Capítulo 7El asesinato de la prestamista
La puerta, como entonces, se abrió apenas una rendija, y otra vez dos miradas agudas y desconfiadas se clavaron en él desde la oscuridad. Entonces Raskólnikov perdió la cabeza e iba a cometer un grave error.
Temiendo que la vieja se asustara de que estaban solos, y sin confiar en que su aspecto la tranquilizara, agarró la puerta y tiró de ella hacia sí, para que la vieja de algún modo no se le ocurriera volver a cerrarla. Al ver esto, ella no tiró de la puerta hacia dentro, pero tampoco soltó el picaporte, de modo que casi la sacó fuera, con puerta y todo, a la escalera. Viendo que ella se plantaba en la puerta de través sin dejarlo pasar, él fue derecho hacia ella. Ella retrocedió asustada, quiso decir algo, pero como si no pudiera y lo miró con los ojos muy abiertos.
—Buenos días, Aliona Ivánovna —empezó él con todo el desparpajo que pudo, pero la voz no le obedeció, se le cortó y tembló—. Le traigo… una cosa… pero mejor vayamos allá… a la luz… —Y, dejándola atrás, entró derecho en la habitación, sin invitación. La vieja corrió tras él; se le soltó la lengua.
—¡Señor! ¿Pero qué quiere?… ¿Quién es? ¿Qué desea?
—Perdone, Aliona Ivánovna… conocido suyo… Raskólnikov… aquí le traigo la prenda que le prometí el otro día… —Y le tendió la prenda.
La vieja echó una mirada a la prenda, pero enseguida clavó los ojos directo en los ojos del huésped no invitado. Miraba atenta, malévola y desconfiada. Pasó un minuto; a él le pareció incluso ver algo como burla en sus ojos, como si ella ya se hubiera dado cuenta de todo. Él sentía que se desconcertaba, que casi tenía miedo, tanto miedo, que parecía que si ella seguía mirándolo así, sin decir palabra medio minuto más, él habría huido de ella.
—¿Por qué me mira así, como si no me reconociera? —dijo de pronto, también con malevolencia—. Acéptela si quiere, y si no me voy a otro lado, no tengo tiempo.
Ni siquiera había pensado decir esto, sino que se le salió de repente.
La vieja se recobró, y el tono resuelto del huésped la animó visiblemente.
—Pero ¿por qué tan de repente, batíushka?… ¿Qué es eso? —preguntó, mirando la prenda.
—Una pitillera de plata: ya se lo dije la vez pasada.
Ella extendió la mano.
—¿Y por qué está tan pálido? Mire, hasta las manos le tiemblan. ¿Se bañó, acaso, batíushka?
—Fiebre —respondió él cortante—. Por fuerza uno se pone pálido… cuando no hay qué comer —añadió, pronunciando apenas las palabras. Las fuerzas lo abandonaban de nuevo. Pero la respuesta pareció verosímil; la vieja tomó la prenda.
—¿Qué es? —preguntó, examinando a Raskólnikov una vez más atentamente y sopesando la prenda en la mano.
—La cosa… pitillera… plata… mírela.
—Pero ¿cómo es que no parece de plata?… Qué bien envuelta está.
Tratando de desatar el cordón y volviéndose hacia la ventana, hacia la luz (todas las ventanas estaban cerradas, a pesar del bochorno), lo dejó del todo por unos segundos y le dio la espalda. Él se desabrochó el abrigo y liberó el hacha del lazo, pero aún no la sacó del todo, solo la sostuvo con la mano derecha bajo la ropa. Las manos le flaqueaban terriblemente; a él mismo le parecía oírlas entumecerse y agarrotarse más a cada instante. Temía soltar y dejar caer el hacha… de pronto la cabeza pareció darle vueltas.
—¡Pero qué bien la envolvió! —exclamó la vieja con fastidio y se movió hacia él.
No había ni un momento más que perder. Sacó el hacha del todo, la alzó con ambas manos, apenas sintiéndose, y casi sin esfuerzo, casi maquinalmente, la dejó caer sobre la cabeza con el lado romo. No parecía tener fuerzas. Pero apenas dejó caer el hacha una vez, allí nació en él la fuerza.
La vieja, como siempre, iba con la cabeza descubierta. Su pelo claro con canas, escaso, untado de grasa como de costumbre, estaba trenzado en una colita de rata y recogido bajo un pedazo de peineta de cuerno que sobresalía en la nuca. El golpe le dio en plena coronilla, lo que favoreció su poca estatura. Ella gritó, pero muy débilmente, y de pronto se desplomó toda hacia el suelo, aunque aún alcanzó a levantar ambas manos a la cabeza. En una mano seguía sosteniendo la «prenda». Entonces él golpeó con toda su fuerza una vez y otra, siempre con el lado romo y siempre en la coronilla. La sangre brotó como de un vaso volcado, y el cuerpo cayó de espaldas. Él retrocedió, la dejó caer y enseguida se agachó sobre su rostro; ella ya estaba muerta. Los ojos se le habían salido de las órbitas, como queriendo saltar, y la frente y toda la cara estaban arrugadas y deformadas por la convulsión.
Dejó el hacha en el suelo, junto a la muerta, y enseguida le metió mano al bolsillo, tratando de no mancharse con la sangre que manaba —a ese mismo bolsillo derecho del que ella había sacado las llaves la vez anterior. Estaba en pleno uso de razón, no había más ofuscaciones ni mareos, pero las manos seguían temblándole. Recordó después que había estado incluso muy atento, cauteloso, tratando de no mancharse de nada… Sacó las llaves enseguida; todas, como entonces, estaban en un solo aro, en una argolla de acero. Enseguida corrió con ellas al dormitorio. Era una habitación muy pequeña, con un enorme iconostasio. Junto a la otra pared había una cama grande, muy limpia, con una colcha de seda acolchada, de retazos. Junto a la tercera pared estaba la cómoda. Cosa extraña: apenas comenzó a probar las llaves en la cómoda, apenas oyó su tintineo, como que una convulsión lo recorrió. De nuevo le dieron ganas de dejarlo todo e irse. Pero fue solo un instante; era tarde para irse. Hasta se rió de sí mismo, cuando de pronto otro pensamiento inquietante le cruzó la cabeza. De pronto se le figuró que la vieja quizá estaba aún viva y podía aún recobrar el sentido. Dejando las llaves y la cómoda, corrió de vuelta al cuerpo, agarró el hacha y la alzó otra vez sobre la vieja, pero no la dejó caer. No había duda de que estaba muerta. Agachándose y examinándola de nuevo más de cerca, vio claramente que el cráneo estaba destrozado e incluso torcido un poco hacia un lado. Quiso tocarlo con el dedo, pero retiró la mano; de todos modos se veía. Mientras tanto ya se había formado un charco entero de sangre. De pronto notó un cordón en el cuello de ella, tiró de él, pero el cordón era fuerte y no se rompía; además estaba empapado de sangre. Trató de sacarlo así, del pecho, pero algo lo estorbaba, se había atascado. Con impaciencia alzó el hacha otra vez para cortar el cordón allí mismo, sobre el cuerpo, desde arriba, pero no se atrevió, y con dificultad, manchándose las manos y el hacha, tras forcejear dos minutos, cortó el cordón sin tocar el cuerpo con el hacha, y lo sacó; no se había equivocado —un monedero. En el cordón había dos cruces, una de ciprés y otra de cobre, y, además, una estampita esmaltada; y allí mismo junto con ellos colgaba un pequeño monedero de gamuza, grasiento, con aro de acero y anillo. El monedero estaba muy apretadamente relleno; Raskólnikov lo metió en el bolsillo sin examinarlo, arrojó las cruces sobre el pecho de la vieja y, llevándose esta vez también el hacha, se lanzó de vuelta al dormitorio.
Tenía una prisa terrible, agarró las llaves y otra vez se puso a forcejear con ellas. Pero de algún modo todo salía mal: no entraban en las cerraduras. No es que las manos le temblaran tanto, sino que se equivocaba todo el tiempo: y veía, por ejemplo, que la llave no era, que no servía, pero igual la metía. De pronto recordó y comprendió que esa llave grande, con las muescas dentadas, que estaba allí colgando con las otras pequeñas, seguramente no era de la cómoda en absoluto (como ya se le había ocurrido la vez anterior), sino de algún baúl, y que en ese baúl, quizá, estaba todo guardado. Dejó la cómoda y enseguida se metió debajo de la cama, sabiendo que las viejas suelen poner los baúles debajo de las camas. Así era: había un baúl considerable, de más de un arshin de largo, con la tapa abombada, forrado de tafilete rojo, tachonado con clavos de acero. La llave dentada calzó justo y lo abrió. Arriba, bajo una sábana blanca, había un abrigo de piel de liebre, forrado de terciopelo rojo; debajo había un vestido de seda, luego un chal, y más adentro, parecía, todo era ropa vieja. Antes que nada se puso a limpiarse las manos manchadas de sangre en el terciopelo rojo. «Rojo, bueno, pues en lo rojo la sangre no se nota», razonó, y de pronto volvió en sí: «¡Señor! ¿Me estoy volviendo loco?», pensó con espanto.
Pero apenas movió esa ropa, de pronto, de debajo del abrigo, se deslizó un reloj de oro. Se lanzó a revolverlo todo. Efectivamente, entre la ropa vieja había mezcladas cosas de oro —probablemente todas prendas, rescatadas y sin rescatar— pulseras, cadenillas, pendientes, alfileres y demás. Algunas estaban en estuches, otras simplemente envueltas en papel de periódico, pero de manera cuidadosa y pulcra, en dobles hojas, y en torno atadas con cintas. Sin vacilar un momento, se puso a metérselas en los bolsillos del pantalón y del abrigo, sin revisar ni abrir los paquetes y estuches; pero no alcanzó a meter muchas…
De pronto le pareció que en la habitación donde estaba la vieja alguien caminaba. Se detuvo y se quedó inmóvil, como muerto. Pero todo estaba silencioso, de modo que se lo había figurado. De pronto se oyó claramente un grito leve, o como si alguien gimiera quedamente y entrecortado y callara. Luego otra vez silencio de muerte, un minuto o dos. Él se quedó en cuclillas junto al baúl y esperaba conteniendo apenas la respiración, pero de pronto saltó, agarró el hacha y salió corriendo del dormitorio.
En medio de la habitación estaba Lizaveta, con un bulto grande en las manos, y miraba petrificada a su hermana asesinada, toda blanca como un lienzo y como sin fuerzas para gritar. Al verlo salir corriendo, ella empezó a temblar como una hoja, con temblor menudo, y por toda la cara le corrieron convulsiones; levantó la mano, abrió la boca, pero de todos modos no gritó y empezó a retroceder despacio, de espaldas, hacia el rincón, mirándolo fija, directamente, pero siempre sin gritar, como si le faltara aire para gritar. Él se arrojó sobre ella con el hacha; los labios se le torcieron tan lastimosamente como a los niños muy pequeños cuando empiezan a asustarse de algo, miran fijamente al objeto que los asusta y se disponen a gritar. Y hasta tal punto esta desdichada Lizaveta era simple, apaleada y asustada de una vez para siempre, que ni siquiera levantó las manos para protegerse la cara, aunque ese era el gesto más necesario y natural en ese momento, porque el hacha estaba alzada directamente sobre su cara. Solo levantó apenas su mano izquierda libre, lejos de la cara, y lentamente la extendió hacia él hacia adelante, como apartándolo. El golpe le dio directo en el cráneo, con el filo, y de una vez le partió toda la parte superior de la frente, casi hasta la coronilla. Ella se desplomó. Raskólnikov se desconcertó del todo, agarró el bulto de ella, lo soltó otra vez y corrió al recibidor.
El miedo lo invadía más y más, sobre todo después de este segundo asesinato, completamente inesperado. Quería escapar de allí cuanto antes. Y si en ese momento él hubiera estado en condiciones de ver y razonar correctamente; si tan solo hubiera podido comprender todas las dificultades de su situación, toda la desesperación, toda la fealdad y todo el absurdo de la misma, entender además cuántas dificultades, y quizá también crímenes, le quedaban aún por superar y cometer para salir de allí y llegar a casa, muy posiblemente habría dejado todo y enseguida habría ido a entregarse él mismo, y no por miedo a sí mismo, sino solo por el horror y la repugnancia hacia lo que había hecho. La repugnancia sobre todo crecía y aumentaba en él a cada minuto. Por nada del mundo habría ido ahora al baúl ni siquiera a la habitación.
Pero cierta dispersión, como incluso ensimismamiento, empezó poco a poco a apoderarse de él: a ratos como que se olvidaba o, mejor dicho, se olvidaba de lo principal y se aferraba a menudencias. Sin embargo, echando un vistazo a la cocina y viendo en el banco un cubo medio lleno de agua, se le ocurrió lavarse las manos y el hacha. Las manos las tenía ensangrentadas y pegajosas. Metió el hacha con el filo directamente en el agua, agarró un pedazo de jabón que estaba allí en la ventana, sobre un platillo roto, y se puso, directamente en el cubo, a lavarse las manos. Después de lavárselas, sacó también el hacha, lavó el hierro, y largo rato, unos tres minutos, lavó la madera donde se había ensangrentado, probando la sangre incluso con jabón. Luego lo limpió todo con ropa que estaba allí secándose en una cuerda tendida a través de la cocina, y después largo rato, con atención, examinó el hacha junto a la ventana. No quedaron huellas, solo el mango aún estaba húmedo. Cuidadosamente metió el hacha en el lazo, bajo el abrigo. Luego, en la medida en que lo permitía la luz en la cocina oscura, examinó el abrigo, los pantalones, las botas. Por fuera, a primera vista, parecía que no había nada; solo en las botas había manchas. Mojó el trapo y limpió las botas. Sabía, sin embargo, que no las estaba mirando bien, que quizá había algo que saltaba a la vista y que él no notaba. Se quedó parado en medio de la habitación, pensativo. Una idea dolorosa, oscura, se levantaba en él —la idea de que estaba enloqueciendo y de que en ese momento no tenía fuerzas ni para razonar ni para defenderse, que quizá lo que estaba haciendo no era en absoluto lo que había que hacer… «¡Dios mío! ¡Hay que huir, huir!», murmuró y se lanzó al recibidor. Pero allí lo esperaba un espanto como nunca, seguramente, había experimentado.
Se quedó parado, miraba y no daba crédito a sus ojos: la puerta, la puerta exterior, del recibidor a la escalera, esa misma a la que hacía poco había tocado y entrado, estaba sin cerrojo, incluso entreabierta del todo, a un palmo abierta: ¡ni cerradura ni pestillo, todo el tiempo, todo este tiempo! La vieja no había cerrado tras él, quizá por precaución. ¡Pero Dios mío! ¡Si después había visto a Lizaveta! Y cómo pudo, cómo pudo no darse cuenta de que ella había entrado de alguna parte. ¡No a través de la pared!
Se lanzó hacia la puerta y echó el pestillo.
«Pero no, otra vez no es eso. ¡Hay que irse, irse!…»
Quitó el pestillo, abrió la puerta y se puso a escuchar en la escalera.
Estuvo escuchando largo rato. En algún lugar abajo, lejos, probablemente bajo el portón, dos voces gritaban fuerte y agudo, discutían y reñían. «¿Qué hacen?…» Esperó pacientemente. Por fin todo se silenció de golpe, como cortado; se habían ido. Ya quería salir, pero de pronto un piso más abajo se abrió con ruido una puerta a la escalera, y alguien empezó a bajar, tarareando una tonada. «¿Cómo es que todos hacen tanto ruido?», cruzó por su cabeza. Volvió a cerrar la puerta tras sí y esperó. Por fin todo enmudeció, ni un alma. Ya había dado un paso hacia la escalera, cuando de pronto se oyeron de nuevo pasos nuevos de alguien.
Esos pasos se oyeron muy lejos, aún en el mismo comienzo de la escalera, pero él recordó muy bien y claramente que desde el primer sonido, allí mismo, empezó a sospechar por alguna razón que esto era sin falta hacia aquí, al cuarto piso, donde la vieja. ¿Por qué? ¿Acaso los sonidos eran tan especiales, significativos? Los pasos eran pesados, parejos, lentos. Ya pasó el primer piso, ahora subía más; se oía más y más claro. Se oía la respiración pesada del que entraba. Ya empezaba el tercero… ¡Aquí! Y de pronto le pareció que se había petrificado, que era como en sueños, cuando sueñas que te persiguen, cerca, quieren matarte, y tú como clavado en el sitio y no puedes mover las manos.
Y por fin, cuando el huésped ya empezaba a subir al cuarto piso, solo entonces él se sacudió entero y logró deslizarse rápido y diestramente de vuelta del recibidor al apartamento y cerrar la puerta tras sí. Luego agarró el pestillo y en silencio, sin ruido, lo puso en la argolla. El instinto lo ayudó. Cuando terminó todo, se quedó escondido sin respirar, justo allí junto a la puerta. El huésped no invitado estaba también ya en la puerta. Ahora estaban uno frente al otro, como hacía poco él con la vieja, cuando la puerta los separaba y él escuchaba.
El huésped resopló pesadamente varias veces. «Gordo y grande debe de ser», pensó Raskólnikov, apretando el hacha en la mano. De verdad, todo parecía un sueño. El huésped agarró la campanilla y tocó fuerte.
Apenas tintineó el sonido de hojalata de la campanilla, a él de pronto le pareció que algo se movía en la habitación. Unos segundos incluso escuchó en serio. El desconocido tintineó otra vez, esperó aún y de pronto, impaciente, empezó con toda su fuerza a sacudir el picaporte de la puerta. Con horror miraba Raskólnikov el gancho del pestillo que saltaba en la argolla y con miedo estúpido esperaba que de un momento a otro el pestillo saltaría. Realmente, esto parecía posible: tan fuerte tironeaban. Pensó en sostener el pestillo con la mano, pero ese podía darse cuenta. La cabeza pareció empezar a darle vueltas otra vez. «¡Me voy a caer!», cruzó por él, pero el desconocido habló, y él enseguida volvió en sí.
—¿Qué hacen ahí, duermen o los estranguló alguien? ¡Maaaalditos! —rugió como desde un tonel—. ¡Eh, Aliona Ivánovna, vieja bruja! ¡Lizaveta Ivánovna, belleza indescriptible! ¡Abran! Ay, malditos, ¿están durmiendo, acaso?
Y otra vez, enfurecido, tiró de la campanilla unas diez veces seguidas, con toda su fuerza. Seguramente, este era un hombre autoritario y de confianza en la casa.
En ese mismo momento de pronto se oyeron pasos rápidos, menudos, no lejos en la escalera. Se acercaba alguien más. Raskólnikov al principio no lo oyó.
—¿De verdad no hay nadie? —gritó sonora y alegremente el recién llegado, dirigiéndose directo al primer visitante, que seguía tirando de la campanilla—. ¡Buenos días, Koch!
«A juzgar por la voz, debe de ser muy joven», pensó de pronto Raskólnikov.
—El diablo los conozca, casi rompo la cerradura —respondió Koch—. ¿Y cómo es que me conoce usted?
—¡Cómo! Anteayer, en el «Gambrinus», le gané tres partidas seguidas al billar.
—Ah-ah…
—¿Así que no están? Qué raro. Qué tontería, además, terrible. ¿Adónde iría la vieja? Tengo un asunto.
—Y yo también, batíushka, tengo un asunto.
—Bueno, ¿qué hacemos? Pues vuelta. ¡Ay! Y yo que pensaba conseguir dinero —exclamó el joven.
—Claro, vuelta, pero ¿para qué dar una hora? Ella misma, la bruja, me dio la hora. Me queda lejos. Y adónde diablos va, no lo entiendo. Todo el año se sienta la bruja, se marchita, le duelen las piernas, y de pronto sale de paseo.
—¿No preguntamos al portero?
—¿Qué?
—Adónde se fue y cuándo vuelve.
—Hm… demonios… preguntar… Pero si ella no va a ningún lado… —y tiró otra vez del picaporte—. Diablos, no queda más, hay que irse.
—¡Espere! —gritó de pronto el joven—. ¡Mire: ve cómo la puerta se despega, si se tira?
—¿Y?
—Significa que no está con cerradura, sino con pestillo, ¡con gancho, quiero decir! ¿Oye cómo suena el pestillo?
—¿Y?
—¿Pero cómo no entiende? Significa que alguien de ellas está en casa. Si se hubieran ido todas, desde fuera habrían cerrado con llave, y no con pestillo desde dentro. Y aquí —¿oye cómo suena el pestillo? Para echar el pestillo desde dentro, hay que estar en casa, ¿entiende? ¡Así que están sentadas en casa y no abren!
—¡Vaya! ¡Es verdad! —gritó el sorprendido Koch—. ¿Así que qué hacen ahí? —Y empezó a sacudir la puerta frenéticamente.
—¡Espere! —gritó otra vez el joven—. ¡No tire! Aquí algo no está bien… usted tocó, tiró, no abren; significa que o están las dos desmayadas, o…
—¿Qué?
—Pues esto: vamos a buscar al portero; que él mismo las despierte.
—¡De acuerdo! —Los dos se movieron escaleras abajo.
—¡Espere! Quédese aquí, que yo bajo corriendo por el portero.
—¿Para qué quedarme?
—Vaya uno a saber…
—Bueno…
—Es que yo me preparo para investigador judicial. ¡Aquí es evidente, e-vi-den-te que algo no está bien! —exclamó con ardor el joven y se lanzó escaleras abajo corriendo.
Koch se quedó, tocó otra vez suavemente la campanilla, y esta tintineó un golpe; luego en silencio, como reflexionando y examinando, empezó a mover el picaporte de la puerta, tirando y soltando, para convencerse otra vez de que estaba solo con el pestillo. Luego resoplando se agachó y empezó a mirar por el ojo de la cerradura; pero en él desde dentro estaba metida la llave y, por lo tanto, no se podía ver nada.
Raskólnikov estaba de pie y apretaba el hacha. Estaba como en delirio. Hasta se preparaba a pelear con ellos cuando entraran. Mientras golpeaban y se ponían de acuerdo, varias veces de pronto se le ocurrió acabar todo de una vez y gritarles desde detrás de la puerta. A ratos le daban ganas de empezar a insultarlos, burlarse de ellos, mientras no abrieran. «¡Que sea pronto ya!», cruzó por su cabeza.
—Pero él, demonio…
El tiempo pasaba, un minuto, otro —nadie venía. Koch empezó a moverse.
—¡Pero qué demonio!… —gritó de pronto y, impaciente, dejando su guardia, se fue también abajo, apresurándose y golpeando la escalera con las botas. Los pasos se apagaron.
—¡Señor, qué hacer!
Raskólnikov quitó el pestillo, entreabrió la puerta —no se oía nada, y de pronto, ya sin pensar en absoluto, salió, cerró lo más fuerte que pudo la puerta tras sí y se lanzó escaleras abajo.
Ya había bajado tres tramos, cuando de pronto se oyó un ruido fuerte abajo —¿dónde meterse? No había dónde esconderse. Corrió de vuelta, otra vez al apartamento.
—¡Eh, diablo, demonio! ¡Atrápalo!
Con un grito se arrancó alguien abajo de algún apartamento y no tanto corrió como se cayó escaleras abajo, gritando a todo pulmón:
—¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡Que el diaaaablo te lleve!
El grito terminó en un chillido; los últimos sonidos ya se oyeron en el patio; todo se calló. Pero en ese mismo instante varias personas, hablando fuerte y seguido, empezaron a subir ruidosamente por la escalera. Eran tres o cuatro. Distinguió la voz sonora del joven. «¡Son ellos!»
En total desesperación fue directo a su encuentro: ¡sea lo que sea! Si lo detienen, todo perdido, si lo dejan pasar, también todo perdido: lo recordarán. Ya se acercaban; entre ellos quedaba solo un tramo de escalera —y de pronto salvación. A pocos escalones de él, a la derecha, vacío y abierto de par en par, el apartamento, ese mismo apartamento del segundo piso en el que habían estado pintando los obreros, y ahora, como a propósito, se habían ido. Ellos, seguro, habían salido corriendo recién con ese grito. Los pisos recién pintados, en medio de la habitación estaban el tarrito y el cacharro con pintura y con brocha. En un instante se deslizó por la puerta abierta y se escondió tras la pared, y fue a tiempo: ellos ya estaban en el mismo descansillo. Luego giraron hacia arriba y pasaron de largo, al cuarto piso, hablando fuerte. Esperó, salió de puntillas y corrió escaleras abajo.
¡Nadie en la escalera! Bajo el portón tampoco. Rápido pasó el zaguán y giró a la izquierda por la calle.
Sabía muy bien, sabía perfectamente bien que ellos, en ese momento, ya estaban en el apartamento, que se habrían sorprendido mucho viendo que estaba abierto cuando recién estaba cerrado, que ya estaban mirando los cuerpos y que no pasaría más de un minuto hasta que adivinaran y comprendieran completamente que el asesino había estado allí recién y había logrado esconderse en algún lado, deslizarse junto a ellos, escapar; adivinarían, quizá, también que él había estado sentado en el apartamento vacío mientras ellos subían. Y sin embargo de ninguna manera se atrevía a acelerar mucho el paso, aunque hasta el primer giro quedaban cien pasos. «¿Meterme en algún zaguán y esperar en alguna escalera desconocida? No, ¡mal! ¿Tirar el hacha en algún lado? ¿Tomar un coche? ¡Mal! ¡Mal!»
Por fin, el callejón; giró hacia él medio muerto; allí ya estaba medio salvado y lo entendía: menos sospechas, además allí la gente pululaba fuerte, y él se borraba en ella como un grano de arena. Pero todos esos tormentos lo habían debilitado tanto que apenas se movía. El sudor le salía a gotas; el cuello lo tenía todo mojado. «¡Vaya borrachera que agarró!», le gritó alguien cuando él salió al canal.
Ahora apenas se recordaba a sí mismo; cuanto más lejos, peor. Recordó, sin embargo, cómo de pronto, al salir al canal, se asustó de que había poca gente y de que allí era más visible, y quiso volver al callejón. A pesar de que casi se caía, de todos modos dio un rodeo y llegó a casa desde otro lado completamente.
No en plena memoria pasó también por el portón de su casa; en todo caso ya había entrado a la escalera y solo entonces se acordó del hacha. Y sin embargo se le planteaba una tarea muy importante: devolverla a su sitio y lo más inadvertidamente posible. Claro que ya no tenía fuerzas para comprender que quizá habría sido mucho mejor no poner el hacha en el lugar anterior, sino arrojarla aunque fuera después, en algún patio ajeno.
Pero todo salió bien. La puerta de la portería estaba entornada, pero sin cerrojo, así que lo más probable era que el portero estuviera en casa. Pero hasta tal punto ya había perdido la capacidad de pensar en algo, que se acercó directo a la portería y la abrió. Si el portero le hubiera preguntado «¿qué necesita?», él quizá así sin más le habría entregado el hacha. Pero el portero otra vez no estaba, y él logró poner el hacha en el lugar anterior bajo el banco; hasta la cubrió con un leño como antes. No se encontró con nadie, ni un alma, después hasta su propia habitación; la puerta de la patrona estaba cerrada. Al entrar en la suya, se arrojó sobre el diván, así como estaba. No dormía, pero estaba en olvido. Si alguien hubiera entrado entonces en su habitación, él enseguida se habría levantado de un salto y habría gritado. Retazos y fragmentos de no sé qué pensamientos hormigueaban en su cabeza; pero no podía atrapar ninguno, no podía detenerse en ninguno, a pesar incluso de los esfuerzos…
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