Capítulo 4La carta de la madre
La carta de su madre lo había atormentado. Pero sobre lo principal, sobre el punto capital, no tuvo dudas ni por un minuto, ni siquiera en el momento en que leía la carta. Lo esencial del asunto estaba resuelto en su cabeza y resuelto definitivamente: «No habrá tal matrimonio mientras yo viva, y al diablo el señor Lujin».
«Porque el asunto es evidente —murmuraba para sí, con una sonrisa burlona y gozando de antemano, con rabia, el éxito de su decisión—. No, mamá, no, Dunia, no me vais a engañar… Y aún se disculpan porque no me han pedido consejo y sin mí han decidido el asunto. ¡Ya lo creo! Piensan que ahora ya no se puede romper; pero ya veremos si se puede o no. ¡Qué excusa tan magnífica: "es que Piotr Petróvich es un hombre tan práctico, tan práctico, que ni casarse puede de otro modo, sino a las carreras, casi en el tren"! No, Dúnechka, lo veo todo y sé de qué quieres hablarme tanto; sé también en qué has pensado toda la noche paseándote por la habitación y ante qué rezabas ante la Virgen de Kazán que está en el dormitorio de mamá. A Gólgota es duro subir. Hm… Así que, por lo visto, ya está definitivamente decidido: te dignas casarte, Avdotia Románovna, con un hombre práctico y racional que tiene su capital (que ya tiene su capital, eso es más sólido, más imponente), que sirve en dos lugares y que comparte las convicciones de nuestras generaciones más nuevas (como escribe mamá) y que, "parece, es bueno", como observa la propia Dúnechka. Ese parece es lo más magnífico. Y esa misma Dúnechka por ese mismo parece se va a casar… ¡Magnífico! ¡Magnífico!
… Pero es curioso, sin embargo, para qué me ha escrito mamá eso de "las generaciones más nuevas". ¿Simplemente para caracterizar a la persona o con un objetivo ulterior: ablandarme a favor del señor Lujin? ¡Oh, astutas! Me gustaría aclarar aún otra circunstancia: ¿hasta qué punto fueron ambas francas la una con la otra aquel día y aquella noche, y en todo el tiempo posterior? ¿Se dijeron todas las palabras directamente, o ambas comprendieron que cada una tenía lo mismo en el corazón y en los pensamientos, de modo que no había por qué pronunciarlo todo en voz alta ni comprometerse en vano? Probablemente fue así en parte; por la carta se ve: a mamá le pareció brusco, un poco, y mamá, ingenua, fue a meter baza con sus observaciones a Dunia. Y ella, naturalmente, se enfadó y "contestó con fastidio". ¡Ya lo creo! ¿A quién no le saca de quicio cuando el asunto está claro sin preguntas ingenuas y cuando ya está decidido que no hay nada que hablar? ¿Y para qué me escribe: "Quiere a Dunia, Rodia, y ella te quiere más que a sí misma"; no será que en secreto le remuerde la conciencia por haber consentido en sacrificar a la hija por el hijo? "¡Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestro todo!" ¡Oh, mamá!…» La rabia iba creciendo en él cada vez con más fuerza, y si en ese momento se hubiera encontrado con el señor Lujin, parece que lo habría matado.
«Hm, es verdad —continuaba, siguiendo el torbellino de pensamientos que giraba en su cabeza—, es verdad que a un hombre hay que "acercársele paulatina y cuidadosamente para conocerlo"; pero el señor Lujin está claro. Lo principal, "es un hombre práctico y, parece, bueno": ¡no es poca cosa, se ha cargado con el equipaje, hace traer un baúl grande a su costa! ¿Cómo no va a ser bueno? Mientras que ellas dos, la novia y la madre, contratan a un mujik, en una carreta cubierta con arpillera (¡pues así he viajado yo!). ¡No pasa nada! Al fin y al cabo son solo noventa verstas, "y luego llegaremos muy cómodas en tercera clase", unas mil verstas. Y es sensato: por la ropa estirar las piernas; pero tú, señor Lujin, ¿qué pasa contigo? Pues es tu novia… Y no podías no saber que la madre pide prestado por adelantado sobre su pensión para el viaje. Por supuesto, aquí tenéis vosotros un negocio comercial común, una empresa de beneficio mutuo y a partes iguales, así que los gastos también a medias; pan y sal juntos, pero el tabaco aparte, según el refrán. Y aquí el hombre práctico las ha engañado un poco: el equipaje les sale más barato que su viaje, y a lo mejor incluso va gratis. ¿Es que no lo ven ambas, o es que no se dan cuenta a propósito? ¡Y están contentas, contentas! Y pensar que esto son solo las flores, los frutos están por delante. Porque aquí lo importante no es la tacañería, no es la mezquindad, sino el tono de todo esto. Porque esto será el tono futuro después de la boda, es un presagio… Y mamá, sin embargo, ¿por qué derrocha? ¿Con qué va a presentarse en San Petersburgo? ¿Con tres rublos o con dos "billetitos", como dice aquella… vieja… hm? ¿Con qué piensa luego vivir en San Petersburgo? Ya ha conseguido adivinar, por algunas razones, que no podrá vivir junto con Dunia después de la boda, ni siquiera al principio. El tipo agradable seguro que se le ha escapado algo, se ha dado a conocer, aunque mamá se defienda con las dos manos: "Yo misma, dice, renunciaré". ¿En quién confía, pues: en los ciento veinte rublos de pensión, descontado el préstamo a Afanasi Ivánovich? Allí teje pañoletas de invierno y borda puños, estropeándose sus viejos ojos. Pero las pañoletas solo añaden veinte rublos al año a los ciento veinte, eso lo sé yo. Así que, a pesar de todo, confía en la nobleza de sentimientos del señor Lujin: "Él mismo, dice, lo propondrá, insistirá". ¡Toma ya! Así es siempre con estas hermosas almas schillerianas: hasta el último momento visten al hombre con plumas de pavo real, hasta el último momento confían en el bien y no en el mal; y aunque presientan el reverso de la moneda, no se dirán por nada del mundo la palabra verdadera de antemano; les repugna solo pensarlo; apartan la verdad con las dos manos, hasta que el hombre adornado les plante personalmente las narices. Me pregunto si el señor Lujin tendrá condecoraciones; apuesto a que tiene la de Santa Ana en el ojal y que se la pone para las comidas con los contratistas y los comerciantes. Seguro que se la pondrá también en su propia boda. Pero en fin, ¡al diablo con él!
… Bueno, pase con mamá, qué le vamos a hacer, ella es así, pero Dunia, ¿qué? Dúnechka, querida, ¡pues si yo te conozco! Tenías ya diecinueve años la última vez que nos vimos: tu carácter ya lo comprendí. Mamá escribe que "Dúnechka puede soportar mucho". Lo sé. Lo sabía ya hace dos años y medio y desde entonces he pensado en ello dos años y medio, en esto precisamente, en que "Dúnechka puede soportar mucho". Si pudo soportar al señor Svidrigáilov, con todas las consecuencias, es que, en efecto, puede soportar mucho. Y ahora se han imaginado, junto con mamá, que también pueden soportar al señor Lujin, que expone la teoría de la superioridad de las esposas tomadas de la pobreza y beneficiadas por los maridos, y que la expone casi al primer encuentro. Bueno, digamos que "se le escapó", aunque sea un hombre racional (así que, quizá, no se le escapó en absoluto, sino que tenía intención de aclarar las cosas cuanto antes), pero Dunia, ¿qué pasa con Dunia? Pues ella ve claramente cómo es el hombre, y tiene que vivir con él. Pues ella comerá pan negro solo y lo lavará con agua, pero no venderá su alma, no entregará su libertad moral por comodidad; no la entregaría ni por toda Schleswig-Holstein, y no digamos por el señor Lujin. No, Dunia no era así, por lo que yo sé, y… bueno, claro, tampoco habrá cambiado ahora… ¡Qué se puede decir! ¡Los Svidrigáilov son duros! Duro es andar de institutriz por las provincias durante toda la vida por doscientos rublos, pero aun así sé que mi hermana antes iría de negra con un plantador o de letona con un alemán báltico, que envilecer su espíritu y su sentimiento moral con un enlace con un hombre al que no respeta y con el que no tiene nada que hacer, para siempre, únicamente por su provecho personal. Y aunque el señor Lujin fuera enteramente de oro puro o de diamante macizo, ¡ni entonces consentiría en convertirse en la concubina legal del señor Lujin! ¿Por qué entonces consiente? ¿Cuál es el truco? ¿Cuál es la solución del enigma? El asunto está claro: por sí misma, por su propia comodidad, aunque fuera para salvarse de la muerte, no se vendería, pero por otra persona sí se vende. Por una persona querida, por una persona adorada se vende. ¡En eso consiste todo el truco: por el hermano, por la madre se vende! ¡Todo lo vende! Oh, en ese caso también acallaremos nuestro sentimiento moral; la libertad, la tranquilidad, incluso la conciencia, todo, todo lo llevaremos al mercadillo. ¡Que se pierda la vida! Con tal de que estas personas queridas nuestras sean felices. Es más, inventaremos nuestra propia casuística, aprenderemos de los jesuitas y por un tiempo, quizá, nos calmaremos incluso a nosotros mismos, nos convenceremos de que así es necesario, realmente necesario para un buen fin. Así somos nosotros, y todo está claro como el día. Está claro que aquí no es otro sino Rodión Románovich Raskólnikov el que está en juego y ocupa el primer lugar. Pues cómo no, puede organizarse su felicidad, mantenerlo en la universidad, hacerlo socio de una oficina, asegurar toda su suerte; quizá luego será rico, respetado, honorable, y tal vez incluso termine su vida como hombre célebre. ¿Y mamá? Pues aquí está Rodia, el inapreciable Rodia, el primogénito. Pues cómo no sacrificar incluso a una hija así por semejante primogénito. ¡Oh, corazones queridos e injustos! Pues qué: aquí quizá tampoco rehusemos el destino de Soniechka. Soniechka, Soniechka Marmeládova, la eterna Soniechka, mientras el mundo exista. ¿Habéis medido por completo el sacrificio, el sacrificio las dos? ¿Es así? ¿Tenéis fuerzas? ¿Es útil? ¿Es razonable? ¿Sabéis, Dúnechka, que el destino de Soniechka en nada es más inmundo que el destino con el señor Lujin? "Amor aquí no puede haber", escribe mamá. ¿Y si, además del amor, no puede haber ni respeto, sino por el contrario ya hay aversión, desprecio, repugnancia, qué entonces? Entonces resulta que, de nuevo, pues, habrá que "guardar la pureza". ¿No es así? ¿Comprendéis, comprendéis lo que significa esa pureza? ¿Comprendéis que la pureza de Lujin es lo mismo que la pureza de Soniechka, y quizá incluso peor, más vil, más baja, porque en vuestro caso, Dúnechka, se cuenta aún con el exceso de comodidad, mientras que allí simplemente se trata de morir de hambre. "¡Caro, caro cuesta, Dúnechka, esa pureza!" Bueno, ¿y si luego no tenéis fuerzas, os arrepentís? ¡Cuántos sufrimientos habrá, tristeza, maldiciones, lágrimas, ocultadas a todos, porque no sois Marfa Petrovna! ¿Y qué será entonces de mamá? Pues ya ahora está intranquila, sufre; ¿y entonces, cuando lo vea todo claramente? ¿Y conmigo qué? ¿Qué habéis pensado realmente de mí? No quiero vuestro sacrificio, Dúnechka, no lo quiero, mamá. ¡No sucederá eso mientras yo viva, no sucederá, no sucederá! ¡No lo acepto!»
De pronto despertó y se detuvo.
«¿No sucederá? ¿Y qué harás tú para que no suceda? ¿Lo prohibirás? ¿Y qué derecho tienes? ¿Qué puedes prometerles tú a tu vez para tener tal derecho? ¿Dedicarles toda tu suerte, todo tu futuro, cuando acabes el curso y consigas un puesto? Lo hemos oído, pero eso son palabras, ¿y ahora qué? Pues ahora hay que hacer algo, ¿lo comprendes? ¿Y qué haces tú ahora? Las saqueas a ellas. Pues el dinero lo consiguen bajo fianza de una pensión de cien rublos y bajo fianza de los señores Svidrigáilov. ¿De los Svidrigáilov, de Afanasi Ivánovich Vajrushkin cómo las protegerás tú, futuro millonario, Zeus que dispone de sus destinos? ¿Dentro de diez años? Pues en diez años mamá habrá tenido tiempo de quedarse ciega por las pañoletas, y quizá también por las lágrimas; se consumirá de ayuno; ¿y tu hermana? Bueno, imagínate qué puede ser de tu hermana dentro de diez años o en estos diez años. ¿Lo has adivinado?»
Así se torturaba y se provocaba con estas preguntas, incluso con cierto placer. Por otra parte, todas estas preguntas no eran nuevas, no eran repentinas, sino viejas, dolorosas, de mucho tiempo atrás. Hacía mucho que habían comenzado a atormentarlo y le habían desgarrado el corazón. Hacía muchísimo tiempo que había germinado en él toda esta angustia actual, había crecido, se había acumulado y en el último tiempo había madurado y se había concentrado, tomando la forma de una pregunta terrible, salvaje y fantástica que lo torturaba el corazón y la mente, exigiendo irresistiblemente una solución. Ahora la carta de su madre lo había golpeado de pronto como un trueno. Estaba claro que ahora no había que angustiarse, no había que sufrir pasivamente, con meros razonamientos sobre que las preguntas eran irresolubles, sino que había que hacer algo obligatoriamente, y enseguida, y cuanto antes. Costara lo que costara había que decidirse, aunque fuera a algo, o…
«¡O renunciar completamente a la vida! —gritó de pronto en un arrebato—, aceptar dócilmente el destino tal como es, de una vez por todas, y ahogar todo en uno mismo, renunciando a todo derecho a actuar, vivir y amar!»
«¿Comprende, comprende usted, caballero, lo que significa cuando ya no hay adónde ir más?» —recordó de pronto la pregunta de ayer de Marmeládov—, «porque es necesario que todo hombre tenga al menos adónde ir…»
De pronto se estremeció: un pensamiento, también de ayer, volvió a cruzar por su cabeza. Pero no se estremeció porque hubiera cruzado ese pensamiento. Porque él sabía, presentía que ese pensamiento cruzaría obligatoriamente, y ya lo esperaba; además, ese pensamiento no era en absoluto de ayer. Pero la diferencia estaba en que un mes atrás, e incluso ayer todavía, era solo un sueño, mientras que ahora… ahora apareció de pronto no como un sueño, sino con un aspecto nuevo, amenazador y totalmente desconocido para él, y de pronto él mismo lo comprendió… Algo le golpeó en la cabeza, y se le oscureció la vista.
Miró apresuradamente a su alrededor, buscaba algo. Quería sentarse, y buscaba un banco; en ese momento iba por el bulevar K. Un banco se distinguía delante, a unos cien pasos. Echó a andar lo más rápido que pudo; pero en el camino le sucedió una pequeña aventura que atrajo por unos minutos toda su atención.
Buscando el banco, notó delante de sí, a unos veinte pasos, a una mujer que caminaba, pero al principio no le prestó ninguna atención, como a todos los objetos que hasta entonces habían pasado por delante de él. Ya le había sucedido muchas veces, por ejemplo, regresar a casa y no recordar en absoluto el camino por el que había ido, y ya estaba acostumbrado a caminar así. Pero en la mujer que caminaba había algo tan extraño y que, desde la primera mirada, llamaba la atención, que poco a poco la atención de él empezó a centrarse en ella, al principio de mala gana y como con fastidio, pero luego cada vez con más fuerza. De pronto le entraron ganas de comprender qué había exactamente de tan extraño en esa mujer. En primer lugar, debía de ser una muchacha muy joven, que caminaba con ese calor con la cabeza descubierta, sin sombrilla y sin guantes, moviendo los brazos de manera ridícula. Llevaba un vestido de seda, de tela ligera («de trapo»), pero también puesto de manera muy rara, apenas abrochado y detrás, junto a la cintura, en el mismo comienzo de la falda, desgarrado; un jirón entero se había desprendido y colgaba balanceándose. Un pañuelito pequeño estaba echado sobre el cuello desnudo, pero estaba torcido de algún modo y ladeado. Para colmo, la muchacha caminaba insegura, tropezando e incluso tambaleándose a todos lados. Este encuentro excitó finalmente toda la atención de Raskólnikov. Se encontró con la muchacha junto al mismo banco, pero, al llegar al banco, ella simplemente se desplomó en él, en un rincón, echó la cabeza sobre el respaldo del banco y cerró los ojos, aparentemente por cansancio extremo. Mirándola con atención, él adivinó enseguida que estaba completamente borracha. Era extraño y salvaje ver tal fenómeno. Incluso pensó que no se equivocaba. Ante él había un rostro extremadamente joven, de unos dieciséis años, e incluso, quizá, solo de quince, pequeño, rubio, bonito, pero todo encendido y como hinchado. La muchacha, al parecer, ya comprendía muy poco; había cruzado una pierna sobre la otra, mostrándola mucho más de lo debido, y, por todos los indicios, era muy poco consciente de que estaba en la calle.
Raskólnikov no se sentó y no quería irse, sino que estaba de pie ante ella perplejo. Este bulevar siempre está desierto, pero ahora, a las dos de la tarde y con tal calor, casi no había nadie. Sin embargo, a un lado, a unos quince pasos, en el borde del bulevar, se había detenido un caballero al que, por todo lo visto, le gustaría mucho acercarse también a la muchacha con algunos propósitos. También él, probablemente, la había visto desde lejos y la había alcanzado, pero Raskólnikov se lo impedía. Le lanzaba miradas furiosas, aunque procurando que él no las notara, y esperaba impacientemente su turno, cuando el molesto harapiento se marchara. El asunto estaba claro. El caballero tenía unos treinta años, era corpulento, gordo, sonrosado, con labios rosados y con bigote, y vestido muy elegantemente. Raskólnikov se enfureció terriblemente; de pronto le entraron ganas de ofender de algún modo a ese gordo petimetre. Dejó por un momento a la muchacha y se acercó al caballero.
—¡Eh, usted, Svidrigáilov! ¿Qué hace usted aquí? —gritó, apretando los puños y riéndose con los labios espumosos de rabia.
—¿Qué significa esto? —preguntó severamente el caballero, frunciendo el ceño y asombrándose con altivez.
—¡Lárguese, eso significa!
—¡Cómo te atreves, canalla!
Y blandió el látigo. Raskólnikov se lanzó contra él con los puños, sin calcular siquiera que el caballero corpulento podía arreglárselas con dos como él. Pero en ese momento alguien lo agarró con fuerza por detrás, entre ellos se interpuso un policía.
—Basta, señores, no se peleen en lugares públicos. ¿Qué quieren? ¿Quién es usted? —se dirigió severamente a Raskólnikov, examinando sus harapos.
Raskólnikov lo miró atentamente. Era un rostro militar gallardo, con bigotes y patillas grises y con mirada inteligente.
—A usted es a quien necesito —gritó, agarrándolo por la mano—. Soy un antiguo estudiante, Raskólnikov… Eso también puede usted saberlo —se dirigió al caballero—, y usted venga conmigo, le mostraré algo…
Y, agarrando al policía por la mano, lo arrastró hacia el banco.
—Aquí, mire, completamente borracha, acaba de caminar por el bulevar: quién sabe de dónde es, pero no parece que sea del oficio. Lo más probable es que la hayan emborrachado y engañado en algún sitio… por primera vez… ¿comprende? y así la han dejado en la calle. Mire cómo está desgarrado el vestido, mire cómo se lo han puesto: es que a ella la vistieron, no se vistió ella misma, y la vistieron manos torpes, masculinas. Eso se ve. Y ahora mire hacia aquí: ese petimetre con el que yo quería pelearme, no lo conozco, es la primera vez que lo veo; pero él también la ha visto en el camino, ahora mismo, borracha, sin conciencia de sí misma, y ahora tiene muchas ganas de acercarse y llevársela —como ella está en ese estado— y llevarla a algún sitio… Y eso es seguro; créame, no me equivoco. Yo mismo he visto cómo la observaba y la seguía, solo que yo le he estorbado, y ahora está esperando a que me vaya. Ahora se ha apartado un poco, está parado como si liara un cigarrillo… ¿Cómo hacer para que no se la lleve? ¿Cómo hacer para mandarla a casa?, piense.
El policía lo comprendió y lo calibró todo al instante. El caballero gordo, por supuesto, estaba claro, quedaba la muchacha. El policía se inclinó sobre ella para examinarla más de cerca, y en sus rasgos se dibujó una compasión sincera.
—¡Qué lástima! —dijo, moviendo la cabeza—. Todavía una niña. La han engañado, eso es exacto. Escuche, señorita —empezó a llamarla—, ¿dónde vive usted? —La muchacha abrió los ojos cansados y adormilados, miró estúpidamente a los que la interrogaban y apartó la mano.
—Escuche —dijo Raskólnikov—, tome (hurgó en el bolsillo y sacó veinte kopeks; los había encontrado), tome, llame a un cochero y dígale que la lleve a su dirección. ¡Solo necesitamos saber la dirección!
—Señorita, eh, señorita —empezó de nuevo el policía, aceptando el dinero—, ahora mismo le busco un cochero y yo mismo la acompaño. ¿Adónde la llevo, eh? ¿Dónde vive?
—¡Fuera!… molestan… —murmuró la muchacha y apartó de nuevo la mano.
—¡Ay, ay, qué mal! ¡Ay, qué vergüenza, señorita, qué vergüenza! —Volvió a mover la cabeza, reprobando, compadeciendo e indignándose—. ¡Vaya problema! —se dirigió a Raskólnikov y enseguida, de paso, volvió a mirarlo de pies a cabeza. Extraño, seguramente, también él le parecía: ¡con tales harapos, y dando dinero!
—¿Los ha encontrado lejos de aquí? —le preguntó.
—Le digo: iba delante de mí, tambaleándose, aquí mismo en el bulevar. Cuando llegó al banco, se desplomó.
—¡Ay, qué vergüenza hay ahora en el mundo, Dios mío! Esta mocosa tan sencilla, y ya borracha. ¡La han engañado, seguro! Mire, el vestido está desgarrado… ¡Ay, cómo ha ido la depravación ahora!… Y a lo mejor será de una familia noble, de las pobres… Ahora hay muchas así. Parece delicada, como si fuera una señorita —y se inclinó de nuevo sobre ella.
Quizá también él tenía hijas así creciendo, «como señoritas y delicadas», con modales de bien educadas y con toda la modernez imitada…
—Lo principal —se afanaba Raskólnikov— es que no la deje ese canalla. ¿Para qué más quiere abusar de ella? Se ve claramente lo que quiere; mire, el canalla, no se va.
Raskólnikov hablaba en voz alta y lo señalaba directamente con la mano. Aquel lo oyó y quiso enfadarse de nuevo, pero se lo pensó y se limitó a una mirada despectiva. Luego se apartó lentamente otros diez pasos y se detuvo de nuevo.
—No dejarlo se puede, señor —respondió el suboficial pensativo—. Si ellas dijeran adónde llevarlas, pero así… Señorita, eh, ¡señorita! —se inclinó de nuevo.
Ella abrió de pronto los ojos por completo, miró atentamente, como si hubiera comprendido algo, se levantó del banco y echó a andar de vuelta en la dirección de donde había venido. —¡Fu, sinvergüenzas, molestan! —dijo, apartando la mano una vez más. Caminaba rápido, pero tambaleándose mucho como antes. El petimetre caminó tras ella, pero por otra avenida, sin quitarle los ojos de encima.
—No se preocupe, no lo dejaré, señor —dijo decidido el bigotudo y se puso en marcha tras ellos—. ¡Eh, cómo ha ido la depravación ahora! —repitió en voz alta, suspirando.
En ese momento algo como si picara a Raskólnikov; en un instante como si le dieran la vuelta.
—¡Escuche, eh! —gritó tras el bigotudo.
Este se volvió.
—¡Déjelo! ¿A usted qué le importa? ¡Suéltelo! Que se divierta (señaló al petimetre). ¿A usted qué le importa?
El policía no comprendía y miraba con los ojos muy abiertos. Raskólnikov se echó a reír.
—¡Eh! —pronunció el policía, agitando la mano, y caminó tras el petimetre y la muchacha, probablemente tomando a Raskólnikov por loco o por algo aún peor.
«Se ha llevado mis veinte kopeks —dijo con rabia Raskólnikov, quedándose solo—. Bueno, que le quite también al otro y deje ir a la muchacha con él, y se acabó… ¿Y por qué me he metido yo a ayudar? ¿Acaso me corresponde ayudar? ¿Tengo derecho a ayudar? Que se devoren vivos unos a otros, a mí qué me importa. ¿Y cómo me he atrevido a dar esos veinte kopeks? ¿Acaso son míos?»
A pesar de estas extrañas palabras, se sintió muy abatido. Se sentó en el banco abandonado. Sus pensamientos estaban dispersos… Y en general le resultaba difícil pensar en ese momento sobre lo que fuera. Habría querido olvidarlo todo por completo, olvidarlo todo, luego despertar y empezar completamente de nuevo…
—¡Pobre muchacha! —dijo, mirando el rincón vacío del banco—. Despertará, llorará, luego la madre se enterará… Primero le dará una paliza, y luego la azotará, dolorosamente y con vergüenza, y quizá la eche… Y si no la echa, de todos modos lo olfatearán las Darias Franzevnas, y mi muchacha empezará a ir de aquí para allá… Luego enseguida el hospital (eso siempre les pasa a las que viven con madres muy honradas y se portan mal a escondidas de ellas), bueno, y luego… y luego de nuevo el hospital… vino… tabernas… y otra vez el hospital… en dos o tres años, una inválida, de modo que su vida en total habrá sido de diecinueve o dieciocho años desde su nacimiento… ¿Acaso no he visto yo a otras así? ¿Y cómo se hicieron? Pues así se hicieron todas… ¡Bah! ¡Pero que sea! Dicen que así debe ser. Un porcentaje determinado, dicen, debe irse cada año… a algún sitio… al diablo, supongo, para refrescar a las demás y no molestarlas. ¡Un porcentaje! Qué palabritas tan espléndidas tienen, de verdad: son tan tranquilizadoras, tan científicas. En cuanto se dice: porcentaje, pues no hay nada de qué inquietarse. Ahora, si fuera otra palabra, bueno entonces… sería, quizá, más inquietante… ¿Y si de algún modo Dúnechka cae en el porcentaje?… Si no en ese, en otro?
«¿Pero adónde voy? —pensó de pronto—. Extraño. Pues iba a algún sitio. En cuanto leí la carta, me puse en marcha… A la isla Vasílievski, donde Razumijin, allí iba, ahora… me acuerdo. ¿Pero para qué? ¿Y cómo se me ha metido en la cabeza la idea de ir donde Razumijin precisamente ahora? Eso es notable».
Se asombraba de sí mismo. Razumijin era uno de sus antiguos compañeros de la universidad. Es notable que Raskólnikov, cuando estaba en la universidad, casi no tenía compañeros, rehusaba a todos, no iba a ver a nadie y recibía en su casa con dificultad. Sin embargo, pronto también todos se apartaron de él. No participaba de ningún modo ni en las reuniones generales, ni en las conversaciones, ni en las diversiones, ni en nada. Estudiaba intensamente, sin ahorrarse, y por eso lo respetaban, pero nadie lo quería. Era muy pobre y de algún modo altivamente orgulloso e incomunicativo; como si ocultara algo sobre sí mismo. A algunos compañeros les parecía que miraba a todos ellos desde arriba, como a niños, como si los hubiera adelantado a todos en desarrollo, en conocimientos y en convicciones, y que miraba sus convicciones e intereses como algo inferior.
Con Razumijin, sin embargo, se había relacionado por alguna razón, es decir, no es que se relacionara, pero era con él más comunicativo, más franco. Por otra parte, con Razumijin era imposible estar en otras relaciones. Era un muchacho extraordinariamente alegre y comunicativo, bueno hasta la sencillez. Por otra parte, bajo esa sencillez se ocultaban también profundidad y dignidad. Los mejores de sus compañeros lo comprendían, todos lo querían. No era nada tonto, aunque a veces era de verdad simplón. Su aspecto era expresivo: alto, delgado, siempre mal afeitado, de pelo negro. A veces se alborotaba y pasaba por forzudo. Una vez, de noche, en compañía, de un solo golpe derribó a un guardia de unas doce vershoks de estatura. Podía beber hasta el infinito, pero también podía no beber en absoluto; a veces se propasaba incluso de manera inadmisible, pero también podía no propasarse en absoluto. Razumijin era notable también porque ningún fracaso lo turbaba nunca y ninguna circunstancia adversa podía, al parecer, aplastarlo. Podía vivir incluso en un tejado, soportar un hambre infernal y un frío extraordinario. Era muy pobre y decididamente solo se mantenía a sí mismo, consiguiendo dinero con algunos trabajos. Conocía una infinidad de fuentes de donde podía extraer, naturalmente, por medio del trabajo. Una vez pasó todo un invierno sin calentar su habitación y afirmaba que eso era incluso más agradable, porque en el frío se duerme mejor. En la actualidad también se había visto obligado a salir de la universidad, pero por poco tiempo, y se apresuraba con todas sus fuerzas a arreglar las circunstancias para poder continuar. Raskólnikov no había ido a verlo desde hacía ya cuatro meses, y Razumijin ni siquiera sabía su dirección. Una vez, hará unos dos meses, se encontraron en la calle, pero Raskólnikov se volvió e incluso cruzó a la otra acera para que aquel no lo notara. Y Razumijin, aunque lo notó, pasó de largo, no queriendo molestar al amigo.
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