Capítulo 15Raskólnikov rechaza el matrimonio de Dunia
Raskólnikov se incorporó y se sentó en el diván.
Agitó débilmente la mano en dirección a Razumijin para que interrumpiera todo aquel torrente de ardientes e incoherentes consuelos dirigidos a su madre y a su hermana, tomó a ambas de la mano y durante un par de minutos las fue mirando en silencio a una y a otra. Su mirada asustó a la madre. En aquella mirada se traslucía un sentimiento intenso hasta el sufrimiento, pero al mismo tiempo había algo inmóvil, incluso como de locura. Pulqueria Aleksándrovna se echó a llorar.
Avdotia Románovna estaba pálida; su mano temblaba en la mano de su hermano.
—Marchaos a casa… con él —dijo con voz entrecortada, señalando a Razumijin—, hasta mañana; mañana todo… ¿Hace mucho que llegasteis?
—Por la tarde, Ródia —respondió Pulqueria Aleksándrovna—, el tren se retrasó terriblemente. Pero, Ródia, yo no me marcho ahora de tu lado de ninguna manera. Me quedo aquí a pasar la noche a tu lado…
—¡No me tortures! —dijo él, agitando la mano irritado.
—¡Yo me quedo con él! —gritó Razumijin—, ¡ni un minuto lo dejo solo, y que se vayan al diablo todos los de mi casa, que se suban por las paredes! Allí tengo un tío que preside.
—¿Cómo, cómo os podré agradecer…? —empezó Pulqueria Aleksándrovna, apretando de nuevo las manos de Razumijin, pero Raskólnikov volvió a interrumpirla:
—No puedo, no puedo —repetía irritado—, no me tortures. Basta, marchaos… ¡No puedo!…
—Vámonos, mamá, salgamos al menos de la habitación un minuto —susurró Dunia asustada—, lo estamos matando, está claro.
—¿Y ni siquiera voy a poder mirarlo, después de tres años? —lloraba Pulqueria Aleksándrovna.
—¡Esperad! —los detuvo de nuevo—, me interrumpís todo el tiempo, y se me confunden los pensamientos… ¿Habéis visto a Lujin?
—No, Ródia, pero él ya sabe de nuestra llegada. Oímos, Ródia, que Piotr Petróvich fue tan amable de visitarte hoy —añadió Pulqueria Aleksándrovna con cierta timidez.
—Sí… fue tan amable… Dunia, antes le dije a Lujin que lo iba a echar escaleras abajo, y lo mandé al diablo…
—Ródia, ¿qué estás diciendo? Tú, seguro… tú no querrás decir… —empezó asustada Pulqueria Aleksándrovna, pero se detuvo mirando a Dunia.
Avdotia Románovna observaba fijamente a su hermano y esperaba la continuación. Ambas ya habían sido prevenidas de la riña por Nastasia, en la medida en que esta pudo entender y transmitir, y habían sufrido en el desconcierto y la espera.
—Dunia —continuó Raskólnikov con esfuerzo—, yo no deseo ese matrimonio, así que tú también deberás, mañana mismo, a la primera palabra, rechazar a Lujin, para que ni su olor se perciba.
—¡Dios mío! —gritó Pulqueria Aleksándrovna.
—Hermano, piensa lo que dices —empezó impetuosamente Avdotia Románovna, pero enseguida se contuvo—. Puede que ahora no estés en condiciones, estás cansado —dijo con suavidad.
—¿Deliro? No… Te casas con Lujin por mí. Pero yo no acepto sacrificios. Así que para mañana escribe una carta… con el rechazo… Dámela a leer por la mañana, y ¡basta!
—¡Eso no puedo hacerlo! —gritó la muchacha ofendida—. ¿Con qué derecho…?
—Dúnechka, tú también eres impulsiva, cálmate, mañana… ¿Es que no ves…? —se asustó la madre, precipitándose hacia Dunia—. Ay, vámonos mejor…
—¡Delira! —gritó el ebrio Razumijin—, ¡si no, cómo se habría atrevido! Mañana se le pasará toda esta tontería… Hoy de verdad lo echó. Y fue así. Bueno, y el otro se enfadó… Pronunció discursos aquí, hizo gala de sus conocimientos, y se marchó con el rabo entre las piernas…
—¿Así que es verdad? —gritó Pulqueria Aleksándrovna.
—Hasta mañana, hermano —dijo Dunia con compasión—, vámonos, mamá… Adiós, Ródia.
—¿Me oyes, hermana? —repitió él tras ella, reuniendo sus últimas fuerzas—, no deliro; este matrimonio es una vileza. Puede que yo sea un canalla, pero tú no debes serlo… basta con que lo sea uno… y aunque yo sea un canalla, a una hermana así no la consideraré mi hermana. ¡O yo, o Lujin! ¡Marchaos…!
—¡Pero si te has vuelto loco! ¡Déspota! —rugió Razumijin, pero Raskólnikov ya no respondió, y quizá tampoco estaba en condiciones de responder. Se tumbó en el diván y se volvió hacia la pared completamente exhausto. Avdotia Románovna miró con curiosidad a Razumijin; sus ojos negros centellearon: Razumijin hasta se estremeció bajo aquella mirada. Pulqueria Aleksándrovna permaneció como petrificada.
—De ninguna manera puedo marcharme —susurraba a Razumijin casi desesperada—, me quedo aquí, en algún sitio… acompañad a Dunia.
—¡Y lo echarás todo a perder! —susurró también Razumijin fuera de sí—, salgamos al menos a la escalera. Nastasia, ¡luz! Os juro —continuaba en voz baja, ya en la escalera— que hace poco por poco no nos pega, a mí y al doctor. ¿Lo entendéis? Al mismo doctor. Y este cedió para no irritarlo, y se marchó, y yo me quedé abajo de guardia, pero él se vistió y se escabulló. Y ahora se escabullirá, si lo irritáis, de noche, y se hará algo a sí mismo…
—¡Ay, qué estáis diciendo!
—Y además, a Avdotia Románovna le es imposible quedarse en el hotel sin vos. ¡Pensad dónde os habéis alojado! Ese canalla, Piotr Petróvich, ¿acaso no pudo conseguiros un alojamiento mejor…? Aunque, por cierto, sabéis que estoy un poco ebrio y por eso… os insulté; no hagáis caso…
—Pero iré a ver a la patrona de aquí —insistía Pulqueria Aleksándrovna—, le rogaré que nos dé a mí y a Dunia un rincón para esta noche. No puedo dejarlo así, ¡no puedo!
Mientras decían esto permanecían en la escalera, en el descansillo, justo delante de la puerta de la patrona. Nastasia les alumbraba desde el escalón inferior. Razumijin estaba en una extraordinaria excitación. Media hora antes, al acompañar a casa a Raskólnikov, aunque hablaba demasiado, cosa de la que era consciente, se hallaba completamente despejado y casi fresco, a pesar de la terrible cantidad de vino que había bebido aquella tarde. Ahora, en cambio, su estado se parecía a una especie de éxtasis, y al mismo tiempo era como si todo el vino bebido le hubiera subido de nuevo a la cabeza, de golpe y con doble fuerza. Permanecía de pie con las dos señoras, agarrándolas a ambas de la mano, convenciéndolas y exponiéndoles sus razones con una franqueza asombrosa, y probablemente para mayor convicción, a casi cada palabra que decía les apretaba ambas manos con fuerza, como en un torno, hasta hacerles daño, y parecía devorar con los ojos a Avdotia Románovna sin sentirse en absoluto cohibido por ello. Ellas de vez en cuando intentaban liberar sus manos de su enorme y huesuda manaza, pero él no solo no se daba cuenta de qué pasaba, sino que las atraía aún con más fuerza hacia sí. Si le hubieran ordenado en ese momento, para servirles, que se arrojara escaleras abajo de cabeza, lo habría hecho al instante, sin reflexionar ni dudar. Pulqueria Aleksándrovna, toda trastornada por las preocupaciones acerca de su Ródia, aunque sentía que el joven era muy excéntrico y le apretaba la mano con demasiada fuerza, como al mismo tiempo era para ella una providencia, no quería fijarse en todos aquellos detalles excéntricos. Pero Avdotia Románovna, a pesar de compartir la misma inquietud, y aunque no era de carácter miedoso, recibía con asombro y casi incluso con espanto las miradas centelleantes de fuego salvaje del amigo de su hermano, y solo la confianza ilimitada que le inspiraban los relatos de Nastasia acerca de aquel hombre extraño la retenían del impulso de huir de él y arrastrar consigo a su madre. Comprendía también que quizá ya ni siquiera pudieran huir de él. Sin embargo, al cabo de unos diez minutos se tranquilizó considerablemente: Razumijin tenía la propiedad de manifestarse por completo de golpe, fuera cual fuese su estado de ánimo, de modo que todos sabían enseguida con quién trataban.
—¡Es imposible ir a casa de la patrona, y es un disparate terrible! —gritaba convenciendo a Pulqueria Aleksándrovna—. Aunque seáis su madre, si os quedáis lo llevaréis a la locura, y entonces solo Dios sabe qué pasará. Escuchad, esto es lo que voy a hacer: ahora Nastasia se quedará sentada con él, y yo os acompañaré a las dos a vuestra casa, porque no podéis ir solas por las calles; aquí en San Petersburgo en ese aspecto… Bueno, ¡al diablo!… Luego desde vuestra casa volveré corriendo aquí y dentro de un cuarto de hora, os doy mi palabra de honor, os traeré un informe: cómo está, si duerme o no, y todo lo demás. Después, ¡escuchad! Después desde vuestra casa iré volando a la mía —allí tengo invitados, todos borrachos—, traeré a Zosímov —ese es el doctor que lo trata, está ahora en mi casa, no está borracho; este no se emborracha, este nunca se emborracha. Lo llevo donde Ródia y después directamente a vuestra casa, de modo que en una hora recibiréis dos noticias de él —y del doctor, ¿entendéis?, del mismo doctor; ¡eso ya no es lo mismo que de mí! Si la cosa está mal, os juro que os traeré aquí yo mismo, pero si está bien, os acostaréis. Y yo pasaré toda la noche aquí, en el zaguán, él ni se enterará, y le ordenaré a Zosímov que pase la noche en casa de la patrona, para tenerlo a mano. Bueno, ¿qué es mejor para él ahora, vosotras o el doctor? ¡Pues el doctor es más útil, más útil! Así que ¡marchaos a casa! Y a casa de la patrona es imposible; a mí me es posible, pero a vosotras imposible: no os dejará, porque… porque es tonta. Me tendrá celos de Avdotia Románovna, ¿queréis saberlo?, y de vos también… Pero de Avdotia Románovna sin duda. Es un carácter completamente, completamente inesperado. Aunque, por cierto, yo también soy tonto… ¡Al diablo! ¡Vámonos! ¿Me creéis? Bueno, ¿me creéis o no?
—Vámonos, mamá —dijo Avdotia Románovna—, seguro que hará lo que promete. Ya ha resucitado a mi hermano, y si es verdad que el doctor accede a pasar aquí la noche, ¿qué puede ser mejor?
—Vos… vos… me comprendéis, ¡porque sois un ángel! —gritó Razumijin extasiado—. ¡Vámonos! Nastasia. ¡Arriba volando y siéntate allí con él, con una vela; yo vuelvo dentro de un cuarto de hora…
Pulqueria Aleksándrovna, aunque no estaba del todo convencida, tampoco opuso más resistencia. Razumijin las tomó a ambas del brazo y las arrastró escalera abajo. Sin embargo, ella estaba inquieta: «aunque es diligente y bondadoso, ¿estará en condiciones de cumplir lo que promete? ¡En el estado en que está…!».
—Ah, ya veo, pensáis que estoy en este estado —interrumpió sus pensamientos Razumijin, adivinándolos y caminando por la acera con sus enormes zancadas, de modo que ambas señoras apenas podían seguirlo, cosa que, por cierto, él no advertía—. ¡Tonterías! Es decir… estoy borracho como un idiota, pero no es eso; no estoy borracho de vino. Es que en cuanto os vi me subió a la cabeza… ¡Pero al diablo conmigo! ¡No hagáis caso! ¡Estoy mintiendo; soy indigno de vosotras… Soy en grado sumo indigno de vosotras!… Y en cuanto os acompañe, al instante, aquí mismo en el canal, me echaré dos cubos de agua en la cabeza, y listo… Si supierais cuánto os quiero a las dos… No os riáis y no os enfadéis… Enfadaos con todos, pero conmigo no os enfadéis. Soy su amigo, y por tanto también vuestro amigo. Así lo quiero… Lo presentí… el año pasado, hubo un momento así… Aunque en realidad no lo presentí en absoluto, porque vosotras caísteis del cielo. Y a lo mejor ni siquiera dormiré en toda la noche… Hace un rato Zosímov temía que se volviera loco… Por eso no hay que irritarlo…
—¿Qué estáis diciendo? —gritó la madre.
—¿De verdad lo dijo el mismo doctor? —preguntó Avdotia Románovna asustada.
—Lo dijo, pero no es eso, no es eso en absoluto. Le dio una medicina, un polvo, yo lo vi, pero luego llegasteis vosotras… ¡Ay! ¡Mejor habríais llegado mañana! Ha sido bueno que nos hayamos marchado. Y dentro de una hora el mismo Zosímov os informará de todo. ¡Ese no está borracho! Y yo no estaré borracho… ¿Y por qué me emborraché tanto? Porque me metieron en una discusión, ¡maldita sea! ¡Juré no discutir!… Dicen unas estupideces tales… Por poco me peleo. Dejé allí a mi tío, como presidente… Bueno, ¿me creéis?: ¡exigen la completa impersonalidad y en eso encuentran el mayor placer! ¡Con tal de no ser ellos mismos, con tal de no parecerse en nada a sí mismos! Eso es lo que consideran el progreso más elevado. Y aunque soltaran mentiras, pero al menos suyas, y no…
—Escuchad —interrumpió tímidamente Pulqueria Aleksándrovna, pero eso solo avivó el fuego.
—¿Qué pensáis? —gritaba Razumijin, elevando aún más la voz—, ¿pensáis que me molesta que digan mentiras? ¡Tonterías! ¡Me encanta que se digan mentiras! Mentir es el único privilegio humano por encima de todos los organismos. Si mientes, llegarás a la verdad. ¡Por eso soy humano, porque miento! No se ha llegado a ninguna verdad sin haber mentido antes unas catorce veces, o puede que ciento catorce, y eso es honorable en su género; pero nosotros ni siquiera sabemos mentir con nuestro propio entendimiento. Miénteme, pero a tu manera, y entonces te besaré. Mentir a tu manera es casi mejor que la verdad según otro; en el primer caso eres un ser humano, y en el segundo no eres más que un pájaro. La verdad no se escapa, pero se puede ahogar la vida; ha habido ejemplos. Bueno, ¿qué somos ahora? Todos nosotros, todos sin excepción, en materia de ciencia, desarrollo, pensamiento, invenciones, ideales, deseos, liberalismo, razón, experiencia y todo, todo, todo, todo, todo, ¡seguimos sentados en el primer curso preparatorio del bachillerato! ¡Nos gusta vivir del entendimiento ajeno, nos hemos acomodado a ello! ¿No es así? ¿No es así como digo? —gritaba Razumijin, sacudiendo y apretando las manos de ambas señoras—. ¿No es así?
—Ay, Dios mío, no lo sé —dijo la pobre Pulqueria Aleksándrovna.
—Sí, sí… aunque no estoy de acuerdo con vos en todo —añadió con seriedad Avdotia Románovna y enseguida gritó, tanto le apretó él la mano esta vez.
—¿Sí? ¿Decís que sí? Pues entonces vos… vos… —exclamó extasiado—, ¡sois una fuente de bondad, pureza, razón y… perfección! Dadme vuestra mano, dadme… vos también dad la vuestra, quiero besaros las manos aquí, ahora mismo, ¡de rodillas!
Y se arrodilló en medio de la acera, por suerte desierta en ese momento.
—¡Basta, os lo ruego, qué estáis haciendo! —gritó Pulqueria Aleksándrovna sumamente alarmada.
—¡Levantaos, levantaos! —se reía y también se inquietaba Dunia.
—De ninguna manera, ¡hasta que no me deis las manos! ¡Así, basta, ya me levanté, y vámonos! Soy un pobre idiota, soy indigno de vosotras, y estoy borracho, y me avergüenzo… No soy digno de amaros, pero postrarse ante vosotras es una obligación de cualquiera, ¡si no es una bestia total! ¡Y me he postrado…! Aquí está vuestro hotel, y al menos por esto tiene razón Rodión en haber echado hace un rato a vuestro Piotr Petróvich. ¡Cómo se atrevió a alojaros en semejante hotel! Es un escándalo. ¿Sabéis a quién admiten aquí? ¿Y vos sois la prometida? ¿Sois prometida, verdad? Pues os digo que vuestro novio es un canalla después de esto.
—Escuchad, señor Razumijin, os habéis olvidado… —empezó Pulqueria Aleksándrovna.
—Sí, sí, tenéis razón, me olvidé, ¡me avergüenzo! —se corrigió Razumijin—. Pero… pero… no podéis enfadaros conmigo por hablar así. Porque hablo con sinceridad, y no porque… ¡hm! eso sería vil; en fin, no porque yo esté en vos… ¡hm! Bueno, no hace falta, no diré por qué, ¡no me atrevo!… Pero todos nosotros comprendimos hace un rato, en cuanto entró, que ese hombre no es de nuestra sociedad. No porque entrara peinado de la peluquería, no porque se apresurara a exhibir su inteligencia, sino porque es un delator y un especulador; porque es un judío y un bufón, y eso se nota. ¿Pensáis que es inteligente? No, es un idiota, ¡un idiota! ¿Acaso es una pareja para vos? ¡Dios mío! Mirad, señoras —se detuvo de repente, ya subiendo la escalera del hotel—, aunque los de mi casa están todos borrachos, al menos son todos honrados, y aunque mentimos, porque yo también miento, al final llegaremos a la verdad, porque vamos por un camino noble, pero Piotr Petróvich… no va por un camino noble. Aunque hace un momento los insulté terriblemente, a todos ellos los respeto; y a Zamiótov, aunque no lo respeto, lo quiero, porque es un cachorro. Incluso a ese animal de Zosímov, porque es honrado y conoce su oficio… Pero basta, ya está todo dicho y perdonado. ¿Perdonado? ¿No es así? Bueno, ¡vámonos! Conozco este pasillo, he estado aquí; en el tercero hubo un escándalo… Bueno, ¿dónde estáis vosotras? ¿Qué número? ¿El ocho? Pues cerrad por la noche con llave, no dejéis entrar a nadie. Dentro de un cuarto de hora vuelvo con noticias, y luego media hora después volveré con Zosímov, ¡ya veréis! ¡Adiós, salgo corriendo!
—¡Dios mío, Dúnechka, qué va a pasar! —dijo Pulqueria Aleksándrovna dirigiéndose a su hija con inquietud y miedo.
—Tranquilizaos, mamá —respondió Dunia quitándose el sombrero y la mantilla—, Dios mismo nos ha enviado a este señor, aunque venga directamente de alguna borrachera. Se puede confiar en él, os lo aseguro. Y todo lo que ya ha hecho por mi hermano…
—¡Ay, Dúnechka, Dios sabe si vendrá! ¡Y cómo pude decidirme a dejar a Ródia!… Y no me lo imaginaba en absoluto así. ¡Qué severo estaba, como si no se alegrara de vernos…!
Aparecieron lágrimas en sus ojos.
—No, no es así, mamá. No os fijasteis bien, estuvisteis todo el tiempo llorando. Está muy trastornado por la enfermedad grave, ahí está toda la causa.
—¡Ay, esa enfermedad! ¡Qué pasará, qué pasará! ¡Y cómo te habló, Dunia! —dijo la madre, mirando tímidamente a los ojos de su hija para leer todo su pensamiento, y ya medio consolada por el hecho de que Dunia misma defendía a Ródia, lo que significaba que lo había perdonado—. Estoy segura de que mañana cambiará de opinión —añadió, intentando sonsacarle hasta el final.
—Y yo estoy segura de que mañana dirá lo mismo… sobre esto —cortó Avdotia Románovna, y desde luego ahí estaba el problema, porque ese era el punto del que Pulqueria Aleksándrovna tenía demasiado miedo de hablar ahora. Dunia se acercó y besó a su madre. Esta la abrazó con fuerza en silencio. Luego se sentó en ansiosa espera del regreso de Razumijin y empezó a seguir tímidamente con la mirada a su hija, que, con los brazos cruzados, también esperando, se puso a caminar de un lado a otro de la habitación, sumida en sus pensamientos. Ese paseo de esquina a esquina, pensativa, era una costumbre habitual de Avdotia Románovna, y la madre siempre temía interrumpir en esos momentos sus cavilaciones.
Razumijin, desde luego, resultaba ridículo con su repentina pasión, surgida de la borrachera, por Avdotia Románovna; pero al mirar a Avdotia Románovna, sobre todo ahora, cuando caminaba con los brazos cruzados por la habitación, triste y pensativa, muchos quizá lo habrían disculpado, por no hablar de su estado excéntrico. Avdotia Románovna era notablemente hermosa: alta, sorprendentemente esbelta, fuerte, segura de sí misma —lo que se manifestaba en cada uno de sus gestos y que, por cierto, en nada restaba suavidad y gracia a sus movimientos. Por el rostro se parecía a su hermano, pero incluso podía llamársele belleza. Su cabello era castaño oscuro, un poco más claro que el de su hermano; sus ojos casi negros, centelleantes, orgullosos y al mismo tiempo a veces, momentáneamente, extraordinariamente bondadosos. Estaba pálida, pero no de palidez enfermiza; su rostro irradiaba frescura y salud. Su boca era un poco pequeña, pero el labio inferior, fresco y rojo, sobresalía ligeramente hacia delante, junto con el mentón —la única irregularidad en aquel hermoso rostro, pero que le daba un carácter particular y, entre otras cosas, como cierta altivez. La expresión de su rostro era siempre más seria que alegre, pensativa; pero ¡cómo le sentaba a ese rostro la sonrisa, cómo le sentaba la risa, alegre, juvenil, sin reservas! Era comprensible que el ardiente, franco, ingenuo, honesto, fuerte como un bogatyr y borracho Razumijin, que nunca había visto nada parecido, perdiera la cabeza a primera vista. Además el azar, como adrede, le mostró a Dunia por primera vez en el hermoso momento del amor y la alegría del reencuentro con su hermano. Vio después cómo le tembló el labio inferior en indignación ante las órdenes ingratas y cruelmente crueles de su hermano, y no pudo resistirse.
Por cierto, dijo la verdad cuando se equivocó hace un rato ebrio en la escalera, al decir que la excéntrica patrona de Raskólnikov, Praskovia Pávlovna, le tendría celos no solo de Avdotia Románovna, sino quizá también de la misma Pulqueria Aleksándrovna. A pesar de que Pulqueria Aleksándrovna tenía ya cuarenta y tres años, su rostro conservaba todavía restos de la belleza anterior, y además parecía mucho más joven de lo que era, como sucede casi siempre con las mujeres que han conservado la claridad de espíritu, la frescura de las impresiones y el calor honesto y puro del corazón hasta la vejez. Digamos entre paréntesis que conservar todo eso es el único medio para no perder la belleza incluso con la vejez. Su cabello ya empezaba a encanecer y a ralearse, pequeñas arrugas radiantes habían aparecido hacía tiempo alrededor de los ojos, sus mejillas se habían hundido y secado por las preocupaciones y las penas, y sin embargo ese rostro era hermoso. Era el retrato del rostro de Dúnechka, solo que veinte años después, y sin esa expresión del labio inferior que en ella no sobresalía hacia delante. Pulqueria Aleksándrovna era sentimental, aunque no hasta el empalago, tímida y condescendiente, pero hasta cierto límite: podía ceder muchas cosas, consentir en muchas, incluso en lo que contradecía sus convicciones, pero siempre había un límite de honestidad, principios y convicciones profundas que ninguna circunstancia podía hacerle traspasar.
Exactamente veinte minutos después de la partida de Razumijin sonaron dos golpes suaves pero apresurados en la puerta; había vuelto.
—¡No voy a entrar, no hay tiempo! —se apresuró cuando le abrieron la puerta—. Duerme a pierna suelta, estupendamente, tranquilo, y Dios quiera que duerma unas diez horas. Nastasia está con él; le ordené que no salga hasta que yo vuelva. Ahora voy a traer a Zosímov, él os informará, y luego vosotras a la cama; veo que estáis rendidas, completamente.
Y echó a correr por el pasillo.
—¡Qué diligente y… entregado joven! —exclamó Pulqueria Aleksándrovna extraordinariamente contenta.
—¡Parece una persona espléndida! —respondió con cierto calor Avdotia Románovna, empezando de nuevo a caminar de un lado a otro de la habitación.
Casi una hora después se oyeron pasos en el pasillo y otra llamada a la puerta. Ambas mujeres esperaban, esta vez confiando plenamente en la promesa de Razumijin; y efectivamente, él había logrado traer a Zosímov. Zosímov accedió enseguida a abandonar la fiesta e ir a ver a Raskólnikov, pero fue a ver a las señoras de mala gana y con gran desconfianza, no fiándose del borracho Razumijin. Pero su amor propio quedó enseguida tranquilizado e incluso halagado: comprendió que realmente lo esperaban como a un oráculo. Se quedó exactamente diez minutos y logró convencer y tranquilizar por completo a Pulqueria Aleksándrovna. Habló con extraordinaria solicitud, pero contenido y como forzadamente serio, cual médico de veintisiete años en una importante consulta, y no se desvió ni una sola palabra del tema ni manifestó el menor deseo de entrar en relaciones más personales y particulares con ambas señoras. Al advertir nada más entrar lo deslumbrantemente hermosa que era Avdotia Románovna, procuró enseguida incluso no fijarse en ella en absoluto durante toda la visita, y se dirigió únicamente a Pulqueria Aleksándrovna. Todo esto le procuraba una extraordinaria satisfacción interior. Acerca del enfermo se manifestó diciendo que lo encontraba en ese momento en un estado muy satisfactorio. Según sus observaciones, la enfermedad del paciente, además de la mala situación material de los últimos meses de su vida, tenía también algunas causas morales, «es, por así decir, el producto de muchas influencias morales y materiales complejas, preocupaciones, temores, inquietudes, ciertas ideas… y demás». Al observar de pasada que Avdotia Románovna se había puesto a escuchar con especial atención, Zosímov se extendió algo más sobre este tema. A la pregunta inquieta y tímida de Pulqueria Aleksándrovna acerca de «ciertas sospechas de locura», respondió con una sonrisa tranquila y franca que sus palabras estaban muy exageradas; que, por supuesto, en el enfermo se advertía cierta idea fija, algo que revelaba una monomanía —ya que él, Zosímov, seguía ahora especialmente esta interesantísima rama de la medicina—, pero había que recordar que hasta casi hoy el enfermo había estado delirando, y… y, por supuesto, la llegada de sus parientes lo fortalecería, lo distraería y actuaría benéficamente, «si puede evitarse nuevas sacudidas especiales» —añadió significativamente. Luego se levantó, se despidió solemne y cordialmente, acompañado de bendiciones, efusivo agradecimiento, súplicas e incluso de la manita de Avdotia Románovna tendiéndosele para el apretón, sin haberla él buscado, y salió extraordinariamente satisfecho de su visita y aún más de sí mismo.
—Y hablaremos mañana; acostaos, ahora mismo, es imprescindible —reforzó Razumijin, marchándose con Zosímov—. Mañana, lo más temprano posible, iré con el informe.
—¡Pero qué muchacha tan deliciosa esa Avdotia Románovna! —observó Zosímov, casi relamiéndose, cuando ambos salieron a la calle.
—¿Deliciosa? ¿Has dicho deliciosa? —rugió Razumijin y de pronto se abalanzó sobre Zosímov y lo agarró por el cuello—. Si alguna vez te atreves… ¿Entiendes? ¿Entiendes? —gritaba, sacudiéndolo por el cuello y apretándolo contra la pared—. ¿Me has oído?
—¡Suéltame, diablo borracho! —se defendía Zosímov y luego, cuando el otro lo soltó, lo miró fijamente y de repente se desternilló de risa. Razumijin se quedó de pie ante él, con los brazos caídos, en meditación sombría y seria.
—Desde luego, soy un asno —dijo sombrío como una nube—, pero… tú también lo eres.
—No, hermano, de ninguna manera. Yo no sueño con tonterías.
Continuaron en silencio, y solo al acercarse a la casa de Raskólnikov, Razumijin, muy preocupado, rompió el silencio.
—Escucha —le dijo a Zosímov—, eres un buen tipo, pero además de todas tus malas cualidades, eres también un libertino, y lo sé, y de los sucios. Eres un desecho nervioso y débil, eres un caprichoso, te has vuelto obeso y no puedes negarte nada —y eso ya lo llamo yo suciedad, porque lleva directamente a la suciedad. Te has ablandado hasta tal punto que, lo confieso, menos que nada entiendo cómo puedes ser con todo eso un médico bueno e incluso abnegado. Duermes en un colchón de plumas (¡y siendo médico!), pero te levantas de noche para atender a un enfermo. Dentro de tres años ya no te levantarás para atender a un enfermo… Bueno, diablos, no es eso, sino esto: vas a pasar la noche en el apartamento de la patrona (¡a duras penas la convencí!), y yo en la cocina: así tendréis ocasión de conocerla más de cerca. No es lo que piensas. Aquí, hermano, no hay ni sombra de eso…
—Pero yo no pienso nada en absoluto.
—Aquí, hermano, hay pudor, silencio, timidez, castidad feroz, y con todo eso: ¡suspiros, y se derrite como cera, se derrite! Líbrame de ella, ¡por todos los diablos del mundo! Es muy avenantísima… Mereceré, mereceré con mi cabeza…
Zosímov soltó una carcajada aún mayor que antes.
—¡Vaya como te ha dado! ¿Y para qué la quiero yo?
—Te aseguro que es poco trabajo, solo suelta cualquier tontería, siéntate a su lado y habla. Además eres médico, empieza a curarla de algo. Te juro que no te arrepentirás. Tiene un clavicordio; yo, ya sabes, toco un poco; tengo allí una canción, rusa, auténtica: «Me desharé en lágrimas ardientes…». A ella le gustan las auténticas —bueno, empezó por la canción; y es que tú con el piano eres un virtuoso, un maestro, un Rubinstein… Te aseguro que no te arrepentirás.
—¿Y es que le has hecho alguna promesa? ¿Firmaste algo? ¿Prometiste casarte, quizá…?
—Nada, nada, ¡absolutamente nada de eso! Y ella tampoco es así en absoluto; con ella estuvo Chebarov…
—Pues déjala.
—Pero no se puede dejarla así.
—¿Por qué no se puede?
—Pues porque no se puede de ninguna manera, y ya está. Aquí, hermano, hay un principio de arrastre.
—¿Entonces para qué la has engatusado?
—Yo no la he engatusado en absoluto, puede que incluso yo mismo haya sido engatusado, por mi estupidez, pero a ella le dará completamente igual, tú o yo, con tal de que alguien se siente a su lado y suspire. Aquí, hermano… No puedo explicártelo, aquí —bueno, tú sabes bien de matemáticas, y además sigues ocupándote, lo sé… pues empieza a explicarle el cálculo integral, te lo juro, no bromeo, hablo en serio, a ella le dará completamente igual: te mirará y suspirará, y así todo un año seguido. Yo, entre otras cosas, le hablé muchísimo, dos días seguidos, de la cámara de los señores de Prusia (porque ¿de qué hablar con ella?), solo suspiraba y sudaba. Pero no hables de amor, es pudorosa hasta las convulsiones, pero deja ver que no puedes alejarte, y ya está, y es suficiente. Es comodísimo; completamente como en casa: lee, siéntate, túmbate, escribe… Hasta puedes besarla, con precaución…
—¿Pero para qué la necesito yo?
—Ay, no puedo explicártelo de ninguna manera. Mirad: vosotros dos os venís perfectamente el uno al otro. Antes también pensaba en ti… De todas formas acabarás así. ¿No te da lo mismo antes que después? Aquí, hermano, hay un principio de colchón de plumas, ¡ay!, y no solo de colchón. Aquí arrastra; aquí está el fin del mundo, el ancla, el puerto tranquilo, el ombligo de la tierra, el fundamento de los tres peces del mundo, la esencia de los blinis, de los pasteles grasos, del samovar vespertino, de suspiros tranquilos y chaquetas calientes, hornos encendidos, jergones calientes: es como si estuvieras muerto, y al mismo tiempo estás vivo, ¡las dos ventajas a la vez! Bueno, hermano, al diablo, me he enrollado, ¡es hora de dormir! Escucha: a veces me despierto por la noche y voy a verlo. Pero no es nada, tonterías, todo está bien. No te preocupes tú tampoco especialmente, pero si quieres, pásate una vez. Pero si notas algo, delirio por ejemplo, o fiebre, o algo, despiértame enseguida. Aunque no es posible…
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