delirio, dicen!… Ja-ja-ja. ¡Él sabe todo lo de ayer por la noche! ¡No sabía de la llegada de mi madre!… Y la bruja anotó la fecha con lápiz… ¡Mentís, no me entregaré! Porque esto todavía no son hechos, esto es solo un espejismo. No, dadme hechos. Y el piso no es un hecho, es delirio; yo sé lo que hay que decirles… ¿Saben lo del piso? No me iré sin enterarme. ¿Para qué vine? Y que ahora me enfurezco, eso sí que puede ser un hecho. ¡Uf, qué irritable estoy! Aunque quizá esté bien; el papel de enfermo… Me está tanteando. Me confundirá. ¿Para qué vine?».

Todo esto, como un rayo, cruzó por su cabeza.

Porfiri Petróvich volvió en un instante. De pronto se mostró más alegre.

—Desde tu fiesta de ayer, hermano, tengo la cabeza… Y en general estoy como descompuesto —comenzó en un tono completamente distinto, riendo, a Razumijin.

—¿Y qué, estuvo interesante? Os dejé ayer en el punto más interesante, ¿no? ¿Quién venció?

—Nadie, naturalmente. Desembocamos en las cuestiones eternas, navegamos por el aire.

—Imagínate, Rodia, a qué llegamos ayer: ¿existe o no el crimen? Te digo que llegaron a delirar.

—¿Qué tiene de sorprendente? Es una cuestión social corriente —respondió Raskólnikov distraídamente.

—La cuestión no estaba así formulada —observó Porfiri.

—No del todo así, es verdad —aceptó enseguida Razumijin, apresurándose y acalorándose como de costumbre—. Mira, Rodión: escucha y da tu opinión. Yo lo deseo. Ayer me desvivía con ellos y te esperaba; ya les había dicho que vendrías… Empezó por la concepción de los socialistas. Concepción conocida: el crimen es una protesta contra la anormalidad de la organización social, y solo eso, y nada más, y no se admiten más causas, ¡y nada más!…

—¡Ahí has mentido! —gritó Porfiri Petróvich. Se animaba visiblemente y se reía a cada rato mirando a Razumijin, lo que lo encendía aún más.

—¡N-no se admite nada! —interrumpió Razumijin acaloradamente—. ¡No miento!… Te mostraré sus libros: todo en ellos es porque «el medio ha machacado», y nada más. ¡Frase favorita! De ahí se deduce directamente que si se organiza normalmente la sociedad, todos los crímenes desaparecerán de golpe, ya que no habrá por qué protestar, y todos al instante se volverán justos. La naturaleza no se tiene en cuenta, la naturaleza se expulsa, ¡se prescinde de la naturaleza! Para ellos no es la humanidad, que ha evolucionado por un camino histórico, vivo, hasta el fin, la que por sí misma acabará convirtiéndose finalmente en una sociedad normal, sino que, por el contrario, un sistema social, salido de alguna cabeza matemática, organizará inmediatamente a toda la humanidad y en un instante la hará justa y sin pecado, antes de todo proceso vivo, sin ningún camino histórico y vivo. Por eso aborrecen tan instintivamente la historia: «¡solo fealdades y estupideces hay en ella!», y todo se explica solo por la estupidez. Por eso no aman el proceso vivo de la vida: ¡no hace falta el alma viva! El alma viva exigirá vida, el alma viva no obedecerá a la mecánica, el alma viva es sospechosa, ¡el alma viva es retrógrada! Y aquí, aunque huela a carroña, se puede hacer de caucho, ¡pero no es viva, no tiene voluntad, es esclava, no se rebelará! Y resulta que todo se reduce a una simple colocación de ladrillos y a la disposición de pasillos y habitaciones en el falansterio. El falansterio está listo, pero vuestra naturaleza aún no está lista para el falansterio, ¡quiere vida, todavía no ha completado el proceso vital, es pronto para ir al cementerio! ¡Con la sola lógica no se puede saltar por encima de la naturaleza! La lógica prevé tres casos, ¡pero hay un millón! Cortar todo el millón y reducir todo a la sola cuestión de la comodidad. ¡La solución más fácil del problema! Seductoramente clara, y no hay que pensar. ¡Lo principal es no pensar! Todo el secreto de la vida cabe en dos pliegos impresos.

—Mira cómo se ha desatado, tamborilea. Hay que sujetarlo de las manos —reía Porfiri—. Imagínese —se volvió hacia Raskólnikov—, ayer por la tarde fue así, en una habitación, a seis voces, y además después de emborracharlos previamente con ponche, ¿puede imaginárselo? No, hermano, mientes: el «medio» significa mucho en el crimen; eso te lo confirmaré.

—Ya sé yo que significa mucho, pero dime esto: un cuarentón deshonra a una niña de diez años, ¿fue el medio lo que lo empujó a eso?

—Bueno, pues sí, en sentido estricto, quizá incluso el medio —observó Porfiri con sorprendente gravedad—, el crimen contra la niña puede explicarse muy, pero muy bien por el «medio».

Razumijin casi montó en cólera.

—Bueno, ¿quieres que te deduzca ahora mismo —rugió— que tienes las pestañas blancas únicamente porque en Iván el Grande hay treinta y cinco sajenes de altura, y te lo deduciré clara, precisa, progresivamente e incluso con matiz liberal? ¡Me atrevo! Bueno, ¿quieres apostar?

—¡Acepto! Escuchemos, por favor, cómo lo deduce.

—¡Pero si todo es fingimiento, demonio! —exclamó Razumijin levantándose de un salto y agitando el brazo—. Pero ¿vale la pena hablar contigo? Lo hace todo adrede, todavía no lo conoces, Rodión. Y ayer tomó su partido, solo para burlarse de todos. ¡Y lo que dijo ayer, Señor! ¡Y cómo se alegraron ellos!… Porque es capaz de aguantar así dos semanas. El año pasado nos convenció de algo de que entraba en un monasterio: ¡dos meses se mantuvo en sus trece! Hace poco se le ocurrió convencernos de que se casaba, de que ya estaba todo preparado para la boda. Hasta se hizo un traje nuevo. Ya empezábamos a felicitarle. Ni novia ni nada hubo: ¡todo un espejismo!

—¡Ahí has mentido! Me hice el traje antes. Fue por el traje nuevo que se me ocurrió tomaros el pelo a todos.

—¿De veras es usted tan embustero? —preguntó negligentemente Raskólnikov.

—¿Y tú pensabas que no? Espera, que también a ti te engañaré. Ja-ja-ja. No, verá usted, le diré toda la verdad. Con motivo de todas estas cuestiones, crímenes, medio, muchachitas, me he acordado ahora, aunque por lo demás siempre me interesó, de un artículo suyo: «Sobre el crimen»… o como fuera, he olvidado el título, no lo recuerdo. Hace dos meses tuve el placer de leerlo en la «Palabra Periódica».

—¿Mi artículo? ¿En la «Palabra Periódica»? —preguntó Raskólnikov sorprendido—. Yo en efecto escribí, hace medio año, cuando salí de la universidad, con motivo de un libro, un artículo, pero entonces lo llevé al periódico «Palabra Semanal», no a la «Periódica».

—Y fue a parar a la «Periódica».

—Pero es que la «Palabra Semanal» dejó de existir, por eso entonces no lo publicaron…

—Es verdad, señor; pero, al dejar de existir, la «Palabra Semanal» se fusionó con la «Palabra Periódica», y por eso su artículo apareció hace dos meses en la «Palabra Periódica». ¿Y no lo sabía?

Raskólnikov en efecto no sabía nada.

—¡Por Dios, pero puede pedir dinero por el artículo! Aunque, qué carácter tiene. Vive tan aislado que ni siquiera se entera de cosas que le conciernen directamente. Esto es un hecho, señor.

—¡Bravo, Rodia! ¡Yo tampoco lo sabía! —exclamó Razumijin—. ¡Hoy mismo iré a la sala de lectura y pediré el número! ¿De hace dos meses? ¿De qué fecha? ¡Da igual, lo encontraré! ¡Vaya cosa! ¡Y no dice nada!

—¿Y usted cómo supo que el artículo era mío? Está firmado con una inicial.

—Por casualidad, y hace solo unos días. A través del editor; le conozco… Me interesó mucho.

—Examinaba, según recuerdo, el estado psicológico del criminal durante todo el transcurso del crimen.

—Sí, señor, e insiste en que el acto de ejecución del crimen siempre va acompañado de enfermedad. Muy, muy original, pero… a mí, propiamente, no fue esa parte de su artículo la que me interesó, sino cierta idea, pasada por alto al final del artículo, pero que usted, desgraciadamente, solo expone mediante una alusión, de forma poco clara… En una palabra, si recuerda, se insinúa que existen en el mundo supuestamente ciertas personas que pueden… es decir, no que pueden, sino que tienen pleno derecho a cometer toda clase de desmanes y crímenes, y que para ellos supuestamente ni siquiera se ha escrito la ley.

Raskólnikov sonrió ante la distorsión forzada e intencionada de su idea.

—¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Derecho al crimen? ¿Pero no es porque «el medio ha machacado»? —preguntó Razumijin con cierto espanto incluso.

—No, no, no del todo por eso —respondió Porfiri—. El caso está en que en su artículo todas las personas se dividen de algún modo en «ordinarias» y «extraordinarias». Las ordinarias deben vivir en obediencia y no tienen derecho a transgredir la ley, porque son, como ve, ordinarias. Las extraordinarias, en cambio, tienen derecho a cometer toda clase de crímenes y a transgredir la ley de todas las formas, propiamente porque son extraordinarias. Así es en usted, me parece, si no me equivoco.

—¡Pero cómo es posible! ¡No puede ser así! —murmuraba Razumijin perplejo.

Raskólnikov sonrió de nuevo. Comprendió de golpe de qué se trataba y hacia dónde querían empujarlo; recordaba su artículo. Decidió aceptar el desafío.

—No es del todo así en mí —comenzó simple y modestamente—. Sin embargo, reconozco que lo ha expuesto casi correctamente, incluso, si quiere, completamente correcto… (Le resultaba incluso grato reconocer que completamente correcto.) La diferencia está únicamente en que yo no insisto en absoluto en que las personas extraordinarias deban y estén obligadas a cometer siempre toda clase de desmanes, como dice usted. Me parece incluso que un artículo así ni siquiera se habría publicado. Yo simplemente insinué que el hombre «extraordinario» tiene derecho… es decir, no un derecho oficial, sino que él mismo tiene derecho a permitir a su conciencia saltar… ciertos obstáculos, y únicamente en el caso de que la ejecución de su idea (a veces salvadora, quizá, para toda la humanidad) lo requiera. Usted se ha dignado decir que mi artículo no es claro; estoy dispuesto a aclarárselo, en lo posible. Quizá no me equivoque suponiendo que a usted, me parece, le gustaría; permítame, señor. En mi opinión, si los descubrimientos de Kepler y Newton, a consecuencia de ciertas combinaciones, de ninguna manera hubieran podido hacerse conocidos a la gente sino con el sacrificio de la vida de una, diez, cien personas o más que hubieran estorbado ese descubrimiento o se hubieran puesto en el camino como obstáculo, entonces Newton habría tenido derecho, e incluso habría estado obligado… a eliminar a esos diez o cien hombres para dar a conocer sus descubrimientos a toda la humanidad. De esto, sin embargo, no se deduce en absoluto que Newton tuviera derecho a matar a quien le viniera en gana, a todo el que pasa o cruza, o a robar cada día en el mercado. Además, según recuerdo, desarrollo en mi artículo que todos… bueno, por ejemplo, aunque solo sean los legisladores y fundadores de la humanidad, comenzando por los más antiguos, continuando por los Licurgos, Solones, Mahomas, Napoleones, etcétera, todos hasta el último fueron criminales, ya por el solo hecho de que, al dar una ley nueva, con eso mismo violaban la antigua, santamente venerada por la sociedad y transmitida por los padres, y, desde luego, no se detenían ante la sangre, si solo la sangre (a veces completamente inocente y derramada valerosamente por la ley antigua) podía ayudarles. Es notable incluso que la mayor parte de estos bienhechores y fundadores de la humanidad fueron especialmente terribles derramadores de sangre. En una palabra, deduzco que también todos, no solo los grandes, sino los que salen aunque sea un poco de la norma, es decir, los apenas capaces de decir algo nuevo, deben, por su naturaleza, ser forzosamente criminales, más o menos, claro está. De otro modo les sería difícil salirse de la norma, y permanecer en la norma, desde luego, no pueden consentir, de nuevo por su naturaleza, y según yo, incluso están obligados a no consentir. En una palabra, ve usted que hasta aquí no hay nada especialmente nuevo. Esto se ha impreso y leído mil veces. En cuanto a mi división de las personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es algo arbitraria, pero yo no insisto en cifras exactas. Solo creo en mi idea principal. Consiste precisamente en que las personas, por ley de la naturaleza, se dividen en general en dos categorías: en la inferior (de ordinarios), es decir, por así decir, en material, que sirve únicamente para engendrar a sus semejantes, y propiamente en personas, es decir, que tienen el don o el talento de decir una palabra nueva en su medio. Las subdivisiones aquí son, claro está, infinitas, pero los rasgos distintivos de ambas categorías son bastante marcados: la primera categoría, es decir, el material, en general, personas por su naturaleza conservadoras, formales, viven en la obediencia y gustan de ser obedientes. En mi opinión, están obligadas a ser obedientes, porque ese es su destino, y en eso no hay absolutamente nada humillante para ellas. La segunda categoría, todos transgreden la ley, son destructores, o inclinados a ello, según sus capacidades. Los crímenes de estas personas son, claro está, relativos y muy variados; en su mayor parte exigen, en muy diversas manifestaciones, la destrucción de lo presente en nombre de lo mejor. Pero si le hace falta, para su idea, pasar aunque sea por encima de un cadáver, por encima de la sangre, entonces puede, en mi opinión, darse a sí mismo permiso en su interior, en su conciencia, para pasar por encima de la sangre, según, claro está, la idea y sus dimensiones; note esto. Solo en este sentido hablo en mi artículo de su derecho al crimen. (Recordará que nosotros empezamos por la cuestión jurídica.) Sin embargo, no hay por qué inquietarse mucho: la masa casi nunca les reconoce ese derecho, los ejecuta y cuelga (más o menos) y con eso, con toda justicia, cumple su misión conservadora, con tal, sin embargo, de que en las generaciones siguientes esa misma masa ponga en un pedestal a los ejecutados y los adore (más o menos). La primera categoría es siempre señora del presente; la segunda categoría, señora del futuro. Los primeros conservan el mundo y lo aumentan numéricamente; los segundos mueven el mundo y lo conducen a su meta. Unos y otros tienen un derecho absolutamente igual a existir. En una palabra, para mí todos tienen derecho equivalente, y ¡vive la guerre éternelle! hasta la Nueva Jerusalén, claro está.

—¿Así que cree en la Nueva Jerusalén?

—Creo —respondió firmemente Raskólnikov; al decir esto y durante toda su larga perorata, miraba al suelo, habiendo elegido un punto en la alfombra.

—Y-y-y ¿en Dios cree? Disculpe que sea tan curioso.

—Creo —repitió Raskólnikov levantando los ojos hacia Porfiri.

—Y-y en la resurrección de Lázaro ¿cree?

—C-creo. ¿Para qué le interesa todo esto?

—¿Literalmente cree?

—Literalmente.

—Ya veo, señor… así que me he permitido la curiosidad. Disculpe, señor. Pero permítame, volviendo a lo de antes, no siempre los ejecutan; algunos, por el contrario…

—Triunfan en vida. Oh, sí, algunos alcanzan incluso en vida, y entonces…

—Ellos mismos empiezan a ejecutar.

—Si hace falta y, sabe, incluso en su mayor parte. En general su observación es ingeniosa.

—Se lo agradezco, señor. Pero dígame: ¿cómo se distingue a esos extraordinarios de los ordinarios? ¿Al nacer hay signos? Lo digo en el sentido de que aquí haría falta más precisión, por así decir, una definición más exterior: disculpe la inquietud natural de un hombre práctico y bien intencionado, pero ¿no se podría establecer una vestimenta especial, por ejemplo, llevar algo, alguna marca, o algo así?… Porque, reconozca, si se produce confusión y uno de una categoría se imagina que pertenece a la otra categoría y empieza a «eliminar todos los obstáculos», como ha expresado usted tan acertadamente, entonces, verá…

—Oh, eso ocurre muy frecuentemente. Esta observación suya es aún más ingeniosa que la anterior…

—Gracias, señor…

—No hay de qué, señor; pero tenga en cuenta que el error solo es posible por parte de la primera categoría, es decir, de las personas «ordinarias» (como quizá las he llamado yo muy desafortunadamente). A pesar de su propensión innata a la obediencia, por cierta juguetona naturaleza de la que no se priva ni siquiera la vaca, muchísimos de ellos gustan de imaginarse personas avanzadas, «destructores», y meterse en la «palabra nueva», y esto completamente de buena fe, señor. Pero a los verdaderamente nuevos, mientras tanto, muy a menudo ni los ven ni los desprecian, como si fueran retrasados y de pensamiento humillante. Pero, en mi opinión, aquí no puede haber un peligro significativo, y en verdad usted no tiene de qué preocuparse, porque ellos nunca van lejos. Por la exaltación, claro está, a veces se les puede azotar para que recuerden su lugar, pero nada más; aquí ni siquiera hace falta ejecutor: ellos mismos se azotan, porque son muy bien educados; unos prestan ese servicio a otros, y otros se lo hacen a sí mismos con sus propias manos… Imponen sobre sí penitencias públicas diversas, resulta hermoso y edificante, en una palabra, a usted no le queda por qué preocuparse… Hay tal ley.

—Bueno, al menos por ese lado me ha tranquilizado algo; pero he aquí otra desgracia, señor: dígame, por favor, ¿son muchas esas personas que tienen derecho a degollar a otros, esos «extraordinarios»? Yo, claro está, estoy dispuesto a inclinarme, pero reconozca que da miedo, señor, si van a ser demasiados, ¿eh?

—Oh, no se preocupe tampoco de eso —continuó Raskólnikov en el mismo tono—. En general, personas con una idea nueva, aunque solo sean apenas capaces de decir algo nuevo, nacen extraordinariamente pocas, hasta extrañamente pocas. Solo queda claro una cosa, que el orden del nacimiento de las personas, de todas esas categorías y subdivisiones, debe de estar determinado muy exacta y precisamente por alguna ley de la naturaleza. Esa ley, claro está, ahora se desconoce, pero creo que existe y que en el futuro puede llegar a conocerse. La enorme masa de personas, el material, existe en el mundo solo para que al final, mediante algún esfuerzo, mediante algún proceso todavía misterioso, por medio de algún cruzamiento de razas y especies, haga un esfuerzo y produzca al mundo, bueno, aunque sea de mil uno, al menos un hombre algo independiente. Con mayor independencia nace, quizá, uno de diez mil (hablo de modo aproximado, visual). Con aún mayor independencia, uno de cien mil. Los hombres geniales, de millones, y los grandes genios, coronadores de la humanidad, quizá tras el transcurso de muchos miles de millones de personas en la tierra. En una palabra, no he mirado en la retorta en la que todo esto ocurre. Pero una ley definida sin duda hay y debe haber; aquí no puede haber azar.

—¡Pero qué, bromeáis los dos o no! —exclamó por fin Razumijin—. ¿Os tomáis el pelo mutuamente o no? ¡Ahí sentados, uno burlándose del otro! ¿Hablas en serio, Rodia?

Raskólnikov levantó hacia él en silencio su rostro pálido y casi triste y no respondió nada. Y extraña le pareció a Razumijin, junto a ese rostro tranquilo y triste, la mordacidad destapada, importuna, irritable y descortés de Porfiri.

—Bueno, hermano, si realmente esto es en serio, entonces… Tienes razón, claro, al decir que no es nuevo y se parece a todo lo que hemos leído y oído mil veces; pero lo que realmente es original en todo esto, y realmente te pertenece solo a ti, para mi horror, es que de todos modos permites la sangre en conciencia, y, perdóname, incluso con tal fanatismo… En esto, pues, consiste la idea principal de tu artículo. Porque ese permiso de sangre en conciencia, esto… esto, en mi opinión, es más terrible que si fuera un permiso oficial, legal, de derramar sangre…

—Completamente cierto, más terrible, señor —respondió Porfiri.

—No, de algún modo te has dejado llevar. Aquí hay un error. Lo leeré… Te dejaste llevar. No puedes pensar así… Lo leeré.

—En el artículo no está todo eso, ahí solo hay alusiones —pronunció Raskólnikov.

—Sí, señor, sí, señor —no se quedaba quieto Porfiri—, ahora casi me ha quedado claro cómo se digna usted contemplar el crimen, señor, pero… disculpe por mi impertinencia (molesto demasiado, me da vergüenza), es que, verá usted, señor: usted me tranquilizó hace poco mucho, señor, sobre los casos erróneos de confusión de ambas categorías, pero… me siguen preocupando diversos casos prácticos. ¡Pues qué tal si algún marido o joven se imagina que es Licurgo o Mahoma… futuro, claro está… y empieza a eliminar para ello todos los obstáculos…! Se avecina, dicen, una expedición lejana, y para la expedición se necesita dinero… y empieza a procurárselo para la expedición… ¿entiende?

Zamiótov de pronto resopló desde su rincón. Raskólnikov ni siquiera levantó los ojos hacia él.

—Debo reconocer —respondió tranquilamente— que tales casos realmente deben darse. Los tontos y vanidosos especialmente pican en ese anzuelo; la juventud en especial.

—¿Lo ve usted, señor? Pues bien, ¿cómo entonces, señor?

—Pues así —sonrió Raskólnikov—. Yo no tengo la culpa de eso. Así es y será siempre. Él (señaló a Razumijin con la cabeza) decía hace poco que yo permito la sangre. ¿Y qué? La sociedad está suficientemente asegurada con los destierros, las cárceles, los jueces de instrucción, las presidios… ¿de qué preocuparse? ¡Y busquen al ladrón!…

—Bueno, ¿y si lo encontramos?

—Ese es su camino.

—Es usted lógico. Bueno, señor, ¿y qué hay de su conciencia?

—¿Y a usted qué le importa?

—Bueno, así, por humanidad, señor.

—El que la tenga, que sufra si reconoce el error. Ese es su castigo, aparte del presidio.

—Bueno, pero los verdaderamente geniales —preguntó Razumijin frunciendo el ceño—, esos, a los que se les ha dado el derecho a degollar, esos ¿no deben sufrir en absoluto, ni siquiera por la sangre derramada?

—¿Por qué la palabra: deben? Aquí no hay ni permiso ni prohibición. Que sufra si le da lástima la víctima… El sufrimiento y el dolor siempre son obligatorios para una conciencia amplia y un corazón profundo. Los hombres verdaderamente grandes, me parece, deben sentir en el mundo una gran tristeza —añadió de pronto pensativo, incluso fuera del tono de la conversación.

Levantó los ojos, miró pensativo a todos, sonrió, tomó la gorra. Estaba demasiado tranquilo en comparación con cómo había entrado antes, y lo sentía. Todos se levantaron.

—Bueno, señor, insúlteme o no, enfádese o no, yo no puedo aguantarme —concluyó de nuevo Porfiri Petróvich—, permítame una pregunta más (¡le molesto muchísimo, señor!), una sola ideíta pequeña quería deslizar, únicamente para no olvidarla, señor…

—Bien, diga su ideíta —Raskólnikov, serio y pálido, estaba de pie ante él en espera.

—Pues, señor… en verdad, no sé cómo expresarme mejor… la ideíta es demasiado juguetona… psicológica, señor… Pues, señor, cuando componía su artículo, ¿no puede ser, je-je, que usted mismo no se considerara, bueno aunque sea un poquito, también una persona «extraordinaria» y que dice una palabra nueva, en su sentido, señor…? ¿Verdad, señor?

—Muy posible —respondió Raskólnikov con desprecio.

Razumijin hizo un movimiento.

—Y si es así, señor, ¿no se habría decidido usted mismo, en vista de algunos fracasos vitales y estrecheces o para coadyuvar de algún modo a toda la humanidad, a saltar por encima del obstáculo…? Bueno, por ejemplo, ¿a matar y robar?…

Y de pronto de nuevo como que le guiñó el ojo izquierdo y se rió inaudiblemente, exactamente igual que antes.

—Si yo hubiera saltado, desde luego no se lo diría a usted —respondió Raskólnikov con desprecio desafiante y altanero.

—No, señor, es que solo me intereso, propiamente, para la comprensión de su artículo, en un sentido solamente literario, señor…

«¡Uf, qué evidente y descarado es esto!», pensó Raskólnikov con repugnancia.

—Permítame observarle —respondió secamente— que yo no me considero Mahoma ni Napoleón… ni ninguna de esas personas semejantes, por consiguiente, y no siendo ellos, no puedo darle una explicación satisfactoria de cómo habría actuado.

—Pero vamos, ¿quién en nuestra Rusia no se considera ahora Napoleón? —pronunció de pronto Porfiri con terrible familiaridad. Hasta en la entonación de su voz había esta vez algo especialmente claro.

—¿No fue precisamente algún futuro Napoleón quien la semana pasada despachó con un hacha a nuestra Aliona Ivánovna? —soltó de pronto Zamiótov desde el rincón.

Raskólnikov guardó silencio y miraba fija, firmemente, a Porfiri. Razumijin frunció el ceño sombríamente. Ya antes le había parecido algo. Miró furioso alrededor. Pasó un minuto de sombrío silencio. Raskólnikov se volvió para irse.

—¿Ya se va? —pronunció Porfiri dulcemente, tendiéndole la mano con extrema amabilidad—. Muy, muy contento de conocerle. Y en cuanto a su solicitud no tenga ninguna duda. Escriba tal cual le he dicho. Aunque lo mejor es que venga a verme allí… cuando sea… en estos días… aunque sea mañana. Estaré allí hacia las once, seguro. Todo lo arreglaremos… hablaremos… Usted, como uno de los últimos que estuvieron allí, quizá podría decirnos algo… —añadió con aire bonachonísimo.

—¿Quiere interrogarme oficialmente, con toda la formalidad? —preguntó bruscamente Raskólnikov.

—¿Para qué, señor? De momento eso no es necesario en absoluto. Me ha entendido mal. Yo, verá usted, no desaprovecho ocasiones y… y ya he conversado con todos los empeñadores… de algunos he recibido declaraciones… y usted, como el último… Pero sí, ¡a propósito! —exclamó alegrándose de pronto por algo—, a propósito recuerdo, ¡pero qué es esto!… —se volvió hacia Razumijin—, pues mira que me machacaste los oídos entonces con ese Nikolashka… bueno, pues ya sé, ya sé —se volvió hacia Raskólnikov— que el muchacho está limpio, pero qué se le va a hacer, también hubo que molestar a Mitka… el caso es este, señor, toda la cuestión, señor: al pasar entonces por la escalera… permítame: ¿usted estuvo hacia las ocho, señor?

—Hacia las ocho —respondió Raskólnikov, sintiendo desagradablemente en ese mismo segundo que podría no haberlo dicho.

—Pues al pasar, señor, hacia las ocho, señor, por la escalera, señor, ¿no vio acaso en el segundo piso, en un piso abierto, recuerda, a dos obreros o al menos a uno de ellos? Estaban pintando allí, ¿no se fijó? ¡Esto es muy, muy importante para ellos!…

—¿Pintores? No, no vi… —respondió Raskólnikov despacio y como rebuscando en los recuerdos, al mismo tiempo tensándose con todo su ser y muriéndose de angustia por adivinar cuanto antes en qué consistía exactamente la trampa y no pasar por alto nada—. No, no vi, y no me fijé en ningún piso así, abierto… pero en el cuarto piso (ya dominaba por completo la trampa y triunfaba) recuerdo que un funcionario se mudaba de su piso… enfrente de Aliona Ivánovna… lo recuerdo… lo recuerdo claramente… soldados sacaban un diván o algo así y me apretaron contra la pared… pero pintores, no, no recuerdo que hubiera pintores… y ningún piso abierto en ninguna parte, me parece. No; no lo había…

—¡Pero qué dices! —gritó de pronto Razumijin como despertando y cayendo en la cuenta—. Pero si los pintores pintaban el mismo día del asesinato, y él estuvo allí tres días antes. ¿Qué preguntas?

—¡Uf, me he confundido! —se dio una palmada en la frente Porfiri—. ¡Que me lleve el diablo, este asunto me tiene la cabeza del revés! —se dirigió a Raskólnikov como disculpándose—. ¡Nos sería tan importante saber si alguien los vio, en el piso, señor, hacia las ocho, que ahora mismo se me ha figurado que usted también podría decirnos algo… me he confundido del todo!

—Así que hay que ser más atento —observó sombríamente Razumijin.

Las últimas palabras se pronunciaron ya en el recibidor. Porfiri Petróvich los acompañó hasta la puerta con extrema amabilidad. Ambos salieron sombríos y ceñudos a la calle y no hablaron ni una palabra durante varios pasos. Raskólnikov respiró hondo…

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